Homilía de Benedicto XVI
en la Basílica de
San Pablo Extramuros
25 abril 2005
***
La sangre de
los mártires
Al
inicio del tercer milenio, la Iglesia siente con
renovada fuerza que el mandato misionero de
Cristo es más actual que nunca...El siglo XX ha
sido un tiempo de martirio... si la sangre de
los mártires es semilla de nuevos cristianos, al
inicio del tercer milenio es lícito esperarse un
nuevo florecimiento de la Iglesia, especialmente
allí donde más ha sufrido por la fe y el
testimonio del Evangelio.
***
Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias a Dios porque al inicio de mi ministerio de
sucesor de Pedro me concede detenerme en oración ante el
sepulcro del apóstol Pablo. Para mí es una peregrinación
sumamente deseada, un gesto de fe que realizo en mi
nombre, pero también en nombre de la amada diócesis de
Roma, de la que el Señor me ha constituido obispo y
pastor, y de la Iglesia universal confiada a mi
solicitud pastoral. Una peregrinación por así decir a
las raíces de la misión, de esa misión que Cristo
resucitado confío a Pedro, a los apóstoles y, en
particular también a Pablo, llevándole a anunciar el
Evangelio a las gentes, hasta llegar a esta ciudad,
donde después de haber predicado durante mucho tiempo el
Reino de Dios (Hechos 28, 31), rindió con la sangre el
último testimonio de su Señor, que le había
«conquistado» (Filipenses 3, 12) y enviado.
Ya antes de que la Providencia le llevara a Roma, el
apóstol escribió a los cristianos de esta ciudad,
capital del Imperio, su carta más importante desde el
punto de vista doctrinal. Se acaba de proclamar su
inicio, un denso preámbulo en el que el apóstol saluda a
la comunidad de Roma presentándose como «siervo de
Cristo Jesús, apóstol por vocación» (Romanos 1,1). Y
luego añade: «por [Cristo] recibimos la gracia y el
apostolado, para predicar la obediencia de la fe a
gloria de su nombre entre todos los gentiles» (Romanos
1,5).
Queridos amigos, como sucesor de Pedro, estoy aquí para
reavivar en la fe esta «gracia del apostolado», pues
Dios, según otra expresión del apóstol de las gentes, me
ha confiado «la preocupación por todas las Iglesias» (2
Corintios 11, 28). Ante nuestros ojos está el ejemplo de
mi amado y venerado predecesor Juan Pablo II, un Papa
misionero cuya actividad entendida de este modo,
testimoniada en más de cien viajes apostólicos más allá
de los confines de Italia, es verdaderamente inimitable.
¿Qué es lo que le llevaba a un dinamismo así si no es el
mismo amor de Cristo que transformó la existencia de san
Pablo (Cf. 2 Corintios 5, 14)? Que el Señor infunda
también en mí un amor así para que no me quede tranquilo
ante las urgencias del anuncio evangélico en el mundo de
hoy. La Iglesia es por su naturaleza misionera, su tarea
primaria es la evangelización. El Concilio Ecuménico
Vaticano II ha dedicado a la actividad misionera el
decreto denominado precisamente
«Ad gentes», en el que se recuerda que «los
apóstoles… siguiendo las huellas de Cristo, predicaron
la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias».
«Obligación de sus sucesores es dar perpetuidad a esta
obra para que la palabra de Dios sea difundida y
glorificada y se anuncie y establezca el reino de Dios
en toda la tierra» (n. 1).
Al inicio del tercer milenio, la Iglesia siente con
renovada fuerza que el mandato misionero de Cristo es
más actual que nunca. El gran Jubileo del año 2000 la ha
llevado a «recomenzar a partir de Cristo», contemplado
en la oración, para que la luz de su verdad se irradie a
todos los hombres, ante todo con el testimonio de la
santidad. Me gusta recordar el lema que san Benito
propuso en su «Regla», al exhortar a sus monjes a «no
anteponer nada al amor de Cristo» (capítulo 4). De
hecho, la llamada en el camino de Damasco llevó a Pablo
precisamente a esto: a hacer de Cristo el centro de su
vida, dejando todo por el sublime conocimiento de Él y
de su misterio de amor, comprometiéndose después a
anunciarlo a todos, en especial a los paganos «a gloria
de su nombre» (Romanos 1, 5). La pasión por Cristo le
llevó a predicar el Evangelio no sólo con la palabra,
sino también con la misma vida, que cada vez se conformó
más a la de su Señor. Al final, Pablo anunció a Cristo
con el martirio, y su sangre, junto a la de Pedro y a la
de tantos testigos del Evangelio, irrigó esta tierra e
hizo fecunda a la Iglesia de Roma, que preside la
comunión de la caridad (Cf. san Ignacio Antioquía, Carta
a los Romanos, 1, 1).
El siglo XX ha sido un tiempo de martirio. Lo puso
claramente de relieve el Papa Juan Pablo II, quien pidió
a la Iglesia «actualizar el martirologio» y canonizó y
beatificó a numerosos mártires de la historia reciente.
Por tanto, si la sangre de los mártires es semilla de
nuevos cristianos, al inicio del tercer milenio es
lícito esperarse un nuevo florecimiento de la Iglesia,
especialmente allí donde más ha sufrido por la fe y el
testimonio del Evangelio.
Confiamos este deseo a la intercesión de san Pablo. Que
alcance para la Iglesia de Roma, en particular para su
obispo, y para todo el pueblo de Dios, la alegría de
anunciar y testimoniar a todos la Buena Noticia de
Cristo Salvador.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]