Ecumenismo en el
Año Paulino
Jesús Ortiz López
Arvo.net, 20.01.2009
Ecumenismo en el
Año Paulino
En este Año Paulino,
el Octavario por la unidad de los cristianos tiene especial
relevancia por la figura del Apóstol que extendió la Iglesia
naciente, sembrando el Evangelio sobre el único fundamento que es
Cristo: «Según la gracia de Dios que me ha sido dada, yo puse los
cimientos como sabio arquitecto, y otro edifica sobre ellos. Cada
uno mire cómo edifica, pues nadie puede poner otro cimiento distinto
del que está puesto, que es Jesucristo» (1Co, 10-11). Como
episcopos estuvo vigilante para que las primeras comunidades
cristianas mantuvieran la unidad en la fe y moral evangélicas,
secundando la acción del Espíritu Santo y apartar los primeros
gérmenes de desunión.
La fiesta
de su conversión, celebrada el 25 de enero, es el colofón perfecto
para este Octavario de oración y concienciación en la Iglesia
católica y para nuestros hermanos separados, empezando por los
ortodoxos, siguiendo por los anglicanos, y continuando con las
diversas confesiones surgidas tras la reforma luterana. En
definitiva, se trata de vivir la unidad de la Iglesia, nacida en el
Cenáculo, donde Jesús pide al Padre «que todos sean uno; como Tú,
Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros» (Jn
17,21). Impulsada más tarde en Pentecostés por el Espíritu
Santo, esa unidad constitutiva ha de ser también unidad
efectiva en cada momento histórico, y ahora en nuestro mundo
globalizado. Esta realidad se resume en las palabras de Pablo, que
la asamblea canta en torno al Cuerpo eucarístico de Cristo, uno pero
multiplicado al darse en la comunión sacramental a los fieles: «Un
solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre».
Impulsado por el
Vaticano II
Objetivo
prioritario del Pontificado de Juan Pablo II ha sido desarrollar el
Vaticano II, en sus enseñanzas sobre la Iglesia en sí misma (Lumen
gentium) y en su relación con el mundo contemporáneo (Gaudium
et spes). Por eso mismo se ha prodigado en gestos ecuménicos
poniendo en práctica la doctrina contenida en el Decreto Unitatis
redintegratio, y en la Declaración Nostra aetate, sobre
las relaciones con las religiones no cristianas. Ciñéndonos al
ecumenismo bastará recordar la imagen de Juan Pablo II en la
apertura de la Puerta Santa al inaugurar el Gran Jubileo del Año
2000, flanqueado por los representantes de la Iglesia oriental y
del Anglicanismo. Pero aquí interesa exponer con brevedad algunas
enseñanzas suyas en varias Audiencias generales, dirigidas
precisamente a sensibilizar más a un público amplio, sobre el
diálogo ecuménico con los hermanos separados. Sin duda, el
ecumenismo constituye también un punto importante en la Iglesia
actual bajo el Pontificado de Benedicto XVI, que dedica a ello sus
mejores energías.
Toda la
doctrina de Juan Pablo II sobre el diálogo ecuménico conjuga la
ansiada unidad con la necesaria identidad de la Iglesia de Cristo,
que históricamente «subsiste en la Iglesia católica, gobernada por
el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien
fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santidad y
verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen
hacia la unidad católica»[1].
Vemos a continuación algunas de sus intervenciones sobre el
verdadero ecumenismo con tres apartados: la unidad trascendente, las
dolorosas separaciones, y cómo vivir hoy el ecumenismo[2].
Un solo Señor, una
misma fe, un solo Padre
(…) Para
explicar la diversidad y variedad histórica de las Iglesias
cristianas, es oportuno observar que la unidad querida por Cristo de
ninguna manera implica una uniformidad exterior mortificante. La
legítima diversidad no se opone de ningún modo a la unidad de la
Iglesia sino que aumenta tu honor. Numerosas Iglesias locales o
particulares conservan su manera propia de vivir el compromiso
cristiano, que se remonta a instituciones de origen apostólico y a
tradiciones antiquísimas, o también a praxis establecidas en los
diversos tiempos, fruto de experiencias que han resultado adecuadas
para la inculturación del Evangelio. Así se ha ido formando en el
curso de los siglos una gran variedad de Iglesias locales, que ha
contribuido y contribuye a la riqueza espiritual de la Iglesia
universal, sin perjudicar la unidad.
El
concilio Vaticano II recuerda oportunamente que la unidad de la
Iglesia universal no es el resultado o el producto de la unión de
las iglesias locales sino que es una de sus propiedades esenciales
(Cf. LG,8). Desde el inicio, la Iglesia fue fundada por
Cristo como universal e, históricamente, las Iglesias locales se
formaron como presencias y expresiones de esta única Iglesia
universal. Por eso la fe cristiana es fe en la Iglesia una y
católica.
En esta
perspectiva se comprende muy bien el ministerio específico asignado
a Pedro y a sus sucesores. Es un misterio fundado en las mismas
palabras del Señor, un misterio de gracia que el Pastor eterno de
nuestras almas ha querido para su Iglesia, a fin de que creciendo y
actuando en la caridad y en la verdad, permanezca en todo tiempo
visiblemente unida para gloria de Dios Padre.
Pidámosle
a él el don de una comprensión cada vez más profunda entre los
fieles y los pastores y, por lo que respecta al ministerio petrino,
invoquemos la luz necesaria para descubrir las formas mejores en que
ese ministerio pueda realizar un servicio de comunión reconocido por
todos.
2. Dolorosas
separaciones[1]
(…) Ya los
escritos del Nuevo Testamento nos señalan que, desde el principio de
la vida de la Iglesia, han existido divisiones entre los cristianos.
Pablo habla de las discordias en la Iglesia de Corinto (Cf.1 Co
1,10-12). Juan se lamenta de los que difunden falsas doctrinas
(Cf. 2 Jn 1,10) o los que ambicionan ocupar en la Iglesia el
primer lugar (Cf. 3 Jn 1,9-10). Es el inicio de una dolorosa
historia, que en todas las épocas, al irse formando grupos
particulares de cristianos separados de la Iglesia católica, ha
visto brotar cismas y herejías y nacer Iglesias “separadas”. Éstas
no estaban en comunión ni con las demás Iglesias particulares ni con
la Iglesia universal, constituida como «un solo rebaño» con
«un solo pastor», Cristo (Jn 10,16), representado por
un solo Vicario universal, el Sumo Pontífice. (...)
Todo ello
conlleva la llamada apremiante a la unidad plena. No se trata
simplemente de reunir todas las riquezas espirituales existentes en
las comunidades cristianas, como si haciéndolo se pudiera llegar a
una Iglesia más perfecta, a la Iglesia que Dios desearía para el
futuro. Por el contrario se trata de realizar con plenitud la
Iglesia que Dios ya ha manifestado en su realidad profunda, en el
acontecimiento de Pentecostés. Esta es la meta a la que todos
debemos tender, unidos ya desde ahora en la esperanza, en la
oración, en la conversión del corazón y, como a menudo se nos pide,
en el sufrimiento que encuentra su valor en la cruz de Cristo.
3. Cómo vivir el
ecumenismo[2]
"
(…) Por
otra parte, la constatación diaria de que el compromiso ecuménico se
realiza en un campo lleno de dificultades hace sentir aún más
vivamente la insuficiencia humana y la urgencia de acudir con
confianza a la omnipotencia divina. Es lo que manifestamos
especialmente en la Semana dedicada cada año a la “oración por la
unidad de los cristianos”: se trata, ante todo, de un momento de
oración más intensa. Es verdad que esa importante iniciativa
favorece también estudios, encuentros e intercambios de ideas y
experiencias, pero su primera finalidad sigue siendo siempre la
oración.
(…) El
ecumenismo, para ser auténtico y fecundo, exige además de parte de
los fieles católicos “algunas disposiciones fundamentales”. Ante
todo, la caridad, con una mirada llena de simpatía y un vivo deseo
de cooperar, donde sea posible, con los hermanos de las demás
Iglesias o comunidades eclesiales. En segundo lugar, la fidelidad a
la Iglesia católica, sin desconocer ni negar las faltas manifestadas
por el comportamiento de algunos de sus miembros. En tercer lugar,
el espíritu de discernimiento para apreciar lo que es bueno y digno
de elogio.
(…) No se
trata de una perspectiva utópica: su realización puede y debe
llevarla a cabo cada persona, día tras día, siglo tras siglo,
cualquiera que sea la duración de la historia y la variedad de sus
vicisitudes, en gran parte imprevisibles. En esta perspectiva se
mueve el ecumenismo, que por ello se sitúa en un marco más amplio
que el del problema de la adhesión individual a la Iglesia católica
por parte de las personas procedentes de otras comunidades
cristianas, cuya preparación y reconciliación no están en contraste
con la iniciativa ecuménica, dado que «ambas proceden del
designio admirable de Dios» (UR, 4.)
Sirvan de
epílogo estas palabras de Juan Pablo II: «En los albores del nuevo
milenio, ¿cómo no invocar para todos los cristianos “la gracia de la
unidad”, que el Señor Jesús les obtuvo a un precio tan alto? La
unidad en la fe, en la adhesión a la verdad revelada; la “unidad
en la esperanza”, en el camino hacia la realización del reino de
Dios; y la “unidad en la caridad”, con sus múltiples formas y
aplicaciones en todos los campos de la vida humana. En esta unidad
todos los conflictos pueden encontrar solución, y todos los
cristianos divididos, su reconciliación para alcanzar la meta de la
comunión plena y visible».
Jesús Ortiz López
Doctor en Derecho Canónico
[2]
Cfr. Jesús Ortiz López, La Iglesia que desea Juan Pablo II,
Rialp, 2003, pp. 145-154. Audiencias generales de Juan Pablo
II: 28-VI-1995; 12-VII-1995; 26-VII-1995.
©Arvo.net,
21/01/2009
Edita Asociación
Arvo,
Salamanca; Coordina: Antonio Orozco Delclós Todos los derechos
reservados.
Se permite la difusión en
Internet con enlace a esta página
|