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Cristo
murió, pero no ha
muerto: ha resucitado;un
hecho históricamente tan
documentado como o más que
el que más. Si los
historiadores profesionales
contasen para cualquier
evento acaecido en el siglo
primero de nuestra era, con
tanta documentación como hay
de la muerte y de la vida de
Cristo tras
su muerte, no
dudarían en reconocerlo a
pies juntillas.
Los cuatro Evangelios nos
dan noticia de lo que costó
a los discípulos admitir el
hecho de la resurrección. Su
resistencia es para nosotros
una buena razón para creer;
muestra de su poca afición a
montar espectáculos y a
fabricar mitos.
A
aquellos
hombres y mujeres que vieron
y tocaron a Cristo
resucitado
les costó
creer que no era
un
"fantasma"
-
producto de su
imaginación, un ser irreal
-, como nos podría costar a
nosotros en el siglo XXI.
La Historia comprueba que
admitieron la divinidad de
la doctrina de Jesús no
fundados en la lógica de
ciertas ideas o en ideales
más o menos nobles, sino por
la fuerza de los hechos,
no solo vistos, sino
palpados, cabe decir,
comprobados empíricamente
(cf. p.ej. Jn 20, 27).
A los tres días de la
crucifixión no hay tiempo
para mitos o fantasías,
saben que Cristo vive.
Después de conversar
no una vez sino cuarenta
días
con el
Resucitado
[1]
contemplan su Ascensión al
Cielo (Hch 1, 9-10).
Entones
no
sólo siguen creyendo que
vive, están convencidos de
que permanece con ellos de
modo tan misterioso como
real. No como el maestro
permanece en los discípulos,
no como Platón o Aristóteles
«viven» en sus escritos y en
la memoria de los
estudiosos; no como el amado
muerto pervive en el amante
vivo; sino de una manera
singular y absolutamente
nueva, como una persona vive
«en» otra persona viva. Es
decir, como sólo una
persona divina puede vivir
«en» una persona creada:
sin dañarla, ni alterarla
sustancialmente, ni
suplantarla en modo alguno,
dejándola a la vez intacta,
pero enriquecida
indeciblemente por un
principio vital superior no
creado, sino creador; en
concreto: la misma Vida
originaria increada. «Yo soy
la Vida», les había dicho
Jesús; «el que cree en el
Hijo, tiene vida eterna»; no
«va a tener», o «tendrá»,
sino tiene (Jn 3, 13;
cf Jn 5, 24; 6, 47; 6, 54).
«Y sabed que yo estoy con
vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt
28, 20).
UNA VIDA NUEVA
Los discípulos, a los pocos
días de morir Jesús,
comienzan a vivir una vida
rigurosamente nueva en el
mundo y en la historia: la
vida de Cristo, perfecto
Dios y perfecto hombre. Son
conscientes de que Cristo
vive de un modo superior al
de su existencia histórica,
porque su Divinidad ha
llenado su naturaleza
humana, la ha resucitado y
la ha glorificado, de tal
modo que en su humanidad
brota una fuente inagotable
de vida divina transmisible
a sus hermanos los hombres
redimidos. Vida divina capaz
de vivificar a los muertos
del cuerpo y a los muertos
del espíritu. «De su
plenitud recibimos todos
gracia sobre gracia» (Jn 1,
16).
Vivificados con la vida de
Cristo resucitado, los
Apóstoles, sin dejar de ser
ellos mismos, son
transformados, encendidos
con un fuego de amor que
viene del espíritu de
Cristo. Pablo de Tarso es
uno de los grandes testigos
de esa nueva vida que vive
en todo fiel cristiano:
«vivo yo, pero no yo, es
Cristo quien vive en mí» (Gal
2, 20). No se trata de un
caso extraordinario; les
dice a los fieles romanos:
«así también daos cuenta de
que vosotros mismos estáis
muertos al pecado, pero
vivos para Dios en Cristo
Jesús» (Rom 6, 11). «Cristo
está en vosotros» (Rom 8,
10.11; Ef 2, 5). «Cristo es
vuestra vida» (Col 3, 4) .
La vida de Cristo en la
persona del cristiano
¿Cuál es el alcance de este
«en»
-vosotros en Cristo,
Cristo en vosotros-
que Pablo escribe 164 veces
en sus Cartas? El alcance
permanece entre los velos
del misterio, porque ese
estar
y ser
Cristo en mí y yo en
él, no es una realidad
sensible, ni siquiera
«natural»
sino
de naturaleza
superior, «sobrenatural»,
pero - preciso es
subrayarlo- tan real, o más
si cabe, que todo lo
natural, como más realidad
posee
la Vida divina que cualquier
vida creada
[2].
Cristo mismo nos ofrece una
alegoría que nos aproxima al
misterio: «Yo soy la vid,
vosotros sois los
sarmientos» (cf Juan 16, 4
ss). Por los sarmientos
corre la misma sabia de la
vid, que los vivifica y les
da capacidad de dar frutos
riquísimos. Ellos no son la
vid y, a la vez, de algún
modo lo son. El fiel
cristiano no es idéntico a
Cristo, pero en cierta real
manera se identifica con Él,
porque lo mejor de su vida
está «escondida con Cristo
en Dios», es vida «en
Cristo», Cristo es realmente
«su vida»; es el origen de
la vida sobrenatural que
diviniza el espíritu del
cristiano y aún su cuerpo. «Cristo
vive en el cristiano.
La fe nos dice que el
hombre, en estado de gracia,
está endiosado. Somos
hombres y mujeres, no
ángeles. Seres de carne y
hueso, con corazón y con
pasiones, con tristezas y
con alegrías. Pero la
divinización redunda en todo
el hombre como un anticipo
de la resurrección
gloriosa … La vida de
Cristo es vida nuestra,
según lo que prometiera a
sus Apóstoles, el día de la
Ultima Cena: ‘Cualquiera que
me ama, observará mis
mandamientos, y mi Padre le
amará, y vendremos a él, y
haremos mansión dentro de
él’. El cristiano debe -por
tanto- vivir según la vida
de Cristo, haciendo suyos
los sentimientos de Cristo,
de manera que pueda exclamar
con San Pablo, non vivo
ego, vivit vero in me
Christus, no soy yo el
que vive, sino que Cristo
vive en mí.»
[3]
Más que el enamorado de una
criatura, el bautizado en
Gracia de Dios, puede decir
a Cristo: «vida mía»,
porque Él no sólo es el
amor
supremo, origen de todo amor
puro; no sólo es «otra
vida», de la que estoy «en-amorado»,
sino que ha venido a estar
«en mí», para cumplir el
deseo nunca cabalmente
realizado del amor entre
criaturas, de tal modo que
somos «dos en uno».
Permanecen su identidad y la
mía, somos dos, pero a la
vez somos una sola vida, la
Suya.
Se cumple el deseo del amor
divino, que encuentra su
maravillosa realización en
la unidad de Dios Trino: el
Padre y el Hijo son dos
personas y una sola esencia
o naturaleza, un solo Dios.
«yo estoy en mi Padre, y
vosotros en mí y yo en
vosotros» (Jn 14, 20), dice
el Señor. No es exactamente
lo mismo, pero
el punto de comparación que
pone al hablar de cómo Él
está «en el
cristiano», es nada menos
que su modo de estar «en» su
Padre, es decir, la Unidad
de la Trinidad.
Hay una inmanencia
mutua, sin confusión, entre
Cristo y los fieles. No sólo
al modo en que lo conocido
está en el cognoscente, ni
como está la piedra en el
fondo del lago. Es un modo
misterioso por el que
realmente el espíritu de
Cristo se encuentra sin
fronteras en el espíritu del
cristiano
El Santo Padre decía durante
la pasada Vigilia Pascual
comentando Jn 13,36,
«Me voy y vuelvo a vuestro
lado», «justamente en su
irse, él regresa. Su marcha
inaugura un modo totalmente
nuevo y más grande de su
presencia. Con su muerte
entra en el amor del Padre.
Su muerte es un acto de
amor. Ahora bien, el amor es
inmortal. Por este motivo su
partida se transforma en un
retorno, en una forma de
presencia que llega hasta lo
más profundo y no acaba
nunca. En su vida terrena
Jesús, como todos nosotros,
estaba sujeto a las
condiciones externas de la
existencia corpórea: a un
determinado lugar y a un
determinado tiempo. La
corporeidad pone límites a
nuestra existencia. No
podemos estar a la vez en
dos lugares diferentes.
Nuestro tiempo está
destinado a acabarse. Entre
el yo y el tú está el muro
de la alteridad.
Ciertamente, amando podemos
entrar, de algún modo, en la
existencia del otro. Queda,
sin embargo, la barrera
infranqueable del ser
diversos. Jesús, en cambio,
que a través del amor ha
sido transformado
totalmente, está libre de
tales barreras y límites. Es
capaz de atravesar no sólo
las puertas exteriores
cerradas, como nos narran
los Evangelios (cf. Jn
20, 19). Puede atravesar
la puerta interior entre el
yo y el tú, la puerta
cerrada entre el ayer y el
hoy, entre el pasado y el
porvenir. … Su partida se
convierte en un venir en el
modo universal de la
presencia del Resucitado, en
el cual Él está presente
ayer, hoy y siempre; en el
cual abraza todos los
tiempos y todos los lugares.
Ahora puede superar también
el muro de la alteridad que
separa el yo del tú. Esto
sucedió con Pablo, quien
describe el proceso de su
conversión y Bautismo con
las palabras: “vivo yo, pero
no soy yo, es Cristo quien
vive en mí” (Ga 2,
20). Mediante la llegada del
Resucitado, Pablo ha
obtenido una identidad
nueva. Su yo cerrado se ha
abierto. Ahora vive en
comunión con Jesucristo, en
el gran yo de los creyentes
que se han convertido – como
él define – en “uno en
Cristo” (Ga 3, 28).»
[4]
«Yo vivo, pero no soy
yo, antes es Cristo quien
vive en mí» (Gal 2, 20). Sorprendente
afirmación, absurda
resultaría en
otra fuente y en cualquier
otra
religión. No se trata
de una sustitución que
equivaldría a la muerte.
Sucede que mi intimidad
existe porque Dios la ha
creado y continúa dándome el
ser. Por eso no
hay para Él un cercado de
subjetividad
impenetrable. Cristo, por
ser Dios, puede entrar
en el cercado íntimo de una
subjetividad ajena y
actuarla
por dentro, operando por las
facultades de ella, de tal
modo que no
sólo no menoscaba la
personalidad, sino que la
refuerza. Tras la
resurrección, como Logos
encarnado, puede también
hacer esa obra de
«ingeniería» creadora y
redentora que alcanza lo más
hondo e inescrutable del yo
humano. De no ser así la
redención no sería
estrictamente perfecta, la
justificación
o santificación no podría
ser plena, Dios no habría
llegado a la altura de su
poder. No ha querido dejar
las cosas a medias, ni
siquiera solo muy bien;
llega hasta el extremo de
amor, de justicia y de
misericordia.
Pienso –desde mi ignorancia-
en la situación del
estomatólogo cuando ha de
desvitalizar una pieza. Ha
de alcanzar y limpiar por
dentro hasta el último fondo
de la raíz. Por otro lado,
en nuestro asunto, se ha de
infundir no una prótesis
sino vida de la propia vida,
rigurosamente sana e
incontaminada y esta es la
vida misma de Cristo que se
hace «vida mía».
El Infinito posee de modo
virtual y eminente las
perfecciones de todas las
personalidades reales y
posibles, conoce las sendas
de todos los corazones
y puede actuar en ellos,
robustecer
toda potencia y toda
originalidad
sin alterar sus fibras.
Tal excelencia, que
a Dios sólo incumbe, la
poseía Cristo como Dios
antes de la
Resurrección, pero la
mantenía inoperante en su
humanidad, en espera
del día en que la muerte y
la resurrección le darían el
reinado efectivo sobre los
corazones.
[4b]
Ahora, con el Bautismo, por
obra del Espíritu Santo,
Cristo viene a vivir en mí,
se hace «vida mía». Con ello
no suplanta mi personalidad,
antes bien la robustece,
no sólo en energía vital,
sino también
en el sentido de mi
originalidad irrepetible.
«Así – escribe Carlos Cardó-
yo, poseído por Cristo, soy
más que yo solo. Yo vivo
real y poderosamente,
como que soy yo y muy de
veras; pero en este
yo, sin menoscabarlo y sin
entorpecerlo, está viviendo
Cristo. He aquí la nueva
espiritualidad de Cristo
resucitado;
comporta una sutileza
infinitamente
más
fina
y más fuerte
que la que permitía a
Jesús pasar a través de
las
puertas cerradas.
En
efecto:
¿qué puerta hay más cerrada
que
la
intimidad del corazón, que
la vitalidad
intransferible?
Cristo resucitado la penetra
hasta la identidad
de la persona, para venir
a renovar el
yo, que
es
naturalmente
irrenovable.
Perdidos estaríamos si no
fuera
por
este poder;
sin él la redención habría
sido inútil y
nuestra regeneración fuera
imposible.
Esto había prometido
Jesús: «
Quien
me
ama
guardará mi palabra;
y
el Padre le ama
e iremos a
El y
en Él
permaneceremos»
(Io
14, 23).
La corrupción no estaba
limitada a nuestra conducta
externa; aunque dejando a
salvo la naturaleza, alcanzaba
el yo interior, la punta
extrema del espíritu de la
que
mana la orientación de la
vida, la intención
calificadora
de los actos, por la que
está sellada toda la vida
moral.
Hasta
aquí baja el Resucitado,
como portador de
las
otras
dos Personas divinas; para
elevar en cierto modo
al
hombre hasta el límite
mismo
del
orden
hipostático.»
[4b]
Al resucitar, también la
naturaleza humana de Cristo
se ha transformado, sin
dejar de ser humana, se ha
espiritualizado. Puede
atravesar todas las puertas
e introducir su
psicología en nuestra
psicología, su perspectiva
de Logos hecho carne;
en cierta medida, su
sabiduría de perfecto Dios y
su sabiduría de hombre
perfecto, su humildad, su
generosidad, su
magnanimidad, su fortaleza,
en fin, su amor ilimitado
hasta a los propios
verdugos… Todo Él se
transfunde al pequeño yo…,
aunque como es lógico en la
medida en que mis
disposiciones lo permiten.
Gran responsabilidad la mía.
Si no me resisto ni pongo
obstáculos, si me abandono a
los impulsos del Amor,
entonces, mi ser personal,
irrepetible, en
Cristo va creciendo,
creciendo sin saber a dónde
puede llegar. Todo esto es
compatible con mis miserias,
con las que he de combatir
sin cesar, motivo de
conversión continua y
también de acción de gracias
por la inmensa paciencia,
misericordia, generosidad y
entrega sin limite del
Crucificado Resucitado,
«Príncipe de la Vida» (Hch
3,15).
Benedicto XVI insiste año
tras año a los recién
bautizados: «ésta es la
realidad del Bautismo: Él,
el Resucitado, viene, viene
a vosotros y une su vida a
la vuestra, introduciéndoos
en el fuego vivo de su amor.
Formáis una unidad, sí, una
sola cosa con Él, y de este
modo una sola cosa entre
vosotros. En un primer
momento esto puede parecer
muy teórico y poco realista.
Pero cuanto más viváis la
vida de bautizados, tanto
más podréis experimentar la
verdad de esta palabra. Las
personas bautizadas y
creyentes no son nunca
realmente ajenas las unas
para las otras. Pueden
separarnos continentes,
culturas, estructuras
sociales o también
acontecimientos históricos.
Pero cuando nos encontramos
nos conocemos en el mismo
Señor, en la misma fe, en la
misma esperanza, en el mismo
amor, que nos conforman.
Entonces experimentamos que
el fundamento de nuestras
vidas es el mismo.
Experimentamos que en lo más
profundo de nosotros mismos
estamos enraizados en la
misma identidad, a partir de
la cual todas las
diversidades exteriores, por
más grandes que sean,
resultan secundarias. Los
creyentes no son nunca
totalmente extraños el uno
para el otro. Estamos en
comunión a causa de nuestra
identidad más profunda:
Cristo en nosotros. Así la
fe es una fuerza de paz y
reconciliación en el mundo:
la lejanía ha sido superada,
estamos unidos en el Señor (cf.
Ef 2, 13).»
[5]
Fe viva en el vivir de
Cristo en mí
Se comprende que quedaran
muy grabadas en la mente de
Pablo las palabras de Jesús,
camino de Damasco: «Saulo,
Saulo, ¿por qué me
persigues?» (Hch 9, 24). Hay
una identidad tal entre
Cristo y el cristiano que
todo lo que se hace a un
cristiano se hace a Cristo,
porque Cristo vive realmente
en él: «En verdad os digo
que cuantas veces hicisteis
esto a uno de mis hermanos
menores, a mí me lo
hicisteis» (Mt 25, 40).
Una de las maravillas del
vivir en Cristo es que
cuanto mayor es la unión con
Él, más vigorosas, íntegras
y distintas aparecen las
personalidades de los
santos. En Cristo se alcanza
tanto la más auténtica y
real liberación como la
personalidad más plena.
La incorporación a
Cristo, lejos de ser pérdida
es ganancia. Al extremo de
que, como dice Tomás Aquino,
«el Bautismo nos incorpora a
la Pasión y Muerte de
Cristo, de tal manera que la
Pasión de Cristo, en la que
cada persona bautizada tiene
una parte, es para todos un
remedio tan efectivo como si
cada uno hubiese sufrido y
muerto él mismo» (S. Th. III,
69, 2). Por eso Pablo puede
decir que por el Bautismo
hemos muerto-con
Cristo, y hemos sido
con-sepultados,
con-resucitados con
Cristo y co-sentados
con El a la diestra del
Padre (cf Rom 6, 3-14). El
Apóstol ya se ve sentado con
Cristo junto al Padre: «aun
cuando estábamos muertos por
los pecados, nos dio vida
juntamente en Cristo... y
nos resucitó con El, y nos
hizo sentar sobre los cielos
en la Persona de Jesucristo»
(Ef 2, 56).
[6]
Esta realidad gloriosa está
«escondida», no se ve, lo
hemos dicho, no es sensible,
solo lo sabemos por
la palabra de Dios: «Porque
habéis muerto, y vuestra
vida está oculta con Cristo
en Dios. Cuando aparezca
Cristo, vida vuestra,
entonces también vosotros
apareceréis gloriosos con
él.» (Col 3, 3-4). ¿Cuándo
sucederá? «Dice el que da
testimonio de todo esto:
‘Sí, vengo pronto’» (Apc 22,
20). Vale la pena esperar un
poco, poniendo la vida
cotidiana en sintonía con el
vivir de Cristo.
Como es fácil de comprender,
la incorporación del
cristiano a Cristo es y sólo
puede ser libre, por lo
mismo que Dios jamás anula
la libertad ni nos da bien
alguno que no queramos. Hay
que querer creer
amorosamente, para que
mediante la fe viva, Cristo
viva
libremente
en nosotros.
Se trata de un cierta fusión
de libertades llamada amor.
Él,
subrayando la libertad
nuestra,
se diría que
suplica:
«Permaneced en mí y yo en
vosotros» (Jn 15, 4). Si la
permanencia no fuera libre,
vano sería forzar a ello.
Así, pues, Cristo vive no
sólo en la Gloria y en la
Eucaristía, sino también en
el cristiano que libremente
decide pasar por la Puerta
que es Cristo mismo: «Yo soy
la puerta» (Jn 10, 7.9). En
la puerta de entrada
a la Iglesia se encontrará
con Cristo presente en el
sacramento del Bautismo y,
después, en los demás
sacramentos, remedio para
cada necesidad; de modo
eminente en el sacramento de
la Eucaristía; también en la
oración litúrgica, y en el
sacrificio cotidiano que
implica el crecimiento en
las virtudes necesarias para
el cumplimiento acabado de
la sapientísima y amorosa
voluntad del Padre
celestial.
Todo es posible viviendo en
Cristo, también la
auténtica
santidad de vida, a la
que Él por cierto a todos
llama. No debiéramos tenerlo
por exceso, puesto que Él ha
depositado en nuestro
espíritu su espíritu, capaz
de dar vista a los ciegos,
movimiento a miembros
paralíticos y resucitar
muertos.
Cristo Jesús ha elevado
nuestra naturaleza hasta una
altura insospechada: «lo que
es el hombre quiso ser
Cristo, dice san Cipriano,
para que el hombre pudiera
llegar a ser lo que es
Cristo»
[7].
San Agustín, más audaz,
dice: «Dios se hizo hombre
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