UN NUEVO MODO DE VER
En la Plaza de San Pedro, 6 de octubre de 2002

Autor: Antonio Orozco Delclós
Fuente: Arvo.net
Fecha: 06.10.2002
Domingo, 6 de octubre de 2002. El papa Juan Pablo II, cabeza visible de la Iglesia, con la potestad sagrada recibida de Jesucristo, proclama santo a Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, ante una inmensa multitud de fieles de cinco continentes, de toda condición social, de lenguas y culturas diversas que han acudido a la Plaza de San Pedro, muchos de ellos con alto grado de esfuerzo y sacrificio. Una muchedumbre; con todo, cada persona allá presente es única a la mirada de Dios y a la del nuevo santo. ¿Cómo mira, qué ve san Josemaría?. «Una expresión – escribe Antonio Aranda- característica de Josemaría Escrivá, dirigida a veces a quienes le escuchaban con motivo, por ejemplo, de una reunión de formación o quizás de una conversación informal, sonaba sencillamente así: «¡Veo bullir en vosotros la Sangre de Cristo!». La pronunciaba con fuerza, con gran convicción y también con alegría. Su actitud era la de quien, en la sencillez de unas palabras espontáneas, que se dicen con los labios, con los ojos, con el corazón, manifiesta una honda certeza que le conmueve, una verdad al mismo tiempo poseída y poseedora. Aquella gráfica referencia al correr de la Sangre de Cristo, de su Vida, por los canales vitales de los cristianos, era como una luz en la que el beato Josemaría transmitía el núcleo de su mensaje de santidad en la vida ordinaria: un espíritu de entrega y de servicio a la Iglesia y a todos los hombres en la vida cotidiana. Pero antes y principalmente era un destello de su mirada interior, de su amorosa contemplación del misterio de Cristo.»
«¡Veo bullir en vosotros la Sangre de Cristo!». Yo no pude estar en la Plaza de San Pedro el 2 de octubre de 2002. En cambio, tuve la fortuna de encontrarme más una vez bajo aquella mirada de san Josemaría en Villa Tevere y suscribo al pie de la letra lo escrito por Antonio Aranda. Esa misma mirada con idénticas palabras, por gracia de Dios, la hemos podido percibir y vivir de cerca algunos centenares o millares de personas. Por mi parte, la recuerdo precedida de una incitante interrogación: «¿Sabéis por qué os quiero tanto, hijos míos?»; y la respuesta tras un instante de expectación: «Porque veo bullir en vosotros la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo». Recuerdo que nos hallábamos un buen grupo de jóvenes universitarios y profesionales del Opus Dei, en una reunión informal con el Padre, minutos antes de que celebrara la Santa Misa. Uno contaba una aventura apostólica; otro, un chiste que nos partía de risa; otro, con la guitarra, se lanzaba con voz potente a una vibrante canción de amor a la mexicana; el de más allá llenaba el pequeño espacio con las fenomenales notas de una ruidosa trompeta… Siempre nos recomendaba san Josemaría que nos preparáramos muy bien para el Sacrificio Eucarístico. En la ocasión a la que me refiero, el encuentro familiar sucedía en hora inusual; poco más tarde el Padre celebraría Misa. Se nos podía ocurrir que le distraíamos de lo esencial. Por eso nos tranquilizó: no os preocupéis, estando con vosotros estoy con el mismo Cristo... porque veo en vosotros el bullir de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo... Ésta era la idea y ésas aproximadamente sus palabras.
Pienso en la mirada del Padre en la Plaza de San Pedro aquel domingo 6 de octubre de 2002, ya para siempre en el corazón de la Trinidad, gozando a la vez de la visión de Dios y, en Dios, del corazón de cada uno de sus hijos, de sus amigos, conocidos o desconocidos, con la intensidad de su cariño paterno y materno. Se ha dicho que la mirada es como el alma hecha fluido. Es difícil de expresar. En la mirada se asoma el alma, la persona. Si no es teatral, la mirada desvela el corazón. La mirada del fundador del Opus Dei desvelaba lo que llevaba en sus adentros: Cristo Jesús. Su vivir era Cristo, como acontecía al Apóstol, para mí vivir es Cristo. Por eso en su mirar, como sucede en los demás santos, asomaba el mirar de Cristo, y veía, salvando las distancias, como Cristo. Su palabra –«veo en vosotros el bullir de la sangre de Cristo»- desvelaba la hondura de su corazón y el alcance de su ver. También era decirnos que no había de ser un caso excepcional; debía acontecer en nosotros, a pesar de nuestra inmadurez, de nuestra posible miopía espiritual. La mirada del Fundador del Opus Dei expresaba con naturalidad que en cada cristiano, vive Cristo, que Cristo es tanto principio vital como fruto final de todo el vivir del hijo de Dios; que el cristiano es por vocación bautismal portador de Cristo; que la vida en la tierra no ha de ser otra cosa que transparentar a Cristo, amar a Cristo y llevarlo a todos los sitios. Vivir por Cristo, con Cristo, en Cristo en cada momento del día, en el trabajo y en el descanso, en el taller, en el campo, en la oficina, en el hogar.
Muchos, muchas veces, asociamos en nuestra mente el mirar de san Josemaría con la mirada de Cristo. Cuando Jesús mirando a Simón hijo de Juan, le dice: «Tú serás Pedro», tenía delante a un pescador de Galilea más bien tosco; hombre de gran corazón y grandes altibajos, como el mar de Galilea. Pero en aquel Simón, Jesús veía ya al Pedro-Roca sobre la que se asentaría la Iglesia hasta el fin de los siglos. La mirada de Jesús, humana y divina, traspasaba tiempo y espacio. Cuando san Josemaría miraba a los hijos de su espíritu, no veía sólo la precaria realidad espiritual de esas mujeres, de esos hombres, veía lo que iban a ser con la gracia soberana de la vocación divina. Hombres y mujeres cabales, con defectos, con miserias, quizá todavía volubles, pero con la madurez de un amor más fuerte que «las muchas aguas» y que la misma muerte, yendo por todo el mundo, con la humildad de los que dicen con Pedro: soy un pecador, pero amo con locura a Jesucristo y quiero llevarlo a todos los sitios, para que todos descubran la hermosura de su Rostro, el amor de su Corazón inmenso.
Donde hay un hijo de Dios, ahí «bulle» la misma Sangre que se hace presente sobre el altar, con el Cuerpo de Cristo, que se «encarna» por la Comunión sacramental en cada comulgante. Cristo y el cristiano devienen misteriosa pero realmente, «dos en una sola carne y una sola sangre». El misterio de la Encarnación del Verbo se encuentra, en todas sus dimensiones, latente bajo las asombrosas palabras: «¡Veo bullir en vosotros la Sangre de Cristo!»
Lo sucedido el 2 de octubre de 2002, sucede hoy. Entonces yo no estaba allí, hoy repaso lo que vi y escuché por televisión, la voz materialmente débil de Juan Pablo II que decía pausadamente «con la de la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la nuestra, después de haber deliberado largamente, invocado repetidas veces la ayuda divina y escuchado el consejo de muchos hermanos nuestros en el episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, lo inscribimos en el Catálogo de los santos y establecemos que sea devotamente honrado como tal en toda la Iglesia. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Palabras del Rito de la Canonización que manifiestan que se trata de un acto que la teología califica de «hecho dogmático» (cfr. CDF, Nota doctrinalis, 29-VI-1998, n. II). El Romano Pontífice ejerce así la suprema potestad legislativa que le corresponde en la Iglesia, declara y define como verdad de doctrina católica que un fiel –en este caso Josemaría Escrivá de Balaguer – es santo, y extiende su culto a toda la Iglesia. Este acto del supremo Magisterio de la Iglesia requiere el asentimiento definitivo de los fieles. ¿Con qué fundamento? Lo indica la misma Nota citada, de la Congregación para la Doctrina de la Fe: «fundado sobre la fe en la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio de la Iglesia, y sobre la doctrina católica de la infalibilidad del Magisterio en estas materias» (cfr. Ibid. n. 6).
Se comprende así la alegría de quienes tuvimos la fortuna de tratar en vida a san Josemaría y sabíamos de su heroica correspondencia a la gracia de Dios. Ahora la certeza es de un orden superior, la que se funda en la enseñanza definitiva del Magisterio solemne de la Iglesia. Todo ello «para honra de la Trinidad –como se dice en el mismo Rito -… e incremento de la vida cristiana».
El culto a los santos.
Hay quien se escandaliza del culto a los santos. Recuerdo que hace algunos años vi por televisión un fragmento de un partido de fútbol en el que uno de los equipos contendientes era el Club de Fútbol Barcelona. Uno de sus jugadores estrella marcó un gol tras una jugada verdaderamente magistral, inverosímil. El comentarista se enardecía arrebatado en exultaciones, delirios, y ditirambos al extremo de exclamar: ¡¡¡es un dios!!!. Una hora después, celebré la Santa Misa en la misma Ciudad Condal, era domingo y prediqué la homilía. Me referí a la jugada y al comentario. Pues claro que era como un dios, a los ojos humanos ciertas cosas que hacemos los hombres nos parecen divinas, y de algún modo lo son, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Cuántos monumentos a toreros, deportistas, científicos, prohombres… Algunos no se lo merecen, otros sí. El “culto a la personalidad” puede resultar aberrante en cierto sentido, pero ya decía Aristóteles, seguido por santo Tomás de Aquino, que el embrión humano es algo divino en tanto que es un hombre en potencia (hoy podemos decir: en acto). Por minúsculo que resulte a nuestra mirada, encierra una estructura grandiosa, admirable, completísima, animada por un espíritu inmortal, que constituye un macrocosmos sagrado. Ojalá practicáramos mucha más un verdadero y sano «culto a la personalidad» de cada hombre, de cada mujer. Pero los santos no buscan su propia gloria. Saben que todos sus talentos los han recibido de Aquél que es tres veces Santo. El culto a los santos es reconocer la obra de Dios en ellos y también su correspondencia a la gracia, manifestada en la virtudes que, luchando, adquirieron en su vida terrena, especialmente la caridad, es decir, su amor a Dios y al prójimo; con otras palabras, su modo de transparentar a Cristo. Cada uno se ha identificado con Cristo y es distinto de los demás, con personalidad propia.
San Josemaría fue llamado por Juan Pablo II «el santo de lo ordinario». Solía repetir: yo no soy nada, no puedo nada, no sé nada, casi ni existo… No se consideraba fundador de nada, y lo era, por eso a la obra que Dios le encomendó poner en marcha en la tierra le llamó en cierto momento Opus Dei, es decir, obra de Dios, trabajo de Dios. Recuerdo – con memoria fotográfica, rara en mí -que en cierta ocasión nos decía: en el Opus Dei todo es de Dios, salvo mis miserias… y las vuestras, que algunas tendréis. ¡Ya lo creo que las tenemos! Pero lo relevante no es lo que hacemos los pobres hombres, sino lo que hace Dios, por nosotros, en nosotros y con nosotros. El culto a los santos es culto a Dios, fuente única de la santidad. La amistad con los santos facilita la amistad con Dios, que eso es la santidad. La intercesión de los santos es como un gran amplificador de nuestra voz ante el «Trono» de Dios.□