Por Tomás Melendo
1. El amor de San Josemaría, a la vez divino y humano
Como alguna otra vez he apuntado, en la vida y en la doctrina de San Josemaría Escrivá de Balaguer existe una palabra que se eleva por encima de todas las restantes: “amor”. Basta echar un vistazo al más conocido de sus libros para advertirlo. El primer punto de Camino comienza así: “Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor”. Y el que cierra el escrito, el 999, resume tajante. “¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. —Enamórate y no «le» dejarás”(1).
“Amor”, con minúsculas y con mayúsculas. Pero no como dos realidades ajenas entre sí o simplemente yuxtapuestas y ni siquiera coordinadas: sino como un muy hondo engarce vital en el que el Amor a Dios penetra hasta las más intrascendentes de las realidades cotidianas y las hace reverberar con el brillo inefable de su vigor y belleza infinitos, y el amor a los otros hombres sirve como trampolín, estímulo y materia para adentrarse más y más en las realidades sobrenaturales, hasta establecer en Dios la propia morada y, reposando en el seno de la Trinidad Santísima, tratar con inenarrable afecto a cada una de las divinas Personas.
No extraña, por eso, que San Josemaría paladeara con fruición, aun a sabiendas de su escasa calidad literaria, aquellos versos clásicos que comienzan con una afirmación rotunda: “Mi vida es toda de amor…”. Ni asombra, como ya veíamos, que con las coplas de noble amor humano interpretadas a lo divino sembrara las carreteras de Europa, roturando el terreno de aquellos lugares donde iba a comenzar la labor del Opus Dei. O, como también sugerí, que agradeciera a Dios el ardor creciente con que, más conforme pasaba el tiempo, buscaba la compañía de Jesús —vultum tuum, Domine, requiram!—, frente a la lánguida rutina que a veces se introduce en algunos cónyuges con el transcurrir de los años. O que, como expresión de ese único e indivisible corazón que Dios le había dado para amarlo a Él y a sus criaturas, se trasladara con enorme facilidad, cual si estuvieran fundidas en una, desde las categorías del querer divino hasta las del humano y viceversa, incluso indicándolo de forma explícita: “Fijaos que yo hablo de cosas divinas a lo humano, y de cosas humanas a lo divino. Porque yo no puedo hablar de otra manera. Yo soy un hombre, un pobre hombre soy”(2).
En esta línea, por ejemplo, no tenía empacho en declararse «juglar de Dios» y comportarse como tal: e imitaba, ante miles de personas, la actitud y los movimientos de los saltadores olímpicos de pértiga contemplados a través de la televisión, para ponerlos como modelo de concentración a la hora de disponerse a tratar con Dios y con su Madre santísima. O, en un contexto análogo, le gustaba comparar el rezo del santo rosario con la ronda que, ante la ventana de su amada, realiza un enamorado, cuyo cariño no disminuye por el hecho de que mientras canta y rasguea la guitarra la imaginación se le vaya por un momento a lugares o situaciones distantes de la que ahora le ocupa(3). Y, en la más exquisita tradición paulina, en un centro donde se fomentaba de manera muy particular la formación física de los jóvenes, sabía sacar partido de esas prácticas deportivas para ilustrar la manera de encarar la lucha ascética e introducir a Jesús y María en nuestras actividades más corrientes, convirtiendo “la prosa cotidiana en endecasílabo, en verso heroico”. Y mil detalles por el estilo.
2. San Josemaría y el matrimonio
Por eso, el nuevo Santo no sólo es ejemplo de amor a Dios, sino, a la vez, de amor entre los hombres. Más en concreto —y este es el tema que me han pedido que esboce—, lo es también, y particularmente, de afecto entre los miembros de una familia. A ellos, muy especialmente, les toca desgranar la vida interior del Fundador del Opus Dei y, a la vista de los amores que él enderezaba a Dios y a los santos, aprender el modo de mejorar la calidad de sus relaciones recíprocas. Es decir, a ellos en particular les resulta muy hacedero convertir el inflamado querer divino de San Josemaría en jugoso paradigma de la convivencia familiar.
a) Entre los cónyuges
Josemaría Escrivá era, por encima de todo, un ferviente enamorado. De ahí que tenga tanto que enseñarnos a quienes, movidos por un amor hondo y cabal, hemos entregado todo nuestro ser a una persona del otro sexo, uniéndonos con ella de por vida.
A este respecto, resulta ilustrativo recordar cómo con cierta frecuencia, cuando era interpelado acerca de algún tema referente al matrimonio, empezaba comentando que el amor conyugal constituía algo muy noble y limpio y hermoso; de inmediato agregaba que él lo sabía gracias al amor divino, que era todavía mucho más grande, como la Iglesia ha sostenido desde siempre; y sobre esa analogía expresamente establecida apoyaba la validez de sus respuestas… fruto no de abstractas elucubraciones y ni siquiera del íntimo conocimiento de la experiencia ajena, sino de su propio temple de persona que sólo sabía y sólo deseaba vivir para amar.
Así, pongo por caso, a una chica que le pregunta sobre su noviazgo y futuro matrimonio, responde sin vacilar: “Sí, hijos míos, el amor humano es una cosa estupenda. Yo lo sé por el amor divino, el amor divino es mucho más, pero el amor divino es compatible con el amor humano; con el amor humano santo, como el vuestro. Yo os digo que os queráis, yo os digo que os tratéis, que os conozcáis; yo os digo que os respetéis mutuamente, como si cada uno de vosotros fuera un tesoro que pertenece al otro”(4).
Situados en esta atmósfera que liga lo divino y lo humano, la mera utilización del verbo a que me he referido al principio —el “enamórate” del último punto de Camino— constituye ya una indicación de fondo preciosísima para quienes quieren vivir con todas sus consecuencias la aventura conyugal. En efecto, con el simple uso del imperativo en esa frase, el nuevo Santo supera la visión «hiper-romántica», hoy tan en boga, para la que enamorarse es algo que le sucede al ser humano de una manera más bien pasiva, sin que le quepa hacer nada por evitarlo, y que del mismo modo, sin su intervención, puede desaparecer en cualquier momento.
Por el contrario, con expresiones muy diversas y repetidas, el Fundador del Opus Dei advirtió que el enamoramiento es producto de una constante lucha, gozosa pero esforzada. Ciertamente, tantas veces el varón y la mujer experimentan hacia alguien del sexo complementario una atracción inicial en la que ellos apenas intervienen. Pero eso es sólo una incoación. Desde ese mismo momento, como ya aclarara Dante(5), la voluntad debe tomar las riendas del proceso: bien para rechazar ese impulso, cuando el corazón de nuestro protagonista pertenece ya a otra persona; bien, y esto es lo que ahora nos interesa, para confirmar lo apenas comenzado y, sobre todo, cuando sea el caso, para hacerlo crecer y madurar y dar más y más fruto —con fecundo empeño— a lo largo de la entera existencia como marido o mujer.
Camino éste de amor creciente y entusiasmado que vivió Josemaría Escrivá, de forma eximia, en su propia relación con Dios. Por eso, reitero, los cónyuges pueden aprender no sólo de lo que al respecto dijo o dejó escrito, sino sobre todo de lo que luchó por hacer y, con la gracia de Dios y su plena correspondencia, efectivamente llevó a cabo.
Por ejemplo, San Josemaría —hombre eminentemente práctico no sólo en virtud de su temperamento, sino sobre todo por la misma profundidad de su doctrina— tenía muy clara la conveniencia de que el trato íntimo con la Trinidad y con la Santísima Virgen se tradujera en propósitos particulares y operativos. Tras sus huellas, como ya apuntaba, los componentes de un matrimonio pueden esforzarse en concretar y poner por obra, ¡cada día!, dedicando a ello tiempo y atención expresos, un conjunto de detalles, materiales y espirituales, en los que cristalice y con los que hagan aumentar activamente el cariño hacia su esposo o esposa.
De manera semejante, el ansia sostenida de piropear a Jesús y, más en concreto, el de dedicar encendidos requiebros a María, descubriendo por ejemplo la belleza peculiar de cada una de sus advocaciones, puede servir como acicate para la existencia de todo marido o mujer que en efecto pretenda vivir a fondo la «afirmación gozosa» del amor hacia su cónyuge. Cuando ese marido, pongamos por caso, elogie el nuevo vestido o el maquillaje recién estrenado de su esposa; cuando advierta con agrado los detalles de decoración hogareña que facilitan el descanso y la convivencia; cuando desde el fondo de su corazón le repita que está muy guapa, mucho más que el día en que se vieron por vez primera; cuando deje que su alma se esponje en reiterados «te quiero»… está haciendo, al menos, un triple ejercicio. i) Por un lado, subsanar el desgaste que la vida de cualquier persona, y en especial la de un ama de casa, a veces con ocupaciones añadidas y exigentes también fuera del hogar, experimenta con el transcurrir de las horas y los días en apariencia siempre iguales: pues no hay que olvidar que las tareas doméstica, aun vividas con la más plena y sincera actitud de servicio y sentido sobrenatural, se adaptan al ritmo de un curioso «hacer para deshacer» —¡o para que los otros deshagan!—, que en ocasiones podría dar entrada a un cierto sentimiento de estéril inanidad. ii) Además, el influjo de esas atenciones despierta y aviva en la esposa la jubilosa alegría del amor, engrandecida por la conciencia, tan necesaria para ella, de estar colmando las ansias de cariño de su marido: de estar siendo, como antes considerábamos con palabras de Cardona, verdaderamente amable (digna de ser amada). iii) Por fin, como también dejé apuntado, al actuar de este modo el marido reafirma la calidad y ahonda y robustece las raíces de su propio querer, pues las expresiones sensibles refuerzan siempre en el ser humano, con una energía difícil de exagerar, la grandeza y estabilidad de las disposiciones interiores de que dimanan.
En este mismo clima, la pauta marcada por San Josemaría mediante su afecto siempre fresco y repleto de inventiva hacia el Señor y su Madre Santísima puede servir de referencia a la creatividad del amor de los esposos. El Fundador del Opus Dei tenía muy clara la advertencia de San Agustín de que todo lo que es vivo no puede simplemente mantenerse: o crece o muere. De ahí que su lucha interior buscara también la renovación continua, no sólo mediante el rejuvenecimiento del cariño, sino a través de cauces hasta el momento inéditos por los que orientar su ardor apasionado: se alegraba, entonces, cuando descubría cómo «meter» a San José en los misterios dolorosos, ocupando él mismo el lugar del Santo Patriarca junto al Señor y su Madre y procurando servirlos y consolarlos como José lo hubiera hecho; gozaba al descubrir que la Santa Misa, que a Jesús le había costado nada menos que la Vida, era por ello para el sacerdote auténtico trabajo esforzado, operatio Dei; o disfrutaba al saber que en Portugal llamaban a la gente joven os novos, advirtiendo en ello la pujanza de un amor que en algún caso no dudó en calificar, en la estela de la más pura y vibrante tradición castellana, como de doncel…
Pues bien, como ya antes apuntaba, en el surco abierto por este modo de caminar sin cansancio y sin descanso hacia el Amor, marido y mujer pueden recibir un impulso para sorprende a su pareja con detalles que, justo por no ser esperados, hacen experimentar un especialísimo gozo y «tocar» el cariño del que provienen: desde esa comida íntima y particularmente sabrosa con que ¡el marido! obsequia a su mujer cuando ella vuelve del trabajo en una jornada normal… en la que él quizás había dado a entender que ni siquiera podría venir a almorzar a casa; pasando por el ramo de flores o el centro de mesa sin otro motivo que «el que te quiero», y que en ocasiones la esposa recibe justo aquel o aquellos días en que el marido se encuentra de viaje; hasta la velada organizada veladamente por uno u otro de los cónyuges en el preciso lugar que evoca momentos de especial relevancia en la vida matrimonial… En definitiva, un «andarse con contemplaciones» —como también le gustaba repetir al nuevo Santo—, que no viene medido por el valor material de lo que está en juego, sino por el cariño enamorado que sabe sacrificarse con gusto para hacer más agradable la vida al objeto de sus amores y transformar ese afecto en cariño siempre más vivo y pujante.
Y así, en Brasil, dejaba entrever retazos de su propia lucha cuando, tras averiguar que en portugués novia se dice «enamorada», contestó a una madre de familia que le preguntaba sobre el modo de mantener y aumentar en su matrimonio el entusiasmo de los primeros tiempos: “Tú serás… una enamorada perenne, constante. Cada día debes ir a conquistar a tu marido, y él a ti, ¿oyes? Por eso el Señor te conserva así de guapa, y de atrayente. De manera que, ¡hija mía!, tú lograrás esto, si miras a tu marido como lo que es: una gran parte de tu corazón, ¡todo tu corazón!; si sabes que él es tuyo y tú eres de él; si sabes que tienes la obligación de hacerlo feliz, de participar de sus dichas y de sus penas, de su salud y de su enfermedad, de su escasez y de su abundancia”. Y proseguía: “Procura tenerlo siempre contento. Vosotras sois psicólogas, sabéis más que nadie en el mundo, porque el amor es sapientísimo. Cuando viene el marido del trabajo, de su labor, de su tarea profesional, que no te encuentre a ti rabiando. Arréglate, ponte guapa, y cuando pasen los años, arregla un poquito más la fachada, como se hace con las casas. ¡Él te lo agradecerá tanto, tanto…! Muchas veces, en los momentos de contradicción que habrá tenido en la labor, ha pensado en Dios y ha pensado en ti, y ha dicho: voy a ir a casa y… ¡qué bien!; allí encontraré un remanso de paz, de alegría, de cariño y de belleza; porque, para él, no hay nadie en el mundo más bello que tú”(6).
Nada de esto debería llevar a creer que Monseñor Escrivá concebía el matrimonio, por emplear la expresión al uso, como “un camino de rosas”. Más de una vez manifestó que no era así, que junto a esas flores fragantes, y como para destacar y hacer más apreciable su hermosura y su aroma, a veces nos toparíamos con espinas: “Durante nuestro caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor”, le hemos visto ya sostener resuelto. Y luego: “En el estado matrimonial, considerando las cosas de manera descriptiva, podríamos afirmar que hay anverso y reverso. De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente siempre iguales”. Para concluir: “Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte”(7).
Si siempre han sido pertinentes las observaciones de los párrafos que preceden, el momento que vivimos las dota de una importancia excepcional. En este mismo escrito he apuntado que tal vez la carencia más de fondo que afecta a la civilización contemporánea es que, en bastantes ocasiones y de maneras muy distintas, impide o dificulta el hondo ejercicio del amor… con el que varón y mujer alcanzan su plenitud como personas y se acercan progresivamente a la felicidad.
Pascal, entre otros muchos, afirmó con tenacidad que los más definitorio del hombre es su ansia de infinitud. Esto trae consigo una consecuencia de gran calado: que el crecimiento propiamente humano, el que le permite colmarse como persona, sólo puede efectuarse en aquellos ámbitos que admitan un desarrollo infinito. Esas esferas son las que se asientan en el espíritu y, concretamente, el conocimiento intelectual y el amor voluntario.
Si atendemos, por inicialmente más fácil, al primer dominio, parece bastante obvio que el conocimiento sensible no es susceptible de un despliegue ilimitado. Es cierto que, en ausencia de toda luz, la visión humana resulta imposible; y también que, conforme el día clarea, se va tornando más perfecta y hacedera; pero no lo es menos que si la intensidad del foco que ilumina supera un cierto umbral, en lugar de mejorar, la visión deviene más difícil e incluso puede llegar a corromperse el órgano que le sirve de apoyo. El ver, en el que participa intrínsecamente un elemento corpóreo, presenta por eso mismo unos confines no rebasables.
No sucede lo mismo con el entendimiento. Ahí la observación atenta, el estudio y la reflexión, sustentados en las luces que presta el Espíritu Santo, permite una evolución sin fronteras. Sobre todo cuando nuestra mirada intelectual reposa sobre lo más digno de ser conocido, sobre las realidades superiores y, al término, sobre el hombre y Dios. En tales circunstancias, siempre es hacedero ahondar más en lo ya sabido, descubrir nuevos matices —en ocasiones auténticos mediterráneos—, incrementar sin pausa nuestro saber… hasta desembocar, ya en la otra Vida, en la contemplación de esa Verdad Suprema que, sin eliminar el placer del hallazgo renovado, colmará sin hastío nuestras ansias de conocimiento.
Pues lo mismo, o más, sucede cuando se trata del amor… siempre que no cejemos en nuestro empeño por querer más y mejor. Si en definitiva el ser humano puede alcanzar una perfección inimaginable, a la que acompaña una dicha también imposible de concebir, es porque su capacidad de amar es susceptible de un creciente desarrollo, cada vez más rico e intenso. Con una condición: que no abandonemos la «tarea» de amar, de ponernos nosotros entre paréntesis para atender en exclusiva al bien de las personas a quienes hemos decidido entregarnos (en el matrimonio, al cónyuge y, a su través, a los hijos).
La clave de todo ello, como también apuntara alguna vez San Josemaría, es “querer querer”: trascender las dificultades, purificar el cariño en el crisol del sufrimiento aderezado por el gozo, sortear o superar este y aquel otro obstáculo, no darse por vencidos, recomenzar una vez y otra… Pero nada de ello es fácil cuando la sociedad establece de manera más o menos implícita, y hace cristalizar en las leyes relativas al divorcio, que puede abandonarse la pasión esforzada del cariño… en cuanto el camino presenta sus primeros escollos. Pues, como decía Bourget, “en amor todo ha terminado desde el día en que uno de los dos amantes piensa que existe la posibilidad de una ruptura”. Y, en verdad, ¿cómo conseguir que se vivifique y despliegue un afecto cuando, en el momento en que tendría que lograrlo mediante la superación de lo que parece oponerse a ese incremento, se abandona lo ya ganado… para empezar de nuevo desde cero con otra pareja?
Cormac Burke lo resume con tanta precisión, que cinco o seis líneas suyas evitarán ulteriores disquisiciones: “El matrimonio —explica— no puede proporcionar la felicidad perfecta; no es ése su fin. Su objetivo, cabe afirmar, no es procurar una felicidad perfecta a los esposos, sino madurarlos para la felicidad perfecta. A través de los sucesos de aquí abajo, Dios procura enseñarnos a amar, para que seamos capaces de gozar plenamente de Él en el Cielo. El matrimonio es una de sus escuelas —escuela de amor—, donde forma a la mayoría de sus alumnos”(8). Es, añado por mi cuenta, un camino privilegiado para perfeccionarse, para madurar, puliendo y aquilatando el cariño mutuo… no sólo en los momentos de especial entusiasmo, sino también, apoyados en el vigor del amor electivo y eficaz, ¡y contando con la gracia!, mediante la superación deleitosa y dolorida de las dificultades que le permiten enraizarse y rendir frutos más jugosos.
b) Desde los cónyuges
Prosiguiendo en la dirección marcada por las observaciones anteriores, y al calor del ejemplo de su trato asiduo con Dios, con ganas o sin ellas, los cónyuges deberían aprender de San Josemaría a encontrar ratos para estar, conversar y descansar a solas, venciendo la pereza que en ocasiones tiende a apoderarse de ellos o la no menos engañosa «carencia de tiempo». Respecto a esa presunta falta de tiempo para la familia, tan invocada en la civilización de hoy también mediante sutiles y no siempre convincentes distinciones entre la cantidad y la calidad, un buen amigo, aquejado por fuertes dolores de columna, solía contar lo siguiente: “Cuando hace unos días el traumatólogo me preguntó si podía dedicar tres veces por semana una hora y media a hacer gimnasia, le contesté sin dudar: «depende». «Depende de qué?», me preguntó con un tanto de asombro. «De lo importante que tú me digas que es. Si me aseguras que lo es mucho, sin duda que encontraré un hueco para realizar esos ejercicios. Los situaré muy arriba en mi escala de valores, detrás de Dios y mi familia, y no habrá ningún problema para llevarlos a cabo. Por el contrario, si me dices que sólo tienen una importancia relativa, hay un montón de cosas que se situarán por delante y la gimnasia quedará catapultada ad calendas graecas»”. Estimo que el Fundador del Opus Dei, que repetía incansable que el trato con Dios era lo primero, y, ya en el ámbito natural, advertía del peligro de desatender a la familia por una excesiva dedicación al trabajo o a las relaciones sociales, estaría de acuerdo en la oportunidad de consagrar con frecuencia unas horas al trato exclusivo con el otro cónyuge… también como fundamento y condición de posibilidad de la amorosa atención debida a los hijos.
Es este un extremo que ya antes apunté de forma expresa y que, como los restantes, encuentra un firme punto de apoyo en la «vida vivida» de Monseñor Escrivá de Balaguer. Soy del todo consciente de la distancia infinita entre las dos situaciones que me dispongo a esbozar. Con todo, precisamente por la fundamentada calidad humano-divina del amor de San Josemaría, estimo que el acercamiento entre ambas no es del todo improcedente.
El Fundador del Opus Dei tuvo la convicción, de raíces evangélicas, de que el trato afectuoso con los hombres sólo era hacedero si se sustentaba en un profundo y denodado amor a Dios. Su vivísima conciencia de la filiación divina, que Dios le hizo experimentar de manera muy pronunciada, le llevó a entender que, en fin de cuentas, la común relación con el único Padre constituía la fuente indispensable de la que brotaba la misma posibilidad, así como la exigencia, de amar con genuina dilección a todos los seres humanos.
Salvando las notabilísimas distancias, no creo inapropiado aplicar esta idea a las familias, para recordar cómo la relación entre padres e hijos, y el presente y el futuro de toda la convivencia en el hogar, depende al cabo de la calidad del nexo que los cónyuges mantengan entre sí. Al respecto, ya antes traje a colación el conocido aserto de Tomás de Aquino, que, como en otros muchos casos, recoge y prosigue una tradición multisecular: aquello que ha dado origen a algo es lo mismo que debe mantenerlo en el ser y procurar su engrandecimiento. Sin duda, esto se aplica de manera eminente a Dios, Causa primera y Destino terminal de todo lo creado, y muy especialmente de las personas. Pero el propio Santo Tomás extrae sus consecuencias en el interior de los hogares, al sostener que a los padres corresponde no sólo traer al mundo los hijos que Dios les envíe, sino proveer a su nutrición y educación, en la acepción más honda y dilatada de este segundo término.
El Fundador del Opus Dei insistió asimismo en semejante punto, de maneras y en contextos muy distintos. Afirmando sin más el principio, en perfecta concordancia con la doctrina de siempre del pensamiento cristiano: “La paternidad y la maternidad —escribe— no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culminen formando auténticos hombres y auténticas mujeres cristianas”(9). O aplicándolo a situaciones más determinadas, incluso en la esfera sobrenatural, como la contribución de los padres a la llamada de sus hijos al apostolado: “Tú —contestaba a una madre con varios hijos entregados a Dios— no has estorbado para nada la vocación de ellos. La has favorecido indirectamente, dándoles buen ejemplo, con tu marido. Y, además, rezando por ellos, les has dado el alimento de tu alma como les diste el alimento de tu sangre. Como entre los dos les disteis la vida con la ayuda del Señor, pues así, después, habéis contribuido a que ellos quieran entregar la vida a Nuestro Señor, por las almas, y les tenéis que seguir ayudando”(10).
Pero Monseñor Escrivá también era muy consciente de lo que hace unos instantes anotaba: de que el crecimiento del tono espiritual de cualquier hogar, su cualidad definitiva, aun cuando surja en última instancia de la infinita virtud creadora y del inefable amor de Dios, se encauza normalmente a través de la «vida» que crean los esposos en la misma proporción en que se aman… y de esa «vida» se alimenta. San Josemaría lo expuso a veces de manera formal, como ya vimos, sosteniendo que la familia “es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia”; o asegurando “a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño”, sino al contrario, “porque esa inclinación es la base de su vida familiar”(11).
Y lo sugirió asimismo, y abundantemente, al referir la felicidad y el adelantamiento interior de los hijos a la calidad de las relaciones que reinan entre los padres. De manera positiva, y llegando directamente hasta el mismo Corazón del asunto, cuando alude a “esos hogares, en los que se refleja la luz de Cristo, y que son, por eso, luminosos y alegres […], en los que la armonía entre los padres se transmite a los hijos, a la familia entera y a los ambientes todos que la acompañan”(12). Cuando sostiene que, para educar, el matrimonio necesita sobre todo “saber querer”, y remata el principal consejo que brinda a los padres con el ya apuntado que los chicos adviertan “que os queréis y que los queréis”: en este orden. O cuando, con machacona insistencia, inusual para la época en que él lo aconsejaba, instaba a los maridos a unirse íntimamente a su mujer y participar de forma activa en la educación de sus hijos, sin abandonar esa tarea en las manos exclusivas de las madres. Por ejemplo, en el colegio Tabancura, en Chile, indicando el modo de compaginar la fortaleza de exigir a los hijos con el cariño que los padres le deben, afirmaba: “Las madres sois pedagogas por naturaleza. Además, no olvides que tenéis la gracia de estado. Pero las madres tenéis que ejercitar la pedagogía, primero, con el marido. Porque ellos son unos tranquilos —¡no nos oyen!—, y os abandonan los hijos a vosotras, como si los hijos no fueran un negocio. Ellos se van a sus cosas; vosotras quedáis en casa la mayor parte de las veces. Y los chicos, ¡qué los eduquéis vosotras! ¡No señor: entre los dos! ¿Está claro?”(13).
Y también insinuó esa dependencia del amor de los hijos y de los restantes miembros del hogar respecto al amor de los cónyuges de una manera que cabría calificar como «por contraste»: haciendo ver que un enfriamiento del cariño entre otros componentes de la familia podía repercutir de modo negativo en la calidad del amor conyugal. Por ejemplo cuando, tras confirmar que “entre los esposos, en ocasiones, no es posible evitar las peleas”, agregaba: “no riñáis delante de los hijos jamás: les haréis sufrir y se pondrán de una parte, contribuyendo quizá a aumentar inconscientemente vuestra desunión”(14): consejo que, como vimos, era habitual en su predicación a los matrimonios.
Pero tal vez resulte aún más significativo —por en cierto modo inesperado— el sinnúmero de veces que, en el transcurso de esas conversaciones informales de sabor evangélico a las que gustaba calificar como “tertulias”, interrumpiendo en apariencia el hilo del discurso, y para asegurar la buena educación de sus hijos, animaba una y otra vez a los esposos, con estas o expresiones parecidas, a que se quisieran entre sí(15). Más todavía, tal vez quepa encuadrar aquí el consejo tan reiterado por Mons. Escrivá, en el que parece compendiar la esencia del buen amor entre marido y mujer. Una advertencia que a algunos podría de entrada resultar extraña, pero que manifiesta un profundísimo conocimiento de la naturaleza humana: querer de verdad al cónyuge es amarlo “con sus defectos”. Como botón de muestra, valgan estas palabras dirigidas a una chica que le anuncia que esa tarde va a contraer matrimonio. Después de comunicarle que en la Santa Misa del día siguiente pedirá a Jesús por ellos, “para que os haga muy felices, para que os queráis mucho y seáis muy dichosos”, San Josemaría le advierte, como quien lo tiene bien experimentado: “Pero no lo seréis… Te voy a decir lo que digo siempre a todos —yo me repito mucho, hijas mías, porque la verdad es siempre la misma—: tienes que querer ya desde ahora los defectos de tu marido, que tendrá alguno. Y él tendrá que querer los defectos tuyos. Si no, no lo quieres bastante, ni él a ti”(16).
Pienso no interpretar torcidamente esa insistencia repetitiva en el amor recíproco de los cónyuges si afirmo de nuevo que, además de poseer un valor por sí mismo, en él reside la clave del éxito de cualquier familia. Lo mismo que en capítulos precedentes vimos hacer a otros autores, también Marta Brancatisano ha subrayado este punto, desde una perspectiva complementaria y tremendamente actual: “El problema, o el peligro —advierte—, está en vivir el amor materno o paterno como alternativa al amor conyugal, en vez de vivirlo como su consecuencia […]. Lo que al hijo le conviene no es el amor de uno solo de los dos, padre o madre, sino esa extraordinaria linfa vital que le llega, aunque indirectamente, del amor que une a sus progenitores. De ese amor ha recibido la vida y ese mismo amor será el elemento fundamental para su crecimiento. Un hijo lo es todo: a condición de que sea un todo que vaya a añadirse a una situación de amor ya consolidada entre quienes lo han engendrado, un sarmiento en una buena cepa”(17).
Se trata de una idea en la que no estimo preciso insistir, pues ha sido ya abundantemente desarrollada en páginas anteriores. Pero sí quiero recordar, por lo hondo que se enclava en la vida interior de San Josemaría, un extremo de capital importancia. Me refiero a esa chiave di volta del triunfo de cualquier matrimonio —clave de todas las claves, cabría sostener—, que el nuevo Santo probablemente descubrió por analogía con su propia vida de relación con Dios, resumida a menudo por él mismo como un constante hacer de “hijo pródigo”. Es decir, a la capacidad de perdonar y pedir perdón. Semejante actitud constituía para el Fundador del Opus Dei uno de los frutos más esencialmente significativos del amor entre los cónyuges… y del mismo amor de Dios, de quien le admiraba más aún que su poder creador y la maravilla de la Encarnación, justo su reiterado y siempre actual afán por perdonar a quienes le ofendemos.
Pues bien, a ese Dios que sale a nuestro paso, se nos acerca, nos sana, perdona y olvida, hemos de intentar asemejarnos, siguiendo los consejos de Monseñor Escrivá y a pesar de nuestra nada, tantos esposos. Teniendo en cuenta que el resultado será siempre un incremento de nuestro amor recíproco porque sólo en ese amor haya su fundamento la capacidad de perdonar… y de curar, haciendo desaparecer la afrenta y las huellas que pudiera dejar en nosotros. A este respecto, me gusta recordar unas palabras de Étienne Gilson, que probablemente no hubieran desagradado a San Josemaría: “El Dios de nuestra Iglesia no es sólo un juez que perdona, es un juez que puede perdonar porque es, primero, un médico que cura”(18).
Y con esto podemos tal vez introducirnos en un nuevo apartado.
3. San Josemaría y los hijos
a) El bullir de la sangre de Cristo
Con su oración y sacrificio constantes, Monseñor Escrivá de Balaguer impulsó por el camino de la santidad y de la dicha a miles y miles de personas de todo el mundo. Y ese mismo amor arrancó de Dios, y seguirá arrancando con el pasar de los años, multitud de vocaciones para el Opus Dei, de las que San Josemaría fue y será siempre, en virtud de la gracia divina, un efectivo Padre.
En su profunda humildad, el Fundador del Opus Dei apuntó alguna vez como epitafio para su tumba la expresión de la Escritura: “genuit filios et filias: engendró hijos e hijas”. Considerándose un “pecador” —otra inscripción que proponía con insistencia para definirlo en el lugar donde reposaran sus restos mortales—, se amparaba en los méritos de quienes había dado a luz a la vida de entrega a Dios, para presentarse ante Él en el momento decisivo de su tránsito al otro mundo. Su entrañable sucesor, el amadísimo don Álvaro del Portillo, se empeñó en devolver su auténtico significado al genuit filios et filias: los miembros del Opus Dei no sólo debían al Fundador su vocación a la Obra, sino que toda su relación con Dios y el crecimiento de su vida interior participaba y se alimentaba de la eximia santidad y de la correspondencia sin límites a la gracia de quien los había generado para la vida de entrega a Dios.
En cualquier caso, para quienes desde los mismos comienzos, ahora y en el futuro formaron, forman o formarán parte del Opus Dei, San Josemaría es Padre genuino, en un sentido muy hondo y real, con todas las consecuencias que esa paternidad implica. Padre en el espíritu y por ende, en función de lo que explicaba al comienzo, eminentemente humano. “Con corazón de padre y de madre”, por especialísima gracia divina, como a menudo gustaba recordar. Por eso, es también su modo de comportarse con quienes Dios le había encomendado, antes aún que lo mucho que enseñó explícitamente de palabra y por escrito, lo que los cabezas de familia hemos de tener como punto de referencia a la hora de ayudar a nuestros hijos a alcanzar la plenitud humana y sobrenatural a que Dios los convoca.
Sin duda, en el hacer paterno-materno de Josemaría Escrivá influyó enormemente el ejemplo de sus queridísimos padres, modelos eminentes en el arte de educar amando. E incidió con notable vigor su dilatado trato con familias de muy diverso tipo y las largas horas dedicadas a confesar y formar a tantos y tantos niños durante los años de su ejercicio sacerdotal en Madrid. Pero estimo que, por encima de todo esto, aunque sirviéndole de apoyo, lo decisivo fue la experiencia adquirida con sus propios hijos espirituales en virtud de la gracia fundacional que lo constituyó en Padre de una familia sobrenatural y en consecuencia, repito, por expreso querer de Dios, extremada y cordialmente humana.
Es cierto que las circunstancias en que San Josemaría desplegó su paternidad no se corresponden en algunos detalles particulares con las que vivimos los esposos que hemos dado origen a una familia según la sangre. Pero los principios básicos que deben regir nuestro comportamiento sí que coinciden con los que vivió (y vive y vivirá por siempre desde el Cielo) el Fundador de la Obra, elevándolos hasta grados que difícilmente podremos alcanzar quienes aspiramos a seguir su ejemplo.
A mi entender, una significativa afirmación resume de manera proverbial el primero y más fundamental de esos principios. La recuerdan entre otros, en contextos diversos, Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría al frente del Opus Dei, Umberto Farri, que trató al nuevo santo durante muchos años en Italia, y Antonio Aranda, teólogo, autor de un libro cuyo título se inspira precisamente en esa frase(19). En concreto, para el doctor Farri, y según su propio testimonio, el oírla de labios de San Josemaría constituyó una auténtica revolución en su relación con Dios y con los hombres. Esta es la parte de su narración que nos interesa: “Una vez nos encontrábamos en el pequeño jardín de un centro del Opus Dei en Roma. Yo estaba con otros compañeros universitarios. El Padre nos hablaba de muchas cosas […]. De repente se interrumpió, nos miró fijamente a los ojos y nos hizo esta pregunta: ‘Hijos míos, ¿sabéis por qué os quiero tanto?'. Y, acto seguido, la respuesta: ‘Porque veo bullir en vuestras venas la sangre de Jesucristo'”(20).
Estimo que esta tan sentida confesión, de acentuada hondura y calidad poética, resulta esencial para el tema que nos ocupa, y de particularísima relevancia para la familia en este siglo XXI. San Josemaría Escrivá consideraba a los miembros del Opus Dei, “antes y más” que como hijos suyos, como hijos de Dios. Y también o principalmente por eso —y no sólo por la calidez entrañable de su egregia humanidad— los quería con locura.
¿Qué empieza a imponerse, por el contrario, en nuestra época? La valoración de los hijos en función de los propios padres: de sus deseos, de sus caprichos, de su “realización”. Esto es muy claro ya desde el momento de la concepción. Como indica Mons. Livio Melina en la amable Prefazione de este escrito, la ampliación del matrimonio a través de los hijos comienza a no considerarse hoy como derivada de la naturaleza propia de la institución conyugal, como algo que surge naturalmente del amor de los esposos. Sino que se va transformando en una «elección», experimentada muchas veces como gravosa, y cuyos criterios son a menudo la conveniencia de los padres, en el ámbito afectivo, profesional… o incluso —con perdón— en el tan ridículamente desproporcionado de sus posibilidades de divertirse y llevar una existencia cómoda y placentera. Por eso se rechaza la llegada de los vástagos cuando se estima que van a perjudicar la vida de pareja, o se los reclama y exige con obsesiva ansia, acudiendo incluso a procedimientos ilícitos, como la fecundación artificial, cuando las presuntas carencias emotivas de la madre o del padre «necesitan» ser colmadas con la presencia de una nueva criatura.
Y algo muy parecido ocurre a veces durante los primeros años… o durante toda la vida del chico o de la chica. Cada cual a su modo, el padre y la madre pueden ver en los hijos una simple prolongación de su yo —un apéndice de su egoísmo, como ya recordé de la mano de Delibes— y articular su educación no atendiendo al bien de las criaturas, sino al de sí mismos: descanso, tranquilidad, evasión de problemas, encarnación de lo que ellos no lograron ser en el pasado… Más que como hijos de Dios, como personas autónomas, si lo traducimos a lenguaje filosófico, la prole tiende a ser considerada en progresión creciente como propiedad de los padres y al servicio de ellos.
Todo lo contrario de lo que, con agudeza y galanura poco comunes, advierte una vez más Brancatisano: “Un hijo —explica— no es para nosotros, sino exclusivamente para sí mismo. No es un accesorio de la relación conyugal, no es un instrumento para conseguir la propia realización y tampoco es la mera expresión de la capacidad creativa de los dos padres. Es el único ser que se coloca frente a los demás reivindicando solamente derechos: injusto desatino compensado tan sólo por el hecho de que todos participamos de la condición de hijos”(21).
Y sabe encuadrar estas afirmaciones —ignoro si consciente o no de su concordancia con la doctrina expresa de San Josemaría—, en un contexto muy querido para éste: el de la fecundidad como consecuencia natural e inevitable del amor. Si Monseñor Escrivá no se cansaba de repetir que el apostolado era una sobreabundancia de la vida interior, que la decisión de entrega a Dios de otras personas estaba en parte provocada por nuestra petición enamorada a ese mismo Dios, y que semejante amor resultaba siempre fecundo, aunque a veces los hombres no alcanzáramos a descubrirlo… Brancatisano, refiriéndose a la familia de vínculos naturales, asegura con perfecta coherencia: “Los hijos, en una relación total como el matrimonio, forman un todo con esa relación, de ella extraen la vida y son el signo y la expresión de su vitalidad. Que después se tengan o no, que se tenga uno o muchos es lo que menos importancia tiene, porque la relación conyugal es perfecta por ser como es, sin más condiciones, a condición de que sea vivida con toda la apertura creativa del amor.
Tus padres, tal vez un poco lentos, fueron entendiendo cada vez más qué es un hijo a medida que iban llegando, y en cada ocasión sintieron cómo crecía el asombro ante cada uno de vosotros. Por eso siempre les pareció tan lógico y natural amarse sin dar con la puerta en las narices a quien, en algún lugar de la «mente del mundo», esperaba ser atraído hasta aquí por la fuerza de su amor. Tú existes porque el amor es creativo y llena de vida todo lo que toca; hace que los que se aman crezcan y se fortalezcan, y les da tanto que es difícil contenerse: desborda y expande la vida a su alrededor. En este sentido podíais ser más de siete o ninguno. Los hijos no son el objetivo directo del matrimonio, sino que son la consecuencia natural del amor. Para casarse es preciso amarse sin condiciones y sin prejuicios, dispuestos a aceptar el futuro tal como se presente y adaptarlo al propio amor. Por eso siempre digo que no nos hubiera importado no tener hijos; y de hecho nadie nos había asegurado que los tendríamos. Cuando uno se casa elige a una persona y con ella está dispuesta a afrontarlo todo: tanto los hijos como la esterilidad. Forma parte del juego del amor, que no admite condiciones”(22).
b) Amor a la libertad y total confianza
Elevando incluso más el punto de mira, o explicitando lo que la autora recién citada deja sólo implícito, al percibir en cada uno la imagen del Dios trinitario, que los llamaba de una forma irrepetible a participar por toda la eternidad de su Amor infinito, San Josemaría se ponía por completo al servicio de cada uno de sus hijos, justo para ayudarles a cumplir el designio esbozado para ellos divinamente desde siempre.
Se seguían de ahí un sinnúmero de consecuencias, de las que ahora pretendo señalar sólo dos: el exquisito amor a la libertad de cada miembro del Opus Dei (y de cualquier otra persona) y la confianza sin reservas en cada uno de ellos.
El apasionado amor de san Josemaría a la libertad, que proponía como herencia “en lo humano” a sus hijos espirituales, le hacía respetar con extrema reverencia el sendero propio del adelantamiento de cada alma, sin intentar encorsetarlas ni imponerles en modo alguno sus propios criterios personales, por más que se hubieran demostrado fecundos. Al mismo tiempo, su honda comprensión del gran privilegio humano de la libertad como la capacidad que se nos ha otorgado de responder a Dios que sí, justo “porque nos da la gana” —“la razón más sobrenatural”, como glosaba a menudo—, le inducía a servir a todas las almas para facilitarles el ascenso personal ¡único! hacia su meta definitiva en el Cielo. Sin falsas y engañosas concesiones, sino con exigencia a la par firme y amable, cariñosa y confiada, nacida —como sugería— de un ardiente corazón paterno y materno.
La veneración enamorada de San Josemaría a la libertad de quienes lo rodeaban, igual que la confianza en su afán de lucha y en su progreso interior, ostenta como fundamento muy probable el que acabo de apuntar: la condición de hijo de Dios de todos y cada uno de ellos. Pues si el Dios infinitamente amable y poderoso ha querido “correr el riesgo de nuestra libertad”, como repetía encandilado el nuevo Santo, hasta el punto de permitir no sólo el error, sino la ofensa directa al Hacedor por parte de su criatura, e incluso la condenación eterna de esta última, ¿extrañará que el Fundador de la Obra considerara que su misión consistía en poner a la vista de sus hijos su responsabilidad ante Dios pero sin forzarles, ni en lo divino ni en lo humano, a actuar de un modo concreto?; ¿asombrará que dejara en sus manos, cuando todavía eran jóvenes y carecían de la experiencia aparentemente imprescindible, una Obra que, en definitiva, era de Dios?
Especialmente entrañable y significativo resulta, por las particularísimas circunstancias en que fue redactado, este texto de una carta escrita durante la guerra española desde su encierro en la Legación de Honduras: “Yo… no digo nada. Tengo costumbre de callar y de decir casi siempre: ‘Bien o muy bien'. Nadie podrá decir con verdad, al fin de la jornada, que hizo esto o lo otro, no ya por orden, sino ni por insinuación del abuelo. Me limito, cuando creo que debo hablar, a poner claros y terminantes los datos de cada problema: de ningún modo, aunque la vea patente, doy ni daré la solución concreta de cada caso. Otro camino tengo, para influir en las voluntades de mis hijos y nietos, con suavidad y eficacia: fastidiarme y dar la lata a mi viejo Amigo D. Manuel. ¡Ojalá no pierda yo el compás, y sepa dejar hacer libérrimamente a los míos… hasta que llegue la hora de tirar de la cuerda! Que llegará. Desde luego —creo que me conocéis—, a pesar de la flaqueza de mi corazón, nunca será capaz de sacrificar la vida —ni un minuto de la vida— de nadie, por mi comodidad o por mi consuelo. Y esto, hasta tal extremo, que callaré (ya hablaré con D. Manuel) aunque me parezcan las resoluciones de mis hijos una verdadera catástrofe”(23).
Las palabras subrayadas por el propio autor, esa incapacidad para subordinar la existencia de los otros a su propio bienestar o desahogo, manifiestan uno de los rasgos más difíciles de lograr en el amor humano, que naturalmente tiende a ser un tanto posesivo y referir a uno mismo el bien de quienes se estima. De ahí que lo que cabría calificar como un estar desprendido incluso del buen amor revele la madurez de quien sabe ver en los demás, antes y por encima de cualquier otra realidad, auténticos hijos de Dios: la más genuina verdad de las personas que un matrimonio engendra no consiste, como sugería en su momento, en ser hijos suyos —que realmente lo son—, sino, con un calado insondable, su filiación divina: en tener a Dios como Origen amantísimo, Sustento y Fin de todo su ser.
Así San Josemaría. Precisamente porque amaba su condición de sujetos libres destinados a Dios, entregaba sinceramente a todos y cada uno de sus hijos, como la dádiva suprema que podía otorgarles, lo más íntimo de su persona y su amor más genuino. Y eso mismo aconsejaba a los padres, como hemos visto en capítulos precedentes, aunque ahora me interese insistir en los motivos que a él le llevaban y que a nosotros deben inducirnos a obrar de este modo con nuestra prole: su directa e inmediata relación con la Santísima Trinidad; el hecho de que cada ser humano es “alguien delante de Dios y para siempre”, con expresión ya conocida de Carlos Cardona, que mantuvo durante años un trato íntimo e intenso con Monseñor Escrivá.
En este atmósfera se situaba San Josemaría, de manera quizá no del todo expresa, pero fundamentalísima, cada vez que rechazaba el título de Fundador del Opus Dei, afirmando que la Obra era de Dios y, con profunda humildad, que en su creación y desarrollo él no había servido sino de estorbo. Y reforzaba el principio, ahora ya directamente, en las ocasiones, frecuentísimas, en que, a la par que asumía agradecido su real paternidad —la humildad es la verdad—, aseguraba con divino convencimiento que ser hijo suyo no valía nada, que lo único importante era ser, saberse y sentirse hijos de Dios(24).
A los padres de familia los encaminaba por el mismo sendero. Se esforzaba por poner su paternidad y maternidad en relación directa con Dios, auténtico y amorosísimo Principio y Fin de cada uno de sus hijos. Les ayudaba, así, a considerar a cada nuevo vástago como una auténtica bendición y una prueba de confianza de Dios. Y lo hacía con una muy especial y emocionante convicción con los miembros de una familia numerosa o de pocos recursos económicos o, quizá muy particularmente, cuando el chico o la chica se encontraba aquejado por una discapacidad.
Y todo ello sin disminuir en absoluto la grandeza derivada de la paternidad humana, sino al contrario: otorgándole todo su realce al referirla, como a su decisivo apoyo y arranque primordial, al infinito Amor divino y creador. Y así, al explicar a una madre chilena la necesidad de que fueran los padres quienes expusieran a sus hijos el origen de la vida y cuanto con él se relaciona, aduce de inmediato la razón definitiva: “No se puede tratar a vuestros hijos como bestias. ¡Son hijos de Dios! Y, además, hijos vuestros”(25).
Los mismos motivos, como he sugerido, que aconsejan depositar en quienes hemos engendrado una esperanza sin límites… que al término se encuentra referida a Dios y que, por eso, tal como expresa el párrafo de la carta que antes citaba, ha de verse reforzada mediante la oración y el sacrificio constantes.
Dentro de este contexto, el Fundador del Opus Dei repitió muy a menudo que confiaba más en la palabra de uno de sus hijos que en el testimonio unánime de cien notarios que afirmaran lo contrario. Y añadía que nunca se había arrepentido de actuar así, aunque eso le hubiera llevado en alguna ocasión, contadísima, a ser defraudado.
Así, avalado por su propia experiencia y comportamiento, tras haber aconsejado a los padres que lleguen a ser amigos de sus hijos, como ya veíamos, puede añadir: “Los chicos —aun los que parecen más díscolos y despegados— desean siempre ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar en la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad, que no den jamás la impresión de que desconfían, que den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal. Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre”(26).
Como puede advertirse, una perfecta convivencia de libertad y confianza, armónicamente fundadas en la filiación divina.
4. San Josemaría y la familia: un revulsivo para el mundo
a) Motor de cambio social
Pierpaolo Donati, conocido sociólogo italiano, autor entre otros de numerosos estudios sobre la familia, afirmaba del Fundador del Opus Dei: “San Josemaría Escrivá es un fenómeno bastante singular en la vida de la Iglesia. Ha desarrollado una espiritualidad adecuada a la vida familiar, promoviendo un verdadero y específico estilo de vida familiar, que parece corriente desde el punto de vista material, porque se desarrolla en la vida cotidiana, pero que es único por su espiritualidad, por el espíritu que lo anima, en cuanto se basa en el ejercicio de las virtudes humanas, que se injertan en un plano sobrenatural.
Esta idea ha vivificado de forma natural el tejido social. Es una idea muy sencilla. Es decir que una familia fuerte, sana, bien organizada, humanamente muy abierta, disponible en el sentido humano de encuentro interpersonal, es algo que fortalece a toda la sociedad, que se convierte, como él decía, en una inyección en el torrente circulatorio de la sociedad.
Esta idea de familias interiormente fuertes, que suponen un ejemplo para las que las rodean en la vida cotidiana, anticipa el magisterio de Juan Pablo II cuando habla del humanismo familiar y dice que el porvenir de la sociedad pasa a través de la familia.
Es la idea de unas familias encontrándose y asociándose, dando vida a iniciativas que regeneran la sociedad, con una dimensión fontal, de fuente, diría Juan Pablo II. Es la idea de que la familia es lo primero en la sociedad, que la familia es el origen de la sociedad, que es la familia la que tiene la tarea primaria en la transmisión de la vida, de la educación y tantas cosas.
Y esta es una idea revolucionaria, no sólo porque ha dado lugar a tantas iniciativas, sino porque es una idea de futuro. La sociedad deberá basarse en el futuro en las familias que generan, por decirlo así, un estilo de vida familiar, como camino para la humanización de la persona”(27).
Cabría glosar estas palabras, que resumen lo esencial de la actitud y el comportamiento al respecto de San Josemaría, afirmando que en la familia preconizaba un doble movimiento: de sístole y de diástole. Como se nos acaba de decir, y en concordan