José Miguel Cejas
Doctor en Ciencias de la Información
Publicado en ESCRITOS ARVO, Octubre 2003
El 2 de octubre [2003] se celebró el 75
aniversario de la fundación del Opus Dei. Es
una realidad eclesial muy joven desde el
punto de vista histórico: nació hace solo
poco más de tres cuartos de siglo. Surgió
por inspiración divina, como puso de relieve
la Bula pontificia «Ut Sit», con una misión
de alcance universal: recordar a todos los
hombres la llamada evangélica a la santidad.
Comienzos de octubre
Desde hace varios siglos, coincidiendo con
inicio del curso académico, la sociedad
reanuda sus actividades en el mes de
octubre. También sucede esto, en cierto
modo, en la vida de la Iglesia.
El día 7 de octubre, fiesta de la Virgen del
Rosario, concluye un año mariano para la
Iglesia universal; el Año del Rosario, un
tiempo de gracia en el que se han dado
muestras renovadas de amor a la Virgen en
los cinco continentes, y en el que los
jóvenes han sido en muchas ocasiones –como
deseaba Juan Pablo II- los protagonistas de
esas manifestaciones de devoción mariana,
desplegando su creatividad y su capacidad de
entusiasmo.
El día 3 de octubre se cumplen cuatro meses
de la V Visita del Papa a España. Es un buen
momento para hacer balance sobre las
consecuencias del mensaje del Santo Padre en
nuestra sociedad y una ocasión para
reflexionar de nuevo sobre el alcance de sus
palabras, exigentes y alentadoras.
El Papa recordó a la muchedumbre que
abarrotaba la Plaza de Colón, durante la
beatificación de cinco nuevos santos
españoles, la necesidad de conservar las
raíces cristianas de esta tierra, trabajando
en la recristianización de la sociedad con
fe renovada, valentía y audacia. La multitud
de jóvenes que se concentró en Cuatro
Vientos para escuchar el mensaje del Sucesor
de Pedro puso de relieve la vitalidad y el
dinamismo apostólico de un sector
–desconocido para algunos- de nuestra
juventud. Fue una experiencia inolvidable y
esperanzadora.
Y el 2 de octubre se celebra el 75
aniversario de la fundación del Opus Dei.
Estas tres fechas están íntimamente
entrelazadas entre sí, cada una en su ámbito
propio, por su honda dimensión eclesial.
Estas líneas se refieren a esta última
efemérides.
Setenta y cinco años
El Opus Dei es una realidad eclesial muy
joven desde el punto de vista histórico:
nació sólo hace tres cuartos de siglo, el 2
de octubre de 1928, en un Madrid
relativamente sosegado y en una sociedad que
no presentía aún la terrible guerra
fraticida que iba desencadenarse en su seno
sólo ocho años después.
No fue un empeño coyuntural, ni la
“respuesta” de un sacerdote ante la
situación religiosa de su tiempo. Surgió por
inspiración divina, como puso de relieve la
Bula pontificia
Ut Sit
, con una misión de alcance
universal: recordar a todos los hombres la
llamada evangélica a la santidad.
Con el Opus Dei, el Espíritu Santo deseaba
hacer llegar a los corazones humanos esta
propuesta: ahí donde estás; en tu trabajo
honrado, sea el que sea; en tu situación
concreta en medio del mundo –soltero,
casado, viudo, laico, sacerdote diocesano,
joven, anciano, enfermo, sano, etc. -; ahí
te está llamando Dios a la santidad; ahí
puedes vivir con plenitud los compromisos de
la vocación cristiana que has recibido en el
Bautismo.
Aquel día de octubre de 1928, un joven
sacerdote aragonés de veintiséis años,
vio
en su alma (“ver” fue el verbo
que empleó siempre san Josemaría) con
claridad sobrenatural, este querer de Dios:
debía recordar a todos los bautizados que
Dios los llamaba a hacerse santos en su
trabajo y en los avatares de su vida
cotidiana.
Durante el periodo fundacional -es decir,
desde 1928 hasta el fallecimiento de san
Josemaría en Roma, el 26 de junio de 1975-,
ese mensaje fue haciéndose realidad en la
vida de miles de hombres y mujeres de los
cinco continentes y la gracia de Dios hizo
que llegase, por miles de caminos, a
millones de almas.
Ese mensaje de santidad en lo cotidiano no
es una utopía, sino un ideal asequible y
hacedero. Para confirmarlo, la Iglesia de
comienzos del Tercer Milenio ha llevado a
los altares a san Josemaría Escrivá (todo un
signo para la nueva época que comienza) y ha
abierto la Causa de Canonización de varios
fieles católicos que se han esforzado por
encarnar el mensaje del Opus Dei en su
existencia. Entre ellos unos son miembros
del Opus Dei y otros no. Sus perfiles
humanos y culturales son diversos, lo mismo
que sus trayectorias vitales de
identificación con Cristo.
Encontramos entre estos hombres y mujeres a
médicos prestigiosos como Eduardo Ortiz de
Landázuri y a jóvenes estudiantes como la
joven catalana Montse Grases. Desde un
pediatra guatemalteco como Ernesto Cofiño,
impulsor de numerosas obras sociales a favor
de los más pobres de Centroamérica, hasta un
suizo, director de una ONG, o un ingeniero
de origen argentino como Isidoro Zorzano.
A lo largo de estos setenta y cinco años, el
Opus Dei, instrumento para la difusión de
este mensaje de santidad en todo el mundo,
ha ido consolidándose como una realidad
eclesial de gran dinamismo apostólico. Esto
se puso de manifiesto durante la ceremonia
de canonización de san Josemaría, que fue
seguida por millones de personas por medio
de internet o televisión, y en la que
participó una muchedumbre multirracial que
abarrotó desde la Plaza de San Pedro hasta
las riberas del Tíber.
Esa ceremonia -una de las más
multitudinarias que se recuerdan en Roma-
puso de relieve la enorme difusión del
mensaje del Opus Dei y el afecto y cariño
con el que lo han recibido tantos sectores
de la sociedad y del pueblo cristiano.
Una partecica de la Iglesia
Desde el fallecimiento del fundador en 1975,
esta “partecica de la Iglesia” como le
gustaba decir a san Josemaría, ha conocido
casi tres décadas de intenso trabajo
apostólico, marcadas por tres hitos
decisivos e irrepetibles.
El primer hito tuvo lugar en 1982 cuando el
Opus Dei se configuró canónicamente como
Prelatura de la Iglesia Católica, según la
fórmula prevista en el Concilio Vaticano II.
Diez años después, en mayo de 1992, el Papa
beatificó a su fundador; y diez años más
tarde, el 6 de octubre de 2002, cuando se
celebraba el centenario del nacimiento de
san Josemaría, Juan Pablo lo canonizó en la
Plaza de San Pedro.
La cercanía entre el setenta y cinco
aniversario de la fundación del Opus Dei y
el primer aniversario de la canonización del
fundador (que tuvo lugar, en feliz
coincidencia de fechas, en la víspera del
comienzo del Año Mariano de la Iglesia),
hace que este comienzo de curso tenga un
significado singular para las miles de
personas, bautizados o no, que conocen este
espíritu.
Es motivo de especial alegría para todo el
Pueblo de Dios, para la comunidad eclesial y
especialmente, para los más de ochenta mil
fieles del Opus Dei que viven y trabajan en
los cinco continentes; para los miles de
cooperadores de la Prelatura (muchos de
ellos no cristianos o no católicos) que
ayudan y colaboran en el sostenimiento y
desarrollo de muy variadas iniciativas
apostólicas; y para la multitud de hombres y
mujeres, católicos y no católicos, que
encuentran en el espíritu del Opus Dei un
estímulo para su vida cristiana.
Ese mensaje, ese espíritu, se difunde de
forma variada y espontánea. En unos casos,
mediante la asistencia a una actividad
formativa en un centro del Opus Dei o la
participación en un empeño apostólico
promovido por fieles de la Prelatura; en
otros casos, mediante la conversación con un
amigo o a la presencia en una reunión en
casa de un cooperador del Opus Dei, por
ejemplo, en la que se recuerda la última
Carta pastoral del Obispo de la diócesis o
un punto concreto del Catecismo de la
Iglesia.
Los
medio s y las
sedes
son variadísimos, porque los
apostolados del Opus Dei son, en palabras de
san Josemaría, como un “mar sin orillas”.
Unas personas se encontrarán personalmente
con Cristo, gracias al espíritu del Opus
Dei, durante un retiro espiritual celebrado
en los locales de la parroquia; otras,
mediante una clase de catequesis en un
barrio marginal; o durante la visita a un
anciano que vive en soledad; o mediante la
lectura de un libro como
Camino
–que ha superado los cuatro
millones de ejemplares-, o por alguna de las
vías impredecibles de las que se sirve el
Espíritu Santo para remover a las almas.
Uno de esas múltiples vías es la devoción a
san Josemaría, extendida por todo el mundo.
El Postulador de su Causa, Flavio Capucci,
acaba de publicar un libro en el que se
recogen algunos de los favores que Dios ha
concedido a numerosos cristianos y no
cristianos por medio de la intercesión de
este santo.
La dimensión ecuménica está muy presente en
el Opus Dei –fue la primera institución de
la Iglesia que contó con cooperadores no
católicos- y presidió los afanes de la vida
de San Josemaría, que dijo siempre que en la
tarea apostólica “de cien nos interesan
cien”, sin hacer distinciones de credo,
raza, situación social, opción política o
ambiente cultural. Impulsó la primera
institución educativa interracial en el
centro de Africa, en tiempos del
appartheid . Fue una
coincidencia y también un signo que al
terminar la ceremonia de su canonización,
Juan Pablo II quisiese recibir en la Plaza
de San Pedro a Teoctis, patriarca ortodoxo
rumano.
Una nueva etapa
Se abre ahora una nueva etapa para esta
realidad eclesial en un momento decisivo de
la historia del mundo y de la Iglesia,
empeñada en la ingente tarea de
recristianizar el mundo contemporáneo.
La situación actual es profundamente
esperanzadora, pero a nadie se le oculta la
magnitud de los retos de la hora presente en
el ámbito de la vida cristiana, de la
familia, de la justicia y de la paz; y es
más patente que nunca la responsabilidad de
los laicos cristianos –entre ellos, los
fieles del Opus Dei- que deben afrontar esos
retos con valentía y vivir su vocación
bautismal como verdaderos testigos de
Cristo.
Es hora de acción y petición de gracias;
hora de fidelidad al Evangelio y esperanza
cristiana. Eso explica que el Opus Dei se
encuentre siempre en los comienzos, al igual
que toda la Iglesia, a la que el Espíritu
Santo renueva constantemente, siglo tras
siglo. Cada generación de cristianos tiene
la misión de llevar a Cristo a los hombres y
mujeres de su época, y de difundir su
mensaje. Un mensaje que es, en palabras de
san Josemaría, viejo como el Evangelio y
como el Evangelio nuevo.