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EL TRIÁNGULO LIBERTAD, VERDAD, (Enrique Cases)

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EL "TRIÁNGULO" LIBERTAD, VERDAD, AMOR

En el aniversario de San Josemaría Escrivá (9.I.1902-26.6.1975) recordamos un estudio de Enrique Cases , con ocasión de su centenario, sobre "El triángulo libertad, verdad, amor" en la obra del fundador del Opus Dei.

La libertad en Josemaría Escrivá de Balaguer

Por Enrique Cases ,
de la Universidad Internacional de Cataluña


El triángulo libertad, verdad, amor

El triángulo libertad, verdad, amor, se puede convertir o en un círculo en que uno explica el otro en una unidad poliforme, o en un rompecabezas en el que nada encaja, pues si se afirma uno de un modo incompleto se excluye al otro, o a todos. Eso es lo que ha ocurrido en diversas ocasiones. San Josemaría utilizó la Revelación y la oración junto al buen sentido de jurista y de hombre de bien defendiendo la libertad en todas sus manifestaciones originales, y enfrentándose al uso del nombre de la libertad como excusa para caprichos o maldades, excusa para la carne decía San Pablo. Vale la pena estudiar sus ideas, aunque sus hechos vayan mucho más lejos, junto al entorno de pensamiento que le rodea en la cultura

Cornelio Fabro dice que la libertad es “su tema favorito –y, a nuestro juicio, el aspecto más genial y nuevo de su itinerario de la santidad- y parece que él se complace en acentuar la paradoja: la libertad es la tensión suprema del espíritu que llama e impele a cada persona a dedicarse a Dios; el objeto, el motivo, la sustancia es la santidad en la “verdad que libera para la libertad””[1]. Veamos algunos textos donde se explica con mayor claridad su doctrina y convicción profunda

En la homilía La libertad, don de Dios escrita el año 1956 habla mucho de ella en el género literario homilético tan similar al que usan los Padres de la Iglesia, ya el hecho de considerarla como un don de Dios dice mucho, pero después de contemplar la variedad de seres creados mira al hombre y dice: “sólo nosotros, los hombres —no hablo aquí de los ángeles— nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe”[2] . Después de considerar este “claroscuro de la libertad humana”[3], afirma que la libertad es más que pura indiferencia, o liberarse de cadenas, aunque algo hay de eso en sus comienzos, es mucho más “no lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas. Persuadios, para ganar el cielo hemos de empeñarnos libremente, con una plena, constante y voluntaria decisión”[4]. Pasa después a considerar la libertad en su estadio más perfecto: la de hijos de Dios, es decir, la libertad sanada del pecado y elevada a vivir la vida y la libertad divina de amar divinamente.

Así llega al núcleo de la libertad: “Preguntémonos de nuevo, en la presencia de Dios: Señor, ¿para qué nos has proporcionado este poder?; ¿por qué has depositado en nosotros esa facultad de escogerte o de rechazarte? Tú deseas que empleemos acertadamente esta capacidad nuestra. Señor, ¿qué quieres que haga?[5]. Y la respuesta diáfana, precisa: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente[6]. ¿Lo veis? La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres. ¡Cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios![7]. Ahí se resume la voluntad buena, que nos enseña a perseguir el bien, después de distinguirlo del mal[8]”[9]. Esta riqueza de la libertad como el ejercicio y la búsqueda del Amor de Dios es la idea fuerza de la que nacerá el respeto a la libertad de las conciencias, a la libertad de los fieles en cuestiones opinables y a un modo de buscar la santidad basado en la libertad y en la confianza, lejano de cualquier rigidez o de formas militares de vivir cara a Dios etc. La libertad es un rasgo característico tanto san Josemaría como del Opus Dei por él fundado.

Una vez mostrado el vínculo indisoluble entre libertad y amor verdadero, se pregunta qué es el amor, distinguiéndolo muy bien del egoísmo, tan lejano al amor divino, y dice: “pero, me preguntaréis, cuando alcanzamos lo que amamos con toda el alma ya no seguiremos buscando: ¿ha desaparecido la libertad? Os aseguro que entonces es más operativa que nunca, porque el amor no se contenta con un cumplimiento rutinario, ni se compagina con el hastío o con la apatía. Amar significa recomenzar cada día a servir, con obras de cariño. Insisto, querría grabarlo a fuego en cada uno: la libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad sólo puede entregarse por amor; otra clase de desprendimiento no la concibo. No es un juego de palabras, más o menos acertado. En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios”[10]. Añadiendo con fuerza: “libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios. Y me comprometo a servir, a convertir mi existencia en una entrega a los demás, por amor a mi Señor Jesús. Esta libertad me anima a clamar que nada, en la tierra, me separará de la caridad de Cristo[11]”[12]. La conclusión es una exclamación oracional y llena de humanidad y de fe: “Os lo repito: no acepto otra esclavitud que la del Amor de Dios. Y esto porque, como ya os he comentado en otros momentos, la religión es la mayor rebeldía del hombre que no tolera vivir como una bestia, que no se conforma —no se aquieta— si no trata y conoce al Creador. Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero —¡nos quiere Cristo!— hijos de Dios. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen debatirse. El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Y la libertad —tesoro incalculable, perla maravillosa que sería triste arrojar a las bestias[13]- se emplea entera en aprender a hacer el bien”[14].

“Esta es la libertad gloriosa de los hijos de Dios”[15] concluye. En esta perspectiva vamos a estudiar más fondo cómo se puede explicar más a fondo la libertad y su relación con el Amor y la Verdad.

Dios es libre y el hombre es libre para amar.

Carlos Cardona, tan cercano durante muchos años al beato Josemaría, justifica como filósofo y teólogo la libertad escribiendo: “Dios obra por amor, pone el amor, y quiere sólo el amor, correspondencia, reciprocidad, amistad (...). Y de ese amor de amistad sólo la libertad es capaz. Así el Deus caritas est del Evangelista San Juan(1 Jn 4,8), hay que añadir: el hombre termitativa y perfectamente hombre, es amor. Y si no es amor, no es hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa. Pero sólo se es amor si se quiere en libertad. De ahí que el hombre, por su operación, sea causa sui, que es la definición aristotélica de libertad, aunque aún no bien precisada aún”[16] Este es el núcleo que queremos investigar y conocer: la libertad de Dios y la libertad del hombre. En más de una ocasión san Josemaría clamaba contra la falsa libertad que encontraba alrededor suyo. Desde el punto de vista teórico se ve en el racionalismo y el materialismo que se encuentran en graves dificultades para explicar la libertad o la niegan abiertamente. Schopenhauer afirmó que era un “misterio” en sentido distinto de lo que en el cristianismo se llama misterio significando más bien que nada sabe qué es, o que es un problema irresuelto, también dice que es un concepto “límite”, como si todo no lo fuera, pero se refiere a que no se puede encerrar en un concepto. Por su parte Nicolai Hartmann escribió: “El problema de la libertad es el más difícil de los problemas de la Ética, es ciertamente su exemplum crucis[17]. Hegel acabará diciendo que es la ignorancia de la necesidad, y no deja ninguna libertad a Dios en el proceso de autoconocimiento del Absoluto que necesita al mundo para tener conciencia de sí. En los materialistas la negación de la libertad es más absoluta aún, pues ciertamente desconocen totalmente a Dios y le niegan. Un paradigma de esta actitud es el etólogo, ni siquiera filósofo –que tan pernicioso influjo ejerce en la pedagogía- B.F. Skinner. Baste citar este testimonio que repite en sus escritos: “Niego rotundamente que exista la libertad. Debo negarla, pues de lo contrario mi programa sería totalmente absurdo. No puede existir una ciencia que se ocupa de algo que varía caprichosamente. Es posible que nunca podamos demostrar que el hombre no es libre; es una suposición. Pero el éxito creciente de una ciencia de la conducta lo hace cada vez más plausible”[18].

Estas actitudes son comprensibles después de la separación de la unidad del saber al separar teología y filosofía de una parte, y de la metafísica y la filosofía reduciendo ésta a lógica que llevará al racionalismo, y lo que se llamará ciencia experimental que no es más que el estudio del accidente cantidad clásico, muy rico, pero sólo un accidente. En esta rotura se va dando un desconocimiento, un olvido, del resto y se intenta reducir toda la realidad a la parcela que se conoce y se desmenuza como si fuese un crucigrama, aunque al final sea sólo un artificio.

Dice Carlos Cardona que “tanto desde la Revelación y la fe, como desde la metafísica natural que llega a Dios como Acto puro de ser, o como Ipsum Esse subsistens –Ser absoluto, simplicísimo y en plenitud o totalidad-, la creación del universo se nos manifiesta como un acto transcendente de derivación causal, que el Ser por esencia obra por absoluta libertad, dando el ser en participación, y así haciendo ser a los seres. Y como los entes –que tienen el ser participado- nada pueden añadir al Ser por esencia, se sigue que la participación, la posición del ser ex nihilo sui et subiecti por Dios, la creación, es totalmente por Dios, la creación, es totalmente gratuita. Y una gratuidad que no es arbitrio, capricho o simple azar[19] –repugnando todo eso a la esencia divina-, no puede ser más que amor, ese amor que Santo Tomás, siguiendo aquí a Aristóteles, define como querer el bien para alguien: bonum velle alicui, Dios crea por amor”[20]. Todo, y sobre todo, la libertad, se reduce a entender lo mejor posible lo que es el amor. En otro lugar dice más fuertemente: “la libertad creadora de Dios es quién constituyó al hombre en libertad. Sólo Dios, que es Amor y Libertad, porque es el Ser mismo, puede dar la libertad. Cuando la criatura se la quiere dar a sí misma se ahoga en la necesidad”. La pregunta de Heidegger: “¿Por qué el ser y no la nada? Está mal planteada y no puede tener respuesta más que en palabras vacías, pues la pregunta es: ¿Por qué el ser y no sólo el Ser por esencia, es decir, Dios? o, dicho de otra manera: ¿Por qué Dios crea? Y la respuesta de fe, y también de razón es: porque Dios es Amor en plenitud, por que Dios es infinitamente libre y bueno y quiere el bien para otros a los que crea libres para que puedan amar eternamente.

Es emocionante la respuesta del gran luchador que fue Kierkegaard, previendo los desastres que vinieron el siglo XX como fruto de la unión del racionalismo y del materialismo en totalitarismos de diverso signo, «O Dios es el amor, y entonces la situación se hace absoluta: arriesgarlo absolutamente todo por esta única causa, y la felicidad consiste en no tener más que a Dios. O bien Dios no es el amor, ¿y entonces? Entonces... mi pérdida es de tal manera infinita, que todo lo que pueda perder ya me es infinitamente indiferente» [21].

Pobre queda la noción de la libertad como indiferencia y aquella definición escolástica: vis electiva mediorun servata ordinem finem, como si sólo fuese un expediente de elegir medios, aunque quede salvada por el fin que la llama y la justifica. Es necesario seguir otro camino.

Vale la pena seguir la crítica de Heidegger a la filosofía de lo que llama Tiempos modernos para ver en sus análisis la raíz del difícil problema de la libertad. En su primer etapa al reducir el ser al Dasein, es decir al renunciar a ver a Dios como el Ser por esencia llega a desligar libertad de culpabilidad. Más adelante defiende que la libertad no es libre arbitrio, sorprendente afirmación aunque parece referirse al capricho, y la liga al deber, más o menos como Kant, también la separa de la espontaneidad y afirma que se debe unir a la trascendencia. Aquí podría ser un buen término partir del conocimiento de Dios, que no le parece posible, de momento. Pero afirma cosas impresionantes en este ambiente filosófico como que “es la libertad la que es el origen del principio de razón”[22] que “la esencia de la verdad es la libertad” (W.W. 12), que “la libertad es lo que deja ser al ente” (W.W.64). Luego no es la libertad un capricho, ni la falta de apremio. Más bien cada noción de libertad está anclada en su concepción de la verdad.

En la modernidad la verdad se reduce a certeza según Descartes con lo que la libertad será solamente autonomía, algo subjetivo, pobre. No amor, sino dominio. Así se llegará al relativismo y subjetivismo actuales; quizá es el larvatus prodeo que dice enigmáticamente Descartes. En el fondo se trata de una autolatría y la pérdida de sentido en el hombre declara duramente Heidegger[23]. Después ante Leibnitz y su idea de razón suficiente, tan lejana de la creación por amor, señala que las mónadas se caracterizan por la percepción y el apetito, es decir el deseo. De ahí nace la filosofía moderna como una filosofía del querer, Nietzsche ya no tendrá ningún pudor en decirlo, como veremos. En Kant se defiende el querer de la razón, y se suprime el fin en la libertad. La razón práctica es pura voluntad, ella es su único contenido. Hegel pone a Dios en el centro de todo, pero reduce a Dios en su proceso escatológico a un absoluto que se desarrolla, es un dios que se hace, y la libertad una necesidad nada más, es decir, nada más, nada de amor, aunque se hable de vida tanto, y, por tanto no existe la libertad verdaderamente justificada. Nietzsche es el otro polo de la modernidad al afirmar la voluntad de poder, es decir que la quiddidad del ser es la voluntad de poder y el eterno retorno como un deseo irrefrenable de eternidad y un querer que me parece un querer lúcido enfrentado a Dios. No puede negar a Dios con la inteligencia, sino que quita la verdad y se enfrenta a Él con su voluntad, como una renovación de lo que pudo ser la rebelión inicial diabólica. Ya no importa la verdad, sino la apariencia, sabiendo, sorprendentemente para una mente ingenua, que es apariencia. Así al mismo tiempo que se defiende al superhombre, se rebaja al hombre a infrahombre, como estamos viendo en la realidad social de los últimos tiempos. Después de ver los desastres del racionalismo en el siglo XX, quedan los efectos de esta última toma de posición reduciendo lo ultrasensible a lo sensible en una actitud dionisíaca rebelde al amor gratuito. El superhombre de Nietzsche no es más que “un César con alma de Cristo” imposible, un querido anticristo, como se llama a sí mismo. Es el nihilismo en sentido fuerte, como el que se planteó Dostoievski, pero éste apuesta por Cristo sin reticencias. Heidegger dirá que se debe llegar más lejos: a un nihilismo metafísico. Dura afirmación. Sin embargo, hay una idea de Heidegger sobre la libertad que puede ser muy valiosa, pues ve la libertad y la verdad estrechamente unidas. La verdad se da como un desvelamiento ocultamiento del Ser, un acontecimiento en la historia, con lo que la libertad dependerá de esa revelación que siempre puede crecer: “La libertad de lo que es libre no consiste en la libertad de lo arbitrario, ni en la sumisión a simples leyes. La libertad es lo que oculta esclareciendo, y en la claridad de lo cual flota este velo que oculta al Ser profundo de toda verdad, y hace aparecer el velo como lo que oculta. La libertad es el dominio del destino, el cual, cada vez, pone en camino un desvelamiento”[24]. La idea de destino y fatum aparece veladamente, cuando se desvela la verdad no cabe la oposición, ¿y cómo se reconoce? ¿no es posible la rebelión y el pecado? Respecto al Ser ¿Tiene Heidegger la influencia del Ser en Duns Scoto sobre quién hizo la tesis?¿Es sólo el ser común a todos los entes, es decir, un ser reducido al mundo, o se trata del Ser por esencia del cual participan todos los entes como dice Santo Tomás? Parece que es el ser de Scoto, o aún menos, aunque nunca llega a expresarlo con claridad. Pero une la verdad a la libertad, como se lee en el evangelio, y eso ya es una gran aportación. La libertad entonces es algo que debe conquistarse en la medida que se desvela la verdad. Por eso propone el “paso atrás” para desenredar el ovillo antimetafísico de la modernidad que ha olvidado el ser y ha olvidado el olvido. Es necesaria una memoria del Ser, como propone Cardona con valentía, contra viento y marea. Heidegger ve que el pensamiento subjetivista lleva al caos total y al absurdo, y debe arriesgarse aun compromiso con el Ser y para el Ser dejando al hombre en su sitio, sin falsos pedestales que acaban hundiéndolo, como se está viendo. ¿Por qué no usar la Revelación? ¿Por qué no aceptar un Dios Creador transcendente al cual se puede llegar por la razón también? Quizá el motivo sea el a priori de su comienzo de filosofar, aunque es difícil juzgar las intenciones de las personas y su interna biografía. Difícilmente se puede aceptar que se dé en este autor una verdadera justificación de la libertad del hombre humanus que depende del acontecimiento del Dasein solamente, no del mismo hombre –o ángel- que posee un don realmente suyo, aunque sea donado. En el desvelamiento del Ser en la historia ve también algo demoníaco en el camino del error junto a la historia de la verdad. Un racionalista nunca aceptaría esta afirmación de lo diabólico o de un verdadero pecado filosófico, podríamos decir. Pero Heidegger lo dice, quizá sólo en plan retórico, pero también puede ser un vislumbrar algo que no se consigue explicar, como es la realidad del error querido, de la rebeldía lúcida, de la elección entre el hombre o Dios, en definitiva.

Más adelante dirá Heidegger que el contenido de la verdad es la libertad, afirmación difícil, pero que se puede interpretar benignamente como que la intimidad del Ser es el Amor, pues ataca a los que llama metafísicos y no son más que racionalistas o escolásticos que desconocen a Santo Tomás, pero Heidegger dice que el Ser no se puede conceptuar pues está más allá de lo que puede alcanzar la razón humana y esto es una verdad que revela el esfuerzo verdaderamente metafísico del autor alemán, aunque opinamos que se queda muy lejos del acontecimiento al no atender a la Revelación.. En su dejar claro que el Ser es inaprensible a la razón –un misterio diríamos los cristianos- dirá que el contenido de la verdad es la no-verdad, que existe un combate en el corazón de la verdad entre lo divino y lo anti divino, entre el Ser y la Nada, afirmaciones que tomadas literalmente son contradictorias; pero que quizá sean sólo alusivas o poéticas al acontecimiento del Ser en la historia, pero que dejan ver algo pagano y revelan una pobreza en el que se considera el pastor del ser, y sabe poco de él al no querer usar la revelación, o no querer aceptarla, en definitiva. Vuelvo a repetir, ¿por qué no aceptar que es el Dios cristiano que se oculta y desvela en la historia? Heidegger propone escuchar al ser que se desvelará. De este modo llega a decir que “la libertad no es nunca algo puramente humano, como tampoco algo puramente divino. Es algo menos el simple reflejo de una vecindad de lo humano y lo divino”[25], porque es un don del Ser. Sorprendente afirmación si no se quiere aceptar a Dios superior al mundo e Ipsum Esse Subsistens, pero que sería fácil aceptar por un cristiano. Por eso Heidegger acude a los místicos más o menos panteístas como Eckart y Bhomme en lo que parece un nuevo panteísmo que no quiere serlo y habla con expresiones que podrían parecer de estricta espiritualidad mística como cuando cita a Eckart “...el alma más fuerte y poderosa para obtener las cosas...es el alma vacía. El alma vacía ha tomado todo. ¿Qué es el alma vacía? La que no está atada a nada... y que totalmente sumergida por la voluntad de Dios, ha anonadado su propia voluntad?”[26] y otros con la misma idea de abandono o apertura a la verdad (aletheia). Pero en cuanto a la libertad, que es lo que nos interesa, se acaba en la fatalidad, un destino forzado por la verdad del ser cuando se desvela en la historia y así se llega con facilidad al totalitarismo, como de hecho le ocurrió con la dictadura nazi, donde desarrolló un activismo grande no sólo pasivo, sino como rector de la Universidad de Friburgo y en su consentimiento de expulsiones de colegas judíos. Quizá veía en desvelarse nuevo de la verdad ante la decadencia del mundo técnico que se reviste de democracia. Pero no es de recibo su disculpa. La libertad individual sólo será algo menos determinada a la espera del esclarecimiento de la verdad del ser, pero, en el fondo, no libre.

En el fondo, pienso, que para entender la libertad es necesario conocer mejor a Dios, y a Dios se llega como orante, más que como oyente de la Palabra, pues requiere humildad intelectual ante el escándalo del acontecimiento de la Revelación (Bienaventurado el que nos se escandalice de Mí). Orante que pide y acepta la Palabra que desvela la intimidad divina que es Amor vivo, intimidad en la que da “una corriente trinitaria de Amor” dirá san Josemaría, y con ella lo qué es el hombre y el mundo. Un exodus reditus de Dios al mundo y hacia el hombre dirá Bruno Forte. Pero para entender eso es necesaria la humildad, además de la escucha, la memoria y la búsqueda. La respuesta a estos interrogantes está en el conocimiento que se tenga de Dios. Y, dentro de este conocimiento intuir lo que significa Amor, ágape, amor de benevolencia, amor gratuito, comunión, tan lejos de los malos usos que se hacen de esta palabra. La libertad de Dios hay que entenderla como Amor que se despliega infinitamente, y no sólo desde su Omnipotencia, que podría llevar al capricho que describen los nominalistas diciendo que Dios puede todo incluso decidir más allá del principio de no contradicción, sino verla como Acto en la simplicidad divina. Libertad como Acto significa Acción plena, Vida totalmente poseída y activa, riqueza en la verdad e inteligibilidad, en la eternidad de esa Vida simultánea perfectamente poseída, bondad gozosa, belleza plena. Pero la revelación nos permite adentrarnos más en esta verdad, pues al mostrar la Trinidad de personas en el Dios único es posible conocer mejor la intimidad de esa libertad. El Padre es perfectamente Padre y engendra libremente, por amor y conocimiento un Hijo eternamente. Se da libre y eternamente, y tan plenamente que da toda su vida con amor fontal total por el que el Hijo es consustancial con él. El Padre Amante y el hijo Amado se aman perfectamente y de ese amor total se espira el tercero en el amor, que es el Espíritu Santo, Don del Padre principalmente y Don del Hijo, Don de Dios a Dios. Persona que es vínculo de unión entre el Padre y el Hijo. La libertad en Dios es donación total y eterna, Vida en el sentido más pleno, sin necesidad externa, pero con impulso irrefrenable de generosidad: ahí está el misterio. El Espíritu Santo es la Persona Don en su procedencia y en su actuación intratrinitaria eterna y que abre el mundo divino al mundo humano, creando y entrando en la historia de la creación según su libertad amorosa.

La creación será un acto libre perfecto y, por tanto, un acto de amor. El Padre crea como Principio sin Principio teniendo al Hijo como modelo y el Espíritu realiza esa creación enviado por el Padre en misión creadora pues el motivo es un amor que quiere seres que puedan disfrutar del amor eternamente.

El sentido de libertad humana –limitada, pero grandiosa- es amar eternamente. San Josemaría dice al respecto: “la libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres”[27]. La libertad no es tanto algo que se tiene, que lo es, sino algo que se conquista. El hombre al nacer, nace libre, y al madurar conquista la verdad que le hace libre; al amar vive la libertad suprema que es darse al tú. Esa Verdad, por otra parte, le es dada también, no es sólo una conquista, sobre todo en Cristo que es la Verdad encarnada. Cuando el Tú es Dios el hombre alcanza la plenitud de su libertad. Como dice el beato Ramón Llull. “dime esclavo, ¿qué es el amor? Amor es aquello que hace esclavos a los libres, y libres a los esclavos”[28].

Bien lejos está esta idea de la libertad de verla como indiferencia de la voluntad que escoge caprichosamente, Cornelio Fabro descubre con inteligencia esta falacia: “la libertad no se fundamenta en que la voluntad posea la facultad de permanecer indiferente ante los bienes que se le ofrecen. La voluntad se interesa por todos estos bienes que se le aparecen como tales, porque tiene el sentido natural del bien; pero permanece libre a causa de su secreto deseo de un bien que sobrepasa todo lo que es parcial y limitado. Es libre, no porque pueda permanecer siempre insensible, sino porque, pudiendo ser movida por todos los bienes, puede pasar por encima de ellos gracias a la atracción de un bien superior

La libertad que se pretende definir por la indiferencia acaba, poco a poco, por no interesarse más que por la propia afirmación ante el mundo, y por negar hasta la posibilidad del amor y de todo interés espontáneo por cualquier cosa distinta de sí, ya que la indiferencia es el verdadero contrario del amor. En cambio la libertad fundada sobre el sentido natural del bien se afirma desde el inicio como poder de amar, y pone el amor de amistad, que es el amor propiamente dicho, como hecho primigenio, un acto directo y primario que manifiesta su auténtica naturaleza”[29]

Se trata, pues de dos aspectos de la libertad. La libertad de que consiste en liberarse de las esclavitudes de la ignorancia, la debilidad, los vicios, el pecado en todas sus formas, y la libertad para, es decir la libertad como meta del actuar humano, que al ser más plenamente hombre, más virtuoso, no sólo más sabio, es más perfecto, más pleno, más logrado. Por la gracia esta libertad humana alcanza cumbres asombrosas: la libertad de gloria de los hijos de Dios[30], que lleva a amar con el amor de Dios en la propia alma y responde a todos los deseos del corazón humano[31], de un modo eterno de vida vivida en plenitud que no pasa.

“Dónde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad”[32]. Jesucristo dice: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”[33], y seguidamente añade “yo soy la verdad”[34]. En la medida que se conquista la verdad se es más libre, el error y la apariencia no pueden liberar, menos aún la mentira consciente. Nietzsche hace el primer intento lúcido de vivir en la apariencia, y tiene muchos seguidores a principios del siglo XXI, pero los frutos amargos ya se ven: desamor, infidelidad, frustraciones de todo tipo, violencia y crueldad.

La conquista de la verdad nunca se acaba, pues la verdad es Cristo como Dios, es decir, es infinita, inabarcable para las posibilidades humanas, lo que da la posibilidad al hombre de crecer siempre en continuo, aunque laborioso, progreso. El santo está satisfecho, pero siempre quiere y puede más. El cielo es libertad que nunca se acaba ni se detiene. Todos los focos de verdad deben ser aprovechados: la razón, la fe, los dones del Espíritu Santo. Aunque la visión beatífica en el cielo sea mayor de todo lo posible pensado, en expresión espiritual de San Pablo es “ver a Dios cara a cara no como en un espejo”. “El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Y la libertad -tesoro incalculable, perla maravillosa que sería triste arrojar a las bestias [Cfr. Mt VII, 6.]- se emplea entera en aprender a hacer el bien [Cfr. Is I, 17.]”[35].

El sentido de la libertad es el amor. San Agustín enseña aquel famoso aforismo: “Ama y haz lo que quieras”[36] pues la “libertad es caridad”[37], y Santo Tomás apostilla que “la perfecta caridad proviene de la libertad”[38] la raíz de esta relación está en la insuprimible relación de la libertad al bien, que sólo en el amor alcanza su plena realización[39]. No es la libertad indiferencia hacia todos los bienes, o todas las posibilidades, sino que se realiza al alcanzar el bien, el amor, la perfección, si no se esclaviza. “Donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí -no obstante las apariencias- todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado”[40]. Como dice Fernando Ocáriz: siguiendo a Santo Tomás de Aquino: “Es necesario recuperar el amor no sólo para la libertad, sino también para la ley (...) se entiende así la afirmación de Santo Tomás: " quanto aliquis plus habet de caritate, plus habet de libertate" (In III Sent,, d.29, q. Ún., a.8, qla. 3 s.c.)”[41]

Persona humana y libertad

Volvamos de nuevo a la libertad humana desde otra perspectiva. Si miramos el cuerpo humano, no hay libertad. Los sentidos están determinados por el objeto. El ojo ve, quiera o no; el oído, oye; el tacto, siente, a no ser que estén enfermos, no se quiera mirar, oír, o tocar. Los instintos de propagar la especie, de sobrevivir, de placer y de asco llevan aun cierto movimiento que no es libre, es sólo instintivo, como los animales. Los afectos son más elevados, pero son poco libres. El amor sentimental es fluido, aunque hermoso, pero fácilmente erróneo; el odio igual; la tristeza aleja del mal o paraliza, la ira es necesaria para superar obstáculos, pero puede acabar en furia y ceguera, y así todos los afectos, necesitan de la dirección de las potencias del alma: inteligencia y voluntad.

La inteligencia es necesaria para la libertad, pues no se quiere nada si no se conoce antes, pero el juicio intelectivo sólo se detiene cuando quiere la voluntad. Es claro que cuando algo repugna a la voluntad, o simplemente le disgusta, aunque sea bueno, se buscan razones para no detener el juicio y hacer teorías que hagan aceptable lo que se desea con más menos libertad o libertinaje. El ignorante no es libre. El engañado tampoco, aunque el engaño sea elaborado por uno mismo. El vicioso no quiere escuchar la verdad. Pero el sólo conocimiento de la verdad no basta. Tiene que ser un conocimiento pleno que llegue a la voluntad.

La voluntad quiere y debe ser dirigida por el amor bueno. Es la penúltima raíz de la libertad. La voluntad es atraída por el bien, pero de un modo que no es determinado como los sentidos, pues cabe tener bondad y malicia, además de autoengaño. Esa bondad y malicia le viene de ella misma. De una parte la inteligencia le informa, pero la decisión, aún siendo libre ya, tiene una raíz más honda, pues es ciega, y necesita ser guiada por el conocimiento propio. Sin humildad, que es “vivir en verdad”, como dice Santa Teresa de Jesús, se llena de orgullo y puede alcanzar la libertad falsa de la voluntad de poder o de la fuerza. La voluntad sola, al ser ciega, no puede ser la última raíz de la libertad. Es necesaria, pero no es lo último. La inteligencia necesita y ayuda a la libertad, pero tampoco es lo último. Luego, ¿qué es lo último?

Lo último en la libertad es el acto de ser personal. Flaco servicio hacen al hombre los que ponen la persona en la autoconciencia del individuo, entonces el embrión no sería persona y el aborto sería moralmente aceptable, Cristo no sería Dios, y así mil errores importantes como que los locos poca persona serían etc. La persona está en el acto de ser recibido de Dios como don principal de Dios. Este acto de ser es el que da una vida nueva al alma humana y, por ella, al cuerpo, que así es cuerpo espiritual, como dice San Pablo.

La persona humana como acto de ser participa del Ser por Esencia, que es Dios. Por ello se puede decir que Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, sin caer en el panteísmo, pues por medio está la riquísima idea platónica de la participación, tan aprovechada por Santo Tomás de Aquino. Pero Dios es libertad, Dios es Amor. En la participación es esa libertad, y en ese amor, reside la fuerza de la persona humana. “'Ser uno mismo delante de Dios' es asumir plenamente la propia condición metafísica, y es la raíz de la vida moral. ‘Este es el origen y la fuente de toda originalidad. El que ha osado esto es que tiene propiedad, es decir, ha logrado saber lo que Dios le había dado y cree, absolutamente y por eso mismo, en el carácter propio de cada uno. En efecto, el carácter propio no es mío, sino es un don de Dios, con que concede el ser. Esta es la insondable fuente de bondad en la bondad de Dios: que Él, el Omnipotente, da de modo que el que recibe obtiene propiedad'(S.Kierkegaard, los actos del amor, trad it Rusconi, milán 1983, p. 459)”[42] . Maravillosas palabras que se pueden perder si se intenta seguir las abstracciones de los racionalistas, también los escolásticos. La metafísica es útil para todo, podemos decir parafraseando las palabras de San Pablo sobre la piedad, pero entenderla no es de todos, y reducirla a abstracciones vacías es lo que se ha hecho siglo tras siglo. Veamos lo que dice Cardona, que sí ha entendido la metafísica y con ella la persona humana: “Es la propiedad privada de su acto de ser lo que constituye propiamente a la persona, y la diferencia de cualquier otra parte del universo. Esta propiedad comporta su propia y personal relación a Dios, predicación predicamental –como ya hemos dicho, accidental-, que sigue al acto de ser, a la efectiva creación de cada hombre, de cada persona, señalándole ya para toda la eternidad como alguien delante de Dios y para siempre, indicando así su fin en la unión personal y amorosa con Él, que es su destino eterno y el sentido exacto de su historia personal en la tierra y en el tiempo”[43], y añadiría de la eternidad, pues es para siempre.

De ahí que sea tan importante conocer a Dios para poder conocer al hombre, como hemos repetido muchas veces. En concreto, respecto a la libertad. Dios es libre, porque es Amor y porque es Vida. La libertad como acto puro es el fundamento de la libertad creada que participa de ese Acto, y por ello es libre, creativa, ambiciosa, ascendente, fuerte, irrenunciable, insatisfecha con todo lo que sea caduco, porque aspira al amor eterno, a la comunión con Dios mismo, a participar en la corriente trinitaria de amor de las Tres personas divinas que se aman y se dan libremente por toda la eternidad en un ahora perpetuo. El hombre es alguien, irrepetible, único, con una sola vida para vivir, que comienza, pero no termina. Ante Dios quiere decir, que aunque sea necesario vivir en sociedad y la cultura lo determine en buena parte, lo esencial es la actitud que tome “a solas con Dios” interrogado por el que todo lo sabe, pero con mirada paternal, exigente, y tan amorosa que ayuda con gracias que llegan antes de ser pedidas, y, por supuesto siempre que se las pide, es más que perdona cuando el hombre pierde la libertad amante cambiándola por la libertad errante del pecado. Dios que está en la intimidad íntima del hombre, en el sagrario de su conciencia hablando, suavemente, o a voces, pero siempre con silbos amorosos. La respuesta la que marca la responsabilidad, que hace esposo de la acción libremente elegida. Y ¿qué pide Dios? pide, mendiga, amor sincero, amor gratuito que haya superado las mil máscaras del amor propio. ¿Hasta dónde? Siempre hay un más arriba, el límite es amar como Cristo amó y ama. Además, para siempre. Algo imposible para los que quieren reducir el hombre a lo caduco. Y la muerte pasa de castigo a puerta abierta a la eternidad en perfecta posesión de la belleza, de la vida, del amor que sólo Dios puede dar, pues se da Él mismo. El mismo infierno es una autoexclusión del amor divino que rechaza en la obstinación del pecado la gracia para salvarse, es decir, es fruto de la libertad humana, de cerrarse libremente al amor total. La libertad del pecador es realmente libertad, aunque se puedan encontrar mil excusas al pecado. En la medida en que es más lúcido es más responsable. Sin esa libertad, la vida humana sería una gran trivialidad, algo sin sustancia, un videojuego, un film al modo de Matrix en realidades virtuales superpuestas. Y eso no es así, lo que es, es. Como dice Fabro: “existir significa ser para llegar a ser uno mismo ante Dios en Cristo. La libertad nos es dada para que el hombre se forme a sí mismo según la forma de su finalidad; la forma de su finalidad es la elección de su último fin, y el último fin es Dios: no el Dos abstracto de los filósofos (el Dios de Aristóteles, el Dios de Platón, el Dios de Epicuro) sino el Dios de Cristo, porque es un hecho histórico que el Verbo se ha hecho carne”[44]

San Josemaría da una visión positiva basada en la fede la libertad como don de Dios que nace en el Amor divino y a él lleva en un acto de libertad amante bien lejano de la libertad errante, que da el fruto amargo del pecado. En el fondo nos dice que el perfectamente libre es el santo, el que ama con el amor divino en su persona humana y de ahí en su alma y su cuerpo. Esto tiene repercusiones prácticas claras en lo individual y lo social.

Queda entonces la libertad de pecar. ¿Es real? Sin libertad no se puede pecar. Es bien conocida la respuesta de Santo Tomás cuando dice que elegir el mal es signo de libertad, pero que en realidad es falta de libertad. En la línea de lo que acabamos de decir podemos distinguir entre la libertad de Dios que es perfecta y siempre es donación y amor, la libertad del santo que es donación lograda con esfuerzo y lucha, ayudados por la gracia que permite la novedosa libertad de gloria de los hijos de Dios anunciada por San Pablo. Y la libertad del pecador. En este caso también es el amor el que mueve al hombre, pero en lugar del amor gratuito, o el Amor de Dios, amor que libera y lleva a la libertad amante, se da un amor propio, un egoísmo, una malicia verdadera, que puede existir porque la libertad del hombre es una libertad finita, no infinita, y nace de un querer contra Dios o al margen de Dios. En este caso se alcanza una libertad errante, libertad encadenada, libertad esclava, que puede llegar a la muerte segunda de la condenación eterna –autoexclusión del amor de Dios- endurecimiento que rechaza la gracia de la conversión. Por contraste se advierte aquí el poder de la libertad también cuando yerra. No se puede dejar de pensar en lo que describen Heidegger y Kierkegaard, aunque en distinto sentido, al hablar de lo demoníaco. Cerrarse en lo natural solamente sería naturalismo que desconoce la totalidad, y con ello la realidad. La fuerza oscura –dentro y fuera del hombre existe- y, aunque no se pueda llegar al dualismo persa o maniqueo es comprensible que alguna solución se quiera dar al tema evidente del mal –misterio de los misterios- si se desconoce la revelación. El ángel caído existe y tiene un radio de acción en la historia difícil de detectar, pero real.

La libertad humana y angélica de pecar, cosa que es imposible en Dios, encierra un gran misterio, pues se trata de un auténtico desamor, rebeldía más menos lúcida, que puede llegar al odio a Dios. “el pecado, esa realidad dura de aceptar, pero innegable: el mysterium iniquitatis, la inexplicable maldad de la criatura que se alza, por soberbia, contra Dios. La historia es tan antigua como la Humanidad. Recordemos la caída de nuestros primeros padres; luego, toda esa cadena de depravaciones que jalonan el andar de los hombres, y finalmente, nuestras personales rebeldías. No es fácil considerar la perversión que el pecado supone, y comprender todo lo que nos dice la fe. Debemos hacernos cargo, aun en lo humano, de que la magnitud de la ofensa se mide por la condición del ofendido, por su valor personal, por su dignidad social, por sus cualidades. Y el hombre ofende a Dios: la criatura reniega de su Creador”[45]. Si la raíz de la libertad buena es el amor que le lleva a ser una libertad conquistada, plena, elevadora, aunque no fácil. La libertad errante del pecado, deshumaniza y se explica por la finitud de la libertad que unida a la aspiración de infinitud quiere alcanzar la plenitud no como orante, como un don pedido como hijo, sino por sus propias fuerzas consideradas como autosuficientes y rebeldes al don paterno, o más bien, intentar ser como Dios, según nos dice el relato genesíaco respecto al hombre tentado; pero que sería mucho más grave en el pecado de los ángeles rebeldes. El pecado esclaviza o la mente, o la voluntad, o las pasiones, o los sentidos, y degrada la persona en su intimidad, la hace mala. Conviene decir con claridad que el pecado no es un error, o una necesidad venida del cuerpo o de la sociedad. La Ilustración nos ha engañado decía Steiner en el Congreso de la Sorbonne sobre los 2000 años de cristianismo; y añadía que durante doscientos años han afirmado que el hombre es bueno, y no es verdad –decía con pasión- nos han quitado el pecado original, pero no somos inocentes. Es posible que su reflexión –casi ex abrupto-se debiese a los frutos amargos de los totalitarismos del siglo breve –1914 a 1989- engendrados por las ideologías ilustradas, frutos amargos de los racionalismos. Más moderadamente, y con la experiencia de la Iglesia como experta en humanidad podemos decir que el pecado es un acto libre real, un desamor, una ofensa a Dios, una impiedad en el sentido fuerte de asebeia. Afirmar otra cosa es una ingenuidad o un intento de justificación personal, o una insuficiencia intelectual por perder el fundamento, como hemos intentado demostrar aquí.

San Josemaría hace referencia a esta esclavitud de la libertad esclava del pecado. “Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana. El Señor nos invita, nos impulsa —¡porque nos ama entrañablemente!— a escoger el bien. Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás... Escoge la vida, para que vivas[46]”[47]

De un modo apasionado y hablando de la libertad como un auténtico romántico, como se llamaba a sí mismo san Josemaría, dice: “ Nunca podremos acabar de entender esa libertad de Jesucristo, inmensa —infinita— como su amor. Pero el tesoro preciosísimo de su generoso holocausto nos debe mover a pensar: ¿por qué me has dejado, Señor, este privilegio, con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de ofenderte? Llegamos así a calibrar el recto uso de la libertad si se dispone hacia el bien; y su equivocada orientación, cuando con esa facultad el hombre se olvida, se aparta del Amor de los amores”[48]. La libertad lograda es libertad amante, y el pecado es fruto del desamor orgulloso. Pero profundizando, en la misma línea de Heidegger, de donde lo debió tomar más o menos consciente, señala el beato Josemaría lo que Cristo enseña y revela: veritas liberabit vos[49]; “la verdad os hará libres. ¿Qué verdad es ésta, que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas”[50].

Querer infinitamente es la meta, pero tiene límites de hecho, pues el conocimiento de la verdad y el amor es ascendente, laborioso y necesitado de iluminación. De ahí que sean tan importante la Revelación del Ser por esencia, que es Dios “Pero la libertad no se basta a sí misma: necesita un norte, una guía”[51]. La libertad humana es algo que se tiene, pero algo que se conquista en la medida en que desvela la verdad y el amor y se libera de ignorancias y malos usos. De hecho la evidencia enseña que el pecado usa la libertad como excusa. “Rechazad el engaño de los que se conforman con un triste vocerío: ¡libertad, libertad! Muchas veces, en ese mismo clamor se esconde una trágica servidumbre: porque la elección que prefiere el error, no libera; el único que libera es Cristo[52], ya que sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida[53]”[54]

Con insistencia san Josemaría encuentra un nuevo matiz a la libertad lograda como servicio a la verdad que rescata, a la libertad que se gasta en buscar el Amor infinito. “Preguntémonos de nuevo, en la presencia de Dios: Señor, ¿para qué nos has proporcionado este poder?; ¿por qué has depositado en nosotros esa facultad de escogerte o de rechazarte? Tú deseas que empleemos acertadamente esta capacidad nuestra. Señor, ¿qué quieres que haga?[55]. Y la respuesta diáfana, precisa: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente[56]. ¿Lo veis? La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres. ¡Cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios![57]. Ahí se resume la voluntad buena, que nos enseña a perseguir el bien, después de distinguirlo del mal[58]”[59].

Sirvan estás líneas como un elogio después de haber visto con los propios ojos la conquista de la verdad, que se llama santidad, en san Josemaría

Dr. Enrique Cases
Universitat Internacional de Catalunya

[1] Cornelio Fabro y otros. Santos en el mundo. p. 42 Ed Rialp 1992
[2] Beato Josemaría Escrivá. Amigos de Dios. n. 24
[3] ibid n.24
[4] ibid n. 26
[5] Cfr. Act IX, 6.
[6] Mt XXII, 37.
[7] Rom VIII, 21.
[8] S. Máximo Confesor, Capita de caritate, 2, 32 (PG 90, 995).
[9] Ibid.n.27
[10] ibid. n. 31
[11] Cfr. Rom VIII, 39.
[12] Ibid. n. 35
[13] Cfr. Mt VII, 6.
[14] Cfr. Is I, 17.
[15] Ibid. n. 38
[16] Carlos Cardona Metafísica del bien y del mal. EUNSA p. 101
[17] Aurelio Fernández Moral fundamental. Ed Rialp p. 71
[18] ibid p. 68
[19] Carlos Cardona. Olvido y memoria del ser. P. 143 Ed Eunsa Pamplona 1996
[20] Carlos Cardona Metafísica del bien y del mal, Ed EUNSA p. 100
[21] (S. Kierkegaard, Diario IX A 486. Trad. It. Morcelliana, Brescia 1980-1983).
[22] Heidegger (Vom Wessen des Grunde. 51. Citado en Ser y libertad . Rubén Guilead Ed del Toro. Madrid
[23] Heidegger (Nietzsche t.2 p.21). citado por Ruben Guilead o.c.
[24] Heidegger ” (Vortrage und. Aufsäze. p.33) citado por Rubén Guilead o.c. p.95
[25] Heidegger. W h.D. p. 153
[26] Eckart
[27] Beato Josemaría Escrivá Amigos de Dios. Ed Rialp. n.27
[28] Beato Ramón Llull. Llibre de l'amant y de l'amat
[29] Cornelio Fabro. Drama del hombre y misterio de Dios, Rialp Madrid 1977, citado en Fernando Ocariz Naturaleza, gracia y glori. Ed EUNSA Pamplona 2000 p. 60
[30] Rom 8,21
[31] San Agustín. Confesiones 1,1
[32] 2 Co. 3,17
[33] Jn 8,23
[34] Jn 15,4
[35] Beato Josemaría. Amigos de Dios. Ed Rialp n. 38
[36] San Agustín, In epist, ad parthos VII,8
[37] ibid De natura et gratia 65, 78
[38] SantoTomás de Aquino. In I sent.
[39] Fernando Ocáriz. Naturaleza, gracia, gloria Ed EUNSA. P. 111 .Pamplona 2000
[40] Beato Josemaría Amigos de Dios.Ed Rialp. n. 27
[41] Fernando Ocáriz. o.c. p. 61
[42] Carlos Cardona, metafísica del bien y del mal. Ed. EUNSA. P. 67
[43] ibid. p. 90
[44] Cornelio Fabro. Momenti dello spirito Sala francescana de cultura, Assisi, 1982, p.204 cit en F. Ocáriz Naturaleza, gracia, gloria p. 65
[45] beato Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa
[46] Dt XXX, 15-16, 19.
[47] Beato Josemaría Escrivá. Amigos de Dios. n. 24
[48] ibid. Amigos de Dios n. 26
[49] Ioh VIII, 32.
[50] Beato Josemaría Escrivá. Amigos de Dios. n. 26
[51] ibid.
[52] Cfr. Gal IV, 31.
[53] Cfr. Ioh XIV, 6.
[54] Beato Josemaría Escrivá. Amigos de Dios. n. 26
[55] Cfr. Act IX, 6.
[56] Mt XXII, 37.
[57] Rom VIII, 21.
[58] S. Máximo Confesor, Capita de caritate, 2, 32 (PG 90, 995).
[59] Beato Josemaría Escrivá. Amigos de Dios. nn.26 -27

 

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07/08/2005 ir arriba
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