UN JOVEN LLAMADO JOSÉ
Bella meditación sobre los dolores y gozos de San José, Esposo de María Virgen, "un joven alto, fuerte, apuesto, varonil, callado, muy recio para el trabajo y muy delicado en el trato… Noble, leal, soñador…aunque los pies bien asentados en la tierra...."
Por María Rosa Noda
Ed. PROMESA
Arvo Net 16.02.206
PREAMBULO
José era un joven alto, fuerte, apuesto, varonil, callado, muy recio para el trabajo y muy delicado en el trato… Noble, leal, soñador…aunque los pies bien asentados en la tierra. Estaba acostumbrado al esfuerzo físico y a la vez se quedaba a veces absorto ante un amanecer, una puesta de sol o una pequeña y desvalida flor que se encontrara por el camino… porque Dios la hizo, tan perfecta, aunque nadie la fuera a ver.
Hablaba como un buen hijo con su Padre Dios, y comentaba todo con El. A veces le pedía algo, normalmente una necesidad de un vecino o un pariente, pero la mayoría de las veces solo mantenía con El la más normal de las conversaciones, aunque algunas veces se estremecía al pensar en esa cercanía con el Señor, Creador de Cielos y Tierra; pero sabía que Dios así lo quería. Era una persona amable y acogedora, abierta a sus semajantes; respetuoso con los mayores, bromista con sus primos, divertido con los niños. Aceptaba a cada uno como era. Pero le dolía ver a veces a su alrededor egoísmo y deslealtad, falta de sinceridad o de rectitud… Le dolían mucho las ofensas a la bondad de Dios. Le pedía perdón al Señor –por sus propias faltas, en primer lugar– y le ofrecía su esfuerzo y los objetos que resultaban de esas largas jornadas de labor.
Trabajar la madera le había gustado desde pequeño, aunque ninguno de sus parientes cercanos fuera carpintero. Aprendió sobre todo mirando en un taller rústico que había cerca de su vivienda; poco a poco se acostumbraron a verlo allí, siempre servicial, hasta que le empezaron a encargar pequeñas tareas. Nadie tuvo que darle muchas explicaciones, porque observaba todo con detenimiento y cuando preguntaba, iba a lo esencial. Fue un buen aprendiz, y con la práctica se convirtió en un carpintero de primera. De la manera más natural, mientras fabricaba algún objeto comentaba con su Padre Dios las ideas que tenía, y conforme avanzaba el trabajo le pedía ayuda para hacerlo lo mejor posible. También cuando hacía mucho calor y se sentía ya cansado, pero era todavía temprano para dar por terminada la jornada…
Ultimamente le había contado al Señor lo mucho que le había impresionado una jovencita, María, hermana de la prometida de Cleofás. La había visto muchas veces de lejos, desde que era pequeña, jugando con otras niñas, pero no se puede decir que la conociera. En la fiesta de desposorios de Cleofás y su prometida, no pudo dejar de admirar a María, que había dejado de ser una niña y era ahora una joven…encantadora. José encontró enseguida la palabra adecuada: sí, Señor: es encantadora de verdad.
No habría podido explicar exactamente en qué consistía el encanto, porque era como la suma de todo lo que consideraba propio de una mujer: gracia, belleza limpia, mirada abierta y llena de ternura, pero al mismo tiempo modesta. ¡Y tan natural y sencilla! ¡Y tan alegre…! Se veía que era muy atenta y servicial; con razón la querían tanto los que la conocían más de cerca. Para suerte suya, José pudo saludarla y hablar un poco con ella. Después se conformó con seguirla discretamente con la mirada. Aunque participaba en la conversación general, por dentro se había pasado el rato pensando: ¡qué maravillosas son las obras de Dios!
Habló largamente con el Señor del asunto: para él era una gran novedad, porque hasta el momento no había conocido, ni de lejos, a nadie como María que desde el primer momento –y aunque no se diera él mismo mucha cuenta– le hubiera cautivado el corazón. Por eso no acababa de quedarse tranquilo: pensaba mucho también en su deseo de ofrecer a Dios un amor grande, inmenso… ¿Cómo iba a poder combinar dos amores así, si solo tenía un corazón? Pero no le dio demasiadas vueltas; puso sus interrogantes en manos del Señor, que era donde mejor podían estar. Dios seguramente le inspiraría lo que era Su Voluntad, siempre lo mejor. Pero…¡Señor, qué encantadora es…!
Pronto se dio cuenta de que lo que al principio le pareció una idea peregrina, que pronto se diluiría entre las ocupaciones inmediatas, cada día le volvía a la cabeza, con más fuerza. Era un hombre joven, capaz ya de ganarse la vida. Podía pensar en formar una familia, como tantos de sus parientes y amigos. Hasta ahora no había pensado seriamente en esa posibilidad. Pero también es verdad que nunca había conocido alguien como María. Pero, no… Había algo en ella que le infundía un respeto especial. ¿Cómo se iba él a atrever a poner los ojos en María? Era como una joya preciosa, siendo tan normal. Además, seguramente que otros jóvenes del pueblo se habrían dado cuenta antes que él; podía ser que los pensamientos de María ya tuvieran dueño.
Aunque José tenía la impresión de que no era así. Se parecía a otras jovencitas, hablaba, cantaba, trabajaba en lo mismo que las demás… pero a muchas se les veía en los ojos el afán de lucir bien, de atraer…A ella no, ciertamente. Pero… tuvo que volver a pedir ayuda al Señor para poder concentrarse en su trabajo. Una vez más le ofreció su trabajo, su presente y su futuro: en manos de Dios estaban mejor que en ningún otro lugar. Pero…no es fácil dejar de pensar en María. Y, si es algo que Dios quiere, se presentará la oportunidad de hablar con ella. Aunque, pensándolo bien, ¿qué le iba a decir? Seguramente se quedaría mirándola nada más. Aunque tal vez se animara a decirle algo… quién sabe.
José era una persona mesurada para hablar, pero tenía unas salidas llenas de buen humor. Era un excelente narrador y los más pequeños lo oían embobados cuando se arremolinaban cerca de su banco de carpintero. Él les regalaba virutas y pedacitos de madera cepillada para que pudieran jugar, y les contaba historias del pueblo de Israel, o de cuando él era chiquito y salía al monte a cortar árboles. Pero eso era distinto a abrir su corazón ante María, y hablarle del sentimiento que ahora ocupaba todo su ser. ¿Cómo se iba a atrever a decirle algo así? ¿Qué podría hacer? Bueno, ¡Dios proveería!
Y así fue. Habían pasado varias semanas desde su encuentro primero, cuando volvió a encontrarla en una reunión familiar: la boda de unos primos. Eran parientes más cercanos de María, pero también tenían con José algún grado de parentesco; todos, de la tribu de Judá. Después de la ceremonia y de felicitar a los novios, los hombres acostumbraban sentarse a conversar y cubrir de bromas al flamante esposo, y las mujeres se encargaban de servir la comida de la fiesta. Pero en el transcurso de la celebración surgían también muchas conversaciones espontáneas entre los jóvenes y las muchachas presentes. José tuvo la fortuna de darse cuenta que María, que había pasado varias horas ayudando, se había sentado un momento no muy lejos de él. Sin casi darse cuenta, se acercó y la saludó respetuosamente, con una sonrisa franca aunque un poco tímida…
María sonrió con toda naturalidad, pero sin el desenfado de algunas de sus parientas, que cortaba inmediatamente a José. María le preguntó por sus familiares y por su trabajo, por un tío abuelo de José que estaba enfermo y no había podido estar presente…Y mientras algunos jóvenes y mayores alejaban los muebles y abrían un espacio para bailar, María y José siguieron conversando. ¡Tanto había cavilado José sobre la forma de confesar su amor! Pero, ante la mirada dulce y modesta de la joven, no tuvo ninguna dificultad en abrir un poco su corazón, hasta que pudo manifestar delicadamente a María su gran admiración por ella. Era algo limpio, sencillo, natural… una cristalina confesión de amor y de que se sueña con un futuro cerca de ella. María le había oído con sencillez, esbozando una leve sonrisa, tal vez de agradecimiento… Pero en este momento bajó los ojos, y no contestó. José se dio cuenta enseguida y se apresuró a decirle:
–María, perdóname… Lo que te he dicho es lo que hay en mi corazón, pero yo sé bien que tú puedes aspirar a alguien con muchas más cualidades que las que tengo. Perdóname; te comprendo…
Hizo ademán de levantarse, pero algo en la mirada de María le hizo comprender que la conversación, para ella, no había terminado.
–José, por favor, no pienses que no aprecio tus palabras. Claro que sí, y te las agradezco. Pero … no sé cómo decirte lo que hay en el mío.
–No me lo tienes que decir, no tienes por qué. Perdona mi atrevimiento…
–Tal vez tú puedes comprenderlo, José. La verdad es que desde hace varios años y cada vez más, yo siento un deseo inmenso de amar solo a Dios… perdona que te rechace, pero creo que mereces saber el motivo, y estoy segura que no se lo contarás a nadie.
José se había puesto un poco pálido; nunca se imaginó que en aquel pueblo, tan cerca, hubiera otra persona que deseaba lo mismo que él. Durante algunos minutos quedó en silencio, hasta que encontró las palabras:
–Qué curioso, María: jamás le he dicho a nadie que lo mismo me pasa a mí, aunque también sueño con tener un hogar mío, hacer feliz a la mujer con la que decida al fin compartir mi vida, y con mis descendientes… Así ha sido siempre, así seguirá siendo en nuestro pueblo. Pero mi deseo más profundo es amar a Dios…
María sonrió alegre:
–¡Qué maravilla! ¡Qué bueno es el Señor, José! Por esto, y solo por esto, es que no deseo casarme. Cómo voy a conseguirlo, no lo sé, porque lo te acabo de decir no se lo he dicho a nadie… Mis padres son muy buenos y quieren lo mejor para mí, pero sé que sueñan con pasar sus últimos años rodeados de muchos nietos. Y somos solamente dos hermanas. Desde siempre me han dicho que no me obligarán a casarme sin que yo esté de acuerdo, pero naturalmente algún día me hablarán de alguna persona que les parece adecuada para mí. En tu caso, José, creo que es más fácil. Pero todas las mujeres de nuestro pueblo se casan y sueñan con ser la madre del Mesías. Pero, bueno, Dios proveerá, ¿verdad?
–Claro que sí, María; El siempre hace las cosas bien.
Se quedaron un rato en silencio. José estaba conmovido, casi sobrecogido, ante lo que María le había confesado. No sabía qué más decir, y al mismo tiempo no sabía como terminar la conversación. Él era hombre mesurado, acostumbrado a reflexionar las cosas con serenidad. No era su costumbre reaccionar con precipitación. Pero tenía una gran finura de alma, una sensibilidad especial –surgida y cimentada precisamente en el trato habitual con Dios, y captó enseguida que el Señor estaba allí. No solo que estaba allí, sino que le sugería algo: no tenía que tener temor alguno a la precipitación, porque todo era querido por El. De un golpe vio con claridad que podía ayudar de algún modo a María, y que esta ayuda era algo querido por Dios. No necesitaba hacerse más consideraciones. Así fue como, después de unos minutos, José volvió a hablar.
–María…
–¿Sí, José?
–María, estaba pensando… Pero no sé si te lo sabré explicar... Lo que quería decirte es que se me ha ocurrido algo; es una idea que me ha venido así, de repente: no me lo tomes a mal…
–¿Por qué te lo voy a tomar a mal?
–Porque …no sé, tal vez no te parece apropiado. Pero si en algún momento tienes dificultad para cumplir tu deseo, o sea, si piensas que te sería más fácil si estuvieras casada con alguien…que lo respetara, para mí sería un gran honor y una gran alegría poderte servir así.
–¡José, qué bueno eres! Gracias… Pero entonces tú tendrías que dejar tus planes… Te lo agradezco mucho, pero sería un sacrificio muy grande para ti.
–¿Sacrificio? ¿Tú crees que para mí sería un sacrificio vivir cerca de ti el resto de mi vida, protegiendo tu secreto de entrega a Dios?
Lo dijo con tanta vehemencia que él mismo se sobresaltó. Varias veces los amigos lo habían invitado a unirse al baile, y también las amigas de María que pasaban cerca la reclamaban para que viniera con ellas. Pero cuando los veían hablando, los dejaban tranquilos. ¿Qué cosa más natural que quisieran hablar un poco?
–María, sería para mí el regalo mayor que Dios me podría hacer. Si tú estuvieras de acuerdo, ahora mismo hablo con tus padres. Y te prometo, delante del Señor, que mi vida entera pasaré cuidándote de la forma que te parezca mejor. Fíjate qué maravilla: para todo el pueblo, seremos una joven pareja que se quiere casar. Para Dios, seremos dos corazones que laten sólo por El… Pero así podrás disponer de más libertad, porque yo trabajaré para sostener la casa. ¿Qué te parece?
–José, veo en esto la mano de Dios. Solo Él conocía mis ilusiones, y las veces que pensaba: ¿pero cómo voy a conseguirlo? Siempre lo dejaba en sus manos…y ya ves: El te ha traído. Creo que puedo confiar en ti completamente, y te agradezco de verdad que lo hagas. Yo también cuidaré del hogar…
–María, ¿me permites que hable con tus padres?
–José, creo que todos los que nos han visto hablar este rato están seguros de que vas a hablar con mis padres…
Y María esbozó una de sus sonrisas encantadoras.
Así fue. Joaquín y Ana tenían el ojo puesto en José para esposo de su hija desde hacía mucho tiempo, pero nunca le habían hecho el menor comentario, para no forzarla a nada. Solo lo habían hablado entre ellos, y con Dios, naturalmente. Y ahora resulta que el propio José se les acerca, y después de unos minutos de respetuosa conversación, les dice que se ha fijado en su hija María, y que le haría muy feliz si le permitieran que fuera su esposa.
–José, tienes nuestra bendición. Es más –dijo Joaquín– ya le había yo comentado a Ana muchas veces que serías un magnífico esposo para nuestra hija. Es una joya preciosa, cuando la trates más te darás más cuenta; tienes que prometernos que la cuidarás más que a la niña de tus ojos, y que tratarás de hacerla muy feliz… Ella te hará feliz, de eso no hay duda, porque desde que nació nos ha hecho felicísimos a todos.
–Yo sé que ella podría aspirar a alguien mucho más importante que yo, con mejores cualidades…
–No, José, ni lo menciones. Estamos seguros, como padres, que tú vas a ser el mejor esposo para ella. Le hablaremos mañana mismo. Si quieres, ven por la tarde y te daremos la respuesta.
José se despidió de Joaquín, de Ana, de los novios, de los dueños de la casa y se fue. Ya no vio a María, que se había incorporado a la rueda donde bailaban sus primas y amigas… Además, sentía que si se quedaba en la fiesta empezaría a llorar, o a saltar de alegría, …
Primer dolor y gozo
MARIA REGRESA DE AIN-KARIN
¡Hoy regresa María!
¡Tres meses sin verla! Han sido tres años, tres siglos… Pero ya se acerca el momento feliz de celebrar la boda. ¡Estar siempre con ella! Señor, desde aquella vez que hablamos María y yo, sé que mi papel sera cuidarla, proteger la decisión que ha tomado de pertenecerte completamente. La verdad es que no me extrañó nada cuando me lo dijo, con aquella mirada llena de illusión, luminosa… Entendí un poco más por qué el corazón se me fue hacia ella desde el primer día que la vi: tenía algo especial, algo que yo no podía explicarme pero que me atrajo con tanta fuerza. Como si ella me llevara suavemente hacia un mundo maravilloso. Le dije con gran respeto que yo estaba dispuesto a servirla de la manera que le pareciera bien. Y que, además, desde pequeño yo había sentido también esa inquietud, pero no sabía cómo podia concretarla. Tú sabes bien, Señor, que esa noche no pude dormir: solo podia pensar en la posibilidad que me ofrecías de vivir al lado de María, custodiarla, protegerla... Vivir los dos para Ti, solo para Ti. Era un panorama maravilloso, aunque todavía te acordarás de que me sobrecogía un poco. ¿Quién soy yo para que me toque esta suerte? Porque estoy seguro de que Tú le tienes un cariño muy especial.
Y de repente, una mañana me dijo que quería ir a ver a su prima Isabel, que vivía en Ain-Karin. Hasta ese momento nunca me había dicho que quisiera ir, aunque quería mucho a todos sus parientes. Pero si ella quería ir, era más que una orden para mí. Nos enteramos de que salía un grupo a los pocos días y que pasarían cerca de Ain-Karin. Yo me ofrecí a acompañarla, porque desde que nos desposamos tengo que velar por ella, y así fue como conocí ese pueblo: nunca antes había estado allí. La familia de Zacarías es encantadora: un matrimonio ya bastante mayor, y varios parientes. Solo pasé con ellos unas horas, porque el mismo día que llegamos salí hacia acá otra vez: gracias a Ti, hay bastante trabajo, y además estoy haciendo los muebles para nuestra casa. ¡Imagínate…! Tienen que ser lo mejor que haya hecho hasta ahora…
Ya se acerca la hora en la que llegará, según nos dijo el niño que trajo el recado. Señor, ya se me está saltando el corazón de contento…
¡No puede ser cierto!
De ninguna manera puede estar pasando algo así. Señor, seguramente me engañan mis ojos. ¡Es completamente absurdo pensar que María esté embarazada! !Después de todo lo que hemos hablado, después de que me ha abierto un poco su alma, y he podido ver que ahí dentro no hay más que luz! !No es posible! Señor, llevo varios días con este desconcierto, y tú sabes que la primera vez que se me ocurrió lo deseché como si fuera un mal pensamiento… Seguramente estaba viendo cosas que no existen; tal vez no he dormido bien. ¡Cualquier cosa! Ya se me pasaría. Pero hoy el cliente que vino a pagar la mesa, que nos conoce a los dos desde hace tiempo, me dio la enhorabuena por estar esperando un hijo. ¿Cómo puede ser? Señor, por más que pienso no se me ocurre nada, y cada vez me dan más ganas de llorar. ¡Qué desconsuelo! ¿Cómo puedes permitir que se vengan abajo así, de golpe, tantas ilusiones buenas y santas? ¡No puede ser, Señor! Debe haber una explicación para que yo esté viendo lo que no existe…
¿Le pasaría algo en Ain Karin? ¡Cómo no estuve a su lado para defenderla! Con gusto hubiera dado mi vida con tal de que no le pasara nada. Pero, si así fuera, ¿cómo no me ha dicho nada? Y no tiene la mirada dolida, como sería natural si le hubieran hecho algo… Yo creo que la conozco, al menos lo bastante como para saber que no es capaz de hacer absolutamente nada que te pueda disgustar, y por otra parte que es una persona que está siempre pensando en cómo alegrar a los demás. Ella tiene que saber que yo estoy sufriendo mucho, pensando en que pueda alguien haberle hecho daño… ¡pero, Señor, no me dice nada! ¡No me ahorra la angustia! ¿Será que yo he perdido la razón? Porque todo está al revés…
Pero, sea lo que fuere, ella es inocente. Me es más fácil pensar que yo estoy loco, a pensar que María pueda hacer algo que te duela a Ti. Señor, ¡creo que no puedo con tanto dolor! ¿Qué pasará ahora? Si aparece la menor sospecha de que yo no soy el padre del hijo que espera, quedará a merced del pueblo como una adúltera. ¡Eso jamás! Prefiero acogerla, aunque no sé qué hacer, si ella no me da alguna explicación al menos… ¡Señor, ayúdame! Ayúdame a hacer lo que te agrade más. En Tus manos pongo, con el dolor que solo Tú conoces, todas las ilusiones que se acaban de derrumbar… Yo entiendo que no entiendo, ¿sabes? Sospecho que Tú estás aquí, también detrás de esto.
Pienso que lo mejor para María es que yo desaparezca; así pensarán mal de mí, pero no de Ella. Más bien, le tendrán lástima y la ayudarán… ¿Qué dirá ella? ¿Pensará que la abandono en el momento más difícil? ¿Que tal vez no la quería bastante? ¡Si Tú bien sabes cuánto la quiero! Pero si le pregunto algo, ¿no la hare sufrir más? ¿Cómo permites una cosa así, Señor? ¡Con lo felices que ibamos a ser, y lo mucho que te íbamos a querer y a tratar de servir! Pero, en fin, con todo el corazón te digo, ¡Hágase Tu Voluntad! Ahora, siempre y en todo: que sea lo que Tú quieras. De momento no consigo entender, solo sufrir. Algún día tal vez Tú me lo explicarás. Pero creo que cuanto antes me vaya, mejor. Acepta este gran dolor, para que ella sea feliz. Pero…¡ayúdame, Señor!
¡Tenía que ser algo así!
¡Gracias Señor…! ¡¡Gracias!! Tenía que ser así, algo muy grande… ¡Gracias por dejarme estar a su lado. Te prometo que la voy a cuidar como a lo que es: una joya preciosa. ¡Y a Jesús…! Será una alegría enorme, Señor, pasar todos los días de mi vida velando por María y por Jesús. ¡Eres increíble, Señor! ¿Quién podrá alabarte como mereces? ¡Si la gente supiera que el Mesías está ya en la Tierra! ¡Cómo le habría gustado a mi padre ver este momento! Pero sé que de algún modo lo ve, porque fue un hombre tan honrado, tan bueno… ¡Qué suerte tienen los vecinos, aunque no lo sepan! ¡Van a vivir cerca de Jesús!
Señor, ahora tengo que ir a ver a María… Estoy seguro de que Ella se daba cuenta de que yo me daba cuenta… ¡Cuánto debe haber sufrido! ¡Cuánto te habrá pedido por mí! ¿Cómo la trataré, Señor? Porque es ¡la Madre de Dios! No sabré si hablarle como siempre, o si postrarme a sus pies, o quedarme en un rincón mirándola… O si Tú quieres que todo sea natural, sencillo. Me imagino que ésto es lo que más te gustaría, porque lo estás haciendo todo con tanto silencio… Señor, ¡hazme un poco menos indigno! No me soltaré de Tu mano, para hacer todo como Tú quieras. Pero ahora por favor dame serenidad para ir a verla, a hablar con Ella sin llorar.
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