LA PRIMERA SANGRE
TERCER DOMINGO DE SAN JOSÉ
El dolor de José y el "dolor" de Dios. La responsabilidad de José y la responsabilidad del cristiano. Libertad y sabiduría.
Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, 10.02.2006
A los ocho días del nacimiento todo niño varón de Israel era incorporado a la alianza teocrática y se hacía oficialmente miembro del pueblo de Dios. La circuncisión era considerada en las familias judías como un acontecimiento santo. La ceremonia religiosa iba acompañada de regocijos de familia, a los que eran invitados los parientes y amigos íntimos. Según costumbre que se remontaba a los tiempos de Abraham, el mismo día de la circuncisión, se imponía al recién nacido un nombre, elegido de ordinario por el padre. Para el Hijo de María lo eligió, sin sorpresa de nadie, aquel a quien todos tenían por su padre. Y lo era: José era padre del Niño en un sentido más profundo que el biológico: el Espíritu le otorgó un corazón paterno como jamás se había visto ni se verá en la tierra. ¡Qué ternura la de José por el Niño Dios! No es posible captarlo sin otro don, tras sencillos, humildes y confiados coloquios con el santo Patriarca. La paternidad virginal de José, es tan real y profunda que abraza no sólo el alma y cuerpo humanos de Jesús, sino también todo lo que llamamos su «Cuerpo Místico» que es la Iglesia.
Dolor de José
Lc 2, 21: Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.
Dolor en la fiesta. Dolor de la primera sangre. Nada grave y duradero, pero lágrimas de Dios Hijo. Una sola gota de aquella sangre bastaría para redimir mil mundos. ¡Y se iba a a perder…! ¿Se percibe en el gesto contenido de José, el instinto de conservar como un tesoro esas gotas de sangre redentora, aquella reliquia de valor infinito? Quizá no hubiera resultado correcto en la ceremonia. Se perdió la primera sangre del Hijo de Dios, preludio de la que se vertería a chorros en Getsemaní, en la pasión y en el Gólgota.
Como todo lo que Jesús hace permanece siempre, nada nos impide situarnos allí, y al mirar al Niño, mirar a José, apretarle la mano con suavidad. Su Esposa, a su lado, hacemos lo propio con la suya. Quedamos enlazados los tres ante el llanto de Jesús y su sangre derramándose. Son instantes densos, intensos. Resuena lo que oímos en el Sacrificio Eucarístico: «Esta es mi sangre que se derrama… para el perdón de los pecados». Hay pecados. Hay pecados que necesitan perdón, y para ser perdonados, se derrama nada menos que la sangre de Dios Hijo.
¿Cómo no pararme a pensar lo que le cuestan mis pecados? «Sangre que se derrama… ». Desde hace veinte siglos, en Belén y en Getsemaní y en el Gólgota y en todos los altares donde se celebra la Santa Misa a lo largo de los siglos. La deuda que tengo con Cristo, mi Dios, mi Hermano, mi Amigo, mi Redentor es infinita. Soy insolvente. Pero hay muchas posibilidades en la vida diaria de ofrecer pequeñas penitencias, grandes por el amor, las que me manda maternalmente la Iglesia, las que la providencia me procura y las que el amor me descubre.
-Por qué lloras como un loco,
Amigo del alma mía?
Y el Amigo respondía:
-Lloro de llorar tan poco.
Estos versos de Pemán, en homenaje a Ramón Llull, dan en el clavo. ¡Qué poco se llora! Qué poco se llora –quiero decir –por el dolor de Dios. Como si Dios no tuviera entrañas, sentimientos, como si no fuera Padre, como si no fuera Amor. Es puro Espíritu, sí. Por eso todas las perfecciones puras que vemos en las criaturas, al atribuirlas a Dios, hay que purificarlas aún más de toda sombra de imperfección y límite para decirlas de Él. Hasta cuando digo que "Dios existe", no lo puedo decir del mismo modo que digo que "esta flor existe", porque Dios existe por esencia, de un modo absolutamente superior a toda existencia creada. Por eso, si digo que Dios sufre, cuando un hijo suyo sufre, cabe decir que Dios sufre infinitamente más, de un modo que para nosotros es misteriosísimo e inescrutable –como decía Juan Pablo II-, pero ya lo creo que sufre. ¿O no sufre un padre cuando ve que un hijo se autodestruye con la droga, pongamos por caso? ¿Esto es una imperfección? Sufre más que el hijo. De otra manera, pero más. Por cualquier catástrofe natural o provocada por la perversidad humana sufre Dios más que los damnificados; y más por el terror que las víctimas. De otra manera, pero más. Deus non potest pati, sed compati, Dios no puede padecer, pero sí com-padecer, decía san Bernardo de un modo muy querido por Joseph Ratzinger [1] : «hay una pasión en Dios; el amor, el amor hacia el hombre caído, es compasión y misericordia» [2]. En su encíclica Dios es amor, nos remacha el papa Benedicto, el amor apasionado de la Trinidad por el hombre es «un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia» [4]. Dios sufre por cualquier pecado, sufre, porque el pecado no es pecado porque «lo dice Dios», o el cura, o el Papa, sino porque deteriora lo profundo del ser personal del hijo que, libremente, porque ha querido, lo ha cometido. Y por eso lo dice Dios o el cura, o el Papa: que es pecado, y hay que curar la herida, hay aplicar la penitencia, el gran sacramento de la penitencia y los actos de contrición y de mortificación; y la alegría en el trabajo sacrificado y el esfuerzo en acabar bien las cosas… Todo unido al Cuerpo que se entrega, a la Sangre que se derrama todos los días en la Misa.
Junto al altar, con María está José, unido al sacrificio de Jesús y al nuestro unido al de Jesús. Es una compañía maravillosa para ahondar en el misterio, evitar distracciones, centrarse en lo esencial.
El gozo de José
Mt 1, 21. 25:
«…tú le pondrás por nombre Jesús»
«…y le puso por nombre Jesús»
El gran dolor de José es el pequeño dolor de Jesús Niño, porque es padre y ahora sufre más que el Niño. Pero el dolor se transforma en el gozo del acontecimiento religioso, que alegra a toda la parentela.
«Es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como "hijo de David"» [4]. Al imponer el nombre, el rito presentaba a José ante el mundo como padre de Jesús; en cierto sentido, tomaba posesión jurídica del niño, como padre legal. «Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre "justo" (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano» [5].
José ha sido elegido desde la eternidad como «esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo» [Mt 1, 16]. Pero él no lo sabía. Los designios de Dios se revelan poco a poco. Al tomar posesión del Salvador, como auténtico padre, virginal, el corazón de José se conmueve indeciblemente. Sentiría una responsabilidad enorme, muy por encima de sus fuerzas, de su entendimiento y de su voluntad. Qué propósitos de cuidar al Niño con toda su alma, con todas sus fuerzas, fiado enteramente en la amorosa omnipotencia de Dios. Seguramente pensaría: tengo que ser mejor, tengo que ser más digno, tengo que estar a la altura. Todo en silencio, en ese silencio que es coloquio íntimo con Dios en el fondo del alma. Cuidar al Niño y a su Madre, eso es todo. No hay más. Y no hay más para el cristiano, porque el Niño y su Madre están en todo el cotidiano vivir: en el trabajo y en el descanso, en el propio corazón y en el rostro de cada uno de nuestros hermanos, las mujeres y los hombres que nos rodean; y también en los que están lejos, pero igualmente llamados a ser uno en el Hijo de Dios. Tengo que ser mejor, tengo que estar a la altura… Tengo que cuidar al Cristo que vive en mí, tengo que cuidar a los Cristos que son los hijos de Dios, tengo que crecer en responsabilidad, tengo que acudir a José.
José elige para su Hijo el nombre elegido desde la eternidad: Jesús, que significa «Salvador», porque va a salvar al pueblo de sus pecados. José elige divinamente. No se le ocurre elegir otro nombre que el elegido por Dios Padre para su Hijo. José tiene el gran gozo, la inmensa alegría de enlazar su libertad con la libertad de Dios, de ser sabio con la sabiduría de Dios. Y será fiel en todo, incluso en lo más difícil, porque es fiel en lo fácil. José tiene la libertad del sabio y la sabiduría del hombre libre: libre de caprichos y arbitrariedades; libre de las cadenas del inventor compulsivo de novedades más viejas que Matusalén. Las únicas palabras que sabemos con certeza que pronunció José no tienen nada de original: Jesús y María. Pero ¡qué nombres! ¡qué palabras! ¡qué alegrías! ¡qué emociones! ¡qué fortalezas! ¡qué locuras de amor!
Notas
[1 y 2] J. Ratzinger, El camino pascual, BAC, Madrid 2005, 2ª ed., p. 52.
[3] Benedicto XVI, Deus Cáritas est, n. 10.
[4 y 5] Benedicto XVI, Alocución, en Angelus del domingo 18 de diciembre de 2005.
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