El Undécimo, no estorbar
La verdad de un hombre justo,
San José
Por
Antonio Orozco
Arvo.net, act.
10.02.2009
Contamos con una entrañable tradición
cristiana cuyo origen se remonta al siglo
XVI que consiste en dedicar a la devoción de
San José, Esposo de María Virgen, los siete
domingos anteriores a su fiesta solemne del
19 de marzo, para expresarle cariño y
pedirle mercedes.
Surgió
con ocasión del naufragio de una carabela.
Se suelen contemplar los principales
misterios acontecidos a los largo de su vida
en la tierra, entretejidos de gozos y
dolores, en los que se refleja de algún modo
toda vida humana, la nuestra. En la del
Artesano de Nazaret encontramos luz,
serenidad, fortaleza, sentido sobrenatural,
amor a Dios y a la Santísima Virgen. En el
primer domingo de san José,
también a lo largo de la semana,
podemos meditar sobre el siguiente dolor y
el correspondiente gozo:
Dolor:
El de pensar que no era digno de permanecer
junto a María su Esposa Inmaculada, al
conocer que por obra de Dios se había
convertido en Madre (cf Mt 1, 18)
Gozo: Al recibir la noticia del
Ángel de que no debía tener reparo en
recibir a María en su casa como Esposa, pues
él había de ser padre adoptivo del hijo de
la Virgen Santa (cf Mt 1, 20)
Lope de Vega (en Pastores de Belén)
ha escrito
unos versos encantadores sobre aquel
drama desatado en la conciencia de
José,
sobre la base poco teológica de una duda
sobre la virginidad de su
Desposada.
Pero vale
leerlos por la sensibilidad del poeta ante
la belleza del «Santo engendrado»
y de su Madre Virgen:
Bien podéis persuadiros,
/
divino esposo,
/que este santo engendrado
/
de Dios es todo.
Mirad la hermosura
/
del santo rostro,
/
que respeta el cielo
/
lleno de gozo:
/
hijo de David,
/
no estéis temeroso,
/
que este santo engendrado
/
de Dios es todo.
De esta bella palma
/
el fruto amoroso,
/
ha de ser del mundo
/ remedio solo:
/
de esta niña os dicen,
/
las de sus ojos,
/
que este santo preñado
/
de Dios es todo.
En realidad la
perplejidad del Santo Patriarca
versaba sobre sí
mismo. ¿Cómo se había atrevido a desposarse
con la Madre
del «Emmanuel»
(Dios con nosotros) anunciado por los
Profetas y evidentemente
realizado en María?
: He aquí que una doncella está encinta y
va a dar a luz un hijo, y le pondrá por
nombre Emmanuel (Is 7, 14)
Transparentes
eran para José los ojos de María. ¿Cómo no
iba a adivinar que el Santo engendrado era
todo de Dios? ¡Si lo adivinó Isabel nada más
entrar María en su casa! Se requería, por
supuesto, una alta sensibilidad espiritual
para captarlo. Sin duda Isabel se hallaba
ilustrada por el Espíritu Santo. ¿Y José,
no?
Tengo por cierto que san José recordaría las
palabras de
Isaías 7, 14,
mil veces
meditadas.
Justamente, Mateo, al final
de
la revelación del Ángel al santo,
menciona
esta profecía
ratificando su cumplimiento
(Mt
1, 23).
Grande
sería
su
sorpresa al advertir que
María se hallaba radiante de pureza y
embarazada,
antes, por cierto, de que se celebrase «la
boda», y la llevasen según las festivas
costumbres del lugar, a casa
del esposo.
Seguramente entendió entonces por qué María
le había hecho la singular propuesta
de permanecer virgen en su matrimonio.
Él
había aceptado con gusto, porque el amor,
cuando es eximio, no requiere la
satisfacción de la sensualidad. Muchos no lo
entienden, pero también son muchos los
ciegos que no ven la luz del sol, y existe.
Tanto más cuanto María era inmaculada, llena
de gracia, y José dotado de singulares dones
con vistas a la misión que había de cumplir
en el hogar de Nazaret.
León XIII, en la
Encíclica Quamquam plures
(año 1899),
escrita para declarar a San José patrono de
la Iglesia universal, dice:
«Como
San José estuvo unido a la Santísima Virgen
por el vínculo conyugal, no cabe la menor
duda que se aproxima más que persona alguna
a la dignidad sobreeminente por la que la
Madre de Dios sobrepasa de tal manera a las
naturalezas creadas
[...
];
si, pues, Dios le dio por esposo a José,
ciertamente no sólo se lo dio como ayuda en
la vida, sino que también le hizo
participar, por el vínculo matrimonial, en
la eminente dignidad que
Ésta
había recibido».
María y José se han conocido en Nazaret,
pueblo de un centenar de habitantes o poco
más. Sus miradas se han cruzado en
innumerables ocasiones. Más aún después de
haberse desposado. Era un compromiso muy
fuerte, aunque no era todavía el matrimonio.
"Las bodas" se celebrarían seis u ocho meses
más tarde. La mirada, se ha dicho, es casi
el alma hecha fluido. Entre nosotros, el
otro es siempre, al menos en parte, un
enigma, vemos zonas opacas, indescifrables.
Pero, como dice un buen filósofo, "la
vida humana es en sí misma inteligible; el
rostro, representación de la persona,
concentrado en los ojos -el primer
inteligible-, descubre lo que hay detrás, la
interioridad que rezuma hacia el exterior.
Se puede leer. La condición para ello,
evidentemente, es mirar con atención y
conocer el «alfabeto», la significación de
los rasgos fisiognómicos en cada raza,
sociedad, sexo, edad. Lo malo es que el
hombre occidental contemporáneo -no sé lo
que pasa fuera de estos límites-, por ser
más racionalista que racional, no suele ver
lo que es inteligible en el rostro ajeno, y
además rara vez tiene en cuenta lo que ha
visto. Esta posibilidad tiene el máximo
alcance entre hombre y mujer, porque es el
rostro, en su expresión, donde se manifiesta
más claramente el proyecto en que consiste
la persona" (Julián Marías).
La Virgen María es inmaculada, deificada por
la Gracia santificante en plenitud, no hay
opacidad alguna en sus ojos. Es pura
transparencia. La mirada de José era la del
más casto de los hombres,
el hombre elegido desde la
eternidad para Maria (Virum
preadestinatum Mariae), dijo Ireneo.
Resulta impensable que se le ocurriera una
hipotética infidelidad de su Esposa o alguna
inconfesable situación que le hubiese
obligado a entregarse a otro. La mirada de
María era un libro abierto: Dios estaba con
Ella. Él era indigno de tanta santidad.
Dios permitió que entrara en su mente
de honda humildad la preocupación de si no
se habría entrometido
como de rondón en
un
proyecto divino en el que no haría más que
estorbar.
No
era digno, pensaba, de ser el esposo de la
Madre del Mesías. Nunca podremos hacer un
análisis exhaustivo de los pensamientos de
José en aquella circunstancia. Sólo intentos
de aproximación. Y esos intentos han de ser
ajustados al texto sagrado original, no
necesariamente a las traducciones poco
ilustradas. Y si el texto resulta en algún
punto ambiguo, habrá que intentar resolverlo
teniendo en cuenta la unidad de la
Escritura, las interpretaciones de los
Santos (a veces dispares, cuando no están
definidas por el Magisterio de la Iglesia) y
las ciencias auxiliares.
Lo que dice Mateo (1, 19) es que José, como
era justo (= santo), no quería "denunciarla"
(deigmatisai). Hay que reconocer que
el verbo (deigmatizô) es de difícil
traducción, muy raro en griego y por eso se
ha traducido de modos muy diversos. Es
más común el verbo compuesto
paradeigmatizô, que significa exponer a
la afrenta, exponer a las injurias. Pero
esta resonancia negativa no se incluye
necesariamente en el verbo sencillo
utilizado por Mateo, que puede significar
simplemente "dar a conocer", "sacar a luz",
"revelar", "hacer visible", "manifestar",
sin resonancia negativa alguna. ¿Por qué
derivar a una interpretación negativa, como
si san José se planteara revelar algo malo
sobre la Virgen? Con más motivo cabe admitir
la interpretación positiva, cuanto que lo
que dice Mateo en seguida es que [no
queriendo revelar (publicar) lo sucedido]
"pensó apoluô en secreto" (Mt
1, 19), lo cual podría significar "pensó
despedirla" o, en sentido técnico "deshacer,
romper el vínculo matrimonial con ella". Por
eso algunos traducen "pensó repudiarla en
secreto". Pero también puede significar
"pensó dejarla libre", "dejarla ir" en
secreto (sin decir nada a nadie).
Si seguía adelante hasta la boda, se
pensaría que el hijo de María era también de
él, como así sucedió,
y
continúa el error
hoy; lo cual le parecía injusto, como una
especie de suplantación del Espíritu Santo.
Si anunciaba su marcha, «denunciando» así, o
más
claramente
en castellano, «develando» el misterio
sobrenatural que María
silenciaba,
tampoco parecía justo. Nadie le había
otorgado una misión profética en el caso.
Ponderó las cosas en su corazón, escuchó
atento la voz de su conciencia. Y
llegó a pensar que era preciso
«separarse», «alejarse»,
«abandonar»
a su «Desposada»,
sin decir nada a nadie. La perturbación
seguiría su curso pero,
al menos, desapareciendo, no añadiría
supuestos
males. Dios haría el resto. Esta
interpretación es conforme al texto original
del Evangelio de Mateo.
Dios permite
a
veces la confusión, la perplejidad o incluso
el error de buena fe en la conciencia
de los santos;
y
el juicio
de
la conciencia moral
ha de ser seguido siempre. Siempre ha de
haber buena voluntad, amor a la verdad,
análisis de la situación en la medida de
su complejidad, no precipitar el juicio
por pereza mental o pasión por una opción
predeterminada. Cuando faltan datos, saber
esperar. Si aparecen nuevos, saber
rectificar.
José decide en conciencia, en plena
conformidad con los datos que tiene. José es
un hombre «justo». No actúa a la ligera. A
semejanza de María,
«pondera las cosas en su corazón». Esta es,
en este sentido,
la primera verdad de José: José es un
hombre de conciencia. En conciencia
decide hacer lo más costoso para él:
abandonar a María, cuando ya era
toda
la razón de su vida, de cada uno de los
latidos de su corazón, de cada uno de sus
pasos en la tierra.
Su
conciencia
parece dictarle
un mandamiento no escrito explícitamente en
las tablas que recibió Moisés: el llamado
«undécimo mandamiento», que dice así: «el
undécimo, no estorbar». La segunda verdad de
José es esta: José es el héroe del
Undécimo mandamiento. Por así
decirlo: ¡antes morir que estorbar!. Y esto
ha de ser así, sin paliativos, cuando se
trata
de
los
designios
divinos. No estorbar los planes de Dios, no
oponerse, no esquivarlos, no soslayarlos, no
verlos como enemigos, sino como expresiones
de un amor infinito en el que no cabe
engaño ni
traición.
No estorbar
es la formulación negativa de una
profunda
ansia
positiva
del ser humano: ayudar, colaborar, servir,
construir. Hay quienes se afanan en destruir
hasta el pensamiento, con filosofías
deconstructivas o con políticas
intrínsecamente dialécticas y agresivas sin
aportar nada a cambio. La verdad de José es
no sólo no estorbar sino servir, cuidar,
sacar adelante la familia de Nazaret,
protegerla en tiempo de persecución, proveer
en todo tiempo. Por algo ha recibido el
título de «providencia de la Providencia» y
«criador del Creador».
Inmenso dolor
el de San José, que la Providencia amorosa
del Padre celestial no quiso evitarle. Le
dejó con el problema sin mostrarle todos los
datos. Permitió
por
un breve tiempo la confusión
de su juicio. Pero
pronto
le envió un ángel para resolver cualquier
sombra de duda. Dios siempre tiene un ángel
para sus hijos.
Inmensa fue su alegría
al recibir la noticia: José, hijo de
David, no temas recibir a María, tu esposa,
pues lo que en ella ha sido concebido
[en
efecto,
como tú bien sabes] es obra del Espíritu
Santo. Dará a luz un hijo, y [lo que ahora
te revelo es que] le pondrás por nombre
Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus
pecados
(Mt 1, 20-21)
Por este dolor y este gozo, los hijos de
Dios –hermanos de Jesús- le pedimos a José
su asistencia en nuestras grandes o pequeñas
noches oscuras del alma, cuando no
entendemos los designios de Dios o no
sabemos descubrir su amabilísima Voluntad en
los sucesos de cada día. Nos ayuda a ser
humildes, a permanecer en oración, hasta de
noche, para que -fieles- alcancemos la
gracia de la perseverancia final.
Cada
momento
de nuestra existencia y de la de los demás,
pase lo que pase, siempre
esconde una dimensión relevante
en la
economía
de la Redención. Esa es la verdad de cada
momento.
______
(*)
Para más detalles sobre el tema de este
artículo, ver mi libro -con sus notas a pie
de página- Madre de Dios y Madre Nuestra.
Introducción a la Mariología, 10ª ed.
ampliada, Rialp, Madrid 2008, cap. IX.