Viernes - 25.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
La vida del cristiano La vida del cristiano
Amor a la Madre de Dios Maria Madre de Dios
Sobre el Adviento Adviento
Tiempo de Navidad Tiempo de Navidad
Año Nuevo. Tiempo y eternidad Año Nuevo. Tiempo y eternidad
TIEMPO DE EPIFANÍA Epifanía
Cuaresma Cuaresma
Semana Santa Semana Santa
Tiempo pascual, Se celebra la Resurrección de  Jesucristo, fundamento de nuestra fe, Tiempo pascual
San José San José
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, SANTO DE LO ORDINARIO San Josemaría, Santo de lo ordinario
Cuadros de espiritualidad Cuadros de espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

MARÍA Y JOSÉ, PADRES VIRGINALES (Blanca Castilla Cortázar)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo

MARÍA Y JOSÉ, PADRES VIRGINALES


 

Al comenzar el pasado domingo la tradicional devoción de los siete domingos de San José que preparan su fiesta del 19 de marzo, agradecemos a la autora este artículo en el que estudia la auténtica paternidad –virginal-  del santo Patriarca.

Por Blanca Castilla de Cortázar Larrea

Arvo Net 31 de enero 2006

 

 

ÍNDICE:         

a. La maternidad virginal    

b. La virginidad de José, esposo de María  

c. Amor esponsal, libertad y virginidad     

d. La paternidad virginal     

e. La esponsalidad virginal

 

 

 

  La Trinidad decidió que el Verbo, al encarnarse, no tuviera  un padre carnal. Investigar en los motivos de conveniencia de esta decisión divina es tarea de la teología.

 

            En efecto, el Hijo fue concebido sin obra de varón. Como afirma San Juan:

 

            «El, que no ha nacido de sangres,

            ni de un querer de la carne

            ni de un querer de varón,

            sino que fue engendrado por Dios» (Jn 1, 13).

 

            Ciertamente el Hijo fue engendrado desde siempre en su generación eterna, pero también fue engendrado en el tiempo, y este versículo en cierto modo habla de los dos engendramientos, porque en el engendramiento humano no nació de sangres (se refiere a la sangre del parto) porque el parto fue virginal, ni de un querer de la carne, ni de un querer de varón, porque el Hijo fue concebido sin obra de varón [[1]], sino por obra del Espíritu Santo.

 

            Aquí haremos algunas consideraciones en torno a la concepción virginal.

 

            En torno a la concepción virginal de Cristo es preciso buscar los argumentos de conveniencia por los que la Trinidad decidió hacerlo así, porque en realidad la Encarnación podría haberse hecho a través de una concepción normal, como afirma  Ratzinger: «La doctrina de la divinidad de Jesús quedaría intacta si Jesús procediera de un matrimonio cristiano normal»[[2]]. En efecto, el misterio de la maternidad divina no consiste principalmente en que una virgen sea madre sino en que una mujer sea Madre de Dios. Una concepción virginal, aunque milagrosa, habría producido un simple hombre si la naturaleza humana engendrada no hubiera sido asumida por la Persona divina[[3]]. Como afirma Ocariz: «el misterio de la Madre es el mismo misterio del Hijo Unigénito del Padre hecho hombre en Ella y de Ella»[[4]].

 

 

            a. La maternidad virginal

 

            Un primer motivo para la maternidad virginal de María, podría ser la conveniencia de que la venida del Hijo de Dios a la tierra tuviera algún signo especial, también cara a los padres que iba a tener en la tierra. Parece que podría ser conveniente manifestar de algún modo que la Persona que iba a nacer era divina. Y esa prueba interesaba que la tuvieran, en primer lugar, María y José.

 

            Se relatan en la Sagrada Escritura diversos nacimientos milagrosos, en los Dios tuvo que suplir la parte humana de la concepción -cuando los padres eran estériles o de avanzada edad-. Dios intervino, en este sentido, en esas ocasiones, más si cabe, que en el caso de María, pues ella pudo poner en esa concepción todo lo que puede aportar una mujer. Sin embargo, no fue así en casos como el de Sara y Abraham, Isabel y Zacarías [[5]], etc., donde  los padres tenían una prueba evidente de que el hijo que nacía venía a la existencia por un especial querer de Dios. La prueba la tenían en la esterilidad de una y en la ancianidad del otro. Zacarías incluso pudo dudar de que la concepción pudiera realizarse.

 

            Sin embargo, ese tipo de prueba no valía en el caso de María y José, que estaban en plena juventud y, además, eran perfectos. No parece que fuera conveniente que el Hijo de Dios tuviera unos padres ancianos y menos que su madre o su padre fueran estériles.

            Pues bien, la prueba de la divinidad del Hijo fue su concepción milagrosa y virginal [[6]]. Esa señal fue en especial para María y José, que fueron los que supieron mejor que nadie lo que había pasado. Es verdad que la Virgen, que ya estaba desposada, al preguntar “¿cómo se hará esto si no conozco varón?” pone de manifiesto que, al menos en su corazón, tenía la decisión de ser virgen, asunto en el que estaría de acuerdo con José, o al menos pensaría acordarlo. No se concibe que siendo ya inminente su matrimonio con José no compartiera con él sus inquietudes de virginidad, logrando su conformidad. Lo contrario hubiera sido una falta de justicia, inconcebible en una criatura perfecta, también en lo humano. María acepta la propuesta divina, y quizá entendió entonces la razón de su llamada a la virginidad.

 

            Por otra parte, José se extrañó al ver encinta a su esposa. Primero, porque sabía que él no había tenido parte en el hijo que  su esposa esperaba y, en segundo lugar, por el acuerdo al que habría llegado con ella de guardar virginidad. ¿Cómo era posible que esperara un hijo, ella, su esposa, que no había tenido relaciones con él, y que le había manifestado su deseo de ser virgen? La extrañeza de José es la mejor prueba de la concepción virginal.

 

            ¿Cuáles serían los motivos de conveniencia por los cuales la Trinidad decidió que Cristo no tuviera un padre según la carne?

 

            Quizá la razón más importante de la concepción virginal, es que así se subrayara la Paternidad de Dios Padre, primer objetivo de la revelación que Cristo venía a traer.

 

 

            b. La virginidad de José, esposo de María

 

            Contemplemos ahora la concepción virginal desde la perspectiva de José. ¿Cuáles fueron los motivos de conveniencia de la virginidad de José?

 

            En primer lugar, su virginidad posibilita la de su esposa. Él era virgen por la Virgen. En este sentido es sorprendente que a la virginidad de María se le haya dado tanta importancia, mientras que su contrapartida en José haya significado su casi desaparición del misterio. Sin embargo, el amor a Dios que José tenía, y el amor a su esposa, también tuvieron que ver con la venida de Cristo al mundo. De alguna manera el amor que él tenía a Dios y a su esposa fructificaron en Cristo. Cristo, en cierto modo, fue también el fruto del amor de José a Dios y a María.

 

            Las razones y el motivo de su virginidad vienen a ser en el fondo muy parecidas a las de María. No sólo el querer dar gusto a los deseos de su esposa, sino su total entrega a Dios y su firme decisión de cumplir en todo su Voluntad.

 

            Cuando José, sorprendido, advirtió la gravidez de su esposa, se abriría al entendimiento de las Escrituras, que él conocería bien. Recordaría que estaba profetizado que una señal del nacimiento del Mesías era que lo hiciera de una madre Virgen: “Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Emmanuel” (Is 7, 14). Eso le haría comprender bien el significado de la virginidad de su esposa y quizá también el de su propia virginidad.  Su virginidad había servido para que el Mesías naciera de una madre virgen, y para ocultar ese milagro a los ojos de los extraños.

 

            Hasta aquí todo resultaba claro. Pero ¿cómo actuar en adelante? Todo había ocurrido sin que él supiera nada. A él nadie le había comunicado su papel.  Las razones de la zozobra de José, que desemboca en su decisión de abandonar a su esposa, son el pensar que su misión cerca de ella ya había terminado. El Mesías ya había sido concebido de una virgen sin que afectara el honor de la madre. Él había hecho posible que el milagro no repercutiera negativamente en la Virgen. Pero a partir de ese momento se nublaba a sus ojos su misión dentro de aquella familia. No tenía derecho a estar presente en un acontecimiento tan excelso sin haber sido convocado. Al abandonar a su esposa, el único honor que sería mancillado sería el suyo. A los ojos de los demás él quedaría como un irresponsable por abandonar a su esposa en estado, pero el honor de ella quedaba a salvo. Él sería el único perjudicado: era su modo de contribuir al nacimiento del Mesías.

 

            José contribuyó con su virginidad a la concepción virginal del Hijo de Dios. Por otra parte, su misión no acabó ahí. A su tiempo le fue anunciado que él debía poner nombre al Hijo de su esposa y debía custodiarlos a ambos, siendo el padre en aquella familia.

 

 

            c. Amor esponsal, libertad y virginidad

 

            La virginidad de José pone de relieve también la libertad en el don de la entrega corporal. Para amar con el cuerpo hace falta, en primer lugar, ser dueño de uno mismo, para que en la apertura del amor se busque, ante todo, el bien del otro. Pero hay otro aspecto importante de la libertad del don. El amor corporal es una manifestación del amor, pero es libre, no es la única, y podría no darse. En este sentido podrían interpretarse las palabras de Juan Pablo II cuando habla de ser «libres de la libertad del don» [[7]]. En esta expresión la palabra libertad se emplea dos veces. La primera vez significa el dominio de sí. La segunda se refiere al don mismo, es decir, la unión sexual no es un modo necesario de expresar el amor, ni siquiera el conyugal.

 

            En este segundo sentido, José, que es el esposo de María, se da a sí mismo plenamente a María como varón, sin necesidad de expresar ese amor en la unión sexual. Sin embargo eso no fue óbice para que entre ellos vivieran con toda su plenitud un amor esponsal. Juan Pablo II afirma que ambos vivieron el perfecto don de sí. Estas son sus palabras: «En el momento culminante de la historia de salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena “libertad” el “don esponsal de sí” al acoger y expresar el amor» [[8]].

 

            En María y José se da plenamente la imagen de Dios que el Creador imprimió en ser humano, varón y mujer, que se refleja también en el cuerpo y en el sexo, en la masculinidad y en la feminidad.

 

            Como es sabido en la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II aparece claramente que el cuerpo es expresión de la persona: «El cuerpo expresa a la persona en su ser concreto ontológico y existencial (...), expresa el “yo” humano personal, que construye desde dentro su percepción exterior» [[9]].

 

            El cuerpo es también imagen de Dios: «El hombre, al que Dios ha creado “varón y mujer”, lleva impresa en el cuerpo, “desde el principio”, la imagen divina; varón y mujer constituyen como dos diversos modos del humano “ser cuerpo” en la unidad de esa imagen» [[10]]. La imagen de Dios, por otra parte, dicho brevemente, no está sólo en que el ser humano sea persona inteligente y libre, sino fundamentalmente en su capacidad de amar, que le lleva a vivir en comunión de personas: en vivir no sólo con otro sino para otro. «Podemos deducir que el hombre se ha convertido en “imagen y semejanza” de Dios no sólo a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas que el varón y la mujer forman desde el comienzo. La función de la imagen es la de reflejar a quien es el modelo, reproducir el prototipo propio. El hombre se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comunión» [[11]].

 

            En tercer lugar, también el sexo, es imagen de Dios, porque mediante el sexo se expresa corporalmente que el ser humano no tiene la plenitud de su esencia sólo en sí  mismo, sino que está llamado a la comunión de personas:  «El hombre por sí “solo” no realiza totalmente esta esencia. Solamente la realiza existiendo “con alguno”, y más profundamente y más completamente: existiendo “para alguno» [[12]]. Por su parte, «comunión de personas significa existir en un recíproco “para”, en una relación de don recíproco» [[13]]. Pues bien, la masculinidad y la feminidad, presentes en la corporalidad, expresan físicamente la apertura al otro:  «El cuerpo, que expresa la feminidad “para” la masculinidad, y viceversa la masculinidad “para” la feminidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de personas» [[14]].

 

            María y José viven la más plena comunión de personas, que es la más profunda imagen de Dios en el ser humano. El amor esponsal de José a María era pleno, y uno de los modos en los que se manifiesta es que ejercita la libertad del don del cuerpo no ejercitándolo.

 

            La razón profunda de esta actuación de José y María está en la vocación a la que ambos son llamados: ser padres en la tierra del Hijo de Dios. El Hijo, fruto de su amor, es divino, es el Hijo de Dios: para que ellos tengan una prueba de su divinidad es concebido y nace virginalmente. Por otra parte, convendría que el Hijo Unigénito fuera también unigénito en la familia de Nazareth.

 

            La unión entre María y José es una manifestación extraordinaria en la tierra de la verdad que ya he señalado en otras ocasiones: que la dimensión sexuada de la persona humana está hecha no sólo para la generación sino para la comunión de personas. Se trata de una de las afirmaciones antropológicas más importantes del Magisterio de los últimos años, cuando se afirma que la diversidad sexual, respondiendo a una voluntad primordial de Dios en la creación, determina la identidad propia de la persona, le afecta de manera íntima y esa distinción se ordena  directamente no sólo a la generación sino a la comunión entre las personas [[15]]. Pues bien, la comunión de personas entre María y José era plena; en ellos no se ejercitó la dimensión generativa pero la dimensión de comunión se cumplió de un modo insospechado.

 

 

            d. La paternidad virginal

 

            Pero hay otra razón para la virginidad de José, relacionada con el motivo expuesto desde la perspectiva esponsal. Se trata del ejercicio de la paternidad humana llevada a cabo por José.

 

            Se ha dicho ya que quizá la razón más importante de la concepción virginal fuera el  subrayar la Paternidad de Dios Padre, primer objetivo de la revelación que Cristo venía a traer. Sin embargo, de un modo indirecto se subraya también lo más importante de la paternidad humana. José no fue biológicamente el padre humano de Cristo. Sin embargo, es padre en el más amplio y profundo sentido de la paternidad. Cumple el papel de padre en la parte más importante que la paternidad tiene en la tierra: asumir la responsabilidad sobre el hijo engendrado y la protección sobre él y su madre. En este sentido Juan Pablo II afirma que Dios le «confió la custodia de sus tesoros mas preciosos» [[16]] en la tierra: Jesús y María.

            Si cumple la función, ésta corresponderá a un tipo de ser. José no sólo actúa como padre, sino que es padre. Como afirma San Agustín es tanto más padre cuanto más casta fue su paternidad [[17]].

 

            Quizá sea necesaria más reflexión sobre la figura de José y de cómo él, en cierto modo, es a lo humano, la imagen de Dios Padre en la tierra. Es cierto que es Cristo, el Verbo encarnado, la imagen más perfecta del Padre, pero para Cristo, la imagen humana de su Padre divino estaba en José.

 

            Respecto a José se ha dado tanta importancia a que no fue carnalmente el padre de Cristo, que por eso se le deja fuera, en cierto modo, del misterio de la Encarnación. No se tiene en cuenta que la dimensión más importante de la paternidad es la paternidad espiritual. José vive con plenitud esa dimensión de la paternidad: su desvelo y preocupación por la madre y el hijo; la protección ejercida sobre ellos; la seguridad que ofrece al hijo el amor que él profesa a su esposa; la inserción del hijo en las estructuras culturales humanas.

 

            Pero no acaban aquí los motivos de conveniencia de la virginidad de José. Su paternidad contrasta con el modelo patriarcal de paternidad del que hemos sido testigos en nuestra tradición cultural. Su paternidad no tiene nada de dominio, ni de exclusividad. Su paternidad se manifiesta en virtudes silenciosas, que dejan brillar la luz de la maternidad. José pone empeño en esconderse. No sólo para que brille la paternidad divina, sino para manifestar que la verdadera paternidad consiste en vivir volcado y pendiente de los seres a los que se ama; que la paternidad, en cierto modo, desaparece porque ella pone de relieve la filiación y la maternidad.

 

            Se ha estudiado poco aún la figura de José para haber determinado cuáles fueron los privilegios que Dios le concedió para vivir tan excelsa misión: representar a Dios Padre en la familia humana en la que crecía el Hijo de Dios. Una misión así supone tal categoría y tal señorío que los dones debieron ser muy altos. Muy similares a los de su esposa, pues al crear a sus padres terrenos Dios volvió como a empezar la creación de nuevo.

 

            Así, en las palabras de Pablo VI :

            «En esa gran obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida» [[18]].

 

            La comunión de personas que vivieron María y José era plena. Constituían la más perfecta imagen de Dios Trino que se ha dado en la tierra. Aquella que soñara el Creador cuando en el albor de la humanidad creó al hombre, varón y mujer, a su imagen (Gen 1, 26). Y si la Trinidad se ha venido a comparar con la familia humana, María y José forman entre ellos una familia muy parecida a la familia divina. Además, en ambas familias, la Segunda Persona, el Hijo, es el mismo. En las vidas de María y José se renueva y purifica el matrimonio y la familia cuya esencia y cometido son definidos en última instancia por el amor, que es reflejo del amor intratrinitario.

 

 

            e. La esponsalidad virginal

 

            Aún se podrían encontrar otros motivos de conveniencia de la virginidad de José, que se advierten desde otras perspectivas, como es la llamada al celibato y a la virginidad, que aparecerán en el mundo como un signo más de la “novedad evangélica”. No hay que pasar por alto que tanto Jesucristo, como María y José, las dos personas humanas más perfectas, fueron los tres vírgenes.

 

            En este trabajo apenas se entrará en el tema de la virginidad y el celibato por el reino de los cielos, vocación que Dios ha dado y sigue dando a no pocos cristianos, varones y mujeres. El motivo principal que mueve esa decisión es un amor esponsal exclusivo a Dios. Sin embargo, al estar hecha la naturaleza humana en dos vertientes esponsales complementarias, Dios no destruye esa estructura que Él mismo ha dado al ser humano, varón y mujer. La llamada a la continencia «respeta tanto la “duplicidad de la humanidad” (esto es, su masculinidad y feminidad), como también la dimensión de comunión de la existencia que es propia de la persona» [[19]].

 

            Por eso las vírgenes y los célibes no viven como si fueran asexuados, sino que cuando opta por la continencia renunciando al matrimonio, esa opción «se realiza también en relación con la masculinidad o feminidad propia de la persona que hace tal opción; se realiza basándose en la plena conciencia de ese significado esponsalicio, que contienen en sí la masculinidad y la feminidad» [[20]].

 

            Más bien viven en relación con Dios un amor de tipo esponsal. En este sentido Juan Pablo II afirma que para la teología de la virginidad o del celibato tiene un significado especial la revelación de la relación esponsalicia de Cristo con la Iglesia, al igual que para la teología del matrimonio [[21]]. Es decir, el don de sí a los demás, que se cumple en toda entrega de sí, tiene siempre un carácter esponsalicio. Se podría decir que la esponsalidad es el modo de amar propio del ser humano. En el caso del celibato es una donación que exige renuncias a inclinaciones naturales, pero hecha por amor hacia una persona.

 

            Hablando del amor esponsal y del significado esponsalicio que tiene el cuerpo hay que tener en cuenta que esos significados están igualmente impresos en la masculinidad y en la feminidad. Pero, a la vez, masculinidad y feminidad son relacionalmente complementarias. No es lo mismo, siendo mujer que le ame un varón que otra mujer. No es lo mismo, siendo varón, que le ame una mujer u otro varón, porque la estructura personal del varón y de la mujer son estructuralmente complementarias.

 

            En el caso de las mujeres la entrega esponsal complementaria  no ofrece problema porque viven con respecto a Cristo, un amor esponsal virgen. Con estas palabras lo describe la Carta Mulieris dignitatem: «No se puede comprender rectamente la virginidad (...) de la mujer, sin recurrir al amor esponsal; en efecto, en tal amor la persona se convierte en don para otro [[22]]. (...)

Enviado por Arvo Net - 31/01/2006 ir arriba

v01.99:0.34
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós