Por Blanca
Castilla de Cortázar
Larrea
Arvo Net 31 de enero 2006
ÍNDICE:
a. La maternidad virginal
b. La virginidad de José, esposo de
María
c. Amor esponsal, libertad y virginidad
d. La paternidad virginal
e. La esponsalidad virginal
La Trinidad decidió que el Verbo, al
encarnarse, no tuviera un padre carnal.
Investigar en los motivos de
conveniencia de esta decisión divina es
tarea de la teología.
En efecto, el Hijo fue
concebido sin obra de varón. Como afirma
San Juan:
«El, que no ha nacido de
sangres,
ni de un querer de la carne
ni de un querer de varón,
sino que fue engendrado por
Dios» (Jn 1, 13).
Ciertamente el Hijo fue
engendrado desde siempre en su
generación eterna, pero también fue
engendrado en el tiempo, y este
versículo en cierto modo habla de los
dos engendramientos, porque en el
engendramiento humano no nació de
sangres (se refiere a la sangre del
parto) porque el parto fue virginal, ni
de un querer de la carne, ni de un
querer de varón, porque el Hijo fue
concebido sin obra de varón [[1]],
sino por obra del Espíritu Santo.
Aquí haremos algunas
consideraciones en torno a la concepción
virginal.
En torno a la concepción
virginal de Cristo es preciso buscar los
argumentos de conveniencia por los que
la Trinidad decidió hacerlo así, porque
en realidad la Encarnación podría
haberse hecho a través de una concepción
normal, como afirma Ratzinger: «La
doctrina de la divinidad de Jesús
quedaría intacta si Jesús procediera de
un matrimonio cristiano normal»[[2]].
En efecto, el misterio de la maternidad
divina no consiste principalmente en que
una virgen sea madre sino en que una
mujer sea Madre de Dios. Una concepción
virginal, aunque milagrosa, habría
producido un simple hombre si la
naturaleza humana engendrada no hubiera
sido asumida por la Persona divina[[3]].
Como afirma Ocariz: «el misterio de
la Madre es el mismo misterio del Hijo
Unigénito del Padre hecho hombre en Ella
y de Ella»[[4]].
a. La maternidad virginal
Un primer motivo para la
maternidad virginal de María, podría ser
la conveniencia de que la venida del
Hijo de Dios a la tierra tuviera algún
signo especial, también cara a los
padres que iba a tener en la tierra.
Parece que podría ser conveniente
manifestar de algún modo que la Persona
que iba a nacer era divina. Y esa prueba
interesaba que la tuvieran, en primer
lugar, María y José.
Se relatan en la Sagrada
Escritura diversos nacimientos
milagrosos, en los Dios tuvo que suplir
la parte humana de la concepción -cuando
los padres eran estériles o de avanzada
edad-. Dios intervino, en este sentido,
en esas ocasiones, más si cabe, que en
el caso de María, pues ella pudo poner
en esa concepción todo lo que puede
aportar una mujer. Sin embargo, no fue
así en casos como el de Sara y Abraham,
Isabel y Zacarías [[5]],
etc., donde los padres tenían una
prueba evidente de que el hijo que nacía
venía a la existencia por un especial
querer de Dios. La prueba la tenían en
la esterilidad de una y en la ancianidad
del otro. Zacarías incluso pudo dudar de
que la concepción pudiera realizarse.
Sin embargo, ese tipo de
prueba no valía en el caso de María y
José, que estaban en plena juventud y,
además, eran perfectos. No parece que
fuera conveniente que el Hijo de Dios
tuviera unos padres ancianos y menos que
su madre o su padre fueran estériles.
Pues bien, la prueba de la
divinidad del Hijo fue su concepción
milagrosa y virginal [[6]].
Esa señal fue en especial para María y
José, que fueron los que supieron mejor
que nadie lo que había pasado. Es verdad
que la Virgen, que ya estaba desposada,
al preguntar “¿cómo se hará esto si no
conozco varón?” pone de manifiesto que,
al menos en su corazón, tenía la
decisión de ser virgen, asunto en el que
estaría de acuerdo con José, o al menos
pensaría acordarlo. No se concibe que
siendo ya inminente su matrimonio con
José no compartiera con él sus
inquietudes de virginidad, logrando su
conformidad. Lo contrario hubiera sido
una falta de justicia, inconcebible en
una criatura perfecta, también en lo
humano. María acepta la propuesta
divina, y quizá entendió entonces la
razón de su llamada a la virginidad.
Por otra parte, José se
extrañó al ver encinta a su esposa.
Primero, porque sabía que él no había
tenido parte en el hijo que su esposa
esperaba y, en segundo lugar, por el
acuerdo al que habría llegado con ella
de guardar virginidad. ¿Cómo era posible
que esperara un hijo, ella, su esposa,
que no había tenido relaciones con él, y
que le había manifestado su deseo de ser
virgen? La extrañeza de José es la mejor
prueba de la concepción virginal.
¿Cuáles serían los motivos
de conveniencia por los cuales la
Trinidad decidió que Cristo no tuviera
un padre según la carne?
Quizá la razón más
importante de la concepción virginal, es
que así se subrayara la Paternidad de
Dios Padre, primer objetivo de la
revelación que Cristo venía a traer.
b. La virginidad de José,
esposo de María
Contemplemos ahora la
concepción virginal desde la perspectiva
de José. ¿Cuáles fueron los motivos de
conveniencia de la virginidad de José?
En primer lugar, su
virginidad posibilita la de su esposa.
Él era virgen por la Virgen. En este
sentido es sorprendente que a la
virginidad de María se le haya dado
tanta importancia, mientras que su
contrapartida en José haya significado
su casi desaparición del misterio. Sin
embargo, el amor a Dios que José tenía,
y el amor a su esposa, también tuvieron
que ver con la venida de Cristo al
mundo. De alguna manera el amor que él
tenía a Dios y a su esposa fructificaron
en Cristo. Cristo, en cierto modo, fue
también el fruto del amor de José a Dios
y a María.
Las razones y el motivo de
su virginidad vienen a ser en el fondo
muy parecidas a las de María. No sólo el
querer dar gusto a los deseos de su
esposa, sino su total entrega a Dios y
su firme decisión de cumplir en todo su
Voluntad.
Cuando José, sorprendido,
advirtió la gravidez de su esposa, se
abriría al entendimiento de las
Escrituras, que él conocería bien.
Recordaría que estaba profetizado que
una señal del nacimiento del Mesías era
que lo hiciera de una madre Virgen: “Ved
que la virgen concebirá y dará a luz un
hijo, a quien pondrás por nombre
Emmanuel” (Is 7, 14). Eso le haría
comprender bien el significado de la
virginidad de su esposa y quizá también
el de su propia virginidad. Su
virginidad había servido para que el
Mesías naciera de una madre virgen, y
para ocultar ese milagro a los ojos de
los extraños.
Hasta aquí todo resultaba
claro. Pero ¿cómo actuar en adelante?
Todo había ocurrido sin que él supiera
nada. A él nadie le había comunicado su
papel. Las razones de la zozobra de
José, que desemboca en su decisión de
abandonar a su esposa, son el pensar que
su misión cerca de ella ya había
terminado. El Mesías ya había sido
concebido de una virgen sin que afectara
el honor de la madre. Él había hecho
posible que el milagro no repercutiera
negativamente en la Virgen. Pero a
partir de ese momento se nublaba a sus
ojos su misión dentro de aquella
familia. No tenía derecho a estar
presente en un acontecimiento tan
excelso sin haber sido convocado. Al
abandonar a su esposa, el único honor
que sería mancillado sería el suyo. A
los ojos de los demás él quedaría como
un irresponsable por abandonar a su
esposa en estado, pero el honor de ella
quedaba a salvo. Él sería el único
perjudicado: era su modo de contribuir
al nacimiento del Mesías.
José contribuyó con su
virginidad a la concepción virginal del
Hijo de Dios. Por otra parte, su misión
no acabó ahí. A su tiempo le fue
anunciado que él debía poner nombre al
Hijo de su esposa y debía custodiarlos a
ambos, siendo el padre en aquella
familia.
c. Amor esponsal, libertad y
virginidad
La virginidad de José pone
de relieve también la libertad en el don
de la entrega corporal. Para amar con el
cuerpo hace falta, en primer lugar, ser
dueño de uno mismo, para que en la
apertura del amor se busque, ante todo,
el bien del otro. Pero hay otro aspecto
importante de la libertad del don. El
amor corporal es una manifestación del
amor, pero es libre, no es la única, y
podría no darse. En este sentido podrían
interpretarse las palabras de Juan Pablo
II cuando habla de ser «libres de la
libertad del don» [[7]].
En esta expresión la palabra libertad se
emplea dos veces. La primera vez
significa el dominio de sí. La segunda
se refiere al don mismo, es decir, la
unión sexual no es un modo necesario de
expresar el amor, ni siquiera el
conyugal.
En este segundo sentido,
José, que es el esposo de María, se da a
sí mismo plenamente a María como varón,
sin necesidad de expresar ese amor en la
unión sexual. Sin embargo eso no fue
óbice para que entre ellos vivieran con
toda su plenitud un amor esponsal. Juan
Pablo II afirma que ambos vivieron el
perfecto don de sí. Estas son sus
palabras: «En el momento culminante de
la historia de salvación, cuando Dios
revela su amor a la humanidad mediante
el don del Verbo, es precisamente el
matrimonio de María y José el que
realiza en plena “libertad” el “don
esponsal de sí” al acoger y expresar el
amor» [[8]].
En María y José se da
plenamente la imagen de Dios que el
Creador imprimió en ser humano, varón y
mujer, que se refleja también en el
cuerpo y en el sexo, en la masculinidad
y en la feminidad.
Como es sabido en la
Teología del Cuerpo de Juan Pablo II
aparece claramente que el cuerpo es
expresión de la persona: «El cuerpo
expresa a la persona en su ser concreto
ontológico y existencial (...), expresa
el “yo” humano personal, que construye
desde dentro su percepción exterior» [[9]].
El cuerpo es también
imagen de Dios: «El hombre, al que
Dios ha creado “varón y mujer”, lleva
impresa en el cuerpo, “desde el
principio”, la imagen divina; varón y
mujer constituyen como dos diversos
modos del humano “ser cuerpo” en la
unidad de esa imagen» [[10]].
La imagen de Dios, por otra parte, dicho
brevemente, no está sólo en que el ser
humano sea persona inteligente y libre,
sino fundamentalmente en su capacidad de
amar, que le lleva a vivir en
comunión de personas: en vivir no
sólo con otro sino para otro. «Podemos
deducir que el hombre se ha
convertido en “imagen y semejanza” de
Dios no sólo a través de la propia
humanidad, sino también a través de la
comunión de las personas que el
varón y la mujer forman desde el
comienzo. La función de la imagen es la
de reflejar a quien es el modelo,
reproducir el prototipo propio. El
hombre se convierte en imagen de Dios no
tanto en el momento de la soledad cuanto
en el momento de la comunión» [[11]].
En tercer lugar, también
el sexo, es imagen de Dios, porque
mediante el sexo se expresa
corporalmente que el ser humano no tiene
la plenitud de su esencia sólo en sí
mismo, sino que está llamado a la
comunión de personas: «El hombre por sí
“solo” no realiza totalmente esta
esencia. Solamente la realiza existiendo
“con alguno”, y más profundamente y más
completamente: existiendo “para alguno»
[[12]].
Por su parte, «comunión de personas
significa existir en un recíproco
“para”, en una relación de don
recíproco» [[13]].
Pues bien, la masculinidad y la
feminidad, presentes en la
corporalidad, expresan físicamente la
apertura al otro: «El cuerpo, que
expresa la feminidad “para” la
masculinidad, y viceversa la
masculinidad “para” la feminidad,
manifiesta la reciprocidad y la comunión
de personas» [[14]].
María y José viven la más
plena comunión de personas, que es la
más profunda imagen de Dios en el ser
humano. El amor esponsal de José a María
era pleno, y uno de los modos en los que
se manifiesta es que ejercita la
libertad del don del cuerpo no
ejercitándolo.
La razón profunda de esta
actuación de José y María está en la
vocación a la que ambos son llamados:
ser padres en la tierra del Hijo de
Dios. El Hijo, fruto de su amor, es
divino, es el Hijo de Dios: para que
ellos tengan una prueba de su divinidad
es concebido y nace virginalmente. Por
otra parte, convendría que el Hijo
Unigénito fuera también unigénito en la
familia de Nazareth.
La unión entre María y José
es una manifestación extraordinaria en
la tierra de la verdad que ya he
señalado en otras ocasiones: que la
dimensión sexuada de la persona humana
está hecha no sólo para la generación
sino para la comunión de personas. Se
trata de una de las afirmaciones
antropológicas más importantes del
Magisterio de los últimos años, cuando
se afirma que la diversidad sexual,
respondiendo a una voluntad primordial
de Dios en la creación, determina la
identidad propia de la persona, le
afecta de manera íntima y esa
distinción se ordena
directamente no sólo a la generación
sino a la comunión entre las personas
[[15]].
Pues bien, la comunión de personas entre
María y José era plena; en ellos no se
ejercitó la dimensión generativa pero la
dimensión de comunión se cumplió de un
modo insospechado.
d. La paternidad virginal
Pero hay otra razón para la
virginidad de José, relacionada con el
motivo expuesto desde la perspectiva
esponsal. Se trata del ejercicio de la
paternidad humana llevada a cabo por
José.
Se ha dicho ya que quizá la
razón más importante de la concepción
virginal fuera el subrayar la
Paternidad de Dios Padre, primer
objetivo de la revelación que Cristo
venía a traer. Sin embargo, de un modo
indirecto se subraya también lo más
importante de la paternidad humana. José
no fue biológicamente el padre humano de
Cristo. Sin embargo, es padre en el más
amplio y profundo sentido de la
paternidad. Cumple el papel de padre en
la parte más importante que la
paternidad tiene en la tierra: asumir la
responsabilidad sobre el hijo engendrado
y la protección sobre él y su madre. En
este sentido Juan Pablo II afirma que
Dios le «confió la custodia de sus
tesoros mas preciosos» [[16]]
en la tierra: Jesús y María.
Si cumple la función, ésta
corresponderá a un tipo de ser. José no
sólo actúa como padre, sino que es
padre. Como afirma San Agustín es tanto
más padre cuanto más casta fue su
paternidad [[17]].
Quizá sea necesaria más
reflexión sobre la figura de José y de
cómo él, en cierto modo, es a lo humano,
la imagen de Dios Padre en la tierra. Es
cierto que es Cristo, el Verbo
encarnado, la imagen más perfecta del
Padre, pero para Cristo, la imagen
humana de su Padre divino estaba en
José.
Respecto a José se ha dado
tanta importancia a que no fue
carnalmente el padre de Cristo, que por
eso se le deja fuera, en cierto modo,
del misterio de la Encarnación. No se
tiene en cuenta que la dimensión más
importante de la paternidad es la
paternidad espiritual. José vive con
plenitud esa dimensión de la paternidad:
su desvelo y preocupación por la madre y
el hijo; la protección ejercida sobre
ellos; la seguridad que ofrece al hijo
el amor que él profesa a su esposa; la
inserción del hijo en las estructuras
culturales humanas.
Pero no acaban aquí los
motivos de conveniencia de la virginidad
de José. Su paternidad contrasta con el
modelo patriarcal de paternidad del que
hemos sido testigos en nuestra tradición
cultural. Su paternidad no tiene nada de
dominio, ni de exclusividad. Su
paternidad se manifiesta en virtudes
silenciosas, que dejan brillar la luz de
la maternidad. José pone empeño en
esconderse. No sólo para que brille la
paternidad divina, sino para manifestar
que la verdadera paternidad consiste en
vivir volcado y pendiente de los seres a
los que se ama; que la paternidad, en
cierto modo, desaparece porque ella pone
de relieve la filiación y la maternidad.
Se ha estudiado poco aún la
figura de José para haber determinado
cuáles fueron los privilegios que Dios
le concedió para vivir tan excelsa
misión: representar a Dios Padre en la
familia humana en la que crecía el Hijo
de Dios. Una misión así supone tal
categoría y tal señorío que los dones
debieron ser muy altos. Muy similares a
los de su esposa, pues al crear a sus
padres terrenos Dios volvió como a
empezar la creación de nuevo.
Así, en las palabras de
Pablo VI :
«En esa gran obra de
renovación de todas las cosas en Cristo,
el matrimonio, purificado y renovado, se
convierte en una realidad nueva, en un
sacramento de la nueva alianza. Y he
aquí que en el umbral del Nuevo
Testamento, como ya al comienzo del
Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras
la de Adán y Eva había sido fuente del
mal que ha inundado al mundo, la de José
y María constituye el vértice, por medio
del cual la santidad se esparce por toda
la tierra.
El Salvador
ha iniciado la obra de salvación con
esta unión virginal y santa, en la que
se manifiesta su omnipotente voluntad de
purificar y santificar la familia,
santuario de amor y cuna de la vida»
[[18]].
La comunión de personas que
vivieron María y José era plena.
Constituían la más perfecta imagen de
Dios Trino que se ha dado en la tierra.
Aquella que soñara el Creador cuando en
el albor de la humanidad creó al hombre,
varón y mujer, a su imagen (Gen 1, 26).
Y si la Trinidad se ha venido a comparar
con la familia humana, María y José
forman entre ellos una familia muy
parecida a la familia divina. Además, en
ambas familias, la Segunda Persona, el
Hijo, es el mismo. En las vidas de María
y José se renueva y purifica el
matrimonio y la familia cuya esencia y
cometido son definidos en última
instancia por el amor, que es reflejo
del amor intratrinitario.
e. La esponsalidad virginal
Aún se podrían encontrar
otros motivos de conveniencia de la
virginidad de José, que se advierten
desde otras perspectivas, como es la
llamada al celibato y a la virginidad,
que aparecerán en el mundo como un signo
más de la “novedad evangélica”. No hay
que pasar por alto que tanto Jesucristo,
como María y José, las dos personas
humanas más perfectas, fueron los tres
vírgenes.
En este trabajo apenas se
entrará en el tema de la virginidad y el
celibato por el reino de los cielos,
vocación que Dios ha dado y sigue dando
a no pocos cristianos, varones y
mujeres. El motivo principal que mueve
esa decisión es un amor esponsal
exclusivo a Dios. Sin embargo, al estar
hecha la naturaleza humana en dos
vertientes esponsales complementarias,
Dios no destruye esa estructura que Él
mismo ha dado al ser humano, varón y
mujer. La llamada a la continencia
«respeta tanto la “duplicidad de la
humanidad” (esto es, su masculinidad y
feminidad), como también la dimensión
de comunión de la existencia que es
propia de la persona» [[19]].
Por eso las vírgenes y los
célibes no viven como si fueran
asexuados, sino que cuando opta por la
continencia renunciando al matrimonio,
esa opción «se realiza también en
relación con la masculinidad o feminidad
propia de la persona que hace tal
opción; se realiza basándose en la
plena conciencia de ese significado
esponsalicio, que contienen en sí la
masculinidad y la feminidad» [[20]].
Más bien viven en relación
con Dios un amor de tipo esponsal. En
este sentido Juan Pablo II afirma que
para la teología de la virginidad o del
celibato tiene un significado especial
la revelación de la relación
esponsalicia de Cristo con la Iglesia,
al igual que para la teología del
matrimonio [[21]].
Es decir, el don de sí a los demás, que
se cumple en toda entrega de sí, tiene
siempre un carácter esponsalicio. Se
podría decir que la esponsalidad es el
modo de amar propio del ser humano. En
el caso del celibato es una donación que
exige renuncias a inclinaciones
naturales, pero hecha por amor hacia una
persona.
Hablando del amor esponsal y
del significado esponsalicio que tiene
el cuerpo hay que tener en cuenta que
esos significados están igualmente
impresos en la masculinidad y en la
feminidad. Pero, a la vez, masculinidad
y feminidad son relacionalmente
complementarias. No es lo mismo, siendo
mujer que le ame un varón que otra
mujer. No es lo mismo, siendo varón, que
le ame una mujer u otro varón, porque la
estructura personal del varón y de la
mujer son estructuralmente
complementarias.
En el caso de las mujeres la
entrega esponsal complementaria no
ofrece problema porque viven con
respecto a Cristo, un amor esponsal
virgen. Con estas palabras lo describe
la Carta Mulieris dignitatem: «No
se puede comprender rectamente la
virginidad (...) de la mujer, sin
recurrir al amor esponsal; en efecto, en
tal amor la persona se convierte en don
para otro [[22]].
(...)