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hipponensem]
A los obispos, sacerdotes, familias religiosas y fieles de toda
la Iglesia católica en el XVI centenario de la conversión de
san Agustín, Obispo y Doctor de la Iglesia
Venerables hermanos y queridos hijos e hijas, salud y bendición
apostólica.
1. AGUSTÍN DE HIPONA, desde que apenas un año después de su
muerte fue catalogado como uno de los "mejores maestros de la
Iglesia" 1 por mi lejano predecesor Celestino I , ha seguido
estando presente en la vida de la Iglesia y en la mente y en
la cultura de todo el Occidente. Después, otros Romanos Pontífices,
por no hablar de los Concilios que con frecuencia y abundantemente
se han inspirado en sus escritos, han propuesto sus ejemplos
y sus documentos doctrinales para que se les estudiara e imitara.
León XIII exaltó sus enseñanzas filosóficas en la Encíclica
Aeterni Patris 2 ; Pío XI reasumió sus virtudes y su pensamiento
en la Encíclica Ad salutem humani generis, declarando que por
su ingenio agudísimo, por la riqueza y sublimidad de su doctrina,
por la santidad de su vida y por la defensa de la verdad católica
nadie, o muy pocos se le pueden comparar de cuantos han florecido
desde los principios del género humano hasta nuestros días 3
; Pablo VI afirmó que "además de brillar en él de forma eminente
las cualidades de los Padres, se puede afirmar en verdad que
todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y que
de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan toda la
tradición doctrinal de los siglos posteriores 4 .
Yo mismo he añadido mi voz a la de mis predecesores, expresando
el vivo deseo de que "su doctrina filosófica, teológica y espiritual
se estudie y se difunda, de tal modo que continúe... su magisterio
en la Iglesia; un magisterio, añadía, humilde y luminoso al
mismo tiempo, que habla sobre todo de Cristo y del amor" 5 .
He tenido ocasión además de recomendar especialmente a los hijos
espirituales del gran Santo que mantengan "vivo y atrayente
el encanto de San Agustín también en la sociedad moderna", ideal
estupendo y entusiasmante, porque "el conocimiento exacto y
afectuoso de su pensamiento y de su vida provoca la sed de Dios,
descubre el encanto de Jesucristo, el amor a la sabiduría y
a la verdad, la necesidad de la gracia, de la oración, de la
virtud, de la caridad fraterna, el anhelo de la eternidad feliz"
6 .
Me es muy grato, pues, que la feliz circunstancia del XVI centenario
de su conversión y de su bautismo me ofrezca la oportunidad
de evocar de nuevo su figura luminosa. Esta nueva evocación
será al mismo tiempo una acción de gracias a Dios por el don
que hizo a la Iglesia, y mediante ella a la humanidad entera,
gracias a aquella admirable conversión; y será también una ocasión
propicia para recordar que el convertido, una vez hecho obispo,
fue un modelo espléndido de Pastor, un defensor intrépido de
la fe ortodoxa o, como decía él, de la "virginidad" de la fe
7 , un constructor genial de aquella filosofía que por su armonía
con la fe bien puede llamarse cristiana, y un promotor infatigable
de la perfección espiritual y religiosa.
I. La conversión
Conocemos el camino de su conversión por sus mismas obras, es
decir, por las que escribió en la soledad de Casiciaco antes
del bautismo 8 , y sobre todo por sus célebres Confesiones,
una obra que es al mismo tiempo autobiografía, filosofía, teología,
mística y poesía, en la que hombres sedientos de verdad y conscientes
de sus propios límites, se han encontrado y se siguen encontrando
a sí mismos. Ya en su tiempo, el autor la consideraba como una
de sus obras más conocidas. "¿Cuál de mis obras", escribe hacia
al final de su vida, "pudo alcanzar una más amplia notoriedad
y resultar más agradable que los libros de mis Confesiones?"
9 . La historia no ha desmentido nunca este juicio; al contrario,
no ha hecho más que confirmarlo ampliamente. Todavía hoy las
Confesiones de San Agustín son muy leídas y, como son muy ricas
de introspección y de pasión religiosa, obran en profundidad,
agitan y conmueven. Y no sólo a los creyentes. Aun aquellos
que, aun cuando no tengan fe, por lo menos van buscando una
certeza que les permita comprenderse a sí mismos, sus aspiraciones
profundas y sus tormentos, sacan provecho de la lectura de esta
obra. La conversión de San Agustín, condicionada por la necesidad
de encontrar la verdad, tiene no poco que enseñar a los hombres
de hoy, con tanta frecuencia perdidos y desorientados frente
al gran problema de la vida.
Se sabe que esta conversión tuvo un camino particularísimo,
porque no se trató de una conquista de la fe católica, sino
de una reconquista. La había perdido convencido, al perderla,
de que no abandonaba a Cristo, sino sólo a la Iglesia.
En efecto, había sido educado cristianamente por su madre 10
, la piadosa y santa Mónica 11 . Como consecuencia de esta educación,
Agustín permaneció siempre no sólo un creyente en Dios, en la
Providencia y en la vida futura 12 , sino también un creyente
en Cristo, cuyo nombre "había bebido", como dice él, "con la
leche materna" 13 . Tras volver a la fe de la Iglesia católica,
dirá que había vuelto "a la religión que me había sido imbuida
desde niño y que había penetrado hasta la médula de mi ser"
14 . Quien quiera comprender su evolución interior y un aspecto,
tal vez el más profundo, de su personalidad y de su pensamiento,
debe partir de esta constatación.
Al despertarse a los 19 años al amor de la sabiduría con la
lectura del Hortensio de Cicerón -"Aquel libro, tengo que admitirlo,
cambió mi modo de sentir... y me hizo desear ardientemente la
sabiduría inmortal con increíble ardor de corazón" 15 -, amó
profundamente y buscó siempre con todas las fibras de su alma
la verdad. "¡Oh verdad, verdad, cómo suspiraba ya entonces por
ti desde las fibras más íntimas de mi corazón!" 16 .
No obstante este amor a la verdad, Agustín cayó en errores graves.
Los estudiosos buscan las causas de esto y las encuentran en
tres direcciones: en el planteamiento equivocado de las relaciones
entre la razón y la fe, como si hubiera que escoger necesariamente
entre una y otra; en el presunto contraste entre Cristo y la
Iglesia, con la consiguiente persuasión de que para adherirse
plenamente a Cristo hubiera que abandonar la Iglesia; y en el
deseo de verse libre de la conciencia de pecado no mediante
su remisión por obra de la gracia, sino mediante la negación
de la responsabilidad humana del pecado mismo.
Así, pues, el primer error consistía en un cierto espíritu racionalista,
en virtud del cual se persuadió de que "había que seguir no
a los que mandan creer, sino a los que enseñan la verdad" 17
. Con este espíritu leyó las Sagradas Escrituras y se sintió
rechazado por los misterios en ellas contenidos, misterios que
hay que aceptar con humilde fe. Después, hablando a su pueblo
acerca de este momento de su vida, le decía: "Yo que os hablo,
estuve engañado un tiempo, cuando de joven me acerqué por primera
vez a las Sagradas Escrituras. Me acerqué a ellas no con la
piedad del que busca humildemente, sino con la presunción de
quien quiere discutir... ¡Pobre de mí, que me creí apto para
el vuelo, abandoné el nido y caí antes de poder volar!" 18 .
Fue entonces cuando topó con los maniqueos, les escuchó y les
siguió. Razón principal: la promesa "de dejar a un lado la terrible
autoridad, conducir a Dios y librar de los errores a sus discípulos
con la pura y simple razón" 19 . Y tal precisamente era como
se mostraba Agustín, "deseoso de poseer y absorber la verdad
auténtica y sin velos" con la sola fuerza de la razón 20 .
Convencido después de largos años de estudios, especialmente
de estudios filosóficos 21 , de que le habían engañado, pero,
por efecto de la propaganda maniquea, convencido siempre de
que la verdad no estaba en la Iglesia católica 22 , cayó en
una profunda desilusión y perdió de hecho la esperanza de poder
encontrar la verdad: "Los académicos mantuvieron durante mucho
tiempo el timón de mi nave en medio de las olas" 23 .
De esta peligrosa actitud lo sacó el mismo amor de la verdad
que albergaba siempre dentro de su alma. Llegó a convencerse
de que no es posible que el camino de la verdad esté cerrado
a la mente humana; si no la encuentra, es porque ignora o desprecia
el método para buscarla 24 .
Animado por esta convicción, se dijo a sí mismo: "Ea, busquemos
con mayor diligencia, en lugar de perder la esperanza" 25 .
Y así, prosiguió en la búsqueda y esta vez, guiado por la gracia
divina, que su madre imploraba con lágrimas 26 , llegó felizmente
al puerto. |