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Publicado por: comunicaciones
Fecha: 09/03/2007 10:30 PM
Decisión papal sobre la liturgia:
Mucho más que la misa en Latín
Publicamos un artículo escrito
por Monseñor Juan Ignacio
González
Errázuriz.,
con ocasión de la reciente decisión
del Santo Padre de poner en plena
vigencia los libros litúrgicos
anteriores a la reforma del Concilio
Vaticano II y que entran en vigencia
el próximo 14 de septiembre, fiesta
de la Santa Cruz.
Decisión
papal sobre la liturgia.
Mucho más que la misa en Latín
Hace pocas semanas el Papa Benedicto
XVI ha decidido que en adelante
cualquiera sacerdote pueda celebrar
la Santa Misa, los sacramentos y
rezar la Liturgia de las Horas según
los libros que existían antes de la
reforma de 1970. También ha señalado
que los fieles que lo deseen pueden
solicitar a los sacerdotes dicha
celebración y que éste no debe
negarse a ello. El Santo Padre ha
adoptado una determinación profunda
y trascendente para la vida de la
Iglesia. Lo ha hecho después de
muchas reflexiones, múltiples
consultas y constante oración, según
el mismo nos lo ha señalado.
En adelante en la Iglesia Católica
de Rito Latino, existirán dos formas
de celebrar la liturgia: la que
surgió de la reforma impulsada por
el Concilio Vaticano II que es la
llamada ordinaria y la anterior,
contenida esencialmente en el Misal
Romano publicado con la autoridad
del Beato Juan XXIII en 1962; que
viene desde la reforma posterior al
Concilio de Trento, que es la forma
extraordinaria. El Papa no ha pedido
que se vuelva al antiguo rito ni
tampoco que se celebre la Misa en
Latín, como algunos podrían pensar.
Ni menos ha solicitado o aconsejado
dejar el rito actual para usar los
libros antiguos.
Llegar a esta determinación ha sido
fruto de un largo camino, iniciado
ya en tiempos del Papa Juan Pablo.
Ese caminar lo ha relatado en una
carta que dirigió a todos los
obispos del mundo, explicando las
nuevas determinaciones adoptadas.
Sentido profundo de la decisión
del Papa
Con su penetrante capacidad
teológica y pastoral, el Papa ya
había advertido hace muchos años,
que el proceso por el cual se
implantó el nuevo misal y los usos
litúrgicos de 1970, nunca implicaron
derogar o dejar sin efecto las
formas litúrgicas anteriores. La
historia de la Iglesia es en esto es
rica y clara. De hecho conviven en
la Iglesia latina muchos ritos de
uso poco frecuente o local. En
realidad nunca en la historia
bimilenaria de la Iglesia ha
ocurrido que una forma más moderna
de celebrar la liturgia deje a la
anterior inmediatamente fuera de
uso, por una especie de derogación
tácita.
El mismo Papa ya había señalado –
siendo Obispo y Cardenal – que tal
quiebre no era lógico ni propio de
la tradición de la Iglesia. Por eso
las opiniones escuchadas de parte de
algún eclesiástico de que esta
decisión del Papa es como anular la
reforma litúrgica que promovió el
Concilio y aprobó el Papa Pablo VI
son completamente erradas y ajenas a
lo que dicen los documentos
oficiales y a lo expresado por el
Papa. También son erradas las que
simplemente expresan que todo debe
seguir igual, como restando
significado a la determinación
pontificia.
Es necesario, por tanto, que los
católicos – fieles y ministros
ordenados – nos preguntemos cual es
la razón por la que el Pastor de
toda la Iglesia ha dado un paso como
el que comentamos.
Continuidad y cambio
Ni en la historia de la teología, ni
en la de la misma Iglesia se dan
saltos al vacío. Un concilio no
deroga al anterior sino que confirma
las verdades y las profundiza. Un
documento papal o conciliar no
contradice la enseñanza de otro
anterior, sino que las perfecciona o
las ilumina con nuevos datos y
enfoques. Como escribió el Papa
siendo Cardenal, “la historia tiene
una continuidad y nosotros,
lógicamente, no podemos escapar de
ella”. También entre nosotros se ha
extendido la idea de que la historia
de la Iglesia pareciera haber
comenzado sólo después del Concilio.
Casi no recordamos que vivieron
muchos pastores santos y sabios
antes de 1960, quienes desarrollaron
trabajos pastorales que son el
fundamento de lo que hoy continuamos
haciendo. Este proceso me parece
particularmente presente en la vida
de nuestra Iglesia en Chile. ¿Quien
se acuerda hoy de monseñor Rafael
Valentín Valdivieso, el gran
organizador de la Iglesia en el
Chile moderno?, ¿quien de don Justo
Donoso, el mas grande canonista que
ha producido América, que alumbró la
vida de la Iglesia con su “Manual
del párroco americano”?, ¿quien de
don Mariano Casanova o del Arzobispo
González?, del señor Rücker, primer
obispo de Temuco, de mismo Cardenal
Caro, o de don Rafael Edwards,
primer vicario castrense de la
República, y así podríamos seguir
casi indefinidamente. No hemos de
olvidar que en nuestra historia
eclesiástica existieron concilios,
sínodos, documentos, normas, etc. de
cuya aplicación se siguió la
evangelización de América y de
Chile.
La determinación del Papa Benedicto
XVI también nos debe llevar a mirar
de manera diversa nuestra propia
historia de la Iglesia en Chile,
descubriendo la maravillosa
continuidad de su trabajo en bien de
todos nosotros. Esta realidad queda
también muy bien expresada en el
reciente documento de Aparecida, en
que los Obispos de América Latina y
del Caribe, expresan que entre las
diversas Conferencias de los
episcopados del continente hay una
continuidad en su enseñanza.
(Medellín-Puebla-Santo Domingo-
Aparecida)
La misma Iglesia de ayer y de hoy
En un documento reciente de la
Congregación para la Doctrina de la
fe se respondía de la siguiente
manera a la pregunta: “¿El Concilio
Ecuménico Vaticano II ha cambiado la
precedente doctrina sobre la
Iglesia? Respuesta: El Concilio
Ecuménico Vaticano II ni ha querido
cambiar la doctrina sobre la Iglesia
ni de hecho la ha cambiado, sino que
la ha desarrollado, profundizado y
expuesto más ampliamente. Esto fue
precisamente lo que afirmó con
extrema claridad Juan XXIII al
comienzo del Concilio. Pablo VI lo
reafirmó, expresándose con estas
palabras en el acto de promulgación
de la Constitución Lumen gentium:
«Creemos que el mejor comentario que
puede hacerse es decir que esta
promulgación verdaderamente no
cambia en nada la doctrina
tradicional. Lo que Cristo quiere,
lo queremos nosotros también. Lo que
había, permanece. Lo que la Iglesia
ha enseñado a lo largo de los
siglos, nosotros lo seguiremos
enseñando. Solamente ahora se ha
expresado lo que simplemente se
vivía; se ha esclarecido lo que
estaba incierto; ahora consigue una
serena formulación lo que se
meditaba, discutía y en parte era
controvertido». Los Obispos
repetidamente manifestaron y
quisieron actuar esta intención”.
(Congregación para la Doctrina de la
fe. Respuestas a algunas preguntas
acerca de ciertos aspectos de la
doctrina sobre la Iglesia, 29 de
junio de 2007)
Los abusos litúrgicos, un mal que ha
ensombrecido el rostro de la Iglesia
El Papa advierte en la carta que ha
enviado a todos los obispos del
mundo sobre esta decisión, que
mientras muchas personas siempre
aceptaron las enseñanzas del
Concilio Vaticano II, sin embargo,
reaccionan muy negativamente frente
a la idea que se extendió de que el
nuevo misal y el uso de la lengua
vernácula era “como una autorización
e incluso como una obligación a la
creatividad”, lo cual, señala,
“llevó las deformaciones litúrgicas
al límite de lo soportable” quedando
muchos fieles “profundamente heridos
por las deformaciones arbitrarias de
la liturgia”
Con palabras simples y sencillas el
Supremo Pastor describe en pocos
trazos uno de los mas trágicos
procesos vividos en muchas
comunidades católicas, en las que la
liturgia ha sufrido muy graves
alteraciones y se ha convertido en
un espacio para la figuración
personal del sacerdote, con abusos
de todo tipo y faltas – algunas
veces muy graves - a la santidad de
los sacramentos, a Jesucristo
verdaderamente presente en la
Eucaristía, etc. En Chile no estamos
exentos de estas dificultades, que
aún hoy siguen ocurriendo y alejan a
unos y escandalizan a otros. Que
interesante recordar ahora una
palabras, quizás olvidadas, del gran
Papa Pablo VI sobre el cuidado de
los detalles en la liturgia “Os
podrá parecer quizá que la Liturgia
está hecha de cosas pequeñas:
actitud del cuerpo, genuflexiones,
inclinaciones de cabeza, movimiento
del incensario, del misal, de las
vinajeras. Es entonces cuando hay
que recordar las palabras de Cristo
en el Evangelio: El que es fiel en
lo poco, lo será en lo mucho (Lc 16,
16). Por otra parte, nada es pequeño
en la Santa Liturgia, cuando se
piensa en la grandeza de Aquel a
quien se dirige” (Pablo VI,
Alocución 30 de mayo 1967).
Los lefebvristas y los católicos
chinos
Algunos, por su parte, piensan que
la gran finalidad de esta
determinación del Papa es poner fin
al cisma del Arzobispo Lefebvre y
sus seguidores. Sin embargo, es
sabido que éste tiene unas raíces
más profundas que las sólo
litúrgicas. Por esa razón no es
claro que con lo decidido respecto
del uso de los antiguos libros vaya
a ponerse fin a esa dolorosa
división, que tiene elementos
teológicos mucho más complejos. El
mismo Papa no lo dice en la Carta a
los Obispos que se ha citado.
La reciente carta el Papa a los
católicos chinos, sin distinguir
entre los que han permanecido
abiertamente fieles al Papa – con
gravísimas persecuciones y miles de
mártires - y lo que han subsistido
en la llamada iglesia patriótica,
bajo la férula del gobierno
comunista chino, es una pista mas
interesante que la anterior para
descubrir uno de los objetos de la
determinación pontificia. Todos esos
católicos chinos no conocen otra
forma litúrgica que la antigua y
seguramente la plena adhesión a
Roma, en el caso de muchos fieles
católicos de las comunidades no
plenamente unidas a Roma, no podría
implicar un cambio de forma
litúrgica. Ahora muchos podrán
volver a la unidad de la fe y podrán
hacerlo sin cambio alguno en la
liturgia.
Una reconciliación interna de la
Iglesia
Por otra parte, el Papa argumenta
que en muchas personas que durante
años vivieron bajo el rito litúrgico
del misal antiguo, el cambio les
resulta aún difícil y como forzado y
que aún en las nuevas generaciones
también se ha constatado una
adhesión profunda al Misal de Juan
XXIII. Es interesante su afirmación,
pues aparentemente la forma antigua
de la liturgia interesaría sólo a
personas de cierta edad y las
comprobaciones fácticas, sobretodo
en los países de centro Europa,
dicen lo contrario.
Benedicto XVI no duda en expresar
una de las razones profundas de
estas iniciativas “Se trata de
llegar a una reconciliación interna
en el seno de la Iglesia”. Al mismo
tiempo señala con asombroso realismo
“que en los momentos críticos en que
la división estaba naciendo, no se
ha hecho lo suficiente por parte de
los responsables de la Iglesia para
conservar o conquistar la
reconciliación y la unidad; se tiene
la impresión de que las omisiones de
la Iglesia han tenido su parte de
culpa en el hecho de estas
divisiones hayan podido
consolidarse”. Es evidente que estas
palabras nos interpelan a todos,
fieles y jerarquía, porque todos de
alguna manera hemos sido culpables
de no hacer lo necesario para que
esas divisiones no se provocaran. El
Papa, en definitiva, nos invita a
todos los hijos de la Iglesia a
trabajar por “permanecer en esta
unidad o reencontrarla”
Una decisión que llama a un examen
personal
Ante palabras tan claras y precisas
caben pocas explicaciones. Su
sentido natural y obvio nos lleva a
todos a un profundo examen, pero
evidentemente dicho examen se hace
una exigencia más acuciosa respecto
de quienes han promovido o
practicado un “creacionismo
litúrgico” que ha deteriorado
gravemente los contenidos de los
misterios que celebramos en la
liturgia. Aún siguen existiendo
entre nosotros esos procesos y sólo
desde una profunda humildad y
rendida obediencia a la Iglesia y a
su “lex orandi” es posible lograr
una rectificación a la cual el
pueblo cristiano tiene derecho.
El Papa quiere que la liturgia de la
Iglesia manifieste a los hombres y
mujeres de nuestro tiempo el amor,
adoración y reconocimiento que todos
debemos al Creador y a su Hijo
Jesucristo. Para ello,
evidentemente, tanto el rito de 1962
como el de 1970, ambos nacidos del
corazón de la Iglesia, son
plenamente aptos.
En nuestra realidad quizás el efecto
principal que deben despertar estas
disposiciones del Papa es la
revisión tanto en lo personal como
en la vida de nuestras comunidades
de la manera como vivimos la fe de
la Iglesia que expresa su forma de
orar y de creer por medio de la
liturgia. Dejando de lado todo
protagonismo personal, es necesario
seguir con delicadeza las
indicaciones litúrgicas, precisar
acerca del modo de celebrar los
misterios de nuestra fe y recordar
las sabias palabras, “conviene que
sólo Jesús se luzca”
Ya el Papa Juan Pablo nos había
advertido de la necesidad de evitar
abusos que escandalizan al pueblo
cristiano y rebajan a lo humano algo
que es divino. Pero, hay que
reconocerlo, en algunos ambientes
eclesiales sus llamadas fueron
desoídas. No se trata sólo de
incumplimientos de normas y
rúbricas, sino de verdaderos abusos,
como las absoluciones colectivas,
las bendiciones a matrimonios
civiles, la celebración de la
Eucaristía con pan común, el no uso
de los ornamentos sacerdotales, los
cambios en las palabras de la
consagración, y otros, que es penoso
y largo enumerar.
La reciente Exhortación Apóstólica
Sacrametum Caritatis contiene muchas
indicaciones precisas sobre las
celebraciones litúrgicas que ahora
debemos poner en práctica. Asimismo,
la Instrucción “Redemptionis
sacramentum” sobre algunas cosas que
se deben observar o evitar acerca de
la Santísima Eucaristía”, de la
Congregación para el culto divino y
la disciplina de los sacramentos, de
25 de marzo de 2004, preparada por
mandato del Papa Juan Pablo II y que
en algunos ambientes eclesiales
simplemente se tuvo por no escrita,
es otro indicador de la ruta que
debemos seguir.
En la libertad de los hijos de Dios.
Actitudes a tomar y evitar
En definitiva, podría decirse que al
abandonarse la forma litúrgica que
se usó hasta 1962 y adoptar la nueva
formas litúrgicas, cuyas rúbricas o
indicaciones para la celebración
también son muy precisas, se produjo
como una avalancha de incorrecciones
y con ello cierto caos litúrgico que
ha terminado por afectar la esencia
de lo que creemos. El Papa resalta
que la vigencia de pleno derecho de
ambas formas del mismo rito – es
decir el Misal antiguo y el ritual
de sacramentos y la Liturgia de las
Horas – como el de 1970, nacido de
las indicaciones del Concilio
“pueden enriquecerse mutuamente”. Es
posible, por ejemplo, que siguiendo
el uso del rito ordinario de la
Santa Misa, el de 1970, algunas de
las partes se puedan rezar o cantar
en latín, expresándose así de una
forma plástica y viva la comunión no
sólo de los miembros de una Iglesia
particular, sino también con los
miembros vivos del Pueblo de Dios de
latitudes remotas y para nosotros
desconocidas. Alabaremos al mismo
Dios, por medio de su Hijo
Jesucristo, aquí y en la China o en
Japón. Nada entenderíamos si
intentáramos hablar con un católico
de aquellas tierras, pero estaríamos
unidos en la oración común con la
cual juntos podríamos elevar el
corazón a Dios.
Por eso hay dos actitudes
reprochables y una que es la propia
de un católico verdadero. Lo primero
sería intentar que volvamos todos al
antiguo uso, pensando que en ese
camino se encontraran las soluciones
a los problemas de la Iglesia. Lo
segundo, ignorar lo que el Papa nos
ha dicho y continuar por el camino
del “creacionismo”, como si los
frutos de ese árbol ya no se
hubiesen probado suficientemente
amargos.
La actitud verdadera es adherir
fuertemente a lo que nos dice el
Papa y vivir en la libertad de los
hijos de Dios, respetando plenamente
el derecho de personas, grupos y
comunidades a vivir en uno u otra
forma la celebración de los grandes
misterios de nuestra fe, que es lo
verdaderamente importante. Esta
determinación de Pedro será como una
prueba de la rectitud de intención,
de la adhesión y el amor que hay en
nuestra Iglesia al Papa. Será
también la ocasión propicia para
mejorar en nuestro servicio
sacerdotal al pueblo de Dios y, para
algunos, el momento para rectificar
caminos errados que se han intentado
proponer como los verdaderos en la
praxis litúrgica.
Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo |