DISCURSO DE S.S. EL PAPA JUAN PABLO
II
SOBRE LA INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA
EN LA IGLESIA
[Este discurso
fue pronunciado la mañana del
viernes 23 de abril de 1993, durante
una audiencia conmemorativa de los
cien años de la Encíclica "Providentissimus
Deus" de León XIII y de los
cincuenta años de la Encíclica
"Divino Afflante Spiritu" de Pío XII,
ambas dedicadas a los estudios
bíblicos. La audiencia tuvo lugar en
la sala Clementina del Vaticano.
Participaron en ella los miembros
del Colegio cardenalicio, del Cuerpo
Diplomático acreditado ante la Santa
Sede, los de la Pontificia Comisión
Bíblica y el profesorado del
Pontificio Instituto Bíblico Durante
la audiencia, el Cardenal J.
Ratzinger presentó al Santo Padre el
documento de la Comisión Bíblica
sobre la interpretación de la Biblia
en la Iglesia]
Señores cardenales; señores jefes de las misiones
diplomáticas; señores miembros de la
Pontificia Comisión Bíblica; señores
profesores del Pontificio Instituto
Bíblico:
1. Agradezco de todo corazón al cardenal
Ratzinger los sentimientos que acaba de
expresar al presentarme el documento
elaborado por la Pontificia Comisión
Bíblica sobre la interpretación de la
Biblia en la Iglesia. Con alegría recibo
este documento, fruto de un trabajo
colegial emprendido por su iniciativa,
señor cardenal, y proseguido con
perseverancia durante muchos años.
Responde a una gran preocupación mía,
porque la interpretación de la Sagrada
Escritura es de importancia capital para
la fe cristiana y la vida de la Iglesia.
"En los Libros sagrados -como nos ha
recordado muy bien el Concilio-, el
Padre, que está en el cielo, sale
amorosamente al encuentro de sus hijos
para conversar con ellos. Y es tan
grande el poder y la fuerza de la
palabra de Dios, que constituye sustento
y vigor de la Iglesia, firmeza de fe
para sus hijos, alimento del alma,
fuente límpida y perenne de vida
espiritual" (Dei Verbum, 21). El modo de
interpretar los textos bíblicos para los
hombres y las mujeres de nuestro tiempo
tiene consecuencias directas para su
relación personal y comunitaria con
Dios, y también está ligado
estrechamente a la misión de la Iglesia.
Se trata de un problema vital, que
merecía vuestra atención.
2. Vuestro trabajo ha terminado en un
momento muy oportuno, pues me brinda la
ocasión de celebrar con vosotros dos
aniversarios ricos de significado: el
centenario de la Encíclica
Providentissimus Deus y el
cincuentenario de la Encíclica Divino
Afflante Spiritu, ambas dedicadas a
cuestiones bíblicas. El 18 de noviembre
de 1893, el Papa León XIII, muy atento a
los problemas intelectuales, publicó su
Encíclica sobre los estudios
relacionados con la Sagrada Escritura
con el fin -escribió- "de estimularlos y
recomendarlos", y también de
"orientarlos de una manera que
corresponda mejor a las necesidades de
la época" (Enchiridion biblicum, 82).
Cincuenta años después, el Papa Pío XII
con su Encíclica Divino Afflante Spiritu,
dio a los exégetas católicos nuevo
aliento y nuevas directrices. Entre
tanto, el magisterio pontificio
manifestaba su atención constante a los
problemas escriturísticos mediante
numerosas intervenciones. En 1902, León
XIII creó la Comisión Bíblica; en 1909,
Pío X fundó el Instituto Bíblico. En
1920, Benedicto XV celebró el 1500
aniversario de la muerte de san Jerónimo
mediante una encíclica sobre la
interpretación de la Biblia. Así, el
gran impulso dado a los estudios
bíblicos se confirmó en el Concilio
VaticanoII, de modo que la Iglesia
entera se benefició de ellos. La
Constitución Dogmática Dei Verbum
ilumina el trabajo de los exégetas
católicos e invita a los pastores y a
los fieles a alimentarse más asiduamente
de la palabra de Dios contenida en las
Escrituras.
Deseo hoy insistir en algunos aspectos
de la enseñanza de estas dos Encíclicas
y en la validez permanente de sus
orientaciones a través de las
circunstancias cambiantes, a fin de
aprovechar mejor su aportación.
I. De la "Providentissimus Deus"
a la "Divino Afflante Spiritu"
3. En primer lugar, entre estos dos
documentos se nota una diferencia
importante. Se trata de la parte
polémica -o, más exactamente,
apologética- de las dos Encíclicas. En
efecto, ambas manifiestan la
preocupación por responder a los ataques
contra la interpretación católica de la
Biblia, pero estos ataques no iban en la
misma dirección. Por una parte, la
Providentissimus Deus quiere proteger la
interpretación católica de la Biblia
contra los ataques de la ciencia
racionalista; por otra, la Divino
Afflante Spiritu se preocupa más por
defender la interpretación católica
contra los ataques de quienes se oponen
al empleo de la ciencia por parte de los
exégetas y quieren imponer una
interpretación no científica, llamada
espiritual, de la Sagrada Escritura.
Este cambio radical de perspectiva se
debía, evidentemente, a las
circunstancias. La Providentissimus Deus
fue publicada en una época marcada por
duras polémicas contra la fe de la
Iglesia. La exégesis liberal alimentaba
en gran medida estas polémicas, porque
utilizaba todos los recursos de las
ciencias, desde la crítica textual hasta
la geología, pasando por la filosofía,
la crítica literaria, la historia de las
religiones, la arqueología y otras
disciplinas más. Por el contrario, la
Divino Afflante Spiritu se publicó poco
tiempo después de una polémica muy
diferente suscitada, sobre todo, en
Italia contra el estudio científico de
la Biblia. Un opúsculo anónimo muy
difundido ponía en guardia contra lo que
describía como "un peligro grave para la
Iglesia y las almas: el sistema
crítico-científico en el estudio y la
interpretación de la Sagrada Escritura,
sus desviaciones funestas y sus
aberraciones),.
4. En los dos casos, la reacción del
Magisterio fue significativa, pues, en
lugar de limitarse a una respuesta
puramente defensiva, fue al fondo del
problema y manifestó así-observémoslo en
seguida- la fe de la Iglesia en el
misterio de la Encarnación.
Contra la ofensiva de la exégesis
liberal, que presentaba sus afirmaciones
como conclusiones fundadas en los logros
de la ciencia, se podría haber
reaccionado lanzando un anatema contra
el uso de las ciencias en la
interpretación de la Biblia y ordenando
a los exégetas católicos que se
limitaran a una explicación espiritual
de los textos.
La Providentissimus Deus no siguió ese
camino. Al contrario, la Encíclica
exhorta a los exégetas católicos a
adquirir una verdadera competencia
científica, para que aventajen a sus
adversarios en su mismo terreno. El
primer medio de defensa-sostiene- "se
encuentra en el estudio de las lenguas
orientales antiguas, así como en el
ejercicio de la crítica científica" (Enchiridion
biblicum, 1 18). La Iglesia no tiene
miedo de la crítica científica. Sólo
desconfía de las opiniones preconcebidas
que pretenden fundarse en la ciencia,
pero que, en realidad, hacen salir
subrepticiamente a la ciencia de su
campo propio.
Cincuenta años después, en la Divino
Afflante Spiritu, el Papa Pío XII pudo
constatar la fecundidad de las
directivas impartidas por la
Providentissimus Deus: "Gracias a un
mejor conocimiento de las lenguas
bíblicas y de todo lo que concierne a
Oriente" un buen número de cuestiones
planteadas en la época de León XIII
contra la autenticidad, la antigüedad,
la integridad y el valor histórico de
los libros sagrados... hoy se han
aclarado y solucionado" (Enchiridion
biblicum, 546). El trabajo de los
exégetas católicos, "que han hecho un
uso correcto de las armas intelectuales
utilizadas por sus adversarios" (n.
562), había dado su fruto. Y
precisamente por esta razón, la Divino
Afflante Spiritu se muestra menos
preocupada que la Providentissimus Deus
por combatir las posiciones de la
exégesis racionalista.
5. Pero resultaba necesario responder a
los ataque que provenían de los
partidarios de la exégesis así llamada
"mística" (n. 552), que pretendían que
el Magisterio condenara los esfuerzos de
la exégesis científica. )Cómo responde
la Encíclica? Podría haberse limitado a
señalar la utilidad e, incluso, la
necesidad de estos esfuerzos encaminados
a defender la fe, lo cual habría
favorecido una especie de dicotomía
entre la exégesis científica, destinada
a un uso externo, y la interpretación
espiritual, reservada a un uso interno.
En la Divino Afflante Spiritu, Pío XII
evitó deliberadamente avanzar en ese
sentido. Por el contrario, reivindicó la
unión estrecha de esos dos
procedimientos, indicando, por un lado,
el alcance "teológico" del sentido
literal, definido metódicamente (Enchiridion
biblicum, 251 ); por otro, afirmando
que, para que pueda ser reconocido como
sentido de un texto bíblico, el sentido
espiritual debe presentar garantías de
autenticidad. La simple inspiración
subjetiva no basta. Es preciso poder
mostrar que se trataba de un sentido
"querido por Dios mismo", de un
significado espiritual "dado por Dios"
al texto inspirado (Enchiridion biblicum,
552-553). La determinación del sentido
espiritual entra también, de este modo,
en el dominio de la ciencia exegética.
Comprobamos, pues, que a pesar de la
gran diversidad de dificultades que
tenían que afrontar, las dos Encíclicas
coinciden perfectamente en su nivel más
profundo. Ambas rechazan la ruptura
entre lo humano y lo divino, entre la
investigación científica y la mirada de
la fe, y entre el sentido literal y el
sentido espiritual. Aparecen, por tanto,
plenamente en armonía con el misterio de
la Encarnación.
II. Armonía entre la exégesis
católica y el misterio de la Encarnación
6. La Encíclica Divino Afflante Spiritu
ha expresado el vínculo estrecho que une
a los textos bíblicos inspirados con el
misterio de la Encarnación, con las
siguientes palabras: "Al igual que la
Palabra sustancial de Dios se hizo
semejante a los hombres en todo, excepto
en el pecado, así las palabras de Dios
expresadas en lenguas humanas, se han
hecho en todo semejantes al lenguaje
humano, excepto en el error" (Enchiridion
biblicum, 559). Recogida casi al pie de
la letra por la Constitución conciliar
Dei Verbum (n. 1 3), esta afirmación
pone de relieve un paralelismo rico de
significado.
Es verdad que la puesta por escrito de
las palabras de Dios, gracias al carisma
de la inspiración escriturística, fue un
primer paso hacia la encarnación del
Verbo de Dios. En efecto, estas palabras
escritas representaban un medio estable
de comunicación y comunión entre el
pueblo elegido y su único Señor. Por
otro lado, gracias al aspecto profético
de estas palabras, fue posible reconocer
el cumplimiento del designio de Dios,
cuando "el Verbo se hizo carne, y puso
su morada entre nosotros" (Jn 1,14).
Después de la glorificación celestial de
la humanidad del Verbo hecho carne,
también su paso entre nosotros queda
testimoniado de manera estable gracias a
las palabras escritas. Junto con los
escritos inspirados de la primera
alianza, los escritos inspirados de la
nueva alianza constituyen un medio
verificable de comunicación y comunión
entre el pueblo creyente y Dios, Padre,
Hijo y Espíritu Santo. Este medio no
puede, ciertamente, separarse del
manantial de vida espiritual que brota
del corazón de Jesús crucificado y se
propaga gracias a los sacramentos de la
Iglesia. Sin embargo, tiene su
consistencia: la consistencia de un
texto escrito, que merece crédito.
7. En consecuencia, las dos Encíclicas
exigen que los exégetas católicos estén
en plena armonía con el misterio de la
Encarnación, misterio de unión de lo
divino y lo humano en una existencia
histórica completamente determinada. La
existencia terrena de Jesús no se define
sólo a través de lugares y datos de
comienzos del siglo l en Judea y en
Galilea, sino también a través de sus
raíces en la larga historia de un
pequeño pueblo de la antigüedad en
Oriente Próximo, con sus debilidades y
su grandeza, con sus hombres de Dios y
sus pecadores, con su lenta evolución
cultural y sus avatares políticos, con
sus derrotas y sus victorias, y con sus
aspiraciones a la paz y al reino de
Dios. La Iglesia de Cristo toma en serio
el realismo de la Encarnación, y por eso
atribuye gran importancia al estudio
histórico-crítico de la Biblia. Lejos de
condenarlo, como querían los partidarios
de la exégesis mística, mis predecesores
lo aprobaron decididamente. "Artis
criticae disciplinam -escribió León XIII-,
quippe percipiendae penitus
hagiographorum sententiae perutilem,
Nobis vehementer probanti.bus, nostri (exegetae,
scilicet, catholici) excolant" (carta
apostólica Vigilantiae, para la
fundación de la Comisión Bíblica, 30 de
octubre de 1 902, Enchiridion biblicum,
142). La misma vehemencia en la
aprobación y el mismo adverbio (vehementer)
se encuentran en la Divino Afflante
Spiritu a propósito de las
investigaciones de crítica textual (Cf
Enchiridion biblicum, 548).
8. La Divino Afflante Spiritu, como es
sabido, recomendó especialmente a los
exégetas el estudio de los géneros
literarios utilizados en los libros
sagrados, llegando a decir que el
exégeta católico debe "convencerse de
que no puede descuidar esta parte de su
misión sin gran menoscabo de la exégesis
católica" (Enchiridion biblicum, 560).
Esta recomendación nace de la
preocupación por comprender el sentido
de los textos con la máxima exactitud y
precisión y, por tanto, en su contexto
cultural e histórico. Una idea falsa de
Dios y de la Encarnación lleva a algunos
cristianos a tomar una orientación
contraria. Tienden a creer que, siendo
Dios el Ser absoluto, cada una de sus
palabras tiene un valor absoluto,
independiente de todos los
condicionamientos del lenguaje humano.
No conviene, según ellos, estudiar estos
condicionamientos para hacer
distinciones que relativizarían el
alcance de las palabras. Pero eso
equivale a engañarse y rechazar, en
realidad, los misterios de la
inspiración escriturística y de la
Encarnación, ateniéndose a una noción
falsa del Ser absoluto. El Dios de la
Biblia no es un Ser absoluto que,
aplastando todo lo que toca, anula todas
las diferencias y todos los matices. Es,
más bien, el Dios creador, que ha creado
la maravillosa variedad de los seres de
cada especie, como dice y repite el
relato del Génesis (Cf Gn 1). Lejos de
anular las diferencias, Dios las respeta
y valora (Cf 1 Cor 12, 18.24.28). Cuando
se expresa en lenguaje humano, no da a
cada expresión un valor uniforme, sino
que emplea todos los matices posibles
con una gran flexibilidad, aceptando
también sus limitaciones. Esto hace que
la tarea de los exégetas sea tan
compleja, necesaria y apasionante. No
puede descuidarse ningún aspecto del
lenguaje. El progreso reciente de las
investigaciones lingüísticas, literarias
y hermenéuticas ha llevado a la exégesis
bíblica a añadir al estudio de los
géneros literarios otros puntos de vista
(retórico, narrativo y estructuralista).
Otras ciencias humanas, como la
psicología y la sociología, también han
dado su contribución. A todo esto puede
aplicarse la consigna que León XIII dio
a los miembros de la Comisión Bíblica:
"No consideren extraño a su campo de
trabajo ninguno de los hallazgos de la
investigación diligente de los modernos;
por el contrario, estén atentos para
poder adoptar sin demora todo lo útil
que cada momento aporta a la exégesis
bíblica" (Vigilantiae, Enchiridion
biblicum, 1 40). El estudio de los
condicionamientos humanos de la palabra
de Dios debe proseguir con interés
renovado incesantemente.
9. Este estudio, sin embargo, no basta.
Para respetar la coherencia de la fe de
la Iglesia y de la inspiración de la
Escritura, la exégesis católica debe
estar atenta a no limitarse a los
aspectos humanos de los textos bíblicos.
Es necesario, sobre todo, ayudar al
pueblo cristiano a captar más
nítidamente la palabra de Dios en estos
textos, de forma que los reciba mejor,
para vivir plenamente en comunión con
Dios. Para ello es preciso, desde luego,
que el exégeta mismo capte la palabra de
Dios en los textos, lo cual sólo es
posible si su trabajo intelectual está
sostenido por un impulso de vida
espiritual.
Si carece de este apoyo, la
investigación exegética queda
incompleta, pierde de vista su finalidad
principal y se limita a tareas
secundarias. Puede, incluso,
transformarse en una especie de evasión.
El estudio científico de los meros
aspectos humanos de los textos puede
hacer olvidar que la palabra de Dios
invita a cada uno a salir de sí mismo
para vivir en la fe y en la caridad.
La Encíclica Providentissimus Deus
recuerda, a este respecto, el carácter
particular de los libros sagrados y la
exigencia que de ello deriva para su
interpretación: "Los libros sagrados
-afirma- no pueden equipararse a los
escritos ordinarios, sino que, al haber
sido dictados por el mismo Espíritu
Santo y tener un contenido de suma
importancia, misterioso y difícil en
muchos aspectos, para comprenderlos y
explicarlos, tenemos siempre necesidad
de la venida del mismo Espíritu Santo,
es decir, de su luz y su gracia, que es
preciso pedir ciertamente con una
oración humilde y conservar con una vida
santa" (Enchiridion biblicum, 89). Con
una fórmula más breve, tomada de san
Agustín, la Divino Afflante Spiritu
expresa esa misma exigencia: "Orent ut
intellegant!
(Enchiridion biblicum, 569).
Sí, para llegar a una interpretación
plenamente válida de las palabras
inspiradas por el Espíritu Santo, es
necesario que el Espíritu Santo nos
guíe; y para esto, es necesario orar,
orar mucho, pedir en la oración la luz
interior del Espíritu y aceptar
dócilmente esta luz, pedir el amor,
única realidad que nos hace capaces de
comprender el lenguaje de Dios, que
"es amor" (1 Jn 4, 8.16). Incluso
durante el trabajo de interpretación, es
imprescindible que nos mantengamos, lo
más posible, en presencia de Dios.
10. La docilidad al Espíritu Santo
produce y refuerza otra disposición,
necesaria para la orientación correcta
de la exégesis: la fidelidad a la
Iglesia. El exégeta católico no alimenta
el equívoco individualista de creer que,
fuera de la comunidad de los creyentes,
se pueden comprender mejor los textos
bíblicos. Lo que es verdad es todo lo
contrario, pues esos textos no han sido
dados a investigadores individuales
"para satisfacer su curiosidad o
proporcionarles tema de estudio y de
investigación" (Divino Afflante Spiritu;
Enchiridion biblicum, 566); han sido
confiados a la comunidad de los
creyentes, a la Iglesia de Cristo, para
alimentar su fe y guiar su vida de
caridad. Respetar esta finalidad es
condición para la validez de la
interpretación. La Providentissimus Deus
recordó esta verdad fundamental y
observó que, lejos de estorbar la
investigación bíblica, respetar este
dato favorece su progreso auténtico (Cf
Enchiridion biblicum, 1 08-1 09). Es
consolador comprobar que los estudios
recientes de filosofía hermenéutica han
confirmado esta manera de ver y que
exégetas de diversas confesiones han
trabajado en una perspectiva análoga,
subrayando, por ejemplo, la necesidad de
interpretar cada texto bíblico como
parte del canon de las Escrituras
reconocido por la Iglesia, o estando
mucho más atentos a las aportaciones de
la exégesis patrística.
En efecto, ser fiel a la Iglesia
significa situarse resueltamente en la
corriente de la gran Tradición que, con
la guía del Magisterio, que cuenta con
la garantía de la asistencia especial
del Espíritu Santo, ha reconocido los
escritos canónicos como palabra dirigida
por Dios a su pueblo, y jamás ha dejado
de meditarlas y de descubrir su riqueza
inagotable. También el Concilio Vaticano
II lo ha afirmado: "Todo lo dicho sobre
la interpretación de la Escritura queda
sometido al juicio definitivo de la
Iglesia, que recibió de Dios el encargo
y el oficio de conservar e interpretar
la palabra de Dios" (Dei Verbum, 1 2).
Asimismo es verdad -como dice también el
Concilio, que cita una afirmación de la
Providentissimus Deus-, "a los exégetas
toca... ir penetrando y exponiendo el
sentido de la Sagrada Escritura, de modo
que con dicho estudio pueda madurar el
juicio de la Iglesia" (Dei Verbum, 12;
Cf Providentissimus Deus Enchiridion
biblicum, 109; "Ut, quasi praeparato
studio judicium Ecclesiae maturetur".
11. Para realizar mejor esta tarea
eclesial tan importante, los exégetas se
deben mantener cerca de la predicación
de la palabra de Dios, ya sea dedicando
una parte de su tiempo a este ministerio
ya sea relacionándose con quienes lo
ejercen y ayudándoles con publicaciones
de exégesis pastoral (Cf Divino Afflante
Spiritu, Enchiridion biblicum, 551 ).
Evitarán así, perderse en los caminos de
una investigación científica abstracta,
que los alejaría del sentido verdadero
de las Escrituras, pues este sentido no
puede separarse de su finalidad, que
consiste en poner a los creyentes en
relación personal con Dios.
CONCLUSIÓN
De cuanto ha sido dicho en el curso de
esta larga exposición -breve, sin
embargo, sobre numerosos puntos- la
primera conclusión que se sigue es que
la exégesis bíblica cumple, en la
Iglesia y en el mundo una tarea
indispensable. Querer prescindir de ella
para comprender la Biblia supondría una
ilusión y manifestaría una falta de
respeto por la Escritura inspirada.
Pretendiendo reducir los exégetas al
papel de traductores (o ignorando que
traducir la Biblia es ya hacer obra de
exégesis) y rehusando seguirlos mas
lejos en sus estudios, los
fundamentalistas no se dan cuenta de
que, por una muy loable preocupación de
completa fidelidad a la Palabra de Dios,
se lanza en realidad por caminos que los
alejan del sentido exacto de los textos
bíblicos, así como de la plena
aceptación de las consecuencias de la
encarnación. La Palabra eterna se ha
encarnado en una época precisa de la
historia, en un medio social y cultural
bien determinados. Quien desea
comprenderla, debe buscarla humildemente
allí donde se ha hecho perceptible,
aceptando la ayuda necesaria del saber
humano. Para hablar a hombres y mujeres,
desde el tiempo del Antiguo Testamento,
Dios utilizó todas las posibilidades del
lenguaje humano; pero al mismo tiempo,
debió someter su palabra a todos los
condicionamientos de ese lenguaje. El
verdadero respeto por la Escritura
inspirada exige que se cumplan los
esfuerzos necesarios para que se pueda
captar bien su sentido. No es posible,
ciertamente, que cada cristiano haga
personalmente las investigaciones de
todo género que permiten comprender
mejor los textos bíblicos. Esta tarea es
confiada a los exégetas, responsables,
en ese sector del bien de todos.
Una segunda conclusión es que la
naturaleza misma de los textos bíblicos
exige que, para interpretarlos, se
continúe empleando el método
histórico-crítico, al menos en sus
operaciones principales. La Biblia, en
efecto, no se presenta como una
revelación directa de verdades
atemporales, sino como el testimonio
escrito de una serie de intervenciones
por las cuales Dios se revela en la
historia humana. A diferencia de
doctrinas sagradas de otras religiones,
el mensaje bíblico está sólidamente
enraizado en la historia. Los escritos
bíblicos no pueden, por tanto, ser
correctamente comprendidos sin un examen
de sus condicionamientos históricos. Las
investigaciones "diacrónicas" serán
siempre indispensables a la exégesis.
Cualquiera que sea su interés, los
acercamientos "sincrónicos" no están en
grado de reemplazarlas. Para funcionar
de modo fecundo, deben aceptar las
conclusiones de aquéllas, al menos en
sus grandes líneas.
Pero, una vez cumplida esta condición,
los acercamientos sincrónicos (retórico,
narrativo, semiótico y otros) son
susceptibles de renovar en parte la
exégesis y de aportar una contribución
muy útil. El método histórico-crítico,
en efecto, no puede pretender el
monopolio. Debe tomar conciencia de sus
límites y de los peligros que lo
amenazan. El desarrollo reciente de
hermenéuticas filosóficas, y por otra
parte, las observaciones que hemos
podido hacer sobre la interpretación en
la Tradición bíblica y en la Tradición
de la Iglesia, han arrojado luz sobre
diversos aspectos del problema de la
interpretación, que el método
histórico-crítico tenía tendencia a
ignorar. Preocupados en efecto, de fijar
exactamente el sentido de los textos
situándolos en su contexto histórico de
origen, este método se manifiesta a
veces insuficientemente atento al
aspecto dinámico del significado y a los
posibles desarrollos del sentido. Cuando
no llega hasta el estudio de la
redacción, sino que se absorbe
completamente en los problemas de
fuentes y de estratificación de los
textos, no cumple completamente la tarea
exegética.
Por fidelidad a la gran Tradición, de la
cual la Biblia misma es un testigo, la
exégesis católica debe evitar, en cuanto
sea posible, ese género de deformación
profesional y mantener su identidad de
disciplina teológica, cuya finalidad
principal es la profundización de la fe.
Esto no significa un menor compromiso en
la más rigurosa investigación
científica, ni la manipulación de los
métodos por preocupaciones apologéticas.
Cada sector de la investigación (crítica
textual, estudios lingüísticos, análisis
literarios, etc.) tiene sus reglas
propias, que es necesario seguir con
toda autonomía. Pero ninguna de estas
especialidades es el fin en sí misma. En
la organización de la tarea exegética,
la orientación hacia el fin principal
debe ser siempre efectiva, evitando
pérdidas de energía. La exégesis
católica no tiene el derecho de
asemejarse a una corriente de agua que
se pierde en la arena de un análisis
hipercrítico. Tiene que cumplir, en la
Iglesia y en el mundo, una función
vital, la de contribuir a una trasmisión
más auténtica del contenido de la
Escritura inspirada.
A esta finalidad se dirigen sus
esfuerzos, en unión con la renovación de
las otras disciplinas teológicas y con
el trabajo pastoral de actualización y
de inculturación de la Palabra de Dios.
Examinando la problemática actual, y
expresando algunas reflexiones sobre
este tema, la presente exposición espera
facilitar, una más clara toma de
conciencia de todos, acerca de la tarea
de los exégetas católicos.
Roma, 15 de abril de 1993
ÍNDICE
Introducción
I. De la "Providentissimus Deus" a la
"Divino Afflante Spiritu
II. Armonía entre la exégesis católica y
el misterio de la Encarnación
III. El nuevo documento de la Pontificia
Comisión Bíblica
Conclusión
Prefacio del Cardenal J. Ratzinger
Introducción
A) Problemática actual
B) La finalidad de este documento
I. Métodos y acercamientos para la
interpretación
A) Método histórico-crítico
1. Historia del método
2. Principios
3. Descripción
4. Evaluación
B) Nuevos métodos de análisis literario
1. Análisis retórico
2. Análisis narrativo .
3. Análisis semiótico
C) Acercamientos basados sobre la
Tradición
1. Acercamiento canónico
2. El recurso a las tradiciones judías
de interpretación.
3. La historia de los efectos del texto
.
D) Acercamientos por las ciencias
humanas.
1. Acercamiento sociológico.
2. Acercamiento por la antropología
cultural.
3. Acercamientos psicológicos y
psicoanalíticos.
E) Acercamientos contextuales
1. Acercamiento liberacionista
2. Acercamiento feminista
F) Lectura fundamentalista
II. Cuestiones de hermenéutica
A) Hermenéuticas filosóficas
1. Perspectivas modernas
2. Utilidad para la exégesis
B) Sentidos de la Escritura inspirada
1. Sentido literal
2. Sentido espiritual
4. Sentido pleno
III. Dimensiones características de la
interpretación católica
A) La interpretación en la Tradición
bíblica
1. Relecturas
2. Relaciones entre el Antiguo y el
Nuevo Testamento
3. Algunas conclusiones
B) La interpretación en la Tradición de
la Iglesia
1. Formación del Canon
2 Exégesis patrística
3. Papel de los diferentes miembros de
la Iglesia en la interpretación
C) La tarea del exégeta
1. Orientaciones principales
2. Investigación
3. Enseñanza
4. Publicaciones
D) Relaciones con las otras disciplinas
teológicas
1. Teología y precomprensión de los
textos bíblicos.
2. Exégesis y teología dogmática
3. Exégesis y teología moral
4. Puntos de vista diferentes e
interacción necesaria
IV. Interpretación de la Biblia en la
vida de la Iglesia
A) Actualización
1. Principios
2. Métodos
3. Límites
B) Inculturación
C) Uso de la Biblia
1 En la liturgia
2. La Lectio Divina
3. En el ministerio pastoral
4. En el ecumenismo
Conclusión
NOTAS
1 Traducción española de L"Osservatore
Romano. Edición semanal en lengua
española, 30 de abril de 1993, págs. 5 y
6. El discurso fue pronunciado en
francés.
2 3 Por el "método" exegético
comprendemos un conjunto de
procedimientos científicos puestos en
acción para explicar los textos.
Hablamos de "acercamiento" cuando se
trata de
una búsqueda orientada según un punto de
vista particular.
4 El texto de este último párrafo fue
aprobado por 11 votos favorables sobre
19; 4 votos fueron contrarios, y hubo 4
abstenciones. Los que se oponían al
texto pidieron que con el texto fuera
publicado el resultado de la votación, a
lo cual la Comisión se comprometió.
5 La hermenéutica de la Palabra
desarrollada por Gerhard Ebeling y Ernst
Fuchs parten de otro acercamiento y
suponen otro campo de pensamiento. Se
trata de una teología hermenéutica más
que de una filosofía hermenéutica.
Ebeling está de acuerdo, sin embargo,
con autores como Bultmann y Ricoeur para
afirmar que la Palabra de Dios no
encuentra plenamente su sentido sino
cuando alcanza a aquéllos a quienes se
dirige.
RELACIONADOS:
AÑO JUBILAR PAULINO 2008
ESCATOLOGÍA