La Palabra
Meditación del Santo Padre
Benedicto XVI
durante la celebración de la hora tercia
en el Aula del Sínodo
XII Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos
16 de Octubre de 2008
Queridos hermanos en el
episcopado;
queridos hermanos y hermanas:
Al inicio de nuestro Sínodo
la liturgia de las Horas nos propone un
pasaje del gran Salmo 118 sobre la Palabra
de Dios: un elogio de esta Palabra,
expresión de la alegría de Israel por poder
conocerla y, en ella, poder conocer su
voluntad y su rostro. Quiero meditar con
vosotros algunos versículos de este pasaje
del Salmo.
Comienza así: "In aeternum,
Domine, verbum tuum constitutum est in caelo...
Firmasti terram, et permanet". Se habla
de la solidez de la Palabra. Es sólida, es
la verdadera realidad sobre la cual podemos
fundar nuestra vida. Recordemos las palabras
de Jesús que sigue esas palabras del Salmo:
"Los cielos y la tierra pasarán, pero mi
palabra no pasará jamás". En realidad,
humanamente hablando, la palabra, nuestra
palabra humana casi no es nada, es un
suspiro. En cuanto es pronunciada,
desaparece. Parece que no es nada.
Pero la palabra humana tiene
ya una fuerza increíble. Son las palabras
que luego crean la historia; son las
palabras que dan forma a los pensamientos,
los pensamientos de los cuales viene la
palabra. Es la palabra que forma la
historia, la realidad.
Con mayor razón, la Palabra
de Dios es el fundamento de todo, es la
verdadera realidad. Y, para ser realistas,
debemos contar precisamente con esta
realidad. Debemos cambiar nuestra idea de
que la materia, las cosas sólidas, que se
tocan, serían la realidad más sólida, más
segura. Al final del Sermón de la Montaña el
Señor nos habla de las dos posibilidades de
construir la casa de nuestra vida: sobre
arena o sobre roca. Sobre arena construye
quien construye sólo sobre las cosas
visibles y tangibles, sobre el éxito, sobre
la carrera, sobre el dinero. Aparentemente
estas son las verdaderas realidades. Pero
todo esto un día pasará. Lo vemos ahora en
la caída de los grandes bancos: este dinero
desaparece, no es nada.
Así, todas estas cosas, que
parecen la verdadera realidad con la que
podemos contar, son realidades de segundo
orden. Quien construye su vida sobre estas
realidades, sobre la materia, sobre el
éxito, sobre todo lo que es apariencia,
construye sobre arena. Únicamente la Palabra
de Dios es el fundamento de toda la
realidad, es estable como el cielo y más que
el cielo, es la realidad. Por eso, debemos
cambiar nuestro concepto de realismo.
Realista es quien reconoce en la Palabra de
Dios, en esta realidad aparentemente tan
débil, el fundamento de todo. Realista es
quien construye su vida sobre este
fundamento que permanece siempre. Así, estos
primeros versículos del Salmo nos invitan a
descubrir qué es la realidad y a encontrar
de esta manera el fundamento de nuestra
vida, cómo construir la vida.
En el versículo siguiente se
lee: "Omnia serviunt tibi". Todas las
cosas vienen de la Palabra, son un producto
de la Palabra. "Al principio era la
Palabra". Al principio el cielo habló. Así,
la realidad nace de la Palabra, es
"creatura Verbi". Todo es creado por la
Palabra y todo está llamado a servir a la
Palabra. Esto quiere decir que toda la
creación, en definitiva, está pensada para
crear el lugar de encuentro entre Dios y su
criatura, un lugar donde el amor de la
criatura responda al amor divino, un lugar
en el que se desarrolle la historia del amor
entre Dios y su criatura.
"Omnia serviunt tibi".
La historia de la salvación no es un
acontecimiento insignificante, en un planeta
pobre, en la inmensidad del universo. No es
una cosa mínima, que sucede por casualidad
en un planeta perdido. Es el móvil de todo,
el motivo de la creación. Todo es creado
para que exista esta historia, el encuentro
entre Dios y su criatura. En este sentido,
la historia de la salvación, la alianza,
precede la creación. En el período
helenístico, el judaísmo desarrolló la idea
de que la Torá habría precedido la
creación del mundo material. Este mundo
material habría sido creado sólo para dar
lugar a la Torá, a esta Palabra de
Dios que crea la respuesta y se convierte en
historia de amor.
Aquí aparece ya de forma
misteriosa el misterio de Cristo. Es lo que
nos dicen las cartas a los Efesios y a los
Colosenses: Cristo es el prototipo,
la primicia de la creación, la idea por la
cual es concebido el universo. Él acoge
todo. Nosotros entramos en el movimiento del
universo cuando nos unimos a Cristo. Se
puede decir que, mientras la creación
material es la condición para la historia de
la salvación, la historia de la alianza es
la verdadera causa del cosmos. Llegamos a
las raíces del ser llegando al misterio de
Cristo, a su palabra viva, que es el fin de
toda la creación. "Omnia serviunt tibi".
Sirviendo al Señor, realizamos el objetivo
del ser, el objetivo de nuestra propia
existencia.
Demos ahora un paso más:
"Mandata tua exquisivi". Nosotros
estamos siempre en busca de la Palabra de
Dios. Esta Palabra no está simplemente
presente en nosotros. Si nos quedamos en la
letra, entonces no hemos comprendido
realmente la Palabra de Dios. Existe el
peligro de que sólo veamos las palabras
humanas y no encontremos dentro al verdadero
actor, el Espíritu Santo. No encontramos en
las palabras la Palabra.
San Agustín, en este
contexto, nos recuerda a los escribas y a
los fariseos consultados por Herodes en el
momento de la llegada de los Magos. Herodes
quiere saber dónde debía nacer el Salvador
del mundo. Ellos lo saben, dan la respuesta
correcta: en Belén. Son grandes
especialistas, que conocen todo. Y, sin
embargo, no ven la realidad, no conocen al
Salvador. San Agustín dice: indican el
camino a los demás, pero ellos mismos no se
mueven. Este es un gran peligro también en
nuestra lectura de la Escritura: nos
quedamos en las palabras humanas, palabras
del pasado, historia del pasado, y no
descubrimos el presente en el pasado, el
Espíritu Santo que nos habla hoy en las
palabras del pasado. De esta manera no
entramos en el movimiento interior de la
Palabra, que en palabras humanas esconde y
abre las palabras divinas. Por esto siempre
necesitamos el "exquisivi". Debemos
buscar la Palabra en las palabras.
Así pues, la exégesis, la
verdadera lectura de la Sagrada Escritura,
no es solamente un fenómeno literario, no es
sólo la lectura de un texto. Es el
movimiento de mi existencia. Es moverse
hacia la Palabra de Dios en las palabras
humanas. Sólo cuando nos conformamos al
misterio de Dios, al Señor que es la
Palabra, podemos entrar en el interior de la
Palabra, podemos encontrar verdaderamente en
palabras humanas la Palabra de Dios. Oremos
al Señor para que nos ayude a buscar no sólo
con el intelecto, sino con toda nuestra
existencia, para encontrar la palabra.
Al final: "Omni
consummationi vidi finem, latum praeceptum
tuum nimis". Todas las cosas humanas,
todas las cosas que nosotros podemos
inventar, crear, son finitas. Incluso todas
las experiencias religiosas humanas son
finitas, muestran un aspecto de la realidad,
porque nuestro ser es finito y comprende
siempre sólo una parte, algunos elementos: "latum
praeceptum tuum nimis". Sólo Dios es
infinito. Por eso, también su Palabra es
universal y no tiene fronteras. Así pues, al
entrar en la Palabra de Dios, entramos
realmente en el universo divino. Salimos de
la limitación de nuestras experiencias y
entramos en la realidad que es
verdaderamente universal. Al entrar en la
comunión con la Palabra de Dios, entramos en
la comunión de la Iglesia que vive la
Palabra de Dios. No entramos en un pequeño
grupo, en la regla de un pequeño grupo, sino
que salimos de nuestros límites. Salimos
hacia el espacio abierto, en la verdadera
amplitud de la única verdad, la gran verdad
de Dios. Estamos realmente en lo universal.
Así salimos a la comunión de
todos los hermanos y hermanas, de toda la
humanidad, porque en nuestro corazón se
esconde el deseo de la Palabra de Dios, que
es una. Por eso, incluso la evangelización,
el anuncio del Evangelio, la misión, no son
una especie de colonialismo eclesial con el
que queremos integrar a los demás en nuestro
grupo. Es salir de los límites de cada
cultura para entrar en la universalidad que
nos relaciona a todos, que une a todos, que
nos hace a todos hermanos. Oremos de nuevo
para que el Señor nos ayude a entrar
realmente en la "amplitud" de su Palabra, de
forma que nos abramos al horizonte universal
de la humanidad, el que nos une a pesar de
todas las diversidades.
Al final volvemos a un
versículo anterior: "Tuus sum ego: salvum
me fac". El texto italiano traduce: "Yo
soy tuyo". La Palabra de Dios es como una
escalera con la que podemos subir y, con
Cristo, también bajar a la profundidad de su
amor. Es una escalera para llegar a la
Palabra en las palabras. "Yo soy tuyo". La
palabra tiene un rostro, es persona, Cristo.
Antes de que podamos decir "Yo soy tuyo", él
ya nos ha dicho "Yo soy tuyo". La carta a
los Hebreos, citando el Salmo 39, dice: "En
cambio, me has preparado un cuerpo...
Entonces dije: He aquí que vengo". El Señor
se ha hecho preparar un cuerpo para venir.
Con su encarnación dijo: "Yo soy tuyo". Y en
el bautismo me dijo: "Yo soy tuyo". En la
sagrada Eucaristía lo dice siempre de nuevo:
"Yo soy tuyo", para que nosotros podamos
responder: "Señor, yo soy tuyo". En el
camino de la Palabra, al entrar en el
misterio de su encarnación, de su ser con
nosotros, queremos apropiarnos de su ser,
queremos expropiarnos de nuestra existencia,
dándonos a él que se nos ha dado a nosotros.
"Yo soy tuyo". Oremos al
Señor para poder aprender con toda nuestra
existencia a decir estas palabras. Así
estaremos en el corazón de la Palabra. Así
seremos salvados. □
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