Vivir la Palabra
Autor: Ramiro Pellitero
Fuente:
www.religionenlibertad.com, 6-X-2008)
Arvo.net, 6-X-2008
Quien escucha la Palabra de Dios y la vive,
nota que no le cabe dentro. A pesar de las
dificultades actuales –ha dicho este domingo
5 de octubre Benedicto XVI en la homilía
inaugural del Sínodo–, siempre habrá
“labradores” de la viña de Dios (ojalá
estemos entre ellos), que respondan
generosamente. Para eso, hay que conocer y
vivir la Palabra, y anunciarla con
esperanza, alegría y sin componendas, con
inteligencia y corazón.
Sobre esto trata el documento de trabajo del
Sínodo. El texto se divide en tres partes.
Cada una de ellas responde al título del
Sínodo mismo: la Palabra de Dios (1) en la
vida (2) y en la misión de la Iglesia (3).
En primer lugar, la Palabra de
Dios. Se comunica a los hombres sobre
todo en Jesús de Nazaret, Palabra eterna de
Dios hecha carne y vida humana. Ya antes,
Dios crea las cosas por su palabra y su
amor; especialmente a las personas, con la
capacidad para entrar en diálogo con Él y
entre sí. Además, Dios deja su Palabra en
las Escrituras, que son por ello palabra
viva y actual. Y hoy, por la acción del
Espíritu Santo, la misma Palabra de Dios se
hace también vida en el anuncio de la fe, el
culto y la vida cristiana.
Es cierto que no faltan “lecturas”
inadecuadas de la Palabra de Dios
(fundamentalistas, ideologizadas,
subjetivistas, faltas de sentido espiritual,
etc.). Pero de por sí, esa Palabra sigue
siendo eficaz cuando se la escucha con
serena confianza, sobre todo en la oración.
“Quien escucha –dice el documento– busca en
sí mismo un espacio para que el otro pueda
habitar en él; aquél que escucha se abre con
confianza al otro que habla”. En efecto, y
en este caso el “otro” es nada menos que
Dios. Nos comunica la verdad de su amor, con
el fin de que nuestra vida se convierta,
para otros, en “palabra” y de esa misma
verdad. Por eso dice San Ambrosio que todo
cristiano que cree, concibe y genera el
Verbo de Dios. Y de esta manera, la Palabra
de Dios es al mismo tiempo comunicación de
verdad, estímulo para la conversión, guía
para saborear la realidad, impulso para
hacerla vida, fuente de consuelo y
esperanza. ¿Cómo escuchamos esa Palabra?
¿Comenzamos por meditar asiduamente los
Evangelios? ¿Hacemos nuestras las lecturas
que escuchamos en la Misa?
En segundo lugar, la Palabra de
Dios es –debe ser cada vez más– vida para
los cristianos. Es alimento esencial de
la predicación y la catequesis. Se hace vida
para nosotros por medio de la Eucaristía y
al mismo tiempo pide que ese pan de vida “se
transforme también en pan material, es
decir, conduzca a ayudar a los pobres y a
los que sufren”.
La Palabra se hace vida a
condición de que se la escuche y contemple:
“Este mundo exige personalidades
contemplativas, atentas, críticas y
valientes”, capaces de vencer la rutina y el
aburguesamiento. “El Evangelio –en términos
de Benedicto XVI– es una comunicación que
comporta hechos y cambia la vida”. La
Palabra cambia la vida desde el corazón.
Lleva a combatir las palabras falsas, los
pensamientos egoistas, las conductas
hostiles.
Tercero y último,
la Palabra de Dios impulsa a la misión.
Quien la escucha y la vive, nota que no le
cabe dentro. Por encima de los obstáculos
para proclamar y testimoniar hoy esta
Palabra (el relativismo y el secularismo, la
falta de conocimientos, etc.), brilla su
potencia como fuente de conversión y de
justicia, de esperanza, de fraternidad y de
paz. De modo que San Agustín puede decir:
“Quien cree haber comprendido las
Escrituras… sin empeñarse en construir, con
el entendimiento de las mismas, este doble
amor a Dios y al prójimo, demuestra no
haberlas aún comprendido”. Los fieles
laicos, precisamente por su fidelidad a la
Palabra, están “llamados a hacer que
resplandezca la novedad y la fuerza del
Evangelio en su vida cotidiana, familiar y
social”.
La Palabra de Dios es, ante
todo, una gracia. Una gracia que, según el
Papa, no envejece ni se agota; que es capaz
de superar nuestra sordera para escuchar
aquello que no coincide con nuestros
prejuicios y nuestra opiniones. Por eso es
fuente de espiritualidad, diálogo y cultura.
Poco antes del final se cita a
San Máximo el Confesor: “Las palabras de
Dios, si son simplemente pronunciadas, no
son escuchadas, porque no tienen como voz la
praxis –la vida– de aquellos que las dicen.
Si, por el contrario, son pronunciadas junto
con la práctica de los mandamientos,
entonces tienen el poder, con esta voz, de
hacer desaparecer los demonios y de impulsar
a los hombres a edificar el templo divino
del corazón con el progreso en las obras de
justicia”. Nuestra conducta se hace, cada
día, voz y vida de la Palabra.
Ramiro
Pellitero,
Instituto Superior de Ciencias Religiosas,
Universidad de Navarra