Autor:
Alejandro Llano
*
En: Nuestro
Tiempo,
nº 580
La respuesta de René Girard
LA PIEZA DOCTRINAL CLAVE de este
pensador es la teoría del deseo
mimético, según la cual los deseos
humanos más relevantes desde un
punto de vista antropológico,
cultural y religioso no suelen ser
naturales y espontáneos, sino
aprendidos de otros, imitados de
otros. A mi juicio, este
planteamiento reviste hoy la máxima
actualidad, porque pone en tela de
juicio el papel incuestionado que la
filosofía posmoderna del
estructuralismo tardío concede a una
concepción unívoca y omnipresente
del deseo. Se podría decir,
irónicamente, que Girard
lleva a cabo una auténtica
deconstrucción del deseo.
Pues bien, el origen de este modo de
pensar es aparentemente modesto. Así
nos lo presenta el propio
Girard : "Mi teoría del
deseo mimético procede de textos
literarios. No se trata de una
metodología en el sentido usual del
término; mi teoría no apela a una
disciplina extraliteraria
supuestamente "científica" para
elevarse a priori por
encima de todos los textos
literarios. Sin embargo, esta teoría
no fue elaborada en el vacío; su
elaboración fue literaria en el
sentido de que, por lo menos que yo
sepa, los únicos textos que alguna
vez descubrieron el deseo mimético y
exploraron algunas de sus
consecuencias son textos literarios.
No estoy hablando aquí de todos los
textos literarios, de la literatura
per se , sino que me
refiero a un número relativamente
pequeño de obras. En esas obras las
relaciones humanas se ajustan al
complejo proceso de estrategias y
conflictos, de malentendidos y
alucinaciones, que derivan de la
naturaleza mimética del deseo
humano. Implícitamente y a veces
explícitamente, esas obras revelan
las leyes del deseo mimético".
En varios de sus libros, pero
especialmente en uno de los
primeros, Mentira romántica y
verdad novelesca (1961),
examina un conjunto de obras clave
de la literatura universal, cuyos
personajes centrales se ven
dominados por el "deseo mimético".
El primero que comparece es,
significativamente, don Quijote.
"Don Quijote ha renunciado, a favor
de Amadís, a la prerrogativa
fundamental del individuo: ya no
elige los objetos de su deseo; es
Amadís quien debe elegir por él. El
discípulo se precipita hacia los
objetos que le designa, o parece
designarle, el modelo de toda
caballería. Denominaremos a este
modelo el mediador del deseo
. La existencia caballeresca es
la imitación de Amadís".
El caso de El Quijote
En lugar del esquema
lineal-propuesto por el
romanticismo-, lo que tenemos en
buena parte de las mayores obras
literarias es el esquema triangular.
Don Quijote es una víctima típica
del deseo triangular o mimético, en
el que el modelo se interpone entre
el sujeto y el objeto. A su vez, don
Quijote hace de mediador respecto a
Sancho Panza, que progresivamente
pierde también el sentido de lo real
y saca sus deseos del Otro. El
querer del Uno se alimenta del
querer del Otro, que a su vez
aumenta su propio deseo al verlo
medrar en el primero, de manera que
se va creando una espiral del deseo
que asciende hasta el paroxismo y se
extiende indefinidamente como una
especie de red.
Sin entrar ahora en
Shakespeare , a quien
Girard dedicará un
libro entero, señalaré que el caso
de El Quijote es doblemente
paradigmático porque se trata de una
obra de ficción cuyo protagonista
principal está, a su vez, mediado
por la lectura de otras obras de
ficción. Esta "función seminal de la
literatura" en el deseo mimético
encuentra otro caso típico en las
novelas de Gustave Flaubert
, muy especialmente en
Madame Bovary . La provinciana
Emma Bovary alimenta su deseo con
las heroínas de novela sentimentales
mediocres y con la lectura de
relatos enfáticos del "gran mundo"
que le llegan a través de lo que
entonces vendría a corresponder a
las actuales revistas "del corazón".
Toda sensatez y espontaneidad quedan
destruidas en ella desde la
adolescencia. Y se crea así un
patrón que, como el quijotismo, ha
llegado a tener un alcance
universal. Es el bovarysmo
, que se puede descubrir en casi
todos los personajes de
Flaubert , y que -de
acuerdo con Jules de
Gaultier - podría
describirse así: "Una misma
ignorancia, una misma
inconsistencia, una misma falta de
reacción individual parecen
destinarlos a obedecer la sugestión
del medio exterior a falta de una
sugestión surgida de dentro". Para
conseguir su fin, que es el de
"concebirse de manera distinta a
como son", los caracteres
flaubertianos se proponen un
"modelo" e "imitan del personaje que
han decidido ser todo lo que es
posible imitar, todo lo externo,
toda la apariencia, el gesto, la
entonación, la indumentaria".
Estamos ante formas extremas de lo
que empieza entonces a llamarse
esnobismo, patética actitud de
pretender comportarse con una
elegancia que no se posee y que
encuentra un excelente retrato
actual en la novela de Luis
Landero titulada Juegos
de la edad tardía (Tusquets
Editores, 1989).
En Stendhal , los
modelos vienen aportados sobre todo
por la historia. El personaje
central de Rojo y negro ,
Julien Sorel, imita a
Napoleón , a quien admira
también Fabricio del Dongo, el héroe
de La cartuja de Parma . El
deseo triangular adquiere ahora la
forma de la vanidad y se multiplican
los pares de rivales, como el caso
de Madame de Rênal y Mathilde de la
Mole, Valenod y Monsieur Rênal, en
Rojo y negro , o la duquesa
de Sanseverina y Clelia Conti, así
como el conde Mosca de la Rovere y
el propio Fabricio del Dongo, en
La cartuja de Parma .
Otro rasgo característico de
Stendhal es que sus
personajes saben en el fondo de su
conciencia que su salvación es
imposible fuera del cristianismo.
Pero su ambición y su vanidad, así
como una visión deformada de la
Iglesia Católica, les impiden vivir
una existencia religiosa, con la que
significativamente tanto Julien como
Fabricio se han comprometido al
seguir la carrera eclesiástica.
También resulta relevante que los
únicos tramos auténticos de su
conducta acontezcan en la cercanía
de su muerte, una vez que se ha
derrumbado su vanidad y se ha
manifestado la insensatez de sus
pretensiones sentimentales: Sorel es
ejecutado y Del Dongo muere en la
Cartuja; sus respectivas amantes,
ambas mujeres casadas y piadosas
dentro de su debilidad, les
sobreviven poco tiempo.
La mejor narrativa novelesca
Frente a las ilusiones del
romanticismo, la mejor narrativa
novelesca se caracteriza por su
realismo, que no se retrae de
reflejar el carácter conflictivo y
hasta violento de la existencia
cotidiana, la índole pervasiva de la
envidia y los celos, la trayectoria
tortuosa del deseo, el
entreveramiento de generosidad y
miseria que todos los hombres y
mujeres descubren en sus propias
vidas a poco que las examinen. Se
podría decir, paradójicamente, que
se trata de un realismo de lo
ilusorio, porque el deseo mimético
que no falta en ninguno de nosotros
puebla nuestras vidas de sueños,
aspiraciones y temores que llegan a
hacer indiscernibles las ficciones y
los hechos. No es extraño, entonces,
que la conversión, la vuelta a la
verdad, se produzca precisamente a
la hora de la muerte o, en todo
caso, "al final de la aventura". Don
Quijote vuelve a ser el primer
paradigma. Pero, además de los ya
mencionados Julien Sorel y Fabricio
del Dongo, nos encontramos también
con Raskolnikov, en Crimen y
castigo , y el propio Marcel
Proust en En la búsqueda del
tiempo perdido , verdadero
tesoro antropológico donde se leen
en un momento clave estas palabras
de su narrador: "Y entendí que todos
estos materiales para una obra
literaria no eran sino mi vida
pasada".
No faltan los críticos,
especialmente los de sesgo
romántico, que ven en estos finales
(nada edulcorados, por cierto) una
trampa inconsecuente con la dureza
de la trama. Pero tales reacciones,
como Girard señala
en contextos muy diversos entre sí,
expresan más bien el prejuicio
antimetafísico y selectivamente
contrario al cristianismo típico de
un materialismo contemporáneo que no
reconoce más modelo que el de una
ciencia positiva cuyo método habría
de servir incluso para una presunta
"ciencia de la literatura", marcada
por su cerrazón a cualquier
dimensión trascendente.
Un caso especialmente paradójico es
el de Marcel Proust
. En su obra cumbre, En la
búsqueda del tiempo perdido ,
no se habla prácticamente nunca de
Dios o de la religión. Pero
constituye una narración penetrada
de sentido místico, que se hace
patente en el vuelco que experimenta
Marcel en el último volumen de la
novela, cuyo título es El tiempo
recobrado . Después de un largo
periodo de enfermedades y
hospitalización, en el que se ha
separado de la vida social parisina,
el narrador acude de manera casual a
una recepción ofrecida por los
príncipes de Guermantes. Y es en los
momentos en que se va acercando a su
mansión cuando una serie de
impresiones sin aparente importancia
van estableciendo un parangón entre
la situación actual y momentos del
tiempo pasado. Tal analogía, que
roza la identidad, le hace descubrir
dos conceptos inequívocamente
metafísicos: la esencia común a los
casos particulares semejantes, y la
eternidad que la presencia de estas
constantes ontológicas introduce en
el curso del tiempo. Marcel, que
siempre ha intentado dedicarse a la
literatura sin tener decisión ni
fuerzas para llevar a la práctica
esa inclinación suya, palpa ahora la
hacedera realidad de su vocación
literaria que le salvará de la
dispersión y de la vaciedad en la
que había vivido.
Cuando se es un obstáculo
para el otro
La riqueza de resultados de sus
indagaciones en teoría de la
literatura conduce a René
Girard hacia una
confrontación con los planteamientos
de la etnología de la ciencia de las
religiones. La obra clave de esta
segunda andadura es La violencia
y lo sagrado (1972).
El deseo mimético desemboca
frecuentemente en violencia. Como el
mismo objeto es deseado por dos
sujetos, o por más, la
insatisfacción de algunos de ellos
resulta inevitable. Más allá de
cierto umbral de frustración, los
antagonistas no se contentan ya con
los objetos que se disputan.
Mutuamente exasperados, cada uno de
ellos se convierte en un obstáculo,
en un escándalo, para los demás. Los
rivales miméticos -especialmente si
componen un doble, como sucede en el
caso de los gemelos o de un par de
amantes de la misma persona -olvidan
el objeto de su discordia y se
vuelven, rabiosos, unos contra
otros. Cada uno de ellos se
encarniza con su rival mimético.
Y si al principio los antagonistas
ocupan posiciones fijas en el
interior de los conflictos cuyo
encarnizamiento asegura su
estabilidad, cuanto más se obstinan,
más los va transformando el proceso
de los escándalos en una masa de
seres intercambiables. Los impulsos
miméticos, al no encontrar ya en esa
masa homogénea obstáculo alguno, se
propagan a toda velocidad. Evolución
que favorece los cambios súbitos de
opinión y, por tanto, los cambios de
rivalidad más extraños, así como las
alianzas más inesperadas. Los
escandalizados se alejan de su
adversario inicial, del que parecían
inseparables, para adoptar el
escándalo de sus vecinos, hasta el
momento en el que toda la sociedad
se moviliza contra un solo
individuo.
Y este es para Girard
, lo adelanto ya, el caso
de Jesús de Nazareth
en las horas que preceden a
su Pasión. La Cruz, como dice
San Pablo , es el
escándalo por excelencia, y el
propio Jesús había
anunciado: "Para todos vosotros seré
motivo de escándalo".
Estamos ante el fenómeno de la
violencia sagrada. La universalidad
del antagonismo mimético conduce a
todas las sociedades en las que
todavía no existe un sistema
jurídico perfeccionado a seleccionar
una víctima propiciatoria sobre la
que sea posible descargar las culpas
que supuestamente se encuentran en
la base de la violencia
generalizada. En la inmolación de
esa víctima, en su sacrificio, ha de
participar -real o simbólicamente-
todo el pueblo, para que todos sus
miembros queden purificados por la
acción sacrificial. Su ejecución o
expulsión de la comunidad es como un
mecanismo de descarga social que
abre un ciclo de conciliación y de
paz. Como la causa de tal
pacificación ha sido la víctima
inmolada, con frecuencia se la acaba
sacralizando e incluso divinizando,
con lo que se da origen a ritos de
actualización de su protección
benéfica y, en definitiva, a mitos
fundacionales o, al menos,
idiosincrásicos, propios de esa
comunidad determinada.
Los mitos comienzan casi siempre por
un estado de extremo desorden, un
caos tras el cual se descubre a
menudo una especie de
desorganización o inconclusión, en
la comunidad, en la naturaleza e
incluso en el cosmos. A menudo, lo
que quiebra la paz es una epidemia o
peste mal definida, como en el caso
de Edipo rey , la tragedia
de Sófocles ,
paradigmática en tantos sentidos
hasta el día de hoy, especialmente a
través del psicoanálisis. Puede
tratarse asimismo de desastres como
hambres, inundaciones, sequías
destructoras y otras catástrofes
naturales. Pero siempre y en todas
partes la situación inicial puede
resumirse como una crisis que para
la comunidad y su sistema cultural
supone un peligro de destrucción. Y
esta crisis casi siempre se resuelve
por la violencia que, incluso cuando
no es colectiva, tiene en todo caso
repercusiones colectivas. Siempre
hay alusión a un mimetismo
conflictivo y disgregador antes de
la violencia, reconciliador y
unificador después de ella y gracias
a ella.
Denuncia de la verdad de los
mitos
En el paroxismo de la crisis se
desencadena la violencia unánime. En
muchos de los mitos más arcaicos, la
unanimidad violenta se presenta como
un alud arrollador, más sugerido que
realmente descrito, y que vuelve a
encontrarse, de forma evidente y
manifiesta, en los rituales, los
cuales reproducen visiblemente la
violencia unánime y reconciliadora
del mecanismo victimario.
En estos mitos arcaicos, el
protagonista es la comunidad en
bloque, convertida en masa violenta.
Al creerse amenazada por un
individuo aislado, a menudo un
extranjero, especialmente si
presenta deformaciones físicas o
características patológicas, asesina
a quien considera indeseable. Los
agresores -como animales de presa-
se precipitan sobre su víctima,
presas de la histeria colectiva. La
destrozan, la despedazan como si la
cólera o el miedo multiplicaran su
fuerza física. A veces incluso
devoran el cadáver.
La etnología y la antropología
cultural contemporáneas se han
deslizado hacia el escepticismo en
su explicación de la génesis de los
mitos en la violencia sagrada,
recurriendo a una interpretación
meramente "simbólica", a la
invocación de cualquier tipo de
fantasma -el "fantasma de cuerpo
troceado", por ejemplo-sin
efectividad real. El mito vendría a
ser una especie de ensoñación
ancestral, una ficción sin base
histórica alguna, que acaba
disolviéndose al inmediato contacto
con una civilización superior. Y no
deja de ser curioso que, entre
muchos de esos estudiosos
culturalistas, el único presunto
mito al que se continúa concediendo
relevancia y efectividad -es decir,
carácter propiamente mitológico-sea
hasta ahora mismo el de la Pasión,
Muerte y Resurrección de
Jesucristo . Cuando lo
cierto es, como veremos, que -aunque
presente externamente todas las
características propias de un mito
lo que en él se realiza es una
denuncia definitiva de la verdad de
los mitos, de la violencia real que
está en su base, y cuya mentira
primordial es imposible seguir
manteniendo después del drama de la
Cruz, es decir, después de que el
Cristianismo ha desvelado la verdad
de los mitos, a través de los
Evangelios , única narración
que llega hasta el fondo de la
génesis de la unanimidad violenta,
el contagio mimético y el mimetismo
de la violencia. El texto evangélico
no es mítico, precisamente porque en
él queda desvelada la verdad de los
mitos. En este sentido, al menos, el
cristianismo es verdadero: dice la
verdad.
El primer dogma de nuestro
tiempo
El escepticismo contemporáneo, que
niega la realidad de la violencia
mítica pero que sigue considerando
la Pasión de Cristo como un
auténtico mito, implica una actitud
que se aparta de la realidad por
prejuicios ideológicos. Como dice
Girard , "el
rechazo de lo real es el dogma
número uno de nuestro tiempo. Es la
prolongación y perpetuación de la
ilusión mítica original".
La resistencia ilustrada a admitir
la violencia mimética en la Grecia
clásica tropieza con el evidente
caso de los pharmakoi , a
los que también se refiere
lúcidamente Jacques Derrida
en su ensayo titulado
La farmacia de Platón . Los
pharmakoi eran esa clase de
hombres que Atenas y las grandes
ciudades griegas alimentaban a sus
expensas para, llegado el momento,
asesinarlos colectivamente con
ocasión de las fiestas dionisiacas o
de algún tipo de catástrofe pública.
Antes de lapidar a esos pobres
seres, se los sometía a una
verdadera sesión de tortura ritual.
Para no provocar represalias y
desencadenar un nuevo ciclo de
violencia colectiva, se elegía a
gentes socialmente insignificantes,
sin techo, sin familia, lisiados,
ancianos abandonados, extranjeros,
deformes, siempre, en definitiva,
dotados de lo que Girard
denomina en El chivo
expiatorio "rasgos
preferenciales de selección
victimaria". Rasgos que apenas
cambian de una cultura a otra. Su
permanencia contradice el
relativismo antropológico. Todavía
en nuestros días tales rasgos
determinan los llamados fenómenos de
exclusión o marginación. Piénsese,
si no, en la creciente virulencia de
los fenómenos de racismo, xenofobia,
fundamentalismo, así como en las
patentes injusticias que llevan a
veces consigo los procesos de
globalización.
Mantienen algunos que en la Grecia
clásica ya no se daba este tipo de
conducta. Pero lo cierto es que, en
casos de extremo peligro, se volvía
a las víctimas humanas. Según
Plutarco , la
víspera de la batalla de Salamina,
Temístocles ,
presionado por la multitud, hizo
sacrificar a prisioneros persas. Y
contamos con el relato de un
acontecimiento datado seiscientos
años después del florecimiento del
clasicismo griego, en el que
Flavio Filóstrato ,
escritor heleno de la época, nos
narra un "milagro" incluido en su
Vida de Apolonio de Tiana ,
quien a su vez es un célebre santón
del siglo II después de Cristo.
Los efesios no podían librarse de
una grave epidemia. Tras intentar
inútilmente muchos remedios, se
dirigieron a Apolonio, quien acudió
a Éfeso y les anunció la inmediata
desaparición de la peste: "Hoy mismo
pondré fin a esta epidemia que os
abruma". Tras pronunciar estas
palabras condujo al pueblo al
teatro, donde se alzaba una imagen
del dios protector de la ciudad. Vio
allí a una especie de mendigo que
parpadeaba como si estuviera ciego y
llevaba una bolsa con un mendrugo de
pan. Iba cubierto de harapos, y su
aspecto tenía algo que repelía. Tras
colocar a los efesios en círculo en
torno al mendigo, Apolonio les dijo:
"Coged tantas piedras como podáis y
arrojadlas sobre este mendigo de los
dioses". Los efesios preguntaron
adónde quería ir Apolonio. Les
escandalizaba la idea de matar a un
desconocido manifiestamente
miserable que les pedía suplicante
que tuvieran piedad de él. Insistía
Apolonio e instaba a los efesios a
lanzarse sobre él, a impedir que
escapara.
A partir del momento en que algunos
de ellos, obedeciendo sus
indicaciones, empezaron a arrojarle
piedras, el mendigo, que por el
parpadeo de sus ojos parecía ciego,
les lanzó súbitamente una mirada
penetrante que mostró unos ojos
llenos de fuego. Y los efesios,
convencidos entonces de que tenían
que habérselas con un demonio, lo
lapidaron con tanto ahínco, que las
piedras arrojadas formaron un gran
túmulo alrededor de su cuerpo.
Pasado un momento, Apolonio los
invitó a retirar las piedras y
contemplar el cadáver del animal
salvaje al que acababan de matar.
Una vez liberada la criatura del
túmulo de proyectiles, comprobaron
que no era un mendigo. En su lugar
vieron una bestia que se asemejaba a
un enorme perro de presa, tan grande
como el mayor de los leones. Allí
estaba, ante ellos, reducido a una
masa sanguinolenta por sus pedradas
y vomitando espuma como un perro
rabioso. En vista de lo cual se alzó
una estatua a Heracles, el dios
protector de Éfeso en el lugar en
que se había expulsado al espíritu
maligno.
Legitimidad o no de la
violencia colectiva
El asesinato actúa como una especie
de calmante, de tranquilizante, pues
los asesinos, una vez saciado su
apetito de violencia con una víctima
en realidad no pertinente, están
sinceramente convencidos de haber
liberado así a la comunidad del
responsable de sus males. Mas, por
sí sola, esta ilusión no basta para
justificar la creencia en la virtud
creadora de ese asesinato, común a
todos los grandes mitos fundadores.
Ahora bien, existe una respuesta
satisfactoria a esta cuestión, si se
considera a la religión como la
institución cultural fundante de las
demás, como ha demostrado
Wolfahrt Pannenberg en su
Antropología en clave teológica
. Lo que sucede es que, en el
contexto racionalista que sigue
siendo el de la etnología clásica,
lo religioso no ha desempeñado
ningún papel, no sirve absolutamente
para nada. Lo religioso tendría por
fuerza que ser algo superfluo,
superficial, sobreañadido; dicho de
otra forma, supersticioso. De manera
que, como Girard no
vacila en observar, "las modernas
ciencias sociales son esencialmente
antirreligiosas".
Por lo que concierne a nuestro tema,
es interesante señalar que el
asesinato fundador y las últimas
etapas del ciclo mimético no
acontecen en el Antiguo Testamento.
Aunque la crisis mimética y la
muerte o expulsión de la víctima
mítica aparecen en la Biblia
hebraica -a semejanza de los mitos
paganos-, falta el tercer momento
del mito, que viene dado por la
exaltación o epifanía religiosa de
la víctima y, en ocasiones, la
resurrección que revela la divinidad
de esa víctima. En el Antiguo
Testamento, nunca hay ni Dios
victimizado ni víctima divinizada.
En el monoteísmo bíblico no cabe
suponer que lo divino surja de
procesos victimarios, mientras que
en el politeísmo arcaico son éstos
los que, claramente, lo engendran.
Si se compara, por ejemplo, un gran
relato bíblico, la historia de
José y sus
hermanos, con el más conocido de los
mitos, el de Edipo, apreciaremos que
los primeros momentos -la crisis, la
violencia colectiva y la expulsión
de la comunidad- se dan en ambos
dramas. Pero, junto con estas
semejanzas iniciales, se registra ya
una diferencia decisiva, que se
aplicará también a la Pasión de
Jesús : se trata de
la legitimidad o ilegitimidad de la
violencia colectiva. En el mito las
expulsiones del héroe están siempre
justificadas, y este se sabe
culpable. En el relato bíblico
nunca. La violencia colectiva es
injustificable y la víctima es y se
sabe inocente.
En el mito la víctima siempre se
equivoca y sus perseguidores siempre
tienen razón. En la Biblia ocurre lo
contrario: José tiene razón la
primera vez contra sus hermanos y
vuelve a tenerla contra los egipcios
que lo encierran en la cárcel. Para
los universos míticos, y el universo
moderno donde estos se prolongan (el
psicoanálisis, por ejemplo), tales
acusaciones son legítimas. Según
ellos, todo el mundo es más o menos
culpable de parricidio e incesto,
como Edipo, aunque sólo sea en el
nivel del deseo. El relato bíblico
se niega a tomar en serio esta
acusación. Reconoce en ella la
obsesión característica de las
multitudes histéricas frente a
quienes, por un quítame allá esas
pajas, se convierten en sus
víctimas. José no se ha acostado con
la lúbrica mujer de Putifar
, lo cual tendría la
calificación de incesto. Más aún: ha
resistido heroicamente sus
insinuaciones. La culpable es ella,
y, tras ella, la masa egipcia, dócil
rebaño mimético que embiste
ciegamente hasta la expulsión de
jóvenes emigrantes aislados e
impotentes. Los mitos condenan
siempre a víctimas carentes de apoyo
y universalmente aplastadas.
Las víctimas hablan por
primera vez
La Biblia responde a una inspiración
antimítica, en la que la víctima
injustamente acusada acaba siendo
reconocida como inocente.
Un caso paradigmático es el de
Job , al que
Girard dedica su
libro La ruta antigua de los
hombres perversos . En
definitiva, hay una divergencia
esencial entre lo que bien puede
llamarse la verdad bíblica y la
mentira de la mitología. El
libro de Job es como un inmenso
salmo.
Los salmos son los primeros textos
de la historia de la humanidad en
los que se da la palabra a las
víctimas de la violencia colectiva,
perseguidas por jaurías humanas que
las insultan groseramente, les
tienden trampas y las rodean para
lincharlas. Las víctimas no se
callan. Al contrario, maldicen a voz
en grito, con obstinación, a sus
perseguidores. En el caso de
Job , la multitud se toma
por Dios y, mediante los tres
"amigos" que le envía como
delegados, se esfuerza,
aterrorizándolo, en lograr que dé su
asentimiento mimético al veredicto
que lo condena, como sucedía en la
persecución de brujas en la baja
Edad Media e inicios de la Moderna,
y como acontece en tantos procesos
totalitarios del siglo XX, verdadero
resurgimiento del paganismo mítico.
Pero el Dios verdadero es el de las
víctimas y no el de los
perseguidores. El audaz Job
mantiene firmemente: "Yo ya
sé que mi vindicador vive" (19, 25).
Se puede apreciar así lo que hay de
profundamente bíblico en el
principio talmúdico citado a menudo
por Emmanuel Levinas
: "Si todo el mundo está de
acuerdo para condenar a un acusado,
soltadlo, debe de ser inocente". La
unanimidad en los grupos humanos
rara vez es portadora de verdad. Lo
más frecuente es que constituya un
fenómeno mimético, tiránico.
Semejante a las elecciones por
unanimidad de los países
dictatoriales.
Lo que, paradójicamente, plantea los
problemas más agudos es el caso de
los Evangelios . La
religión judía -firmemente anclada
en el monoteísmo- desdiviniza a las
víctimas y desvictimiza lo divino.
Por el contrario, en los
Evangelios no solo volvemos a
encontrar los dos primeros momentos
del ciclo mimético, sino también el
tercero, ese que la Biblia ha
rechazado espectacularmente: la
divinidad de la víctima ejecutada de
manera colectiva. Las analogías
entre el cristianismo y los mitos
son demasiado perfectas para no
despertar la sospecha de una recaída
en lo mítico. Jesús
es una víctima asesinada
colectivamente y los cristianos
vemos en él a Dios. ¿Cómo pensar,
entonces, que su divinidad tenga
otra causa que no sea la de las
divinidades míticas?
La voluntad cristiana de fidelidad
al Dios único no sólo no arregla las
cosas, sino que incluso las
complica. Al conciliar la divinidad
del Yhaveh bíblico con la de
Jesús , y la del Espíritu
Santo al que los Evangelios
atribuyen un papel decisivo en el
proceso redentor, se revela la
misteriosa doctrina de un Dios Uno y
Trino. Concepción que para el
judaísmo resulta una vuelta
enmascarada al politeísmo, y vendría
a confirmar por vía teológica la
impresión de recaída en lo
mitológico. Como si en el
cristianismo, una vez más, lo
victimario y lo divino se unieran.
Unidad entre antiguo y nuevo
testamento
Para superar tal impresión, es
preciso advertir que la perspectiva
antropológica de los Evangelios
es idéntica a la del Antiguo
Testamento. La relación entre
víctimas y perseguidores no recuerda
en absoluto la de los mitos, y lo
que prevalece es la relación
bíblica, la que descubrimos en la
historia de José y
de Job . Como en la
Biblia hebraica, los Evangelios
rehabilitan a las víctimas de
la colectividad y denuncian a sus
perseguidores. "El mito es la
culpabilidad de Edipo; la verdad es
la inocencia de Cristo
".
Jesús es inocente y
culpables son quienes le crucifican.
Juan Bautista es
inocente y culpables son quienes
mandan decapitarlo. Entre la Biblia
judía y las Escrituras
judeocristianas hay una continuidad
real, sustancial. Los dos
Testamentos constituyen una sola y
única revelación.
Pero es que podemos dar un paso
ulterior y decisivo. La semejanza
externa entre los Evangelios
y los mitos procede de que en
la vida, muerte y resurrección de
Jesucristo se
revela la verdad sobre todas las
religiones anteriores y, en
consecuencia, su definitiva
cancelación. Como dice
Girard , "los Evangelios
son más transparentes que los mitos,
y difunden esa transparencia a su
alrededor por su explicitación del
mimetismo, primero conflictivo,
luego reconciliador. Al revelar el
proceso mimético, traspasan la
opacidad de los mitos. Pero, por el
contrario, basándonos en los mitos
nada aprendemos sobre los
Evangelios".
Los cristianos no apreciamos en
Jesús ninguna
culpabilidad; no es sin más el chivo
expiatorio: es el Cordero de Dios a
quien nadie puede argüir de pecado
sino que es Él quien quita los
pecados del mundo. Su divinidad no
puede, por tanto, basarse en el
mismo proceso que las divinizaciones
míticas. Al contrario de lo que
ocurre en los mitos, quien considera
a Jesús hijo de
Dios y Dios al mismo tiempo no es la
multitud unánime de los
perseguidores, sino una minoría
contestataria que no tiene
equivalente en mito alguno, un
pequeño grupo de disidentes que se
separa de la comunidad y, al
separarse, destruye su unanimidad.
Un grupo constituido por la
comunidad de los primeros testigos
de la resurrección, los apóstoles, y
todos aquellos, hombres y mujeres,
que los rodean. En las
divinizaciones míticas no hay
ninguna comunidad que se escinda en
dos grupos desiguales de los cuales
sólo uno, el minoritario, proclame
la divinidad de la víctima.
Los Evangelios no
simplemente son reveladores en el
sentido de los grandes relatos
bíblicos -cuya intención última
desvelan sino que, evidentemente,
van aún más lejos en la revelación
de la propia ilusión mítica.
Todo lo que necesita saber
el hombre
Los Evangelios revelan todo
aquello que necesitan saber los
hombres para comprender sus
responsabilidades en cualesquiera
violencias de la historia humana y
en cualesquiera falsas religiones.
En concreto, para que el mecanismo
victimario sea eficaz, es preciso
que el apasionamiento contagioso, el
"todos contra uno mimético", escapen
a la observación de los
participantes. La elaboración mítica
descansa en una ignorancia, o
incluso en una inconsciencia de la
representación persecutoria, que los
mitos no pueden descubrir, puesto
que están poseídos por ellas.
Constituyen algunas de Las cosas
ocultas desde la creación del mundo
, como reza el título del libro
publicado por Girard
en 1978.
Se trata de una inconsciencia
revelada por los Evangelios
, con especial claridad en la famosa
frase de Jesús
durante la crucifixión, y que es
preciso tomar al pie de la letra:
"Padre, perdónalos, pues no saben lo
que están haciendo" (Lc, 23, 34). Y
San Pedro ,
dirigiéndose a la misma multitud que
pidió días antes la crucifixión, le
atribuye -según los Hechos de
los apóstoles - las
circunstancias atenuantes a las que
denomina ignorancia: "Ahora bien,
hermanos: sé que actuasteis por
ignorancia, lo mismo que vuestras
autoridades" (3, 17).
Los Evangelios no sólo
dicen la verdad sobre las víctimas
injustamente condenadas, sino que
saben que la dicen y que, al
decirla, retoman la andadura del
Antiguo Testamento y cumplen lo que
en él se anuncia. De ahí que los
Evangelios recurran
constantemente a la Biblia hebraica
y especialmente a los salmos, por el
motivo antes apuntado.
Un ejemplo típico es la aplicación a
Jesús crucificado
de una frase muy simple: "[...] me
odian sin causa" (Salmo 35, 19).
Aparentemente trivial, esta frase
expresa sin embargo la naturaleza
esencial de la hostilidad respecto a
la víctima. Hostilidad sin causa,
precisamente por ser fruto no tanto
de motivos racionales -o siquiera de
un sentimiento verdadero entre los
individuos que la sienten-como de un
contagio mimético.
La revelación evangélica representa
el advenimiento definitivo de una
verdad ya parcialmente accesible en
el Antiguo Testamento, pero cuya
culminación exige la buena nueva del
propio Dios, que acepta asumir el
papel de víctima de una persecución
colectiva para salvar así a la
humanidad. Ese Dios que se convierte
en víctima no es un dios mítico más,
es el Dios único e infinitamente
bueno del Antiguo Testamento.
La divinización de Cristo no se basa
en el escamoteo de los
apasionamientos miméticos, que
produce lo sagrado mítico, sino en
la revelación plena y entera de la
que verdad que ilumina la mitología.
A las divinidades míticas se opone
un Dios que, en lugar de surgir de
un malentendido respecto a la
víctima, asume voluntariamente el
papel de víctima única y hace
posible por primera vez la plena
revelación del mecanismo victimario.
Este tipo de mecanismos ha sido
descubierto y deconstruido por los
Evangelios .
Distinguir dos tipos de
trascendencia
Lejos de volver a la mitología, el
cristianismo representa una nueva
etapa de la revelación bíblica, más
allá del Antiguo Testamento. Lejos
de constituir una recaída en esa
divinización de las víctimas y
victimización de lo divino que
caracteriza a la mitología, como
tiende a pensarse de entrada, la
divinidad de Jesús
nos obliga a distinguir dos tipos de
trascendencia, semejantes en lo
exterior, pero radicalmente
opuestas: una engañosa, mentirosa,
oscurantista, la del cumplimiento no
consciente en la mitología del
mecanismo victimario; y otra, por el
contrario, verídica, luminosa, que
destruye las ilusiones de la primera
al revelar el emponzoñamiento de las
comunidades por el mimetismo
violento y el "remedio" suscitado
por el propio mal, la trascendencia
que comienza en el Antiguo
Testamento y alcanza su plenitud en
el Nuevo.
La divinidad de Cristo se afirma
mediante el "todos contra uno"
mimético de que es víctima, pero
nada debe a este fenómeno, cuya
propia eficacia es subvertida por
él.
Como dice Girard
textualmente en Las cosas
ocultas desde la creación del mundo
, "no se puede captar la verdad
más que si se actúa en contra de las
leyes de la violencia, pero no se
puede actuar en contra de esas leyes
más que si se ha captado ya esa
verdad. La humanidad entera está
encerrada dentro de este círculo.
Por eso los evangelios, el Nuevo
Testamento en su conjunto y la
teología de los primeros concilios
afirman que Cristo es Dios, no
porque haya sido crucificado, sino
porque es el Dios nacido de Dios
desde toda la eternidad [...]. El
hecho de que en los evangelios esté
encerrado un saber auténtico de la
violencia y de sus obras no puede
ser de origen simplemente humano
[...]".
" [...] Reconocer a Cristo como Dios
es reconocer en él al único ser
capaz de trascender la violencia que
hasta entonces había trascendido
absolutamente al hombre. Si la
violencia es la estructura de toda
estructura mítica y cultural, Cristo
es entonces el único sujeto que
escapa a esa estructura para
liberarnos de su influencia. Sólo
esta hipótesis permite comprender
por qué la verdad de la víctima
expiatoria está presente en los
evangelios y por qué esa verdad
permite deconstruir todos los textos
culturales [...]. No se trata de
adoptar esta hipótesis -advierte
Girard , que se
declara católico- por el hecho de
que haya sido siempre la de la
ortodoxia cristiana. Si esta
hipótesis es ortodoxa, es porque
existía en los primeros tiempos del
cristianismo una intuición rigurosa,
pero implícita, de la lógica
evangélica".
Para concluir, citaré unas
reveladoras palabras de René
Girard en un reciente libro
de entrevistas con Michel
Treguer : "Los Evangelios
son promovidos por una inteligencia
que no es la de los discípulos y en
la que veo claro que está más allá
de todo lo que usted, yo, todos
nosotros, podemos concebir sin
ellos, una razón de tal manera
superior a la nuestra, que después
de dos mil años le descubrimos
nuevos aspectos. Se trata de un
proceso que nos supera, ya que no
hemos podido concebirla por nosotros
mismos; y, por tanto, o somos
capaces de asimilarla, o lo seremos
pronto. Es, pues, perfectamente
racional pero de una razón más alta
que la nuestra. Se trata aquí, según
mi punto de vista, de una
iluminación nueva de una grandísima
idea tradicional: la razón y la fe
que se sostienen mutuamente.
Fides quaerens intellectum , y
viceversa.
He aquí un razonamiento tomista,
pienso, pero aplicado a un campo, la
antropología, que, en la época de
Santo Tomas , no
existía en el sentido del mundo
moderno. Y, que es la cuestión una
vez más, es esa Luz que es a la vez
lo que debe ser visto y lo que
permite ver, "Deum de Deo, Lumen
de Lumine" .
*Alejandro LLano
Catedrático de Filosofía |