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LA HISTORICIDAD DE LOS EVANGELIOS (Jesús Martínez García)

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LA BASE DE LA FE: DEMOSTRACIÓN DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

La historicidad de los evangelios
 


La difusión masiva de confusiones contra la autenticidad de los Evangelios nos hacen el favor de "obligarnos" a informarnos bien de la verdad enseñada por la Iglesia católica sobre ellos. El autor lo hace de un modo asequible al gran público.

HISTORICIDAD DE LOS EVANGELIOS *
Por Jesús Martínez García
**

 

Tenía el gran emperador Carlomagno una nietecita a quien quería mucho, Imelda. Como era muy curiosa, siempre estaba acosando a su augusto abuelo con preguntas sobre el porqué de las cosas. En su honor fundó Carlomagno la primera escuela en Aquisgrán. Cuando sus ocupaciones le dejaban libre, se personaba en la clase y él mismo hacía de profesor. A esta clase jamás faltaba Imelda. Un día el ilustre maestro anunció a sus alumnos que iban a traer los tres libros más bellos que en el mundo existen. Al día siguiente clavaron en él sus miradas desbordantes de curiosidad, sobre todo Imelda. El emperador sólo llevaba un libro y les dijo: «Aquí tenemos tres libros que nos hablan de Dios. El primer libro es el cielo, el segundo es la conciencia, y el tercer libro es éste: el Evangelio».

Aparte de los escritos del nuevo Testamento y de los evangelios apócrifos, hablan de Jesucristo y sus discípulos Plinio el Joven en una carta escrita hacia el año 112 dirigida a su tío el emperador Trajano; Táci to en sus Anales, escritos hacia el año 115; Suetonio, secretario de Adriano en sus Vidas de los Césares, hacia el año 120; Flavio Josefo, conocido historiador judío, en sus Antigüedades judías, del año 94, y el mismo Talmud de los judíos.

Pero sobre todo existen cuatro biografías de Jesús donde se narran su vida y sus milagros. Son los cuatro Evangelios que, si bien cada autor -San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan- lo escribió cada uno por su cuenta, narran la vida del mismo hombre y entre ellos no existe ninguna contradicción. Estos testimonios son de una importancia capital, por lo que hemos de saber con seguridad si verdaderamente son libros históricos, si relatan hechos que realmente ocurrieron o si acaso su pretendido fondo histórico está oscurecido por leyendas o adiciones. Veamos:

Un libro histórico merece fe cuando es auténtico, íntegro y verídico; es decir, cuando el autor del libro no sólo conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (libro verídico), sino que el libro fue escrito en la época y por el autor que se le atribuye (libro auténtico, no apócrifo), y ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (libro ínte gro). Pues bien, los cuatro Evangelios reúnen estas tres cualidades.

Son auténticos, en primer lugar, porque sólo un autor judío contemporáneo de Jesucristo o discípulo suyo inmediato pudo escribirlos, ya que Jerusalén fue destruida el año 70 y desterrada en masa la nación judía. Un escritor posterior no habría podido descri bir bien los lugares ni lo que sucedió. Los cuatro autores conocen muy bien los edificios y lugares de Jerusalén. La lengua original en que fueron escritos fue el griego vulgar, -no el griego clásico- abun dante en hebraísmos, y escritos por un judío del si glo i. Sólo el primero de ellos fue escrito en otro idioma, en siro-arameo. Las descripciones históricas, geográficas y sobre los usos de los judíos, anteriores a la destrucción del templo de Jerusalén, coinciden con las de otros autores de aquel tiempo.

 

San Ireneo, nacido en Asia Menor y obispo de Lyon -testigo por tanto de la tradición de los cristianos de Oriente y Occidente-, escribe a finales del siglo II: «Mateo publicó la escritura del Evangelio para los hebreos y en su lengua, mientras Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia Romana. Después de su muerte, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, nos comunicó, él también por escrito, las cosas que habían sido anunciadas por Pedro. Y Lu cas, discípulo de Pablo, escribió en un libro el Evangelio que predicaba su maestro. Finalmente Juan, discípulo del Señor, el que se recostó sobre su pecho, él también, viviendo en Efeso, publicó su Evangelio. No hay, pues, ni más ni menos que estos cuatro Evangelios. Como el mundo tiene cuatro partes, y son cuatro los vientos principales, así la Iglesia, esparcida por toda la tierra y que tiene por columna y apoyo el Evangelio y el espíritu de vida, se levanta sobre cuatro columnas incorruptibles que vivifican a los hombres. Es por tanto manifiesto que el Verbo nos ha dado el Evangelio cuádruple, que está dominado por un sólo espíritu (San Ireneo, Adversus Haereses, 1, III, 1, 1).

San Justino, en el siglo II, dirigiéndose al Empera dor de Roma, menciona los Evangelios, que llama Memorias «escritas por sus apóstoles (del Señor) y por sus discípulos» (Diálogo con Trifón, 163), y al Senado romano le dice que estos Evangelios son leí dos el domingo en las asambleas de los fieles, junta mente con los escritos de los profetas (Apología, 1, 77).

 

También hace referencia a ellos el fragmento de un documento de la Iglesia Romana, hallado por Muratori en 1740 (Canon Muratoriano) en la biblio teca ambrosiana de Milán, datado entre los años 170 y 200. La pieza, mutilada, comienza por unas pala bras que parecen referirse a San Marcos: «... a los cuales sucesos él asistió y después los escribió. En tercer lugar, el Evangelio según Lucas, médico y compañero de Pablo... En cuarto lugar del Evangelio de Juan de entre los discípulos».

 

Hay muchos otros testimonios sobre los Evange lios y sus autores (la Didajé, San Clemente Romano, San Policarpo, Papías, obispo de Hierápolis, etc.). Es imposible atribuir a otros autores los cuatro Evange lios, pues si hubiese habido engaño en vida de los

Apóstoles, éstos hubieran reclamado, y si hubiese sido después de su muerte, se habrían opuesto los Obispos, atentos a conservar la pureza de la fe; se habrían opuesto asimismo los judíos convertidos, pues veían los Evangelios igualados en dignidad al Antiguo Testamento; y los gentiles convertidos, que debían observar una vida de abnegación fundada en esos libros, y los paganos, que así habrían desenmas carado el cristianismo. No lo hicieron con los cuatro Evangelios; en cambio, desautorizaron los Evange lios apócrifos.

Los Evangelios son íntegros. Los textos originales de ellos y de los demás libros del Nuevo Testamento estaban escritos en papiro, es decir, en materia frágil, por eso los manuscritos han desaparecido. No que dan actualmente sino copias del texto original. Estas copias están hechas en pergamino o en papiro. Los ejemplares en pergamino o códices tienen general mente la forma de nuestros libros actuales. Los des cubiertos hasta hoy pasan de 2.300, de los que mu chos de ellos se remontan hasta el siglo V y dos hasta el siglo IV. Los dos códices más antiguos son el Vati cano, conservado en la Biblioteca Vaticana, y el Sinaítico, hallado por Tischendorf en el Monasterio Griego del monte Sinaí y conservado en San Peters burgo. Los ejemplares que se conservan en papiro pasan de 10.000 y no contienen más que fragmentos del texto original.

Comparado con cualquier autor antiguo, profano o sagrado, el texto griego actual del Nuevo Testa mento goza de una situación privilegiada. «En el campo de la literatura clásica -observa Streeter- la principal dificultad del crítico estriba en lo raro y moderno de los manuscritos, exceptuados unos pocos autores sumamente populares. Así, ninguna parte de Tácito ha llegado hasta nosotros, a través de la Edad Media, en más de un manuscrito; escasamente media docena de manuscritos es el número mayor que han logrado las obras más famosas. Fuera de pequeños fragmentos de los manuscritos griegos clásicos no hay uno solo anterior al siglo XII. En cambio, en los Evangelios el trabajo para el crítico está del lado opuesto. Poseemos más de 2.300 manuscritos grie gos, de los cuales más de 40 alcanzan sobre mil años de existencia, hay además más de 1.500 leccionarios, que contienen la mayor parte del texto de los Evan gelios, distribuido en lecciones para todo el año. Existen quince versiones en idiomas antiguos, que dan fe del texto griego que tuvieron a la vista los traductores. Añadamos las citas de los Padres anti guos, que son fragmentos de otros manuscritos anti guos perdidos para nosotros. La masa de trabajo es abrumadora. Síguense, pues, dos conclusiones: por un lado es muy grande a primera vista la certeza que tenemos de que el texto primitivo nos ha sido trasmi tido correctamente en sus principales líneas; por otro lado, es muy complejo el trabajo de determinar los detalles minuciosos que interesan a los críticos» (B. H. Streeter, The Four Gospels).

¿Se han introducido adiciones o supresiones con el paso del tiempo? Hort, uno de los más seguros críti cos del siglo XIX, resumía así la labor investigadora llevada a cabo por él y por su colega Wescott durante veinticinco años: «Siete octavas partes de las palabras del nuevo Testamento están fuera de duda. La octava parte restante la forman principalmente cambios en la colocación de las palabras o diferencias insignifi cantes. De hecho, las variaciones sustanciales son muy pocas y pueden calcularse en menos de la milé sima parte del texto» (Hort, The New Testament in the original Greek). Por lo que «podemos abrigar una confianza firme, fundada científicamente, de que, a

despecho de todas las vicisitudes de trasmisión, po seemos fielmente, en sustancia, en nuestros textos impresos actualmente el mismo texto que los Evan gelistas entregaron al mundo hace diecinueve siglos en rollos de papiro (cfr. H. Cladder, Unsere Evangelien).

Hay que decir, además, que fue imposible toda alteración sustancial de los Evangelios, pues eran leí dos por todos y custodiados con veneración; muchos cristianos murieron antes que entregarlos a los infie les. Si alguien los hubiera alterado hubieran protes tado no sólo los obispos, sino todos los fieles.

Los Evangelios son verídicos, Libro verídico es aquel que dice la verdad, que no contiene error algu no en lo que refiere. Para ello es necesario que el autor sea competente, es decir, que no se engañe acerca de los sucesos narrados, y que sea veraz, que no engañe. Pues bien, los evangelistas son competen tes, pues dos de ellos -Mateo y Juan- son testigos oculares, siendo San Juan especialmente íntimo de Jesús, quien le confía su Madre. Los otros dos son discípulos inmediatos de los Apóstoles, que fueron testigos oculares. San Marcos «acompañaba a San Pedro y se sabía de memoria lo que el Apóstol repe tía, y_ eso es lo que puso por escrito» (así lo cuenta San Clemente de Alejandría, citado por Eusebio de Cesare a, Historia Eclesiástica, VI, XVI). San Lucas, discípulo de San Pablo, declara en el principio de su Evangelio, dirigido a Teófilo, que ya que varios ha bían intentado escribir la historia de las cosas que habían pasado, conforme a las enseñanzas de aque llos que desde el principio lo vieron por sus ojos y eran ministros de la palabra, él quiere hacer lo mismo para que Teófilo conozca la verdad de las cosas que le han enseñado. Así Teófilo puede comprobar la verdad de lo que escribe San Lucas, ya preguntando a los testigos oculares y ministros de la palabra, ya consultando las otras narraciones escritas.

Los hechos que refieren los cuatro evangelistas eran recientes y realizados a la vista de todos, por lo que si se hubieran engañado a sí mismos los habrían desacreditado los cristianos y los judíos por contar errores. Tampoco pretendieron engañar, pues eran hombres sencillos, irreprochables. Puntualizan he chos, lugares, testigos y no callan sus propios defectos ni las reprensiones recibidas del divino Maestro. Los relatos evangélicos son de una gran sobriedad: nada de exageraciones fantaseadoras, nada de apreciaciones personales; cuentan lo que saben y nada más. Además no tenían ningún interés en engañar; lejos de perseguir ventajas humanas, sólo consiguieron en el mundo menosprecios, persecuciones y el martirio. Y como decía Pascal, «creo con más facilidad las historias cuyos testigos se dejan degollar en comprobación de su testimonio» (Pascal, Pensamientos).

Si la verdad central contenida en los Evangelios es que Cristo es Dios, y por tanto toda su vida y sus enseñanzas son revelación de Dios a los hombres, no es de extrañar que quienes pretendan rebajar la doctrina cristiana a una religión más, negando su carác ter divino, afirmen que esas cuatro biografías de Je sucristo son fruto de alucinaciones, fruto de la idea lización de Jesús de Nazaret, a Quien sus seguidores atribuyeron unos prodigios y unas palabras que ni dijo ni realizó. Para ello han distinguido el Cristo histórico -Jesús de Nazaret, que realmente vivió y murió en Jerusalén- del Cristo de la fe, el inventado, que sólo existe en la fe, en la imaginación de los primeros cristianos y en las de todos los tiempos; un Cristo al que se le atribuyen milagros tales como el de su resurrección. Sin embargo, esta distinción contraría los datos de la crítica histórica, que muestra claramente que hay que atribuir las profecías y milagros a aquel Jesús que vivió hace dos mil años. 

JESUCRISTO: SUS MILAGROS Y PROFECÍAS 

«Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo» (Heb 1, 1-2). Con estas palabras, el autor de la Carta a los Hebreos indica al mismo tiempo la unidad esencial del Antiguo y del Nuevo Testamento, que tienen igualmente a Dios por autor, y la diferencia de calidad en los transmisores de la palabra divina: los Profetas antes, y ahora su mismo Hijo.

El Antiguo Testamento era la preparación para esta revelación última; todos los hijos de Israel esperaban al Profeta que había de venir y contar todas las cosas de parte de Dios: el Mesías prometido. Pues bien, Jesucristo afirmó que era el Mesías, y no sólo eso, sino que demostró que era el mismo Dios.

Por un lado, afirmó haber sido enviado por Dios y demostró a los judíos que era el Mesías que esperaban. Preguntado por los discípulos de San Juan Bautista si El era el verdadero Mesías o debían esperar a otro, Jesús realizó varios milagros en la presencia de ellos y añadió: «Id y anunciad a Juan lo que habéis oído y visto. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Mt 11, 4-5). Y cuando los judíos le preguntaron si era el Mesías, les respondió: «Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí» (Ioh 10, 25). Nicodemo al ver los milagros de Jesús, confesó al instante su mesianidad: «Rabbí, sabemos que has venido como maestro de parte de Dios, pues nadie puede hacer esos milagros que tú haces si Dios no está con él» (Ioh 3, 2). Y San Pedro, cuando habló por primera vez a los judíos, les recuerda: «Jesús de Nazaret, varón probado por Dios entre vosotros con mila gros, prodigios y señales que Dios hizo por Él en me dio de vosotros, como vosotros mismos sabéis...» (Act 2, 22). Muchos de los milagros los hizo pública mente y los vieron tanto sus discípulos -que luego los contaron- como sus enemigos, de tal manera que llegaron a decir: «¿Qué hacemos, pues este hombre hace muchos milagros? Si le dejamos así, todos cree rán en Él» (Ioh 11, 47-48).

También confirmó que era el Mesías prometido porque en Él se cumplieron las profecías mesiánicas, y las profecías que hizo se cumplieron.

Después de su Resurrección enseñó esto a los discípulos que iban a Emaús: «Y Él les dijo: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a El se refería en todas las Escrituras» (Lc 24, 25-27). Y también se lo señaló a los doctores de la Ley: «Escudriñad las Escrituras, ya que en ellas creéis tener la vida eterna, pues ellas dan

Enviado por Arvo - Rialp - 26/04/2006 ir arriba
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