I. ASPECTOS DOCTRINALES
1. [LOS FUNDAMENTOS DEL CELIBATO SACERDOTAL]
[El concilio y el celibato]
17. Ciertamente, como ha declarado El
sagrado Concilio ecuménico Vaticano II, la
virginidad «no es exigida por la naturaleza
misma del sacerdocio, como aparece por la
práctica de la iglesia primitiva y por la
tradición de las Iglesias orientales»[10],
pero el mismo sagrado concilio no ha dudado
en confirmar solemnemente la antigua,
sagrada y providencial ley vigente del
celibato sacerdotal, exponiendo también los
motivos que la justifican para todos los que
saben apreciar con espíritu de fe y con
íntimo y generoso fervor los dones divinos.
[Argumentos antiguos puestos a nueva luz]
18. No es la primera vez que se reflexiona
sobre la «múltiple conveniencia» (l.c.) del
celibato para los ministros de Dios; y
aunque las razones aducidas han sido
diversas, según la diversa mentalidad y las
diversas situaciones, han estado siempre
inspiradas en consideraciones
específicamente cristianas, en el fondo de
las cuales late la intuición de motivos más
profundos. Estos motivos pueden venir a
mejor luz, no sin el influjo del Espíritu
Santo, prometido por Cristo a los suyos para
el conocimiento de las cosas venideras[11] y
para hacer progresar en el Pueblo de Dios la
inteligencia del misterio de Cristo y de la
Iglesia, sirviéndose también de la
experiencia procurada por una penetración
mayor de las cosas espirituales a través de
los siglos[12].
A. [Dimensión cristológica]
[La novedad de Cristo]
19. El sacerdocio cristiano, que es nuevo,
solamente puede ser comprendido a la luz de
la novedad de Cristo. pontífice sumo y
eterno sacerdote, que ha instituido el
sacerdocio ministerial como real
participación de su único sacerdocio[13]. El
ministro de Cristo y administrador de los
misterios de Dios[14] tiene, por
consiguiente, en El también el modelo
directo y el supremo ideal[15]. El Señor
Jesús, unigénito de Dios enviado por el
Padre al mundo, se hizo hombre para que la
humanidad, sometida al pecado y la muerte,
fuese. regenerada y, mediante un nuevo
nacimiento[16], entrase en cl reino de los
cielos. Consagrado totalmente a la voluntad
del Padre[17], Jesús realizó mediante su
misterio pascual esta nueva creación[18],
introduciendo en el tiempo y en el mundo una
forma nueva, sublime y divina de vida, que
transforma la misma condición terrena de la
humanidad [19].
[Matrimonio y celibato en la novedad de
Cristo]
20. El matrimonio, que por voluntad de Dios
continúa la obra de la primera creación[20],
asumido en el designio total de la
salvación, adquiere, también él, nuevo
significado y valor. Efectivamente, Jesús le
ha restituido su primitiva dignidad[21], lo
ha honrado[22] y lo ha elevado a la dignidad
de sacramento y de misterioso signo de su
unión con la Iglesia[23]. Así, los cónyuges
cristianos, en el ejercicio del mutuo amor,
cumpliendo sus específicos deberes y
tendiendo a la santidad que les es propia,
marchan juntos hacia la patria celestial.
Cristo, mediador de un testamento más
excelente[24], ha abierto también un camino
nuevo, en el que la criatura humana.
adhiriéndose total y directamente al Señor y
preocupada solamente de El y de sus
cosas[25], manifiesta de modo más claro y
complejo la realidad, profundamente
innovadora, del Nuevo Testamento.
[Virginidad y sacerdocio en Cristo mediador]
21. Cristo, Hijo único del Padre, en virtud
de su misma encarnación ha sido constituido
mediador entre el cielo y la tierra, entre
el Padre y el género humano. En plena
armonía con esta misión; Cristo permaneció
toda la vida en el estado de virginidad, que
significa su dedicación total al servicio de
Dios y de los hombres. Esta profunda
conexión entre la virginidad y el sacerdocio
en Cristo se refleja en los que tienen la
suerte de participar de la dignidad y de la
misión del mediador y sacerdote eterno, y
esta participación será tanto más perfecta
cuanto el sagrado ministro esté más libre de
vínculos de carne y de sangre[26].
[El celibato por el reino de los cielos]
22. Jesús, que escogió los primeros
ministros de la salvación y quiso que
entrasen en la inteligencia de los misterios
del reino de los cielos[27], cooperadores de
Dios con título especialísimo, embajadores
suyos[28], y les llamó amigos y
hermanos[29], por los cuales se consagró a
sí mismo a fin de que fuesen consagrados en
la verdad[30], prometió una recompensa
superabundante a todo el que hubiera
abandonado casa, familia, mujer e hijos por
el reino de Dios[31]. Más aún, recomendó
también[32], con palabras cargadas de
misterio y de expectación, una consagración
todavía más perfecta al reino de los cielos
por medio de la virginidad, como
consecuencia de un don especial[33].: La
respuesta a este divino carisma tiene como
motivo el reino de los cielos (Ibíd., v.12);
e igualmente de este reino, del Evangelio y
del nombre de Cristo[34] toman su motivo las
invitaciones de Jesús a las arduas renuncias
apostólicas para una participación más
íntima en su suerte[35].
[Testimonio de Cristo]
23. Es, pues, el misterio de la novedad de
Cristo, de todo lo que El es y significa; es
la suma de los más altos ideales del
Evangelio y del reino; es una especial
manifestación de la gracia que brota del
misterio pascual del Redentor lo que hace
deseable y digna la elección de la
virginidad por parte de los llamados por el
Señor Jesús, con la intención no solamente
de participar de su oficio sacerdotal, sino
también de compartir con El su mismo estado
de vida.
[Plenitud de amor]
24. La respuesta a la vocación divina es una
respuesta de amor al amor que Cristo nos ha
demostrado de manera sublime[36]; ella se
cubre de misterio en el particular amor por
las almas a las cuales El ha hecho sentir
sus llamadas más comprometedoras[37]. La
gracia multiplica con fuerza divina las
exigencias del amor, que, cuando es
auténtico, es total, exclusivo, estable Y
perenne, estímulo irresistible para todos
los heroísmos. Por eso la elección del
sagrado celibato ha sido considerada siempre
en la Iglesia «como señal y estímulo de
caridad»[38], señal de un amor sin reservas,
estímulo de una caridad abierta a todos.
¿Quién jamás puede ver en una vida entregada
tan enteramente y por las razones que hemos
expuesto, señales de pobreza espiritual, de
egoísmo, mientras que, por el contrario, es,
y debe ser, un extraordinario y por demás
significativo ejemplo de vida, que tiene
como motor y fuerza el amor, en el que el
hombre expresa su exclusiva grandeza? ¿Quién
jamás podrá dudar de la plenitud moral y
espiritual de una vida de tal manera
consagrada, no ya a un ideal, aunque sea el
más sublime, sino a Cristo y a su obra en
favor de una humanidad nueva, en todos los
lugares y en todos los tiempos?
[Invitación al estudio]
25. Esta perspectiva bíblica y teológica,
que asocia nuestro sacerdocio ministerial al
de Cristo, y que de la total y exclusiva
entrega de Cristo a su misión salvífica saca
el ejemplo y la razón de nuestra asimilación
a la forma de caridad y de sacrificio,
propia de Cristo redentor, nos parece tan
fecunda y tan llena de verdades
especulativas y prácticas, que os invitamos
a vosotros, venerables hermanos, invitamos a
los estudiosos de la doctrina cristiana y a
los maestros de espíritu y a todos íos
sacerdotes capaces de las intuiciones
sobrenaturales sobre su vocación, a
perseverar en el estudio de estas
perspectivas y penetrar en sus íntimas y
fecundas realidades, de suerte que cl
vínculo entre el sacerdocio y el celibato
aparezca cada vez mejor en su lógica
luminosa y heroica, de amor único e
ilimitado hacia Cristo Señor y hacia su
Iglesia.
B. [Dimensión eclesiológica]
[El celibato y el amor de Cristo y del
sacerdote por la Iglesia]
26. Apresado por Cristo Jesús[39] hasta el
abandono total de sí mismo en El, el
sacerdote se configura más perfectamente a
Cristo; también en el amor con que el eterno
sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia,
ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para
hacer de ella una esposa gloriosa, santa e
inmaculada[40].
Efectivamente, la virginidad consagrada de
los sagrados ministros manifiesta el amor
virginal de Cristo a su Iglesia y la
virginal y sobrenatural fecundidad de esta
unión, por la cual los hijos de Dios no son
engendrados ni por la carne ni por la
sangre[41].
[Unidad y armonía en la vida sacerdotal: el
ministerio de la Palabra]
27. El sacerdote, dedicándose al servicio
del Señor Jesús y de su Cuerpo místico en
completa libertad, más facilitada gracias a
su total ofrecimiento, realiza más
plenamente la unidad y la armonía de su vida
sacerdotal[42]. Crece en él la idoneidad
para oír la palabra de Dios y. para la
oración. De hecho, la palabra de Dios,
custodiada por la Iglesia, suscita en el
sacerdote que diariamente la medita, la vive
y la anuncia a los fieles, los ecos más
vibrantes y profundos.
[El oficio divino y la oración]
28. Así, dedicado total y exclusivamente a
las cosas de Dios y de la Iglesia, como
Cristo[43], su ministro, a imitación del
Sumo Sacerdote, siempre en la presencia de
Dios para interceder en favor nuestro[44],
recibe, del atento y devoto rezo del oficio
divino con el que él presta su voz a la
Iglesia, que ora juntamente con su
Esposo[45], alegría e impulsos incesantes, y
experimenta la necesidad de prolongar su
asiduidad en la oración, que es una función
exquisitamente sacerdotal[46].
[El ministerio de la gracia y de la
Eucaristía]
29. Y todo el resto de la vida del sacerdote
adquiere mayor plenitud de significado y de
eficacia santificadora. Su especial empeño
en la propia santificación encuentra,
efectivamente, nuevos incentivos en el
ministerio de la gracia y en el ministerio
de la Eucaristía, en la que se encierra todo
el bien de la Iglesia[47]; actuando en
persona de Cristo, el sacerdote se une más
íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el
altar su vida entera, que lleva las señales
del holocausto.
[Vida plenísima y fecunda]
30. ¿Qué otras consideraciones más podríamos
hacer sobre el aumento de capacidad, de
servicio, de amor, de sacrificio del
sacerdote por todo el Pueblo de Dios? Cristo
ha dicho de sí: Si el grano de trigo, no cae
en la tierra y muere, quedará solo; pero si
muere, llevará mucho fruto[48]. Y el apóstol
Pablo no dudaba exponerse a morir cada día
para poseer en sus fieles una gloria en
Cristo Jesús [49]. Así, el sacerdote,
muriendo cada día totalmente a sí mismo,
renunciando al amor legítimo de una familia
propia Por amor de Cristo y de su reino,
hallará la gloria de una vida en Cristo
plenísima y fecunda, porque como El y en El
ama y se da a todos los hijos de Dios.
[El sacerdote célibe en la comunidad de los
fieles]
31. En medio de la comunidad de los fieles
confiados a sus cuidados, el sacerdote es
Cristo presente; de ahí la suma conveniencia
de que en todo reproduzca su imagen, Y en
particular de que siga su ejemplo en su vida
íntima lo mismo que en su vida de
ministerio. Para sus hijos en Cristo, el
sacerdote es signo y prenda de las sublimes
y nuevas realidades del reino de Dios, del
que es dispensador, poseyéndolas por su
parte en el grado más perfecto y alimentando
la fe y la esperanza de todos los
cristianos, que en cuanto tales están
obligados a la observancia de la castidad
según el propio estado.
[Eficacia pastoral del celibato]
32. La consagración a Cristo, en virtud de
un titulo nuevo Y excelso cual es el
celibato, permite además al sacerdote, como
es evidente también en el campo práctico, la
mayor eficiencia y la mejor actitud
psicológica v afectiva para el ejercicio
continuo de la caridad perfecta, que le
permitirá, de manera más amplia y concreta,
darse todo para utilidad de todos[50] y le
garantiza claramente una mayor libertad y
disponibilidad en el ministerio
pastoral[51], en su activa y amorosa
presencia en medio del mundo al que Cristo
lo ha enviado a fin de que pague enteramente
a todos los hijos de Dios la deuda que se
les debe[53].
C. (Dimensión escatológica]
[El anhelo del Pueblo de Dios por el reino
celestial]
33. El reino de Dios, que no es de este
mundo[54], está aquí en la tierra presente
en misterio y llegará a su perfección con la
venida gloriosa del Señor Jesús[55]. De este
reino, la Iglesia forma aquí abajo como el
germen y el principio; y mientras que va
creciendo lenta, pero seguramente, siente el
anhelo de aquel reino perfecto y desea, con
todas sus fuerzas, unirse a su rey en la
gloria[56].
En la historia, el Pueblo de Dios,
peregrino, está en camino hacia su verdadera
patria[57], donde se manifestará en toda su
plenitud la filiación divina de los
redimidos[58] y donde resplandecerá
definitivamente la belleza transfigurada de
la Esposa del Cordero divino[59].
[El celibato como signo de los bienes
celestiales]
34. Nuestro Señor y Maestro ha dicho que en
la resurrección no se tornará mujer ni
marido, sino que serán como ángeles de Dios
en el cielo[60]. En el mundo de los hombres,
ocupados en gran número en los cuidados
terrenales y dominados con gran frecuencia
por los deseos de la carne[61], el precioso
don divino de la perfecta continencia por el
reino de los cielos constituye precisamente
«un signo particular de los bienes
celestiales»[62], anuncia la presencia sobre
la tierra de los últimos tiempos de la
salvación[63] con el advenimiento de un
mundo nuevo, y anticipa de alguna manera la
consumación del reino, afirmando sus valores
supremos, que un día brillarán en todos los
hijos de Dios. Por eso, es un testimonio de
la necesaria tensión del Pueblo de Dios
hacia la meta última de su peregrinación
terrenal y un estímulo para todos a alzar la
mirada a las cosas que están allá arriba, en
donde Cristo está sentado a la diestra del
Padre y donde nuestra villa está escondida
con Cristo en Dios, hasta que se manifieste
en la gloria.
2. [EL CELIBATO EN LA VIDA DE LA IGLESIA]
[En la antigüedad]
35. El estudio de los documentos históricos
sobre el celibato eclesiástico sería
demasiado largo, pero muy instructivo. Baste
la siguiente indicación: en la antigüedad
cristiana, los Padres y los escritores
eclesiásticos dan testimonio de la difusión,
tanto en Oriente como en Occidente, de la
práctica libre del celibato en los sagrados
ministros[65], por su gran conveniencia con
su total dedicación al servicio de Dios y de
su Iglesia.
[La Iglesia de Occidente]
36. La Iglesia de Occidente, desde los
principios del siglo IV, mediante la
intervención de vanos concilios provinciales
y de los sumos pontífices, corroboró,
extendió y sancionó esta práctica[66].
Fueron sobre todo los supremos pastores y
maestros de la iglesia de Dios, custodios e
intérpretes del patrimonio de la fe y de las
santas costumbres cristianas, los que
promovieron, defendieron y restauraron el
celibato eclesiástico en las sucesivas
épocas de la historia, aun cuando se
manifestaban oposiciones en el mismo clero y
las costumbres de una sociedad en decadencia
no favorecían, ciertamente, los heroísmos de
la virtud. La obligación del celibato fue
además solemnemente sancionada por el
sagrado Concilio ecuménico Tridentino[67] e
incluida finalmente en el Código de Derecho
Canónico (can. 132,1) [nuevo can.277].
[El magisterio pontificio reciente]
37. Los sumos pontífices más cercanos a
nosotros desplegaron su ardentísimo celo y
su doctrina para iluminar y estimular al
clero a esta observancia[68], y no queremos
dejar de rendir un homenaje especial a la
piadosísima memoria de nuestro inmediato
predecesor, todavía vivo en el corazón del
mundo, el cual, en el Sínodo romano,
pronunció, entre la sincera aprobación de
nuestro clero de la urbe, las palabras
siguientes: «Nos llega al corazón el que...
alguno pueda fantasear sobre la voluntad o
la conveniencia para la Iglesia católica de
renunciar a lo que, durante siglos y siglos,
fue y sigue siendo una de las glorias más
nobles y más puras de su sacerdocio. La ley
del celibato eclesiástico, y el cuidado de
mantenerla, queda siempre como una evocación
de las batallas de los tiempos heroicos,
cuando la Iglesia de Dios tenía que
combatir, y salió victoriosa, por el éxito
de su trinomio glorioso, que es siempre
símbolo de victoria: Iglesia de Cristo
libre, casta y católica»[69].
[La Iglesia de Oriente]
38. Si es diversa la legislación de la
Iglesia de Oriente en materia de disciplina
del celibato en el clero, como fue
finalmente establecida por el Concilio
Trullano desde el año 692[70] y como ha sido
abiertamente reconocido por el Concilio
Vaticano II[71], esto es debido también a
una diversa situación histórica de aquella
parte nobilísima de la Iglesia, situación a
la que el Espíritu Santo ha acomodado su
influjo providencial y sobrenaturalmente.
Aprovechamos esta ocasión para expresar
nuestra estima y nuestro respeto a todo el
clero de las Iglesias orientales y para
reconocer en él ejemplos de Fidelidad y de
celo que lo hacen digno de sincera
veneración.
[La voz de los Padres orientales]
39. Pero nos es también motivo de aliento
para perseverar en la observancia de la
disciplina, en relación con cl celibato del
clero, la apología que los Padres orientales
nos han dejado sobre la virginidad. Resuena
en nuestro corazón, por ejemplo, la voz de
San Gregorio Niseno, que nos recuerda que
«la vida virginal es la imagen de la
felicidad que nos espera en el mundo
futuro»[72], y no menos nos conforta el
encomio del sacerdocio, que seguimos
meditando, de San Juan Crisóstomo, ordenado
a ilustrar la necesaria armonía que debe
reinar entre la vida privada del ministro
del altar y la dignidad de la que está
revestido, en orden a sus sagradas
funciones: «a quien se acerca al sacerdocio,
le conviene ser puro como si estuviera en el
cielo» [73].
[Significativas indicaciones en la tradición
oriental]
40. Por lo demás, no es inútil observar que
también en el Oriente solamente los
sacerdotes célibes son ordenados obispos, y
los sacerdotes mismos no pueden contraer
matrimonio después de la ordenación
sacerdotal; lo que deja entender que también
aquellas venerables Iglesias poseen en
cierta medida el principio del sacerdocio
celibatario y el de una cierta correlación
entre el celibato y el sacerdocio cristiano,
del cual los obispos poseen el ápice y la
plenitud[74].
[La fidelidad de la Iglesia de Occidente a
su propia tradición]
41. En todo caso, la Iglesia de Occidente no
puede faltar en su fidelidad a la propia y
antigua tradición, y no cabe pensar que
durante siglos haya seguido un camino que,
en vez de favorecer la riqueza espiritual de
cada una de las almas y del Pueblo de Dios,
la haya en cierto modo comprometido; o que,
con arbitrarias intervenciones jurídicas,
haya reprimido la libre expansión de las más
profundas realidades de la naturaleza y de
la gracia.
[Casos especiales]
42. En virtud de la norma fundamental del
gobierno de la Iglesia católica, a la que
arriba hemos aludido (n.15), de la misma
manera que, por una parte, queda confirmada
la ley que requiere la elección libre y
perpetua del celibato en aquellos que son
admitidos a las sagradas órdenes, se podrá,
por otra, permitir el estudio de las
particulares condiciones de los ministros
sagrados casados, pertenecientes a Iglesias
o comunidades cristianas todavía separadas
de la comunión católica, quienes, deseando
dar su adhesión a la plenitud de esta
comunión y ejercitar en ella su sagrado
ministerio, fuesen admitidos a las funciones
sacerdotales, pero en condiciones que no
causen perjuicio a la disciplina vigente
sobre el sagrado celibato.
Y que la autoridad de la Iglesia no rehuye
el ejercicio de esta potestad lo demuestra
la posibilidad, propuesta por el reciente
concilio ecuménico, de conferir el sacro
diaconado incluso a hombres de edad madura
que viven en cl matrimonio[75].
[Confirmación]
43. Pero todo esto no significa relajación
de la ley vigente y no debe interpretarse
como un preludio de su abolición. Y más bien
que condescender con esta hipótesis, que
debilita en las almas el vigor y. el amor
que hace seguro y feliz el celibato, y
oscurece la verdadera doctrina que justifica
su existencia y glorifica su esplendor,
promuévase cl estudio en defensa del
concepto espiritual y del valor moral de la
virginidad y del celibato[76].
[Don que Dios dará si se le pide]
44. La sagrada virginidad es un don
especial, pero la Iglesia entera de nuestro
tiempo, representada solemne y
universalmente por sus pastores
responsables, y respetando siempre, como ya
hemos dicho, la disciplina de las Iglesias
orientales, ha manifestado su plena certeza
en el Espíritu de «que el don del celibato,
tan congruente con el sacerdocio del Nuevo
Testamento, lo otorgará generosamente cl
Padre con tal de que los que por el
sacramento del orden participan del
sacerdocio de Cristo, más aún, toda la
Iglesia, lo pidan con humildad e
insistencia>>[77].
[La oración del Pueblo de Dios]
45. Y hacemos en espíritu un llamamiento a
todo el Pueblo de Dios. para que, cumpliendo
con su deber de procurar el incremento de
las vocaciones sacerdotales[78], suplique
instantemente al Padre de todos, al Esposo
divino de la Iglesia y al Espíritu Santo.
que es su alma, para que, por intercesión de
la Bienaventurada Virgen Madre de Cristo y
de la Iglesia, comunique especialmente en
nuestro tiempo, este don divino, del cual el
Padre ciertamente no es avaro, y para que
las almas se dispongan a El con espíritu de
profunda fe y de generoso amor.
Así, en nuestro mundo, que tiene necesidad
de la gloria de Dios[79], los sacerdotes
configurados cada vez más perfectamente con
el sacerdote único y sumo, sean gloria
refulgente de Cristo[80] y por su medio sea
magnificada la gloria de la gracia de Dios
en el mundo de hoy[81].
[El mundo de hoy necesita el celibato
sacerdotal]
46. Sí, venerables y carísimos hermanos en
el sacerdocio, a quienes amamos en el
corazón de Jesucristo[82]; precisamente el
mundo en que hoy vivimos, atormentado por
una crisis de crecimiento y de
transformación, justamente orgulloso de los
valores humanos y de las humanas conquistas,
tiene urgente necesidad del testimonio de
vidas consagradas a los más altos y,
sagrados valores del alma, a fin de que a
este tiempo nuestro no le falte la admirable
y casi divina luz de las más sublimes
conquistas del espíritu.
[La escasez numérica de los sacerdotes]
47. Nuestro Señor Jesucristo no vaciló en
confiar a un puñado de hombres, que
cualquiera hubiera juzgado insuficientes por
número y calidad, la misión formidable de la
evangelización del mundo entonces conocido;
y a este pequeño rebaño le advirtió que no
se desalentase[83], porque con El y por El,
gracias a su constante asistencia[84]
conseguirían la victoria sobre el mundo[85].
Jesús nos ha enseñado también que el reino
de Dios tiene una fuerza íntima y secreta
que le permite crecer y llegar a madurar sin
que el hombre lo sepa[86]. La mies del reino
de los cielos es mucha, y los obreros, hoy
lo mismo que al principio, son pocos; ni han
llegado jamás a un número tal que el juicio
humano lo haya podido considerar suficiente.
Pero el Señor del reino exige que se pida
para que el dueño de la mies mande los
obreros a su campo[87]. Los consejos y la
prudencia de los hombres no pueden estar por
encima de la misteriosa sabiduría de aquel
que en la historia de la salvación ha
desafiado la sabiduría y el poder de los
hombres con su locura y su debilidad[88].
[El arrojo de la fe]
48. Hacemos un llamamiento al arrojo de la
fe para expresar la profunda convicción de
la Iglesia, según la cual una respuesta más
comprometedora y generosa a la gracia, una
confianza más explícita y cualificada en su
potencia misteriosa y arrolladora, un
testimonio más abierto y completo del
misterio de Cristo, nunca la harán fracasar,
a pesar de los cálculos humanos y de las
apariencias exteriores, en su misión de
salvar al mundo entero. Cada uno debe saber
que lo puede todo en aquel que es el único
que da la fuerza a las almas[89] y el
incremento a su Iglesia[90].
[La raíz del problema]
49. No se puede asentir fácilmente a la idea
de que, con la abolición del celibato
eclesiástico, crecerían por el mero hecho, y
de modo considerable, las vocaciones
sagradas: la experiencia contemporánea de la
Iglesia y de las comunidades eclesiales que
permiten cl matrimonio a sus ministros
parece testificar lo contrario. La causa de
la disminución de las vocaciones
sacerdotales hay que buscarla en otra parte,
principalmente, por ejemplo, en la pérdida o
en la atenuación del sentido de Dios y de lo
sagrado en los individuos y en las familias,
de la estima de la Iglesia como institución
salvadora mediante la fe y los sacramentos;
por lo cual, el problema hay que estudiarlo
en su verdadera raíz.
3. [EL CELIBATO Y LOS VALORES HUMANOS]
[Renunciar al matrimonio por amor]
50. La iglesia, como más arriba decíamos
(cf. n.10), no ignora que la elección del
sagrado celibato, al comprender una serie de
severas renuncias que tocan al hombre en lo
íntimo, lleva también consigo graves
dificultades y problemas, a los que son
especialmente sensibles los hombres de hoy.
Efectivamente, podría parecer que cl
celibato no va de acuerdo con el solemne
reconocimiento de los valores humanos, hecho
por parte de la Iglesia en el reciente
concilio; pero una consideración más atenta
hace ver que el sacrificio del amor humano,
tal como es vivido en la familia, realizado
por el sacerdote por amor de Cristo, es en
realidad un homenaje rendido a aquel amor.
Todo el mundo reconoce en realidad que la
criatura humana ha ofrecido siempre a Dios
lo que es digno del que da y del que recibe.
[El celibato, don de la gracia]
51. Por otra parte, la Iglesia no puede y no
debe ignorar que la elección del celibato,
si se hace con humana y cristiana prudencia
y con responsabilidad, está presidida por la
gracia, la cual no destruye la naturaleza,
ni le hace violencia, sino que la eleva y le
da capacidad y vigor sobrenaturales. Dios,
que ha creado al hombre y lo ha redimido,
sabe lo que le puede pedir y le da todo lo
que es necesario a fin de que pueda realizar
todo lo que su creador y redentor le pide.
San Agustín, que había amplia y
dolorosamente experimentado en sí mismo la
naturaleza del hombre, exclamaba: «Da lo que
mandes y manda lo que quieras»[91].
[Dificultades superables]
52. El conocimiento leal de las dificultades
reales del celibato es muy útil, más aún,
necesario, para que con plena conciencia se
dé cuenta perfecta de lo que su celibato
pide para ser auténtico y benéfico; pero,
con la misma lealtad, no se debe atribuir a
aquellas dificultades un valor y un peso
mayor del que efectivamente tienen en el
contexto humano y religioso, o declararlas
de imposible solución.
[El celibato no contraría la naturaleza]
53. No es justo repetir todavía (cf. n.10),
después de lo que la ciencia ha demostrado
ya,,que el celibato es contra la naturaleza,
por contrariar exigencias físicas,
psicológicas y afectivas legítimas, cuya
realización sería necesaria para completar y
madurar la personalidad humana: el hombre,
creado a imagen y semejanza de Dios[92], no
es solamente carne, ni el instinto sexual lo
es en él todo; el hombre es también, y sobre
todo, inteligencia, voluntad, libertad;
gracias a estas facultades es y debe tenerse
como superior al universo; ellas le hacen
dominador de los propios apetitos físicos.
psicológicos y afectivos.
[Mayor vinculación a Cristo y a la Iglesia]
54. El motivo verdadero y profundo del
sagrado celibato es, como ya hemos dicho la
elección de una relación personal más íntima
y completa con el misterio de Cristo y de la
Iglesia, a beneficio de toda la humanidad;
en esta elección no hay duda de que aquellos
supremos valores humanos tienen modo de
manifestarse en máximo grado.
[El celibato y la elevación del hombre]
55. La elección del celibato no implica la
ignorancia o desprecio del instinto sexual y
de la afectividad. lo cuál traería
ciertamente consecuencias dañosas para el
equilibrio físico o psicológico, sino que
exige lúcida comprensión, atento dominio de
sí mismo y sabia sublimación de la propia
psiquis a un plano superior. De este modo,
el celibato, elevando integralmente al
hombre, contribuye efectivamente a su
perfección.
[El celibato y la maduración de la
personalidad]
56. El deseo natural y legítimo del hombre
de amar a una mujer y de formarse una
familia son, ciertamente, superados en el
celibato; pero no se prueba que el
matrimonio y la familia sean la única vía
para la maduración integral de la persona
humana. En el corazón del sacerdote no se ha
apagado el amor. La caridad, bebida en su
más puro manantial[93], ejercitada a
imitación de Dios y de Cristo, no menos que
cualquier auténtico amor, es exigente y
concreta[94], ensancha hasta el infinito el
horizonte del sacerdote, hace más profundo y
amplio su sentido de responsabilidad -índice
de personalidad madura-, educa en él, como
expresión de una más alta y vasta
paternidad, una plenitud y delicadeza de
sentimientos[95] que lo enriquecen en medida
superabundante.
[El celibato y el matrimonio]
57. Todo el Pueblo de Dios debe dar
testimonio del misterio de Cristo y de su
reino, pero este testimonio no es el mismo
para todos. Dejando a sus hijos seglares
casados la función del necesario testimonio
de una vida conyugal y familiar auténtica y
plenamente cristiana, la Iglesia confía a
sus sacerdotes el testimonio de una vida
totalmente dedicada a las más nuevas y
fascinadoras realidades del reino de Dios.
Si al sacerdote le viene a faltar una
experiencia personal y directa de la vida
matrimonial, no le faltan, ciertamente, a
causa de su misma formación, de su
ministerio y por la gracia de su estado, un
conocimiento acaso más profundo todavía del
corazón humano que le permitirá penetrar
aquellos problemas en su mismo origen y ser
así de valiosa ayuda, con el consejo y con
la asistencia, para los cónyuges y para las
familias cristianas[96]. La presencia, junto
al hogar cristiano, del sacerdote que vive
en plenitud su propio celibato subrayará la
dimensión espiritual de todo amor digno de
este nombre, y su personal sacrificio
merecerá a los fieles unidos por el sagrado
vínculo del matrimonio las gracias de una
auténtica unión.
[La soledad del sacerdote célibe]
58. Es cierto; por su celibato el sacerdote
es un hombre solo; pero su soledad no es el
vacío, porque está llena de Dios y de la
exuberante riqueza de su reino. Además, para
esta soledad, que debe ser plenitud interior
y exterior de caridad, él se ha preparado,
se la ha escogido conscientemente, y no por
el orgullo de ser diferente de los demás, no
por sustraerse a las responsabilidades
comunes, no por desentenderse de sus
hermanos o por desestima del mundo.
Segregado del mundo, el sacerdote no está
separado del Pueblo de Dios, porque ha sido
constituido para provecho de los
hombres[97], consagrado enteramente a la
caridad[98] y al trabajo para el cual le ha
asumido el Señor[99].
[Cristo y la soledad sacerdotal]
59. A veces la soledad pesará dolorosamente
sobre el sacerdote, pero no por eso se
arrepentirá de haberla escogido
generosamente. También Cristo, en las lloras
más trágicas de su vida, quedó solo,
abandonado por los mismos que El había
escogido como testigos y compañeros de su
vida, y que había amado hasta el fin[100];
pero declaró: Yo no estoy solo, porque el
Padre está conmigo[101]. El que ha escogido
ser todo de Cristo hallará, ante todo, en la
intimidad con El y en su gracia la fuerza de
espíritu necesaria para disipar la
melancolía y para vencer los desalientos; no
le faltará la protección de la Virgen, Madre
de Jesús; los maternales cuidados de la
Iglesia, a cuyo servicio se ha consagrado;
no le faltará la solicitud de su padre en
Cristo, el obispo; no le faltará tampoco la
fraterna intimidad de sus hermanos en el
sacerdocio y el aliento de todo el Pueblo de
Dios. Y si la hostilidad, la desconfianza,
la indiferencia de los hombres hiciesen a
veces no poco amarga su soledad, él sabrá
que de este modo comparte, con dramática
evidencia, la misma suerte de Cristo, como
un apóstol, que no es más que aquel que lo
ha enviado[102], como un amigo admitido a
los secretos más dolorosos y gloriosos del
divino amigo, que lo ha escogido para que,
con una vida aparentemente de muerte, lleve
frutos misteriosos de vida eterna[103].