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SOBRE EL CELIBATO SACERDOTAL (S.S. Pablo VI)

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Arvo Net: MUNDO HOMBRE Y DIOS

 


De la Encíclica de Pablo VI
sobre el celibato sacerdotal

Puntos de la Encíclica de S. S. Pablo VI Sacedotalis caelibatus (24-VI-1967) sobre los fundamentos teológicos del celibato sacerdotal.
 


I. ASPECTOS DOCTRINALES

1. [LOS FUNDAMENTOS DEL CELIBATO SACERDOTAL]

[El concilio y el celibato]
17. Ciertamente, como ha declarado El sagrado Concilio ecuménico Vaticano II, la virginidad «no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales»[10], pero el mismo sagrado concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos.

[Argumentos antiguos puestos a nueva luz]
18. No es la primera vez que se reflexiona sobre la «múltiple conveniencia» (l.c.) del celibato para los ministros de Dios; y aunque las razones aducidas han sido diversas, según la diversa mentalidad y las diversas situaciones, han estado siempre inspiradas en consideraciones específicamente cristianas, en el fondo de las cuales late la intuición de motivos más profundos. Estos motivos pueden venir a mejor luz, no sin el influjo del Espíritu Santo, prometido por Cristo a los suyos para el conocimiento de las cosas venideras[11] y para hacer progresar en el Pueblo de Dios la inteligencia del misterio de Cristo y de la Iglesia, sirviéndose también de la experiencia procurada por una penetración mayor de las cosas espirituales a través de los siglos[12].

A. [Dimensión cristológica]

[La novedad de Cristo]
19. El sacerdocio cristiano, que es nuevo, solamente puede ser comprendido a la luz de la novedad de Cristo. pontífice sumo y eterno sacerdote, que ha instituido el sacerdocio ministerial como real participación de su único sacerdocio[13]. El ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios[14] tiene, por consiguiente, en El también el modelo directo y el supremo ideal[15]. El Señor Jesús, unigénito de Dios enviado por el Padre al mundo, se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y la muerte, fuese. regenerada y, mediante un nuevo nacimiento[16], entrase en cl reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre[17], Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación[18], introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad [19].

[Matrimonio y celibato en la novedad de Cristo]
20. El matrimonio, que por voluntad de Dios continúa la obra de la primera creación[20], asumido en el designio total de la salvación, adquiere, también él, nuevo significado y valor. Efectivamente, Jesús le ha restituido su primitiva dignidad[21], lo ha honrado[22] y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia[23]. Así, los cónyuges cristianos, en el ejercicio del mutuo amor, cumpliendo sus específicos deberes y tendiendo a la santidad que les es propia, marchan juntos hacia la patria celestial. Cristo, mediador de un testamento más excelente[24], ha abierto también un camino nuevo, en el que la criatura humana. adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de El y de sus cosas[25], manifiesta de modo más claro y complejo la realidad, profundamente innovadora, del Nuevo Testamento.

[Virginidad y sacerdocio en Cristo mediador]
21. Cristo, Hijo único del Padre, en virtud de su misma encarnación ha sido constituido mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. En plena armonía con esta misión; Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre[26].

[El celibato por el reino de los cielos]
22. Jesús, que escogió los primeros ministros de la salvación y quiso que entrasen en la inteligencia de los misterios del reino de los cielos[27], cooperadores de Dios con título especialísimo, embajadores suyos[28], y les llamó amigos y hermanos[29], por los cuales se consagró a sí mismo a fin de que fuesen consagrados en la verdad[30], prometió una recompensa superabundante a todo el que hubiera abandonado casa, familia, mujer e hijos por el reino de Dios[31]. Más aún, recomendó también[32], con palabras cargadas de misterio y de expectación, una consagración todavía más perfecta al reino de los cielos por medio de la virginidad, como consecuencia de un don especial[33].: La respuesta a este divino carisma tiene como motivo el reino de los cielos (Ibíd., v.12); e igualmente de este reino, del Evangelio y del nombre de Cristo[34] toman su motivo las invitaciones de Jesús a las arduas renuncias apostólicas para una participación más íntima en su suerte[35].

[Testimonio de Cristo]
23. Es, pues, el misterio de la novedad de Cristo, de todo lo que El es y significa; es la suma de los más altos ideales del Evangelio y del reino; es una especial manifestación de la gracia que brota del misterio pascual del Redentor lo que hace deseable y digna la elección de la virginidad por parte de los llamados por el Señor Jesús, con la intención no solamente de participar de su oficio sacerdotal, sino también de compartir con El su mismo estado de vida.

[Plenitud de amor]
24. La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime[36]; ella se cubre de misterio en el particular amor por las almas a las cuales El ha hecho sentir sus llamadas más comprometedoras[37]. La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor, que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable Y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia «como señal y estímulo de caridad»[38], señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos. ¿Quién jamás puede ver en una vida entregada tan enteramente y por las razones que hemos expuesto, señales de pobreza espiritual, de egoísmo, mientras que, por el contrario, es, y debe ser, un extraordinario y por demás significativo ejemplo de vida, que tiene como motor y fuerza el amor, en el que el hombre expresa su exclusiva grandeza? ¿Quién jamás podrá dudar de la plenitud moral y espiritual de una vida de tal manera consagrada, no ya a un ideal, aunque sea el más sublime, sino a Cristo y a su obra en favor de una humanidad nueva, en todos los lugares y en todos los tiempos?

[Invitación al estudio]
25. Esta perspectiva bíblica y teológica, que asocia nuestro sacerdocio ministerial al de Cristo, y que de la total y exclusiva entrega de Cristo a su misión salvífica saca el ejemplo y la razón de nuestra asimilación a la forma de caridad y de sacrificio, propia de Cristo redentor, nos parece tan fecunda y tan llena de verdades especulativas y prácticas, que os invitamos a vosotros, venerables hermanos, invitamos a los estudiosos de la doctrina cristiana y a los maestros de espíritu y a todos íos sacerdotes capaces de las intuiciones sobrenaturales sobre su vocación, a perseverar en el estudio de estas perspectivas y penetrar en sus íntimas y fecundas realidades, de suerte que cl vínculo entre el sacerdocio y el celibato aparezca cada vez mejor en su lógica luminosa y heroica, de amor único e ilimitado hacia Cristo Señor y hacia su Iglesia.

B. [Dimensión eclesiológica]

[El celibato y el amor de Cristo y del sacerdote por la Iglesia]
26. Apresado por Cristo Jesús[39] hasta el abandono total de sí mismo en El, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo; también en el amor con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada[40].

Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión, por la cual los hijos de Dios no son engendrados ni por la carne ni por la sangre[41].

[Unidad y armonía en la vida sacerdotal: el ministerio de la Palabra]
27. El sacerdote, dedicándose al servicio del Señor Jesús y de su Cuerpo místico en completa libertad, más facilitada gracias a su total ofrecimiento, realiza más plenamente la unidad y la armonía de su vida sacerdotal[42]. Crece en él la idoneidad para oír la palabra de Dios y. para la oración. De hecho, la palabra de Dios, custodiada por la Iglesia, suscita en el sacerdote que diariamente la medita, la vive y la anuncia a los fieles, los ecos más vibrantes y profundos.

[El oficio divino y la oración]
28. Así, dedicado total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la Iglesia, como Cristo[43], su ministro, a imitación del Sumo Sacerdote, siempre en la presencia de Dios para interceder en favor nuestro[44], recibe, del atento y devoto rezo del oficio divino con el que él presta su voz a la Iglesia, que ora juntamente con su Esposo[45], alegría e impulsos incesantes, y experimenta la necesidad de prolongar su asiduidad en la oración, que es una función exquisitamente sacerdotal[46].

[El ministerio de la gracia y de la Eucaristía]
29. Y todo el resto de la vida del sacerdote adquiere mayor plenitud de significado y de eficacia santificadora. Su especial empeño en la propia santificación encuentra, efectivamente, nuevos incentivos en el ministerio de la gracia y en el ministerio de la Eucaristía, en la que se encierra todo el bien de la Iglesia[47]; actuando en persona de Cristo, el sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera, que lleva las señales del holocausto.

[Vida plenísima y fecunda]
30. ¿Qué otras consideraciones más podríamos hacer sobre el aumento de capacidad, de servicio, de amor, de sacrificio del sacerdote por todo el Pueblo de Dios? Cristo ha dicho de sí: Si el grano de trigo, no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto[48]. Y el apóstol Pablo no dudaba exponerse a morir cada día para poseer en sus fieles una gloria en Cristo Jesús [49]. Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia Por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como El y en El ama y se da a todos los hijos de Dios.

[El sacerdote célibe en la comunidad de los fieles]
31. En medio de la comunidad de los fieles confiados a sus cuidados, el sacerdote es Cristo presente; de ahí la suma conveniencia de que en todo reproduzca su imagen, Y en particular de que siga su ejemplo en su vida íntima lo mismo que en su vida de ministerio. Para sus hijos en Cristo, el sacerdote es signo y prenda de las sublimes y nuevas realidades del reino de Dios, del que es dispensador, poseyéndolas por su parte en el grado más perfecto y alimentando la fe y la esperanza de todos los cristianos, que en cuanto tales están obligados a la observancia de la castidad según el propio estado.

[Eficacia pastoral del celibato]
32. La consagración a Cristo, en virtud de un titulo nuevo Y excelso cual es el celibato, permite además al sacerdote, como es evidente también en el campo práctico, la mayor eficiencia y la mejor actitud psicológica v afectiva para el ejercicio continuo de la caridad perfecta, que le permitirá, de manera más amplia y concreta, darse todo para utilidad de todos[50] y le garantiza claramente una mayor libertad y disponibilidad en el ministerio pastoral[51], en su activa y amorosa presencia en medio del mundo al que Cristo lo ha enviado a fin de que pague enteramente a todos los hijos de Dios la deuda que se les debe[53].

C. (Dimensión escatológica]

[El anhelo del Pueblo de Dios por el reino celestial]
33. El reino de Dios, que no es de este mundo[54], está aquí en la tierra presente en misterio y llegará a su perfección con la venida gloriosa del Señor Jesús[55]. De este reino, la Iglesia forma aquí abajo como el germen y el principio; y mientras que va creciendo lenta, pero seguramente, siente el anhelo de aquel reino perfecto y desea, con todas sus fuerzas, unirse a su rey en la gloria[56].

En la historia, el Pueblo de Dios, peregrino, está en camino hacia su verdadera patria[57], donde se manifestará en toda su plenitud la filiación divina de los redimidos[58] y donde resplandecerá definitivamente la belleza transfigurada de la Esposa del Cordero divino[59].

[El celibato como signo de los bienes celestiales]
34. Nuestro Señor y Maestro ha dicho que en la resurrección no se tornará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo[60]. En el mundo de los hombres, ocupados en gran número en los cuidados terrenales y dominados con gran frecuencia por los deseos de la carne[61], el precioso don divino de la perfecta continencia por el reino de los cielos constituye precisamente «un signo particular de los bienes celestiales»[62], anuncia la presencia sobre la tierra de los últimos tiempos de la salvación[63] con el advenimiento de un mundo nuevo, y anticipa de alguna manera la consumación del reino, afirmando sus valores supremos, que un día brillarán en todos los hijos de Dios. Por eso, es un testimonio de la necesaria tensión del Pueblo de Dios hacia la meta última de su peregrinación terrenal y un estímulo para todos a alzar la mirada a las cosas que están allá arriba, en donde Cristo está sentado a la diestra del Padre y donde nuestra villa está escondida con Cristo en Dios, hasta que se manifieste en la gloria.

2. [EL CELIBATO EN LA VIDA DE LA IGLESIA]

[En la antigüedad]
35. El estudio de los documentos históricos sobre el celibato eclesiástico sería demasiado largo, pero muy instructivo. Baste la siguiente indicación: en la antigüedad cristiana, los Padres y los escritores eclesiásticos dan testimonio de la difusión, tanto en Oriente como en Occidente, de la práctica libre del celibato en los sagrados ministros[65], por su gran conveniencia con su total dedicación al servicio de Dios y de su Iglesia.

[La Iglesia de Occidente]
36. La Iglesia de Occidente, desde los principios del siglo IV, mediante la intervención de vanos concilios provinciales y de los sumos pontífices, corroboró, extendió y sancionó esta práctica[66]. Fueron sobre todo los supremos pastores y maestros de la iglesia de Dios, custodios e intérpretes del patrimonio de la fe y de las santas costumbres cristianas, los que promovieron, defendieron y restauraron el celibato eclesiástico en las sucesivas épocas de la historia, aun cuando se manifestaban oposiciones en el mismo clero y las costumbres de una sociedad en decadencia no favorecían, ciertamente, los heroísmos de la virtud. La obligación del celibato fue además solemnemente sancionada por el sagrado Concilio ecuménico Tridentino[67] e incluida finalmente en el Código de Derecho Canónico (can. 132,1) [nuevo can.277].

[El magisterio pontificio reciente]

37. Los sumos pontífices más cercanos a nosotros desplegaron su ardentísimo celo y su doctrina para iluminar y estimular al clero a esta observancia[68], y no queremos dejar de rendir un homenaje especial a la piadosísima memoria de nuestro inmediato predecesor, todavía vivo en el corazón del mundo, el cual, en el Sínodo romano, pronunció, entre la sincera aprobación de nuestro clero de la urbe, las palabras siguientes: «Nos llega al corazón el que... alguno pueda fantasear sobre la voluntad o la conveniencia para la Iglesia católica de renunciar a lo que, durante siglos y siglos, fue y sigue siendo una de las glorias más nobles y más puras de su sacerdocio. La ley del celibato eclesiástico, y el cuidado de mantenerla, queda siempre como una evocación de las batallas de los tiempos heroicos, cuando la Iglesia de Dios tenía que combatir, y salió victoriosa, por el éxito de su trinomio glorioso, que es siempre símbolo de victoria: Iglesia de Cristo libre, casta y católica»[69].

[La Iglesia de Oriente]
38. Si es diversa la legislación de la Iglesia de Oriente en materia de disciplina del celibato en el clero, como fue finalmente establecida por el Concilio Trullano desde el año 692[70] y como ha sido abiertamente reconocido por el Concilio Vaticano II[71], esto es debido también a una diversa situación histórica de aquella parte nobilísima de la Iglesia, situación a la que el Espíritu Santo ha acomodado su influjo providencial y sobrenaturalmente.

Aprovechamos esta ocasión para expresar nuestra estima y nuestro respeto a todo el clero de las Iglesias orientales y para reconocer en él ejemplos de Fidelidad y de celo que lo hacen digno de sincera veneración.

[La voz de los Padres orientales]
39. Pero nos es también motivo de aliento para perseverar en la observancia de la disciplina, en relación con cl celibato del clero, la apología que los Padres orientales nos han dejado sobre la virginidad. Resuena en nuestro corazón, por ejemplo, la voz de San Gregorio Niseno, que nos recuerda que «la vida virginal es la imagen de la felicidad que nos espera en el mundo futuro»[72], y no menos nos conforta el encomio del sacerdocio, que seguimos meditando, de San Juan Crisóstomo, ordenado a ilustrar la necesaria armonía que debe reinar entre la vida privada del ministro del altar y la dignidad de la que está revestido, en orden a sus sagradas funciones: «a quien se acerca al sacerdocio, le conviene ser puro como si estuviera en el cielo» [73].

[Significativas indicaciones en la tradición oriental]
40. Por lo demás, no es inútil observar que también en el Oriente solamente los sacerdotes célibes son ordenados obispos, y los sacerdotes mismos no pueden contraer matrimonio después de la ordenación sacerdotal; lo que deja entender que también aquellas venerables Iglesias poseen en cierta medida el principio del sacerdocio celibatario y el de una cierta correlación entre el celibato y el sacerdocio cristiano, del cual los obispos poseen el ápice y la plenitud[74].

[La fidelidad de la Iglesia de Occidente a su propia tradición]
41. En todo caso, la Iglesia de Occidente no puede faltar en su fidelidad a la propia y antigua tradición, y no cabe pensar que durante siglos haya seguido un camino que, en vez de favorecer la riqueza espiritual de cada una de las almas y del Pueblo de Dios, la haya en cierto modo comprometido; o que, con arbitrarias intervenciones jurídicas, haya reprimido la libre expansión de las más profundas realidades de la naturaleza y de la gracia.

[Casos especiales]
42. En virtud de la norma fundamental del gobierno de la Iglesia católica, a la que arriba hemos aludido (n.15), de la misma manera que, por una parte, queda confirmada la ley que requiere la elección libre y perpetua del celibato en aquellos que son admitidos a las sagradas órdenes, se podrá, por otra, permitir el estudio de las particulares condiciones de los ministros sagrados casados, pertenecientes a Iglesias o comunidades cristianas todavía separadas de la comunión católica, quienes, deseando dar su adhesión a la plenitud de esta comunión y ejercitar en ella su sagrado ministerio, fuesen admitidos a las funciones sacerdotales, pero en condiciones que no causen perjuicio a la disciplina vigente sobre el sagrado celibato.

Y que la autoridad de la Iglesia no rehuye el ejercicio de esta potestad lo demuestra la posibilidad, propuesta por el reciente concilio ecuménico, de conferir el sacro diaconado incluso a hombres de edad madura que viven en cl matrimonio[75].

[Confirmación]
43. Pero todo esto no significa relajación de la ley vigente y no debe interpretarse como un preludio de su abolición. Y más bien que condescender con esta hipótesis, que debilita en las almas el vigor y. el amor que hace seguro y feliz el celibato, y oscurece la verdadera doctrina que justifica su existencia y glorifica su esplendor, promuévase cl estudio en defensa del concepto espiritual y del valor moral de la virginidad y del celibato[76].

[Don que Dios dará si se le pide]
44. La sagrada virginidad es un don especial, pero la Iglesia entera de nuestro tiempo, representada solemne y universalmente por sus pastores responsables, y respetando siempre, como ya hemos dicho, la disciplina de las Iglesias orientales, ha manifestado su plena certeza en el Espíritu de «que el don del celibato, tan congruente con el sacerdocio del Nuevo Testamento, lo otorgará generosamente cl Padre con tal de que los que por el sacramento del orden participan del sacerdocio de Cristo, más aún, toda la Iglesia, lo pidan con humildad e insistencia>>[77].

[La oración del Pueblo de Dios]
45. Y hacemos en espíritu un llamamiento a todo el Pueblo de Dios. para que, cumpliendo con su deber de procurar el incremento de las vocaciones sacerdotales[78], suplique instantemente al Padre de todos, al Esposo divino de la Iglesia y al Espíritu Santo. que es su alma, para que, por intercesión de la Bienaventurada Virgen Madre de Cristo y de la Iglesia, comunique especialmente en nuestro tiempo, este don divino, del cual el Padre ciertamente no es avaro, y para que las almas se dispongan a El con espíritu de profunda fe y de generoso amor.

Así, en nuestro mundo, que tiene necesidad de la gloria de Dios[79], los sacerdotes configurados cada vez más perfectamente con el sacerdote único y sumo, sean gloria refulgente de Cristo[80] y por su medio sea magnificada la gloria de la gracia de Dios en el mundo de hoy[81].

[El mundo de hoy necesita el celibato sacerdotal]
46. Sí, venerables y carísimos hermanos en el sacerdocio, a quienes amamos en el corazón de Jesucristo[82]; precisamente el mundo en que hoy vivimos, atormentado por una crisis de crecimiento y de transformación, justamente orgulloso de los valores humanos y de las humanas conquistas, tiene urgente necesidad del testimonio de vidas consagradas a los más altos y, sagrados valores del alma, a fin de que a este tiempo nuestro no le falte la admirable y casi divina luz de las más sublimes conquistas del espíritu.

[La escasez numérica de los sacerdotes]
47. Nuestro Señor Jesucristo no vaciló en confiar a un puñado de hombres, que cualquiera hubiera juzgado insuficientes por número y calidad, la misión formidable de la evangelización del mundo entonces conocido; y a este pequeño rebaño le advirtió que no se desalentase[83], porque con El y por El, gracias a su constante asistencia[84] conseguirían la victoria sobre el mundo[85]. Jesús nos ha enseñado también que el reino de Dios tiene una fuerza íntima y secreta que le permite crecer y llegar a madurar sin que el hombre lo sepa[86]. La mies del reino de los cielos es mucha, y los obreros, hoy lo mismo que al principio, son pocos; ni han llegado jamás a un número tal que el juicio humano lo haya podido considerar suficiente. Pero el Señor del reino exige que se pida para que el dueño de la mies mande los obreros a su campo[87]. Los consejos y la prudencia de los hombres no pueden estar por encima de la misteriosa sabiduría de aquel que en la historia de la salvación ha desafiado la sabiduría y el poder de los hombres con su locura y su debilidad[88].


[El arrojo de la fe]
48. Hacemos un llamamiento al arrojo de la fe para expresar la profunda convicción de la Iglesia, según la cual una respuesta más comprometedora y generosa a la gracia, una confianza más explícita y cualificada en su potencia misteriosa y arrolladora, un testimonio más abierto y completo del misterio de Cristo, nunca la harán fracasar, a pesar de los cálculos humanos y de las apariencias exteriores, en su misión de salvar al mundo entero. Cada uno debe saber que lo puede todo en aquel que es el único que da la fuerza a las almas[89] y el incremento a su Iglesia[90].


[La raíz del problema]
49. No se puede asentir fácilmente a la idea de que, con la abolición del celibato eclesiástico, crecerían por el mero hecho, y de modo considerable, las vocaciones sagradas: la experiencia contemporánea de la Iglesia y de las comunidades eclesiales que permiten cl matrimonio a sus ministros parece testificar lo contrario. La causa de la disminución de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra parte, principalmente, por ejemplo, en la pérdida o en la atenuación del sentido de Dios y de lo sagrado en los individuos y en las familias, de la estima de la Iglesia como institución salvadora mediante la fe y los sacramentos; por lo cual, el problema hay que estudiarlo en su verdadera raíz.


3. [EL CELIBATO Y LOS VALORES HUMANOS]

[Renunciar al matrimonio por amor]
50. La iglesia, como más arriba decíamos (cf. n.10), no ignora que la elección del sagrado celibato, al comprender una serie de severas renuncias que tocan al hombre en lo íntimo, lleva también consigo graves dificultades y problemas, a los que son especialmente sensibles los hombres de hoy. Efectivamente, podría parecer que cl celibato no va de acuerdo con el solemne reconocimiento de los valores humanos, hecho por parte de la Iglesia en el reciente concilio; pero una consideración más atenta hace ver que el sacrificio del amor humano, tal como es vivido en la familia, realizado por el sacerdote por amor de Cristo, es en realidad un homenaje rendido a aquel amor. Todo el mundo reconoce en realidad que la criatura humana ha ofrecido siempre a Dios lo que es digno del que da y del que recibe.

[El celibato, don de la gracia]
51. Por otra parte, la Iglesia no puede y no debe ignorar que la elección del celibato, si se hace con humana y cristiana prudencia y con responsabilidad, está presidida por la gracia, la cual no destruye la naturaleza, ni le hace violencia, sino que la eleva y le da capacidad y vigor sobrenaturales. Dios, que ha creado al hombre y lo ha redimido, sabe lo que le puede pedir y le da todo lo que es necesario a fin de que pueda realizar todo lo que su creador y redentor le pide. San Agustín, que había amplia y dolorosamente experimentado en sí mismo la naturaleza del hombre, exclamaba: «Da lo que mandes y manda lo que quieras»[91].

[Dificultades superables]
52. El conocimiento leal de las dificultades reales del celibato es muy útil, más aún, necesario, para que con plena conciencia se dé cuenta perfecta de lo que su celibato pide para ser auténtico y benéfico; pero, con la misma lealtad, no se debe atribuir a aquellas dificultades un valor y un peso mayor del que efectivamente tienen en el contexto humano y religioso, o declararlas de imposible solución.

[El celibato no contraría la naturaleza]
53. No es justo repetir todavía (cf. n.10), después de lo que la ciencia ha demostrado ya,,que el celibato es contra la naturaleza, por contrariar exigencias físicas, psicológicas y afectivas legítimas, cuya realización sería necesaria para completar y madurar la personalidad humana: el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios[92], no es solamente carne, ni el instinto sexual lo es en él todo; el hombre es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; gracias a estas facultades es y debe tenerse como superior al universo; ellas le hacen dominador de los propios apetitos físicos. psicológicos y afectivos.

[Mayor vinculación a Cristo y a la Iglesia]
54. El motivo verdadero y profundo del sagrado celibato es, como ya hemos dicho la elección de una relación personal más íntima y completa con el misterio de Cristo y de la Iglesia, a beneficio de toda la humanidad; en esta elección no hay duda de que aquellos supremos valores humanos tienen modo de manifestarse en máximo grado.

[El celibato y la elevación del hombre]
55. La elección del celibato no implica la ignorancia o desprecio del instinto sexual y de la afectividad. lo cuál traería ciertamente consecuencias dañosas para el equilibrio físico o psicológico, sino que exige lúcida comprensión, atento dominio de sí mismo y sabia sublimación de la propia psiquis a un plano superior. De este modo, el celibato, elevando integralmente al hombre, contribuye efectivamente a su perfección.

[El celibato y la maduración de la personalidad]
56. El deseo natural y legítimo del hombre de amar a una mujer y de formarse una familia son, ciertamente, superados en el celibato; pero no se prueba que el matrimonio y la familia sean la única vía para la maduración integral de la persona humana. En el corazón del sacerdote no se ha apagado el amor. La caridad, bebida en su más puro manantial[93], ejercitada a imitación de Dios y de Cristo, no menos que cualquier auténtico amor, es exigente y concreta[94], ensancha hasta el infinito el horizonte del sacerdote, hace más profundo y amplio su sentido de responsabilidad -índice de personalidad madura-, educa en él, como expresión de una más alta y vasta paternidad, una plenitud y delicadeza de sentimientos[95] que lo enriquecen en medida superabundante.

[El celibato y el matrimonio]
57. Todo el Pueblo de Dios debe dar testimonio del misterio de Cristo y de su reino, pero este testimonio no es el mismo para todos. Dejando a sus hijos seglares casados la función del necesario testimonio de una vida conyugal y familiar auténtica y plenamente cristiana, la Iglesia confía a sus sacerdotes el testimonio de una vida totalmente dedicada a las más nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios.

Si al sacerdote le viene a faltar una experiencia personal y directa de la vida matrimonial, no le faltan, ciertamente, a causa de su misma formación, de su ministerio y por la gracia de su estado, un conocimiento acaso más profundo todavía del corazón humano que le permitirá penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser así de valiosa ayuda, con el consejo y con la asistencia, para los cónyuges y para las familias cristianas[96]. La presencia, junto al hogar cristiano, del sacerdote que vive en plenitud su propio celibato subrayará la dimensión espiritual de todo amor digno de este nombre, y su personal sacrificio merecerá a los fieles unidos por el sagrado vínculo del matrimonio las gracias de una auténtica unión.

[La soledad del sacerdote célibe]
58. Es cierto; por su celibato el sacerdote es un hombre solo; pero su soledad no es el vacío, porque está llena de Dios y de la exuberante riqueza de su reino. Además, para esta soledad, que debe ser plenitud interior y exterior de caridad, él se ha preparado, se la ha escogido conscientemente, y no por el orgullo de ser diferente de los demás, no por sustraerse a las responsabilidades comunes, no por desentenderse de sus hermanos o por desestima del mundo. Segregado del mundo, el sacerdote no está separado del Pueblo de Dios, porque ha sido constituido para provecho de los hombres[97], consagrado enteramente a la caridad[98] y al trabajo para el cual le ha asumido el Señor[99].

[Cristo y la soledad sacerdotal]
59. A veces la soledad pesará dolorosamente sobre el sacerdote, pero no por eso se arrepentirá de haberla escogido generosamente. También Cristo, en las lloras más trágicas de su vida, quedó solo, abandonado por los mismos que El había escogido como testigos y compañeros de su vida, y que había amado hasta el fin[100]; pero declaró: Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo[101]. El que ha escogido ser todo de Cristo hallará, ante todo, en la intimidad con El y en su gracia la fuerza de espíritu necesaria para disipar la melancolía y para vencer los desalientos; no le faltará la protección de la Virgen, Madre de Jesús; los maternales cuidados de la Iglesia, a cuyo servicio se ha consagrado; no le faltará la solicitud de su padre en Cristo, el obispo; no le faltará tampoco la fraterna intimidad de sus hermanos en el sacerdocio y el aliento de todo el Pueblo de Dios. Y si la hostilidad, la desconfianza, la indiferencia de los hombres hiciesen a veces no poco amarga su soledad, él sabrá que de este modo comparte, con dramática evidencia, la misma suerte de Cristo, como un apóstol, que no es más que aquel que lo ha enviado[102], como un amigo admitido a los secretos más dolorosos y gloriosos del divino amigo, que lo ha escogido para que, con una vida aparentemente de muerte, lleve frutos misteriosos de vida eterna[103].
 

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Arvo Net, 23 agosto de 2005

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