Mons. Javier Echevarría
*
En el mes de
mayo de 1939, poco después del final de la
guerra civil española, san Josemaría Escrivá
escribía a Álvaro del Portillo:
«¡qué blanco
veo el camino ‑largo‑ que te queda por
recorrer! Blanco y lleno, como campo
cuajado. ¡Bendita fecundidad del apóstol,
más hermosa que todas las hermosuras de la
tierra!»

S.E. Mons. Álvaro del Portillo fue uno de
los tres primeros miembros del Opus Dei que
fueron ordenados sacerdotes el 25 de junio
1944. Las esperanzas, expresadas por
san Josemaría en la carta citada, se habían
cumplido; una secuencia maravillosa de
gracias. Dios es fiel a sus promesas. Cada
sacerdote, también si se encuentra para
realizar el ministerio en la aldea más
alejada, es testigo de la fecundidad que
deriva del sacerdocio de Cristo: frutos en
su mayor parte invisibles a los ojos de los
hombres, que no se traducen en estadísticas,
pero cuya consistencia tiene la duración de
la eternidad. Frutos de gracia, de fidelidad
al compromiso cristiano, de paz, de
comprensión y de perdón, de generosidad y de
sacrificio, de dolor transfigurado en amor.
Cristo está vivo en su Iglesia y actúa a
través de los sacramentos y del anuncio
valiente y fiel de la Palabra, renueva
incesantemente los milagros del Evangelio:
«Porque ahora también se devuelve la vista a
ciegos, que habían perdido la capacidad de
mirar al cielo y de contemplar las
maravillas de Dios; se da la libertad a
cojos y tullidos, que se encontraban atados
por sus apasionamientos, y cuyos corazones
no sabían ya amar; se hace oír a sordos, que
no deseaban saber de Dios; se logra que
hablen los mudos, que tenían atenazada la
lengua porque no querían confesar sus
derrotas; se resucita a muertos, en los que
el pecado había destruido la vida»
(Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa,
n. 131). Dispensador de los misterios
divinos, el sacerdote fiel oye como resuena
en lo más íntimo de la propia alma las
palabras de Jesús: «Alegraos más bien porque
vuestros nombres están escritos en los
cielos» (Lc 10,20).
*
Fragmento de un
artículo de Mons. Javier Echevarría,
Prelado del Opus Dei, publicado en
L'Osservatore Romano el 25 de marzo de
1994, titulado «Don Álvaro, sacerdote y
padre», dos días después del fallecimiento
del Siervo de Dios Alvaro del Portillo
obispo, primer sucesor de san Josemaría.
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