En
la Homilía de la Clausura del Sínodo
de los obispos y del Año de la Eucaristía
(23.X.2005) el papa Benedicto XVI
pronunció estas palabras:
La contemplación de la
Eucaristía debe animar a todos los
miembros de la Iglesia, en primer lugar
a los sacerdotes, ministros de la
Eucaristía, a reavivar su compromiso de
fidelidad. Sobre el misterio
eucarístico, celebrado y adorado, se
funda el celibato que los presbíteros
han recibido como don precioso y signo
del amor indiviso hacia Dios y hacia el
prójimo.
Los medios
de comunicación comprendieron que el
Romano Pontífice ratificaba así una vez
más la necesidad de mantener en la
Iglesia católica latina el celibato
sacerdotal. Así es. En dos palabras
indicaba el Papa su fundamento
teológico: el misterio eucarístico,
sobre lo que en breve volveremos.
Ahora puede ser buen momento para
recordar lo siguiente:
En 1988, el papa Juan Pablo II quiso
dedicar la carta que todos los años dirige a
los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo
a la importancia de la mujer en la vida de
éstos y pedíaa todos que reeleyeran la Carta
Ap. «Mulieris dignitatem» (1988). En su
nueva carta, Juan Pablo II decía: «Muchos
sacerdotes tienen hermanas, y todos han
convivido desde niños con chicas, esta
convivencia tiene importancia en la
formación de la personalidad de los
muchachos y las muchachas. En ese contexto
nacen las vocaciones al matrimonio, y
también al sacerdocio y la vida consagrada».
«Para vivir en el celibato de modo maduro y
sereno, parece ser particularmente
importante que el sacerdote desarrolle
profundamente en sí mismo la imagen de la
mujer como hermana. En Cristo, hombres y
mujeres son hermanos y hermanas,
independientemente de los vínculos
familiares».
El Papa pide luego a los sacerdotes que
sepan valorar la vocación al celibato, "que
necesita ser defendida conscientemente, con
una vigilancia especial sobre los
sentimientos y sobre toda la propia
conducta". «Cuando en el trato con una mujer
peligrara el don y la elección del celibato,
el sacerdote debe luchar para mantenerse
fiel a su vocación». Esto no significa que
el matrimonio sea algo malo en sí, «sino que
para el sacerdote el camino es otro: dejarlo
sería, en su caso, faltar a la palabra dada
a Dios".
En nuestra sociedad, es especialmente
necesaria la oración del Padrenuestro: «no
nos dejes caer en la tentación y líbranos
del mal, porque está saturada «de elementos
de hedonismo, egocentrismo y sensualidad, y
en ella se propaga por desgracia la
pornografía, «que humilla la dignidad de la
mujer tratándola exclusivamente como objeto
de placer sexual: estos aspectos de la
civilización actual no favorecen ciertamente
la fidelidad conyugal ni el celibato por el
Reino de Dios.
«Si el sacerdote no fomenta en sí mismo
auténticas disposiciones de fe, de esperanza
y de amor a Dios, puede ceder fácilmente a
los reclamos que le llegan del mundo… Que
[los sacerdotes] permanezcan fieles al don
del celibato que nos ofrece Cristo: en él se
encuentra un bien espiritual para cada uno y
para toda la Iglesia».
«En el pensamiento y en la oración están hoy
presentes de forma especial nuestros
hermanos en el sacerdocio que encuentran
dificultades en este campo y quienes por
causa de una mujer han abandonado el
ministerio sacerdotal»*
«Confiamos a María Santísima, Madre de los
Sacerdotes, y a la intercesión de los
numerosos santos sacerdotes de la historia
de la Iglesia ‑añade‑, el difícil momento
que están pasando, pidiendo para ellos la
gracia de volver al primitivo fervor. La
experiencia de mi ministerio y creo que
sirve para cada obispo, confirma que se dan
casos de vuelta a este fervor, y que incluso
hoy no son pocos. Dios permanece fiel a la
alianza que establece con el hombre en el
orden sacerdotal.»
Juan Pablo II proponía que se celebrase en
cada diócesis una Jornada para la
santificación de los sacerdotes, en ocasión
de la fiesta del Sagrado Corazón. Por
último, incluye un párrafo sobre el
sacerdocio femenino: «Hoy, en algunos
ambientes, el hecho de que la mujer no pueda
ser ordenada sacerdote se interpreta como
una forma de discriminación. Pero ¿es
realmente así? Ciertamente la cuestión
podría plantearse en estos términos si el
sacerdocio jerárquico conllevara una
situación de privilegio, caracterizada por
el ejercicio del poder. Pero no es así: el
sacerdocio ministerial en el plan de Cristo
no es expresión de dominio sino de servicio.
Quien lo interpretase como dominio se
alejaría de la intención de Cristo.
El Concilio Ecuménico Vaticano II, durante
el cual abundaban las voces que pretendían
abolir la necesidad del celibato sacerdotal
en la Iglesia latina -para facilitar el
acceso al presbiterado en estos tiempos de
escasez de clero-, respondió con un
admirable acto de fe: "confidens in Spiritu
donum coelibatus, sacerdotio Novi testamenti
tam congruum, liberaliter a Patre dari" (PO,
16). "La Iglesia, que se empeña en mantener
el celibato de los sacerdotes como don
particular por el Reino de Dios, profesa la
fe y expresa la esperanza en su Maestro,
Redentor y Esposo, y a la vez en el que es
«dueño de la mies y dador del don (...)
Nosotros no podemos debilitar esta fe y esta
confianza con nuestra duda humana o con
nuestra pusilanimidad» (JUAN PABLO II, Carta
Novo incipiente a todos los
sacerdotes de la Iglesia con ocasión del
Jueves Santo de 1979)
VINCULACION DEL CELIBATO AL SACERDOCIO
1. Como es sabido el celibato
sacerdotal no está exigido por derecho
divino. Lo prueban el NT y la Historia de la
Iglesia.
2. Tampoco la razón humana da cuenta
del valor de ese carisma. Sus motivos
profundos no son humanos, sino
sobrenaturales.
3. Tampoco se debe a influencias de
doctrinas extrañas a la vida de la Iglesia -encratistas,
montanistas o dualistas- que condujeron al
desprecio del matrimonio como si fuera
impuro. El hecho histórico es que la Iglesia
entendió siempre el matrimonio como
sacramentum magnum y, a la vez, proclamó
la excelencia -teológica y eclesiológica- de
la virginidad dedicada a Dios y del celibato
apostólico. Más bien habría que decir que la
vinculación sacerdocio-celibato se abrió
paso en la entraña carismática de la Iglesia
(sensus fidei) y la Jerarquía la
reguló y la hizo obligatoria en la Iglesia
latina.
4. No es una mera institución legal.
La decisión, largamente meditada, de abrazar
el celibato, obliga toda la vida "no sólo en
virtud de la ley establecida por la Iglesia,
sino también en función de la
responsabilidad personal. Se trata aquí de
mantener la palabra dada a Cristo y a la
Iglesia. La fidelidad a la palabra es,
conjuntamente, deber y comprobación de la
madurez interior del Sacerdote y expresión
de su dignidad personal" (Juan Pablo II,
Discurso a los Institutos de Educación
Católica de Roma, 3-IV-1979).
5. Algunas razones obvias:
-Es signo escatológico (del Reino)
-Es signo de caridad pastoral.
-Es signo de plena libertad: "El
celibato es signo de una libertad que es
para el servicio" (Juan Pablo II, Novo
incipiente).
-Es signo de madurez interior y de la
dignidad humana.
-Es un don del Espíritu (Novo
incipiente)
-"Las críticas que sufre son extrañas
al espíritu del Evangelio, de la Tradición y
del Magisterio" (Novo incipiente)
-Es un tesoro: «todos somos
conscientes de que llevamos este tesoro en
vasos de barro (2 Cor 4, 7); no obstante
sabemos muy bien que es precisamente un
tesoro» (Novo incipiente)
CONVENIENCIA SUMA DEL CELIBATO SACERDOTAL
No es una superestructura -elemento
extrínseco e inútil- sobreañadida al
sacerdocio. Al contrario, responde con suma
congruencia al contenido de la existencia
sacerdotal. Responde, incluso, al deseo
innato de autenticidad, de vivir conforme al
ser de cada uno. "El sacerdote, que en la
elección del celibato, renuncia al amor
humano para abrirse totalmente al amor de
Dios, se hace libre para entregarse a los
hombres con una donación que no excluye a
nadie, sino que comprende a todos en la
corriente de la caridad, que proviene de
Dios (Cfr. Rom 5, 5) y conduce a Dios. El
celibato, al unir al sacerdote con Dios, le
libera para todas las tareas que requiere el
cuidado de las almas" (Juan Pablo II, en un
Discurso a sacerdotes y religiosos)
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