Por Antonio Orozco-Delclós
En 1906, cuando tenía apenas 37 años Gandhi
- Mohandas Karamchand
Gandhi (n.
1869-1948) -
hizo junto con su mujer un voto de castidad.
No parece que influyera en tal decisión el
hecho de que no
hubiera sabido llevarse
del todo bien con su esposa (el
matrimonio en la pubertad de los 13 años le
despertó un deseo carnal exacerbado, celos y
ambición de posesión que lo convirtieron en
un pequeño déspota). Tampoco
estoy seguro de que lo hiciera sólo por
quedar más libre para dedicarse a la lucha
por la justicia. Gandhi se acercó al
cristianismo, pero era un místico indú. Sin
duda fue un hombre excepcional, de libro.
Quiso alcanzar el más alto grado de pureza y
para ello adoptó el singular método de
dormir rodeado de jóvenes doncellas, con la
sincera y firme voluntad de permanecer
incólume. Sin duda lo consiguió. Pero no es
ese el estilo católico de entender el asunto
de la castidad y del celibato. Sin embargo
podemos ver en el admirado
Mahatma (Alma Grande)
un testimonio –una tanto pintoresco, para
nuestra mentalidad,
desde luego-,
de que el celibato y la continencia total
pueden tener sentido también extra muros de
la Iglesia católica y también de que es
posible vivirlo en cualquier circunstancia,
eso sí, siempre que se entienda desde una
perspectiva trascendente. No hace falta ser
católico para entenderlo, sobre todo cuando
no se teoriza en abstracto, sino que se
trata el asunto al modo del científico:
ateniéndose a los hechos y especulando
en torno a datos ciertos, vengan de donde
vengan.
Pero
Jesucristo nos advirtió que no todos
entenderían el celibato «por razón del Reino
de los Cielos». Cuando explica que «quien
repudie a su mujer y se case con otra,
comete adulterio», los discípulos –con
mentalidad no tan lejana a la de nuestro
tiempo
como se supone-
replican: «Si tal es la condición del hombre
respecto de su mujer, no trae cuenta
casarse». Contrariamente a lo que se suele
pensar, la dificultad de entender la
indisolubilidad del matrimonio no es signo
de la «adultez» de nuestra cultura. Pero él
les dijo: «No todos entienden este lenguaje,
sino aquellos a quienes se les ha concedido.
Porque hay eunucos que nacieron así del seno
materno, y hay eunucos que se hicieron tales
a sí mismos por el Reino de los Cielos.
Quien pueda entender, que entienda. » (Mt
19, 9-12)
Esta última frase, según se lea, da la
impresión de que a Cristo no le preocupa
mucho
el
déficit de entendederas que
padece
buena parte de la humanidad, lo cual sucede
en modo especialmente vasto, en
el sector
posmoderno: «el que pueda entender que
entienda», y punto. Creo que la Iglesia que
vive en el mundo debe compartir esa cierta
dosis de indiferencia –si no me equivoco-
del Maestro e ir a lo que debe, a donde
debe, sin preocuparse ni poco ni mucho del
«qué dirán». No quiero decir que no se
esfuerce en dar explicaciones lo más claras
posibles, pero sin agobios innecesarios. Al
que no es católico, poco debiera importarle
que los curas sean célibes o no. Por eso no
entiendo por qué algunos ateos o agnósticos
se meten con tanta vehemencia en polémicas
sobre el asunto, si no es por agredir.
Por lo demás, también se comprenderá que las
confesiones cristianas que no tengan la
Eucaristía, o no la entiendan bien, tampoco
entiendan la gran conveniencia e incluso
necesidad del celibato sacerdotal.
A los católicos, debiera importarles mucho
el asunto.
Hay razones muy poderosas que éstos, los
católicos, sí pueden y deben entender. Si no
se
entiende el celibato sacerdotal significa
que no se entienden muchas otras cosas de
gran relevancia
teológica,
cuyo conocimiento proporciona enorme gozo.
Por supuesto es preciso partir de la
trascendencia, en concreto, de la luz que
proporciona aquella divina revelación que
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero
hombre, nos ha traído al mundo hace unos
veinte siglos. Fue una auténtica revolución,
en el sentido de que introdujo en el
pensamiento sobre toda la realidad una
cierta inversión de valores, a la vez que un
enriquecimiento inconmensurable del
conocimiento sobre el mundo, el hombre y
Dios, empezando por lo último que acabo de
mencionar: Dios.
El cardenal Ratzionger, hoy papa Benedicto
XVI,
lo explicaba breve y claramente
en un libro que escribió junto al teólogo H.
Urs von Balthasar con el título «María,
Iglesia naciente», páginas 57-60 (Ed.
Encuentro). Tiene unos párrafos de densa
reflexión histórico-teológica: «Para el
pensamiento antiguo, a la esencia de Dios
pertenecía la impasibilidad de la pura
razón. A los Padres les resultaba difícil
rechazar esta idea y concebir «pasión»
alguna en Dios, pero por la Biblia veían,
perfectamente que la revelación de la Biblia
hace estremecer... [todo] lo que el mundo
había pensado sobre Dios. Veían que en Dios
hay una pasión muy íntima, que incluso es su
genuina esencia: el amor. Y porque ama, el
padecimiento no le es ajeno en la forma de
com-pasión. En su amor al hombre, el
Impasible ha sufrido la com-pasión
misericordiosa, escribe Orígenes a este
respecto [H. de Lubac, «Geist aus der
Geschichte. Das Schriftverständnis des
Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés
1950), p. 286].
Este párrafo me parece luminoso, es como un
síntesis de la historia de la reflexión
teológica sobre la esencia de Dios y sus
atributos, que no pueden entenderse
sobre la base de la categorías
aristotélicas, al menos tal como se
presentan en cierta escolástica que ha
lastrado buena parte de la reflexión
filosófica y teológica hasta nuestros días,
como si el «ser» sólo pudiera ser
«sustancia» o «accidentes». No vamos ahora
entrar en detalles, pero es claro que el
«Ser» divino no cabe en categorías
obtenidas desde el conocimiento del mundo
físico. Desde un esquema semejante cualquier
cosa que dice la Escritura sobre lo que
«hace
o deja de hacer»
Dios sería un paso de la potencia al acto,
una mutación, una negación del dogma de la
inmutabilidad. No cabría en absoluto
«pasión» alguna en Dios ni nada análogo;
y entonces habría que echar la Biblia a la
papelera.
De ahí la dificultad que, según Joseph
Ratzinger, se encontraron incluso algunos
Padres de la Iglesia. Pero añade el entonces
cardenal: «En Bernardo de Claraval se
encuentra esta palabra maravillosa: Dios no
puede padecer, pero puede com-padecer (1).
Bernardo pone con ello cierto punto final a
la disputa de los Padres acerca de la
novedad del concepto cristiano de Dios» [«In
Cant.», s. 26, n. 5, PL 183, 906: «impassibilis
est Deus, sed non incompassibilis». Cf. H.
de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das
Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln
1968 (original francés 1950), p. 285. Todo
el capítulo «Ver Gott des Origenes», pp.
269-289, es importante para esta cuestión.
H. U. von Balthasar ha tratado repetidas
veces el tema contiguo a éste del «dolor de
Dios», por última vez en: ID 5, «El último
acto», Madrid 1997, pp. 210-243)].
Sucede que «Dios es amor» (1 Jn 4, 3): «es»;
lo es por esencia. Su esencia es Amor, todo
Él es Amor. En términos coloquiales cabría
decir que el amor es la pasión de las
pasiones. Cuando el amor es
auténtico, cuando una persona está propia y
profundamente enamorada, sufre -¡goza!- una
pasión más fuerte que todas las pasiones,
que va de persona a persona y alcanza
la belleza del alma más que la apariencia
física. El amor verdadero y pleno es más
fuerte que la muerte.
Dios es Amor, la pasión de las pasiones.
Una pasión a la que hay que negar toda
imperfección y afirmar toda perfección, más
allá de lo que imaginarse y pensarse
podamos. Una pasión que alcanza lo
«increíble». Cuando Jesús, Dios Hijo hecho
carne (Verbum caro factum est),
habiendo llegado «su hora» se sentó con los
Apóstoles para celebrar la Pascua
suprema,
«los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1).
¿Hasta qué extremo? La respuesta puede
resumirse en una palabra: EUCARISTÍA. Les
amó hasta la Eucaristía. Anticipó su
sacrificio del Calvario entregando su cuerpo
y su sangre bajo las figuras de pan y vino.
Y así, transustanciando el pan y el vino en
su carne y sangre nos entregó todo lo
que se contiene en su Misterio Pascual:
Pasión, Muerte y Resurrección. ¡Misterio de
fe! El misterio que supera infinitamente
todas las categorías del pensamiento humano
y encierra la pasión literalmente infinita,
más fuerte que todas las demás pasiones
habidas y por haber.
«Pasión» en un doble sentido: pasión de amor
inmenso y pasión de sufrimiento
inaudito.
Una combinación tan impresionante como
misteriosa. El vigor, la fuerza de esa
pasión es irresistible y está atrayendo a Sí
todo, todas las cosas y todos los hombres,
es el centro de la Historia de la humanidad
y del cosmos. En la Eucaristía se centra y
concentra todo. Supera toda pasión y toda
pasión noble en ella encuentra su último y
definitivo sentido. En cierto
modo,
el primer atraído e inmerso en el Misterio
es el sacerdote
que celebra el Sacrificio
Eucarístico, la Santa Misa.
Por eso, a mi modo de ver, el papa Benedicto
pronuncia una palabra definitiva, tras
múltiples intentos a lo largo de la historia
de la teología, en la Clausura del reciente
Sínodo. Las palabras son éstas, breves,
sintéticas, formidables: «Sobre
el misterio eucarístico, celebrado y
adorado, se funda el celibato que los
presbíteros han recibido como don precioso y
signo del amor indiviso hacia Dios y hacia
el prójimo» [Homilía
de la Clausura del Sínodo de los obispos y
del Año de la Eucaristía
(23.X.2005)].
Nada se plantea aquí sobre la «utilidad» del
celibato en función de la eficacia o
ineficacia «pastoral». El celibato no se
exige al sacerdote en la Iglesia para que
pueda «hacer» más o menos cosas. No es esa
la cuestión. No debiera entrarse en
semejante polémica.
La Eucaristía encierra la Gran Pasión de
Cristo Sacerdote (permítase
el
doble sentido
con que me he referido a
la palabra «pasión»). El sacerdote católico
es el hombre de la Eucaristía. Se ordena
principalmente para confeccionar y dar
Eucaristía: la Santa Misa y los demás
sacramentos, que todos a ella se ordenan.
«No
cabe duda
-afirmaba Mons. Álvaro del Portillo-
de que esta centralidad del Sacrificio
Eucarístico es una realidad en la vida de
todo cristiano, pero en el sacerdote este
hecho adquiere matices especiales. Como
afirma Juan Pablo II, «mediante nuestra
ordenación ‑cuya celebración está
vinculada a la Santa Misa desde el primer
testimonio litúrgico‑ nosotros estamos
unidos de manera singular y excepcional a la
Eucaristía. Somos, en cierto modo, por
ella y para ella»»
(Vd.
Una vida centrada y enraizada en la
Eucaristía)
El sacerdote católico está para
primordialmente
vivir en «la
Gran Pasión» de Cristo
y
ser testigo y
transmisor de ella. La recibe,
y recibe ese
don de modo absolutamente inmerecido. El
sacramento del Orden le convierte en
alter ego de Cristo. Es un hombre
como los demás (la naturaleza no cambia),
pero no
es
una persona como las demás: la
persona queda modificada, ha sido
asumida desde lo más íntimo
de su ser
para poder actuar in persona Christi
capitis, en la Persona de Cristo Cabeza
de la nueva humanidad por Él redimida.
«El sacerdote - enseña Juan Pablo II- ofrece
el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo
cual quiere decir más que «en nombre», o
también «en vez» de Cristo. «In persona»: es
decir, en la identificación específica,
sacramental con el «Sumo y Eterno
Sacerdote»,
[42]
que es el Autor y el Sujeto principal de
este su propio Sacrificio, en el que, en
verdad, no puede ser sustituido por nadie.
Solamente El, solamente Cristo, podía y
puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio
pro peccatis nostris ... sed etiam totius
mundi».[43]
Solamente su sacrificio, y ningún otro,
podía y puede tener «fuerza propiciatoria»
ante Dios, ante la Trinidad, ante su
trascendental santidad. La toma de
conciencia de esta realidad arroja una
cierta luz sobre el carácter y sobre el
significado del sacerdote-celebrante que,
llevando a efecto el Santo Sacrificio y
obrando «in persona Christi», es
introducido e insertado, de modo sacramental
(y al mismo tiempo inefable), en este
estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez
asocia espiritualmente a todos los
participantes en la asamblea eucarística.» [JPII,
Dominicae Cenae,
n. 8]
El sacerdote católico se encuentra diciendo
en el momento de la Consagración: «Esto es
mi cuerpo que se entrega…». Juan Pablo II
escribe: «Accipite
et manducate... Accipite et bibite...
La autodonación de Cristo, que tiene sus
orígenes en la vida trinitaria del
Dios-Amor, alcanza su expresión más alta en
el sacrificio de la Cruz, anticipado
sacramentalmente en la Última Cena. No se
pueden repetir las palabras de la
consagración sin sentirse implicados en
este movimiento espiritual. En cierto
sentido, el sacerdote debe aprender a decir
también de sí mismo, con verdad y
generosidad, «tomad y comed». En efecto, su
vida tiene sentido si sabe hacerse don,
poniéndose a disposición de la comunidad y
al servicio de todos los necesitados.» [Cartas
a los Sacerdotes para el Jueves Santo,
n.3]
Quien transustancia el pan es Cristo, pero
no sin la intervención del sacerdote, que
dice las palabras consecratorias «en» y
«con» Cristo. No se trata de una simple
representación en el sentido teatral, es un
misterio grandísimo en el que se halla
implicada la persona del sacerdote; cabe
decir, todo él. Cristo quiere que su cuerpo
sea cuerpo de cada uno de sus fieles, pero
muy especialmente de aquél que ha escogido
para decir
en Él y con Él (y viceversa)
«Esto es mi cuerpo que se entrega…».
Que se entrega ¿a quién? ¿a una
mujer? Huelga la respuesta.
«Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí
mismo por ella» (Ef 5, 25). La Iglesia es
todos y cada uno de los miembros del Cuerpo
de Cristo, es decir todos y cada uno de
aquellos que comen –y los que no comen pero
debieran comer, todos los que están llamados
a comer- del mismo Pan eucarístico. Ese otro
Cristo y aun el mismo Cristo que es el
sacerdote católico no conviene que se
particularice, no conviene que –en expresión
de Pablo- se «divida». No es cuestión de
dedicar más o menos tiempo al ministerio
sacerdotal. Se trata de una entrega del
espíritu en la Persona de Cristo a
Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo- y a toda
persona humana, de un modo intencionalmente
omniabarcante y, en la medida de lo posible,
de un modo material en el cotidiano servicio
propio del ministerio, hasta donde pueda
alcanzarse.
El sacerdote católico, en coherencia con lo
que es y hace, es y ha de esforzarse para
ser testigo cada día mejor de la Gran
Pasión de Dios, por Dios y por la
humanidad entera. Está llamado a vivir una
pasión más fuerte que cualquier pasión,
incluida, por supuesto, la sexual
y la del corazón de varón.
Para esto se prepara durante años.
Insisto.
El fundamento del celibato no es que «pueda
hacer más cosas». Este debate no tiene
sentido… católico. El sentido del celibato
sacerdotal se encuentra fundamentalmente en
el ser sacerdotal.
«"Haced
esto en memoria mía". La Eucaristía
no recuerda un simple hecho; ¡recuerda a Él!
Para el sacerdote, repetir cada día, in
persona Christi, las palabras del
«memorial» es una invitación a desarrollar
una «espiritualidad de la memoria». En un
tiempo en que los rápidos cambios culturales
y sociales oscurecen el sentido de la
tradición y exponen, especialmente a las
nuevas generaciones, al riesgo de perder la
relación con las propias raíces, el
sacerdote está llamado a ser, en la
comunidad que se le ha confiado, el hombre
del recuerdo fiel de Cristo y todo su
misterio» [JPII,
Cartas a
los Sacerdotes para el Jueves Santo,,
n. 5). El celibato sacerdotal es memoria de
Cristo y de su Misterio Pascual; es vida
para la memoria eucarística, memoria para la
memoria de del sacerdote y para la memoria
de los demás fieles. Y aquí podríamos hacer
un inciso sobre la necesidad de un atuendo
visiblemente sacerdotal, para la memoria de
todos, que es muy flaca y requiere
estimulación constante. «Ser sacerdotal» -
«atuendo sacerdotal»- «memoria eucarística»,
nexo inesquivable.
Memoria del Memorial, memoria del
Sacrificio: de la entrega de cuerpo y alma
por todos. Ciertamente, el celibato
es una llamada que incluye el sacrificio de
la tendencia normal al matrimonio. Pero
sobre todo, es una vocación a vivir un tipo
especial de amor que se realiza en la
amistad intimísima humano-divina con
Jesucristo, en quien se encuentra toda
Verdad y Sabiduría, Belleza, Bondad y Amor
encarnado. Hay toda una teología que el papa
Juan Pablo II ha impulsado sobre el carácter
esponsal del cuerpo humano y toda una
teología fundada en numerosos elementos
bíblicos sobre la analogía de la relación
esponsal aplicada a la de Cristo y la
Iglesia. Cristo es el «Esposo», la Iglesia
es la «Esposa» de Cristo. La analogía está
en relación con la expresión bíblica de la
más profunda relación esponsal: «serán dos
en una sola carne: duo in carne una».
Con el cuerpo y por medio del cuerpo los
esposos se entregan a sí mismos, enteramente
el uno al otro y en esa entrega, cuando es
auténtica, encuentran el éxtasis
amoroso que, por trascender el mero impulso
sexual, crece de día en día
(lo meramente sexual satura enseguida).
Y, por trascenderlo, se llega a vivir cada
vez más intensamente en un amor «suprasexual».
El sacerdote católico no necesita, si vive
en coherencia con lo que es y hace en la
Misa,
de
la vida matrimonial, la cual –está claro ya
en nuestros días- para otros es sacramento,
camino de santificación, algo maravilloso,
una vocación divina. Pero para el sacerdote
católico
- esencialmente
eucarístico
-,
resulta más bien un estorbo,
porque la perfección de la persona se
encuentra en el amor: cuanto mayor es el
amor, mayor es la riqueza personal, mayor el
gozo de vivir; la madurez del humano vivir
sólo se encuentra en el amor. Y en la
Iglesia católica Cristo ofrece a sus
sacerdotes la increíble posibilidad de vivir
un creciente amor que podríamos llamar,
con los debidos matices,
«teándrico», es decir, humano y divino a la
vez.
Prescindiendo del matrimonio según la
«carne», el sacerdote se hace apto para
vivir – sin necesidad de sensiblerías – el
éxtasis místico del momento supremo de su
vida en la tierra: «Esto es mi cuerpo que se
entrega por vosotros…». «Ya no soy yo quien
vive, sino que es Cristo quien vive en mí»,
dirá san Pablo. El apóstol sacerdote se
encuentra asumido por Cristo de un modo
esencialmente superior a la de los demás
fieles no ordenados. Hay una diferencia
esencial –es verdad de fe- entre el
sacerdocio ministerial y el sacerdocio
común.
Se dice, por ejemplo: «la raíz y la fuente
de este compromiso hay que buscarlas en la
preocupación por cómo agradar al Señor»
(1 Co 7, 32). Bien,
hay que agradar al Señor,
pero parece un lenguaje
light,
si tratamos de la fuente y raíz.
El preciso ahondar hasta el
«ser eucarístico»,
que implica
vivir
totalmente de y
en la Eucaristía, ser para la Eucaristía,
servir a la Eucaristía, conducir a la
Eucaristía. Lo cual significa vivir inmerso
en el «amor extremo» puesto por Cristo en la
Eucaristía, para enamorar en primer lugar a
quien la «confecciona» y enseguida a todo el
«pueblo de Dios»,
su
Cuerpo Místico. No se olvide por lo demás,
que en el amor de Cristo se halla
inseparable el amor del Padre y el del
Espíritu Santo; en rigor son un solo Amor,
el Amor de la Trinidad. Con su cuerpo y
sangre Cristo se nos entrega entero, y con
Cristo entero nos entrega la entera
Trinidad. Son indisolubles.
Todo el ministerio sacerdotal es eucarístico
o, si se prefiere se ordena a la Eucaristía,
la Gran Pasión. ¿También,
por ejemplo,
cuando se promueve la justicia social?
También, porque todo lo justo, todo lo
bueno, todo lo honrado encuentra su sentido
en el punto omega Cristo, en quien Dios
quiere ser y será «todo en todos». Sin Él
nada tiene sentido y su «doble
Pasión» por la humanidad no ha admitido un
nivel inferior al supremo, es decir, al
nivel del extremo eucarístico.
No puede sorprendernos
-dice McGovern-
que los Papas hayan sentido la necesidad de
reafirmar el valor del carisma del celibato.
Por un lado, la sabiduría del mundo ha sido
siempre hostil a la virtud cristiana de la
castidad, y al celibato sacerdotal en
particular, y por eso el sacerdote necesita
que se le recuerde el sentido de este don y
su significado esencialmente sobrenatural.
Por otro lado, precisamente porque el
celibato es un compromiso que afecta a la
raíz misma de la existencia sacerdotal, el
sacerdote necesita reflexionar
frecuentemente que el celibato «por el Reino
de los Cielos» es una fuente de energía
espiritual que, con la ayuda de la gracia de
Dios, le capacita para ejercer un sacerdocio
fecundo.
Pues bien,
para superar
todas
las
posibles
dificultades que pueden surgir para vivir
fielmente este compromiso, cabe recordar:
¿Cómo se vence una gran pasión? Respuesta:
con una pasión más fuerte. El
sacerdote es el testigo de la existencia de
la pasión más fuerte
de
todas las pasiones humanas, por invencibles
que puedan parecer, por violentas que puedan
resultar
en momentos concretos de la existencia
humana.
Como Juan Pablo II ha señalado, «las razones
últimas para la disciplina del celibato no
se pueden fundamentar en el campo
psicológico, sociológico, histórico o
jurídico, sino, esencialmente, en el
teológico y pastoral, en el mismo carisma
ministerial». Tampoco se pueden fundar en el
hecho de que «hay mucho que hacer», lo cual
es bien cierto. Y se hará, si el sacerdote
es fiel a su «ser» sacerdotal.
En fin, llegado a este punto, comprendo que
habría que continuar estas reflexiones que
se irían ramificando hasta nunca acabar.
Pero el lector comprenderá que sólo
pretendía ahora transmitir una «pasión»,
descargar una necesidad de expresión, a
todas luces incompleta. Invito a leer otros
artículos y documentos que se encuentran
fácilmente en esta misma página web,
sección
SACRAMENTO DEL ORDEN,
que a su vez ofrecen abundantes notas
bibliográficas. En ellos se encontrará
también la solución al por qué en una
relativamente pequeña
parte de la Iglesia se respeta que hombres
casados reciban el sacramento del orden,
cosa muy distinta a que «los curas se
casen». También se encuentran elementos
suficientes para conocer la historia de la
práxis de la Iglesia acerca de la disciplina
del celibato sacerdotal.
En
SACRAMENTO DEL ORDEN,
se encuentra el artículo de Thomas McGobern,
La teología del celibato, en el que,
entre otras cosas, desarrolla los siguientes
puntos:
Un giro significativo en la historia de la
salvación. La
enseñanza paulina.
Sacerdocio, celibato y servicio.
Significación cristológica.
Consideraciones eclesiales.
La dimensión esponsal del celibato.
Paternidad espiritual.
Significado escatológico y salvífico.