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ANTROPOLOGÍA DEL DON DEL CELIBATO (Blanca Castilla de Cortázar Larrea)

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SACERDOTES Y CELIBATO SACERDOTAL



ANTROPOLOGÍA DEL DON DEL CELIBATO

 

1. Vocación del ser humano en la Creación. 2. A imagen de Dios Trino. 3. El significado «esponsalicio» del cuerpo. 4. Significado esponsalicio del cuerpo y celibato. 5. La llamada al celibato. 6. El celibato, preanuncio del estado escatológico. 7. Celibato y matrimonio.

Por Blanca Castilla de Cortázar Larrea

de la Real Academia de Doctores
Arvo Net, 17 diciembre 2005

 

Sumario

1. Vocación del ser humano en la Creación

2. A imagen de Dios Trino 

3. El significado «esponsalicio» del cuerpo 

4. Significado esponsalicio del cuerpo y celibato

5. La llamada al celibato     

   a. Celibato y renuncia 

   b. El celibato y el don del Amor

   c. Celibato e imagen de Dios

   d. Celibato y fecundidad

6. El celibato, preanuncio del estado escatológico 

7. Celibato y matrimonio

 

 

ANTROPOLOGÍA DEL DON DEL CELIBATO

 

1. Vocación del ser humano en la Creación

 

Cuando Dios creó al ser humano a su imagen trinitaria: “Hagamos (lo dice en plural) al hombre a nuestra imagen y semejanza (plural)” (Gén 1, 26), “creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó” (Gén 1, 27). Y Dios les bendijo diciéndoles: “sed fecundos, multiplicáos, llenad la tierra y dominádla” (Gén 1, 28), encomendándoles una misión común: la familia y la cultura. Y más adelante vuelve a relatar el Génesis que el matrimonio fecundo es la llamada universal del ser humano en el misterio de la Creación: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne” (Gén 2, 24).

 

En el Nuevo Testamento hay otra vocación que Cristo señaló a sus seguidores, la de renunciar al matrimonio y a la familia propia “por el reino de los cielos”. Para entenderla en profundidad, sin embargo, es necesario conocer las líneas fundamentales de la llamada universal de la creación. En eso nos detendremos en primer lugar.

 

La antropología y la teología de la creación del varón y la mujer, la imagen trinitaria que se da en ellos, el significado del cuerpo, el matrimonio y la familia, son temas en estudio, pues la tradición apenas se ha ocupado de estas cuestiones. Sin embargo, Juan Pablo II ha iniciado la llamada Teología del cuerpo, al que ha dedicado durante en más de 5 años 139 Audiencias de los Miércoles, desde el 5 de septiembre de 1979 hasta el 28 de noviembre de 1984[1]. En ellas viene a decir que la unión del varón y de la mujer en el matrimonio es una imagen de la intimidad de la Trinidad[2].

 

Las 23 primeras Audiencias tienen dos aportaciones muy originales:

 

1) en la tradición cristiana había cristalizado una lectura literal de Génesis 2, a pesar de su difícil contenido. San Agustín llega a afirmar que es el texto más oscuro de la S.E. Pues bien, Juan Pablo II hace de él una interpretación metafórica[3].

2) Se presenta al hombre sin pecado original. Esto no lo había hecho nadie hasta ahora.

 

En ellas se pueden distinguir tres líneas transversales:

1) la idea de “principio”,

2) la idea de “imagen de Dios” y

3) el significado «esponsalicio» del cuerpo, marcado por la sexualidad[4].

 

De momento me quiero detener sumariamente a las dos últimas.

 

 

2. A imagen de Dios Trino

 

Dios al principio creó al hombre a su imagen, y lo hizo varón y mujer (cfr Gen 1, 26). Sólo en el primer relato de la creación la noción de “imagen de Dios” -como se ha visto- aparece tres veces. Por otra parte, según el Pontífice, el segundo relato, aunque no la nombra, constituye una explicitación de dicha imagen. Esto pone de relieve que la conceptualización de la imagen de Dios en el ser humano se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos y no está aún terminada de perfilar.

 

Como es sabido hasta hace poco tiempo la imagen de Dios se circunscribía a que el ser humano era inteligente y libre, es decir, persona. Sin embargo en el análisis de Génesis II se pone de relieve que la imagen es sobre todo la que se da en la “comunión de personas”: se trata de una imagen trinitaria. En palabras de Juan Pablo II:

 

«El hombre se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comunión. Efectivamente, él es “desde el principio” no sólo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige el mundo, sino también, y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Personas. De este modo, el segundo relato podría también preparar a comprender el concepto trinitario de la “imagen de Dios”, aun cuando ésta aparece sólo en el primer relato»[5].

 

Esta noción de la imagen como comunión no se había tenido en cuenta hasta ahora. Y está en perfecta continuidad con toda la Revelación, sobre todo, de la verdad de que Dios en su intimidad es Amor (1 Jn 4,16)[6].

 

Vivir en “comunión” significa hacer realidad dos ideas que el Papa toma de la Const. Gaudium et Spes, 24,  y cita innumerables veces. Que «el ser humano es el único ser al que Dios ha amado de un modo absoluto y no llega a su plenitud sino en el don sincero de sí a los demás». Analicemos el texto.

 

1) Afirmar que «el ser humano es amado de un modo absoluto» tiene una gran profundidad antropológica. Supone que el Creador, cada vez que un nuevo ser humano es concebido, le crea no sólo una alma inmortal sino una persona, un acto de ser propio, que se lo da -valga la redundancia- “en propiedad”[7]. La persona es un acto de ser recibido pero propio de cada cual. Cada persona «es suya», como ha expresado magistralmente Zubiri, que lo ha formulado con un término nuevo «suidad»[8]. Cada ser humano tiene “autopropiedad” de su propia realidad. Un acto de ser que no dejará de ser después de la muerte del cuerpo, porque en ese caso habría aniquilación. Esta es una de las causas estrictamente antropológicas, sin entrar en las teológicas que son más profundas, de por qué Dios ha querido a cada persona de un modo absoluto[9].

 

En este sentido designa Zubiri al ser humano como «absoluto relativamente»[10]. Es absoluto, porque tiene su ser (realidad) en propiedad. Lo es relativamente porque su ser le es dado. Solamente Dios el «absolutamente absoluto»[11].

 

2) «Llegar a la plenitud en el don sincero de sí a los demás», pone de relieve otra de las dimensiones constitutivas de la persona: su apertura a los demás, su capacidad de comunicación, de lenguaje, de amor, de entrega. El ser humano es un ser hecho para el amor, para amar a las otras personas. Y para amar hay que abrirse, no encerrarse en el egoísmo, y darse. Esta «hermenéutica del don» es muy importante en antropología. La persona no puede ser un ser solitario. «Una persona única -afirma Polo- sería una desgracia absoluta»[12], porque la persona es capaz de darse[13] y el don requiere un destinatario. No tendría con quien hablar, a quien darse. Por esta razón es fundamental que, desde el primer momento de la creación el ser humano estuviera acompañado. Dios dice «no es bueno que el hombre esté solo” (Gén 2,18). Por eso lo hace dos “desde el principio” (Gén 1, 26). Pues bien, vivir en comunión no supone sólo estar acompañado: vivir “con” (la convivencia), lo cual es innegable en la vida. Vivir en comunión es vivir “para”, en un recíproco “para” el otro. Así, y sólo así, se llega a la plenitud personal.

 

Esta imagen de la “comunión” supone, por tanto, pluralidad de personas y, en último término, de personas distintas, si de ellas se dice que son complementarias, un leiv motiv de los escritos de Juan Pablo II sobre el varón y la mujer[14].

 

Esta imagen, que incluye la comunión, es también una imagen familiar. Así lo afirma Juan Pablo II en la Carta a las familias, cuando dice que el arquetipo de la familia humana está en la Trinidad divina[15]. Aquí me limitaré a señalar un texto del principio de su Pontificado, que después no ha hecho sino desarrollar:

 

«Dios en su misterio más íntimo no es una soledad sino una familia, puesto que lleva en Sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este Amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo»[16].

 

Siguiendo el razonamiento de Juan Pablo II, varón y mujer, complementarios entre sí, tienen creaturalmente una estructura familiar, y, en primer lugar, como más tarde veremos, una estructura esponsal o esponsalicia.

 

La noción de “imagen de Dios” ha tenido una línea evolutiva, que se ha resumido en tres pasos:

1. Adán teomorfo, Eva derivada

2. Imagen asexuada en el alma

3. La imagen holística, según la cual el ser humano sexuado es teomorfo en cuanto femenino y masculino[17].

 

Pues bien, la idea de la imagen de Dios que desarrolla Juan Pablo II es completamente moderna al menos por dos razones:

 

1) porque afirma que la mujer, y no sólo el varón, es imagen de Dios. Así afirma:

 

«Los recursos personales de la feminidad no son ciertamente menores que los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes. Por consiguiente, la mujer -como por su parte también el varón- debe entender su “realización” como persona, su dignidad y vocación, sobre la base de estos recursos, de acuerdo con la riqueza de su feminidad, que recibió el día de la creación y que hereda como expresión peculiar de la “imagen y semejanza de Dios”»[18]

 

Siguiendo la línea argumental del Pontífice, la masculinidad y la feminidad no se quedan simplemente en un conjunto de “recursos” sino que configuran el “yo” y se engarzan con la persona misma de cada uno.

 

2) porque no duda en afirmar que la imagen de Dios está no sólo en el alma sino también en el cuerpo[19] y, por tanto, en el sexo con su masculinidad y feminidad[20]. Así, entre otros lugares, afirma:

 

«El hombre, al que Dios ha creado “varón y mujer”, lleva impresa en el cuerpo, “desde el principio”, la imagen divina; varón y mujer constituyen como dos diversos modos del humano “ser cuerpo” en la unidad de esa imagen»[21].

 

A esas razones habría que añadir otras, que no entran en el esquema trazado por Børresen, como son la imagen trinitaria como “comunión de personas” y la “imagen familiar”.

 

Respecto a la imagen familiar, cuyo desarrollo aquí alargaría demasiado el propósito inicial de este trabajo, bastaría decir que era habitual entre los primeros cristianos  griegos, existe el simple hecho material de la comparación de la Trinidad con una familia, como entre otros señala Congar[22]; que muchos Padres de la Iglesia desde el principio hasta el siglo IV, comparan a la Trinidad con la primera familia formada por Adán (el ingénito), Eva (procedente) y Set (primogénito entre muchos hermanos)[23].

 

Esta tradición llegó hasta San Agustín, que la negó. Entre otras, por estas dos razones: 1) porque no sabía como conciliarla con el celibato. Pensaba que si la imagen de Dios estaba en el tres habría que casarse y tener hijos[24]; 2) También lo rechazaba porque no sabía hacer compatible la Trinidad con lo revelado en la Sagrada Escritura de que Dios sólo hubiera creado dos seres humanos en el principio[25] (aunque éstos estuvieran abiertos a la vida). Por eso desarrolló la analogía psicológica, es decir, que la imagen de Dios se da en cada persona, porque tiene conocimiento y amor: en el conocimiento estaría la imagen del Hijo y en el Amor la del Espíritu Santo. Esta analogía, sin embargo, es hoy criticada porque deja fuera la comunión entre varias personas y por tanto el Amor, que requiere pluralidad de personas[26].

 

Tras San Agustín, al que siguió Santo Tomás, hay un silencio de 15 siglos sobre la analogía familiar de la Trinidad, que Juan Pablo II ha resucitado, partiendo de la experiencia. Para Juan Pablo II la imagen trinitaria y familiar no es incompatible ni con el celibato, ni con la «unidualidad»[27] originaria Adán y Eva.

 

 

3. El significado «esponsalicio» del cuerpo

 

Otra línea conductora de las Audiencias, conectada con la anterior, es la del significado del cuerpo. «El cuerpo es expresión de la persona» afirma en repetidas ocasiones[28]. Ahí está su principal significado: hacer visible a la persona.            

 

El significado del cuerpo lo califica como «esponsalicio», expresión que aparece en Audiencia XIV, y se va perfilando poco a poco. Que el cuerpo sea esponsalicio supone que lleva siempre impreso sus características femeninas o masculinas, es decir, pertenece siempre a un varón o a una mujer.

 

En este lugar es preciso abordar qué entiende Juan Pablo II por «sexo». El sexo, en primer lugar, es constitutivo de la persona. En palabras suyas:

 

«la función del sexo, que en cierto sentido es “constitutivo de la persona” (no sólo “atributo de la persona”), demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está constituido por el cuerpo como “él” o “ella”»[29].

Para el Pontífice, no se debe tratar del sexo separadamente de la persona. Así afirma:

 

«Esta verificación puramente antropológica nos lleva, al mismo tiempo, al tema de la “persona” y al tema “cuerpo_sexo”. Esta simultaneidad es esencial. Efectivamente, si tratáramos del sexo sin la persona, quedaría destruida toda la educación de la antropología que encontramos en el libro del Génesis. Y entonces estaría velada para nuestro estudio teológico la luz esencial de la revelación del cuerpo, que se transparenta con tanta plenitud en estas primeras afirmaciones»[30].

 

En efecto, aunque el sexo se descubra en el cuerpo, «el sexo es algo más que la fuerza misteriosa de la corporeidad humana, que obra casi en virtud del instinto. A nivel del hombre y en la relación recíproca de las personas, el sexo expresa una superación siempre nueva del límite de la soledad del hombre inherente a la constitución de su cuerpo y determina su significado originario»[31].

 

Como advierte al hablar de los primeros capítulos del Génesis, aunque Dios creó sexuados a muchos animales, es significativo que la Biblia sólo subraye la diferencia del sexo respecto del hombre. Es decir, en el hombre el sexo deja de pertenecer al nivel de la “naturaleza” para ascender al nivel personal, es decir, al nivel más alto de las relaciones personales, porque el sexo determina la identidad y ser concreto e irrepetible del varón y de la mujer. Esto lo afirma claramente al hablar del específico “conocimiento” que el varón y la mujer pueden tener al unirse en “una sola carne”:

 

«cada uno de ellos, varón y mujer, no es sólo un objeto pasivo, definido por el propio cuerpo y sexo, y de este modo determinado “por la naturaleza”. Al contrario, precisamente por el hecho de ser varón y mujer, cada uno de ellos es “dado” al otro como sujeto único e irrepetible, como “yo”, como persona. El sexo decide no sólo la individualidad somática del hombre, sino que define al mismo tiempo su personal identidad y ser concreto. Y precisamente en esta personal identidad y ser concreto, como irrepetible “yo” femenino_masculino, el hombre es “conocido” cuando se verifican las palabras de Gen 2, 24: “El varón... se unirá a su mujer y los dos vendrán a ser una sola carne”»[32].

 

O como dice claramente en otro lugar, el cuerpo humano, con su masculinidad y feminidad, manifiesta la comunión de personas:

 

«atravesando la profundidad de esta soledad originaria surge ahora el hombre en la dimensión del don recíproco, cuya expresión -que por esto mismo es expresión de su existencia como persona- es el cuerpo humano en toda la verdad originaria de su masculinidad y feminidad. El cuerpo, que expresa la feminidad “para” la masculinidad, y viceversa, la masculinidad “para” la feminidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas»[33].

 

Esto es así, porque la dimensión sexual del cuerpo humano  no se agota en el plano físico, sino que penetra en las más altas esferas de la persona. Dicho con otras palabras, el cuerpo tiene la potencialidad de poder amar con él: se puede amar con el cuerpo[34].

 

«El cuerpo humano, orientado interiormente por el “don sincero” de la persona, revela no sólo su masculinidad o feminidad en el plano físico, sino que revela también este valor y esta belleza de sobrepasar la dimensión simplemente física de la “sexualidad”. De este modo se completa, en cierto sentido, la conciencia del significado esponsalicio del cuerpo, vinculado a la masculinidad_feminidad del hombre. Por un lado, este significado indica una capacidad particular de expresar el amor, en el que el hombre se convierte en don; por otro, le corresponde la capacidad y la profunda disponibilidad para la “afirmación de la persona”»[35].

 

En este sentido de sobrepasar la dimensión exclusivamente física habla Juan Pablo II, por ejemplo, de la «esencia espiritual de la masculinidad». Así: «El varón, pues, no sólo acepta el don, sino que a la vez es acogido como don por la mujer, en la revelación de la interior esencia espiritual de su masculinidad juntamente con toda la verdad de su cuerpo y de su sexo»[36].

 

Esa expresión novedosa de significado esponsalicio del cuerpo quiere decir para el Papa:  «ser capaz de expresar el amor» y «la capacidad y la profunda disponibilidad para la afirmación de la persona»; y que es no sólo compatible sino que se manifiesta en su radical verdad en el celibato.

 

 

4. Significado esponsalicio del cuerpo y celibato

 

Ha hecho falta esta larga introducción para empezar a hablar de la antropología del don del celibato. En efecto, es necesario conocer algo sobre la teología del cuerpo, de la naturaleza “doble” -la masculinidad y la feminidad- con la que Dios creó al ser humano, de la llamada universal al matrimonio en la creación, de la imagen de Dios trino, que incluye la comunión de personas, para empezar a entender que la virginidad o el celibato “por el reino de los cielos”, no son una amputación del hombre sino también una llamada, en este caso no universal sino “particular” -y quizá más excelsa- a la plenitud personal, y desde la que se entiende con más profundidad la llamada al matrimonio, después de que el ser humano cayera en el pecado y su acción esté casi siempre mezclada con egoísmo.

 

No es incompatible el celibato -sino más bien necesario- con el reconocimiento de la belleza de aquello a lo que se renuncia “por el reino de los cielos”; es más, el apreciar como bello aquello que se entrega, cuando Dios llama al celibato a un varón o a una mujer, permite a la criatura poder hacer un regalo al Creador. Esto es evidente en

 Etiquetas: celibato, orden sagrado, sacerdocio, sacerdotes, sacramentos
Enviado por Arvo Net - 17/12/2005 ir arriba
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