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Sobre el Sacramento de la Reconciliación

Catequesis de Juan Pablo II
15 septiembre de 1999
1. El
camino hacia el Padre, motivo de reflexión en este año de
preparación al gran Jubileo, implica también el
redescubrimiento del sacramento de la Penitencia en su
significado profundo de encuentro con Él, que perdona
mediante Cristo en el Espíritu (cf. Tertio Millennio
Adveniente, 50).
Son
numerosos los motivos por los que es urgente hacer una seria
reflexión en la Iglesia sobre este sacramento. Lo exige,
ante todo, el anuncio del amor del Padre, como fundamento de
la vida y de la acción del cristiano, en el contexto de la
sociedad actual, donde con frecuencia se ofusca la visión
ética de la existencia humana. Muchos han perdido la
dimensión del bien y del mal porque han perdido el sentido
de Dios, interpretando la culpa únicamente según
perspectivas psicológicas o sociológicas. En segundo lugar,
la pastoral debe dar un nuevo impulso a un itinerario de
crecimiento en la fe, que subraye el valor del espíritu y de
la práctica penitencial en toda la vida cristiana.
2. El
mensaje bíblico presenta esta dimensión "penitencial" como
compromiso permanente de conversión. Hacer obras de
penitencia supone una transformación de la conciencia, que
es fruto de la gracia de Dios. Sobre todo, en el Nuevo
Testamento, se exige la conversión como decisión fundamental
a aquellos a quienes se dirige la predicación del reino de
Dios: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15; cf. Mt
4,17). Con estas palabras Jesús inicia su ministerio,
anuncia el cumplimiento de los tiempos y la inminencia del
reino. Este "convertíos" (en griego: "metanoéite") es un
llamamiento a cambiar de manera de pensar y de comportarse.
3. Esta
invitación a la conversión constituye la conclusión vital
del anuncio hecho por los apóstoles después de Pentecostés.
En él, el objeto del anuncio queda totalmente explícito: ya
no es genéricamente el "reino", sino más bien la obra misma
de Jesús, integrada en el plan divino predicho por los
profetas. Al anuncio de lo que ha tenido lugar con
Jesucristo muerto, resucitado y vivo en la gloria del Padre,
le sigue la apremiante invitación a la "conversión", a la
que está ligada el perdón de los pecados. Todo esto aparece
claramente en el discurso que Pedro pronuncia en el pórtico
de Salomón: "Dios dio cumplimiento de este modo a lo que
había anunciado por boca de todos los profetas: que su
Cristo padecería. Arrepentíos, pues, y convertíos, para que
vuestros pecados sean borrados" (Hch 3,18-19). Este perdón
de los pecados, en el Antiguo Testamento, fue prometido por
Dios en el contexto de la "nueva alianza", que Él
establecerá con su pueblo (cf Jer 31,31-34). Dios escribirá
la ley en el corazón. En esta perspectiva, la conversión es
un requisito de la alianza definitiva con Dios y al mismo
tiempo una actitud permanente de aquel que, acogiendo las
palabras del anuncio evangélico, pasa a formar parte del
reino de Dios en su dinamismo histórico y escatológico.
4. El
sacramento de la Reconciliación transmite y hace visible de
manera misteriosa estos valores fundamentales anunciados por
la Palabra de Dios. Reintegra al hombre en el contexto
salvífico de la alianza y los vuelve a abrir a la vida
trinitaria, que es diálogo de gracia, circulación de amor,
don y acogida del Espíritu Santo.
Una
relectura atenta del "Ordo Paenitentiae" ayudará mucho a
profundizar, con motivo del Jubileo, en las dimensiones
esenciales de este sacramento. La madurez de la vida
eclesial depende en gran parte de su redescubrimiento. El
sacramento de la Reconciliación, de hecho, no se
circunscribe al momento litúrgico-celebrativo, sino que
lleva a vivir la actitud penitencia en cuanto dimensión
permanente de la experiencia cristiana. Es "un acercamiento
a la santidad de Dios, un nuevo encuentro con la propia
verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una
liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una
recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser
salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha
dejado de gustar" ("Reconciliatio et paenitentia", 31,III).
5. Por
lo que se refiere a los contenidos doctrinales de este
sacramento, me remito a la exhortación apostólica "Reconciliatio
et paenitentia" (cf. nn.28-34) y al "Catecismo de la Iglesia
Católica" (cf. nn.1420-1484), así como a las demás
intervenciones del Magisterio eclesial. En estos momentos
deseo recordar la importancia de la atención pastoral
necesaria para valorar este sacramento en el pueblo de Dios,
para que el anuncio de la reconciliación, el camino de
conversión y la misma celebración del sacramento puedan
tocar aún más los corazones de los hombres y de las mujeres
de nuestro tiempo.
En
particular, deseo recordar a los pastores que para ser
buenos confesores hay que ser auténticos penitentes. Los
sacerdotes saben que son depositarios de una potestad que
viene de lo alto: de hecho, el perdón que transmiten es
"signo eficaz de la intervención del Padre" ("Reconciliatio
et paenitentia", 31,III) que hace resucitar de la muerte
espiritual. Por esto, viviendo con humildad y sencillez
evangélica una dimensión tan esencial de su ministerio, los
confesores no deben descuidar su propia perfección y
actualización en su formación para que no desfallezcan en
esas cualidades humanas y espirituales que son tan
necesarias para la relación con las conciencias.
Pero,
junto a los pastores, toda la comunidad cristiana debe
quedar involucrada en la renovación pastoral de la
Reconciliación. Lo impone el carácter eclesial propio del
sacramento. La comunidad eclesial es el seno que acoge al
pecador arrepentido y perdonado y, antes aún, crea el
ambiente adaptado para el camino de regreso al Padre. En una
comunidad reconciliada y reconcialiante los pecadores pueden
volver a encontrar el camino perdido y la ayuda de los
hermanos. Y, por último, a través de la comunidad cristiana
puede volverse a diseñar un sólido camino de caridad, que
haga visible a través de las buenas obras el perdón
recibido, el mal reparado, la esperanza de poder encontrar
todavía los brazos misericordiosos del Padre.
Juan Pablo II
Vaticano, 15 septiembre de 1999
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