Por Fernando
Acaso
Arvo Net, 29.11.2006
¡QUÉ DESAHOGO!
Los siete detectives fue una de las
series semanales de televisión con más éxito
en Japón. Los siete actores principales eran
muy conocidos, y el título recordaba a la
famosa película de Kurosawa Los siete
samuráis, de donde procedían varios
actores de este programa.
En la primera escena se ve cómo los
siete policías, que visten de paisano, van
llegando a la sala de su sección y se
sientan alrededor de una mesa que preside el
jefe. A las 9 en punto se ponen todos de pie
y se saludan con una inclinación de cabeza.
Se sientan, y cada uno se pone a ordenar en
silencio sus documentos…. Pero enseguida
suena el teléfono. Rostros expectantes. El
jefe coge el teléfono, escucha, asiente,
cuelga, y les dice que tienen que ir al
lugar de un crimen.
En la siguiente escena se les ve
corriendo hacia dos coches negros y salen
disparados con la sirena sonando. Llegan
junto al cadáver. Mientras los policías de
uniforme hablan con el jefe, los otros toman
fotos, recogen objetos, interrogan testigos
y... justo antes de terminar el programa,
ponen las esposas al sospechoso.
Me dije que no la vería más porque todas
las semanas tenía el mismo formato y el
mismo mensaje. Era un aburrimiento. Pero la
semana siguiente caí en la tentación de
verlo por última vez y me encontré con un
tema muy distinto al habitual.
Al
principio están todos, como siempre, en
silencio, ordenando sus documentos. Pasa el
tiempo lentamente...pero ¡el teléfono no
suena! Empiezan a bostezar y a hablar en voz
baja entre ellos…. ¡Suena el teléfono! Caras
tensas. El jefe el teléfono, escucha,
asiente, cuelga, y, decepcionado, le dice al
más veterano de los policías que le espera
una visita en recepción. Desilusión general
y bostezos de nuevo.
El policía veterano, con su cara
bondadosa, saluda en la recepción de la
planta baja a una señora de unos 50 años.
Entran los dos en una salita. La mujer le
dice:
—Usted
no se acordará de mí. Hace diez años que
usted me detuvo como sospechosa de haber
matado a mi marido. Pero en el juicio me
absolvieron por falta de pruebas.
Saca un pañuelo y el tono de voz se vuelve
histérico.
—Hoy vengo a decirle que ¡fui yo quien lo
mató! ¡Deténgame por favor! ¡Estos diez años
han sido para mí un infierno!
El policía le mira con compasión, mientras
ella se frota la cara.
—No podemos detenerla. Ayer prescribió su
crimen.
La mujer llora con más
intensidad. El policía procura consolarla y
la mujer se va lloriqueando.
El policía vuelve a su sección y le
dice al jefe en voz baja, que los otros
cinco escuchan.
—Quizá
recuerdes que hace justo diez años, cuando
yo era el jefe y tú acababas de ser asignado
a esta sección, hubo dos asesinatos el mismo
día, en distintos sitios de Tokio: dos
mujeres que mataron a sus maridos.
Le cuenta lo que acaba de hablar en
recepción, y le pide permiso para ir a la
prisión a saludar a la otra mujer que mató a
su marido y que hoy sale libre.
Una mujer, muy parecida a la que fue a
saludarle, sale por el portalón de la
cárcel, reconoce al policía y, con cara
feliz, se acerca y le dice.
— ¡Cuánto hemos envejecido los dos!
Muchas gracias por haber venido. Usted es el
único. Todos mis parientes y amistades me
repudiaron. Pero la cárcel ha sido mi
salvación.
— ¿…..?
—Sí,
le parecerá extraño lo que acabo de decir.
En realidad lo pasé muy mal el primer año.
Incluso intenté suicidarme. Pero el capellán
cristiano de la cárcel me enseñó que hay un
Dios que perdona. Y cuando me bauticé se me
perdonaron todos los pecados. El resto de
mis años en la cárcel han sido la lógica
penitencia para expiar mi crimen.
El policía sigue perplejo. No se le ocurre
nada. Dice que le esperan en la jefatura y
se despiden; vuelve a su sección donde todos
siguen bostezando. Saluda al jefe y le
cuenta lo sucedido. Todos escuchan con gran
interés y sus rostros, muchos primeros
planos, muestran diversas gamas de
perplejidad.
Así acabó la historia de esa semana. El
autor quiso lanzar sobre los espectadores
(99% paganos) estas preguntas: ¿Cómo se
perdona un crimen? ¿Qué es el pecado? (En
japonés se usa la misma palabra para crimen
y pecado).
A mí,
como cristiano, y como sacerdote que intenta
transmitir a los japoneses las enseñanzas de
Jesucristo, me gustó mucho esta historia,
porque podía despertar en los espectadores
interés por el cristianismo. Le di gracias a
Dios que nos perdona los pecados,
especialmente a través del sacramento del
perdón. A continuación, me propuse
esforzarme para que los católicos sean más
conscientes de lo que se pierden cuando no
acuden a la Confesión con frecuencia. Por
eso estoy escribiendo estas líneas.
El sapo
¿Por qué hay tantos católicos que no
acuden a la Confesión? Una primera posible
causa es que se callaron en el pasado un
pecado mortal por vergüenza.
Cuando se comete un pecado contra la
pureza por primera vez suele dar mucha
vergüenza confesarlo; sobre todo a las
chicas. Esta vergüenza lleva a algunos y
algunas a retrasar la Confesión y, a veces,
a confesarse callando un pecado mortal. En
mis más de cincuenta años de sacerdocio, he
visto cómo muchos penitentes admitían que
hubo en el pasado una confesión sacrílega, y
les he ayudado a rehacer la Confesión
después de 20 ó 30 años. Me imagino que ésta
es la causa de que muchos abandonen la
práctica del catolicismo.
En los escritos de San Josemaría, hay
unas palabras que pueden ser una buena ayuda
para más de uno.
Si dentro de ti hay un “sapo”,
¡suéltalo! Di primero lo que no querrías que
no se supiera. Una vez que se ha soltado el
‘sapo’ en la Confesión, ¡qué bien se está!
(Forja 193)