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EL PERDÓN, DON PERFECTO (Antonio Orozco Delclós) |
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VERDAD Y LIBERTAD
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El perdón, don perfecto
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En el sacramento de la penitencia se otorga el don inmenso,
per-fecto: el per-dón, el más grande don divino, tan del
gusto de Dios, rico en misericordia. El perdón es su obra
máxima, mayor que la resurección de un muerto |
por Antonio
Orozco-Delclós
Arvo Net
Es bien sabido lo que dice San Juan,
inspirado por el Espíritu: Dios es amor.
¿Qué sabemos del amor? Un poco, por lo que
aquí en la tierra vemos o experimentamos en
los llamados enamorados: cada uno está en el
otro con el pensamiento y el corazón, parece
que no tienen ojos sino es para su amor. Si
lo liberamos de cualquier forma de egoísmo o
imperfección y lo elevamos con el
pensamiento a la perfección infinita,
tenemos una pista, una idea lejanamente
aproximada de lo que es la Vida divina. Dios
es el amor eterno, pleno e infinitamente
enamorado; y por eso es la infinita
felicidad, eterna, inagotable, amor que no
se agosta, que existe en una plena y eterna
juventud. Dios es más joven que todos. El
amor infinito es lo que vive Dios en su
relación interpersonal trinitaria. Y ese
amor se vuelca primero en la creación y
después, con maravillosa continuidad, en la
salvación del hombre caído. Dios nos quiere
a cada uno como si fuéramos su único hijo.
Para Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es un
hecho. Y al vernos radicalmente indigentes,
alejados de Él -de la felicidad infinita,
para lo que nos había creado-, perdidos sin
rumbo y sin norte, con el horizonte cerrado
por las consecuencia del pecado original y
de los pecados personales, hace algo
asombroso: el Hijo de Dios se hace Hijo del
hombre y nos redime con la cruz. Esto -dicho
está muy brevemente- abre de nuevo a la
humanidad el horizonte eterno, la grandiosa
posibilidad de la bienaventuranza sin
término, es decir, la inmersión en el océano
de Amor enamorado y enamorante que es la
Trinidad.
POR LOS FRUTOS SE CONOCE EL ÁRBOL
Sería menester una enorme biblioteca para
balbucear todo esto, pero podemos y debemos
comprender que no se puede ser amado
"impunemente" por un Amor infinito. Y ahí
tenemos todas las páginas rojas de la
historia para brindarnos un poco de luz
sobre las consecuencias de volver la espalda
al Amor. Las consecuencias de un acto, de
ordinario, nos revelan su naturaleza moral.
Por sus frutos se conoce el árbol. Es
preciso advertir que la ofensa a Dios, el
desamor, no es una ofensa a quien nos ha
dado algo, poco o mucho (nuestros padres nos
han dado mucho con la vida), sino a quien
nos ha dado radical y absolutamente todo.
Tanto que sin Él no seríamos absolutamente
nada. No habría latidos en nuestro corazón,
no habría respirar en nuestros pulmones; más
aún, no habría nada de nada, no seríamos en
absoluto. Todo lo que somos y podemos llegar
a ser (hermanos del Hijo de Dios, hijos de
Dios y coherederos de su gloria) lo hemos
recibido. ¿Qué tienes tú que no hayas
recibido?, es la pregunta de san Pablo que
da de lleno en línea de flotación de
cualquier género de autosuficiencia. ¿Qué
significa negarse al Amor de Dios,
rechazarlo, decidirse a no corresponder con
todas las fuerzas? Mientras no se responda
satisfactoriamente a semejante pregunta no
sabremos quién es el Amor y quiénes somos
nosotros mismos. Negar a Dios, negar que Él
es el Creador y nosotros sus creaturas es
negar todo lo valioso de nosotros mismos,
nuestra relación con la Verdad, con la
Belleza y el Amor. Es algo monstruoso que
sólo por la ceguera misma que causa el
pecado, no advertimos. Es incurrir en una
real deformación del núcleo de nuestro ser
personal, que es de donde proceden esas
negaciones. Se llama al pecado "mancha". Es
una metáfora. Pero hay que decir más: es una
deformación monstruosa de la dimensión
personal de nuestro ser, porque justamente
es la negación práctica de quien es nuestro
Todo, en el más estricto sentido de la
palabra. Si yo quiero ser un verdadero
matemático y empiezo estableciendo para mis
adentros que dos y dos son cinco, toda la
aritmética que haga a partir de ese momento
establecerá un inmenso error. El error se
hallaría precisamente casi al principio de
mi discurso. Podré contar chistes muy
graciosos, tal vez escribir novelas de
imaginación muy "creativa", pero en cuestión
de matemáticas seré un tipo peligroso. Si
alguno empieza a desarrollar la razón
pensando que no hay Dios o que es lícito
vivir como si no lo hubiera, podrá llegar a
ser un gran constructor de puentes o de
otros artefactos; podrá ser premio Nobel de
Literatura, tener una conversación amena con
sus amigos y escalar altas cumbres del poder
social, económico o político, pero su vivir
personal estará herido y deformado de raíz.
Es muy posible que cometa crímenes sin
saberlo; es seguro que se equivocará en
cuestiones muy importantes de la vida
humana, sobre todo en las que podemos llamar
cuestiones de sentido. El que no conoce a
Dios, o si se prefiere, el que con culpa no
reconoce a Dios, no tiene fundamento
racional para sostener, por ejemplo, los
derechos humanos (aunque los respete, por
una feliz incongruencia). Es un peligro
(aunque también por una feliz
inconsecuencia, sea bondadoso con todo el
mundo).
SABER QUÉ SIGNIFICA OFENDER A DIOS
No se trata aquí de juzgar conciencias
singulares, sino de expresar una verdad
lógica que carece de réplica racional. A
nuestro entender, no cabe ninguna. La ofensa
a Dios deforma profundamente a la persona
que la comete. Por eso es radicalmente
distinto ofender a Dios que ofender a una
criatura (aunque una cosa lleve a la otra),
aunque la criatura sea nuestra madre. Un
padre, una madre humanos pueden decir a su
hijo: te perdono y me olvido. Es difícil
olvidar y que todo vuelva a ser lo mismo,
pero es posible porque las relaciones que
nos unen a las criaturas no son, ni de
lejos, tan profundas, tan radicales como las
que nos enlazan a Dios creador. Es todo
nuestro ser lo que está ligado a Él.
"Religión" es reconocerlo, re-ligarnos
libremente, por amor. Es todo nuestro ser
que se distorsiona y resquebraja cuando
negamos de un modo consciente y libre ese
vínculo entrañable con la Fuente del ser y
de la vida. La metáfora más adecuada podría
ser quizá el terremoto. Y no tenemos
posibilidad de recuperar el orden o
equilibrio interior desde su raíz, porque
ésta ha quedado contaminada y descoyuntada.
No cabe autoperdonarse, autorredimirse o
autoconfesarse. Porque lo que hemos roto, la
amistad, el amor de Dios en cuanto estaba en
nosotros, no está, ni de lejos en nuestro
poder. Un monstruo no se puede normalizar a
sí mismo. Hace falta que un ser
extraordinariamente sabio y poderoso realice
en él una operación quirúrgica increíble. El
monstruo, para dejar de serlo, necesitaría
nacer de nuevo.
NACER DE NUEVO
Pues bien: esto es lo que ha hecho posible
la cruz de Cristo, la posibilidad
infinitamente deseada por Dios Padre: el
ejercicio de su misericordia por el perdón
de los pecados. Pero, cuidado, el perdón de
los pecados sea cosa de poca monta. Los
judíos presentes en la curación del
paralítico, se escandalizan cuando Jesús
dice: perdonados te son tus pecados.
¡Blasfema!, gritaron, porque sólo Dios puede
perdonar los pecados. No se daban cuenta de
que Jesús era Dios en Persona (la Segunda),
pero sí sabían que para perdonar los pecados
no bastaba un hombre por santo que fuese:
sólo Dios puede perdonar los pecados. En
esto, tenían razón. Es claro que si te
ofendo a ti no sirve que pida perdón al
vecino de arriba. Pero además, es tal el
estado del que ha ofendido gravemente a
Dios, que, para el perdón se requiere un
poder todopoderoso: la omnipotencia misma,
que sólo Dios tiene. Por eso Tomás de Aquino
dice bien cuando asegura que la misericordia
de Dios es la manifestación más perfecta de
su omnipotencia. Y la Iglesia reza: "Oh
Dios, que manifiestas especialmente tu poder
con el perdón y la misericordia...". Y Juan
Pablo II enseña que la misericordia de Dios
es una "potencia especial del amor, que
prevalece sobre el pecado y la infidelidad
del pueblo elegido" (DM, III, 4 c) Cabe
preguntarse: ¿qué tiene que ver la
omnipotencia con la misericordia? Al margen
de equivocadas doctrinas que tienen la
misericordia por debilidad -no vale la pena
que nos entretengan-, en nuestro caso tiene
mucho, todo que ver. Porque cuando se ha
roto el amor infinito, sólo un Amor infinito
puede restaurarlo; sólo el Amor omnipotente.
Si libremente me despeño desde un vigésimo
piso, no puedo libremente recomponerme, se
acabó la libertad y la vida terrenal; yo no
puedo "resucitarme". Pues ¿cómo no
comprender que romper libremente los
vínculos que me atan a Dios son una muerte
más trágica que la corporal, porque es
espiritual, quizá no sensible (por eso
muchos no creen en ella) pero tan realmente
mortal como la vida corporal? La Iglesia ha
hablado siempre de pecado mortal; no muere
la persona, pero muere en ella el amor de
Dios, la raíz de todo lo verdadero, bueno y
bello. Es el infierno, o su anticipo, o su
inminente aparición.
RECREACIÓN
Por eso, la restauración de la vida de unión
con Dios (Verdad, Bondad, Belleza,
Sabiduría, Amor), con su consecuencia de
felicidad para la vida temporal y la eterna,
más que una restauración es una
re-generación, una re-creación, es decir,
requiere una operación de la omnipotencia
divina. Lo dice bien claro Jesús a Nicodemo:
"El que no naciere de nuevo, no puede entrar
en el Reino de los cielos" (Jn 3, 5-7). Y
toda la Tradición auténtica y todo el
Magisterio auténtico de la Iglesia así lo
llaman, así lo dicen: renacimiento,
regeneración. A la filiación divina no se
nace ni se renace por voluntad humana, sino
por la omnipotente voluntad de Dios, cuyo
perdón es eso: don perfecto. No es que se
olvide la culpa, es que se aniquila, porque
ha nacido un hombre nuevo. El milagro tiene
muchas facetas. Por una parte, permanece la
persona, el yo que fue pecador. Y, por otra
parte, el yo que antes del perdón era
pecador, al renacer por obra de la gracia
santificante, ya no es pecador, es santo. El
que era injusto es justo, real y
verdaderamente. Este es uno de los puntos en
los que Lutero se apartó de la enseñanza de
la Iglesia católica. Para él la
justificación no existe en sentido estricto,
la santificación no alcanza a renovar todo
el ser de la persona. Pero el Magisterio
enseña que sí alcanza, porque Dios emplea en
el perdón toda su fuerza salvífica: "El
Símbolo de la fe profesa la grandeza de los
dones de Dios al hombre por la obra de su
creación, y más aún, por la redención y la
santificación. Lo que confiesa la fe, los
sacramentos lo comunican: por "los
sacramentos que les han hecho renacer", los
cristianos han llegado a ser "hijos de Dios"
(Jn 1,12)" (CEC n. 1692; cfr 2782). La
redención es justificación verdadera,
santificación real. Es un don de santidad
que llega a lo más profundo de la persona,
por pura generosidad de Dios y encima de
valor infinito. Es increíble que tengamos
tan poco aprecio al perdón de Dios; que no
acudamos a las fuentes del perdón con una
sed inmensa: al sacramento de la penitencia,
a limpiar manchas, más aún, a rehacernos, a
que el amor de Dios, Padre amorosísimo, nos
regenere y nos recree.
EL SACRAMENTO DE LA ALEGRÍA
En el sacramento de la penitencia se otorga
el don inmenso, per-fecto: el per-dón, el
más grande don divino, tan del gusto de
Dios, rico en misericordia. El perdón es su
obra máxima, mayor que la resurección de un
muerto y que la creación de las insondables
galaxias, porque mayor es la distancia entre
el pecado mortal y la vida sobrenatural de
la gracia, que la diferencia entre la nada y
el ser. "Realmente es grande un Dios que
perdona!: ¡Cuántas gracias tenemos que dar a
Dios Nuestro Señor, por este sacramento de
su misericordia! Yo me pasmo; me conmuevo.
Un Dios que perdona me parece tan padre y
tan madre a la vez, que me echaría a llorar
de agradecimiento y de alegría. ¿Qué
haríamos sin su perdón?" (1).
¿Por qué lloras como un loco
Amigo del alma mía?
Y el Amigo respondía: ?
¡Lloro de llorar tan poco! (2) .
Y a la vez tendríamos que dar saltos de
alegría. Concretamente, la Confesión
sacramental es uno de los más gozosos
encuentros inmediatísimos con Cristo Jesús.
Porque cuando se oye el "Yo te absuelvo",
ese "Yo" es un "Yo" cargado de misterio, no
es humano, es divino. ¿Quién puede perdonar
los pecados sino sólo Dios? El ministro y el
signo sacramental no son más que
instrumentos por los que obra el verdadero
operante, que es Jesucristo, virtute
praesens, con toda tu fuerza redentora.
Entiéndase bien, el sacerdote confesor no es
un delegado de Dios para perdonar. La
omnipotencia es indelegable. Como Velázquez
no puede decir a un aprendiz: "pinta Las
Meninas". Esto es imposible. Para que yo
pintara Las Meninas, necesitaría el cerebro
y el alma de Velázquez. Necesitaría que
Velázquez me suplantara, que su yo de alguna
manera anulara el mío. Dios no anula nada,
pero, esto es mayor milagro, cuando el
confesor dice "Yo te absuelvo" lo dice "in
persona Christi". No es un delegado, es el
lugar escogido por Cristo para establecerse
y a la vez que el confesor dice
sensiblemente "yo te absuelbo", Él
interviene con su omnipotencia indelegable y
ab-suelve, re-crea, re-genera, o incrementa
el nivel de vida sobrenatural, creando más
vida. Debiéramos llenarnos de asombro, de
alegría, de felicidad, de gratitud. E ir
corriendo a la plenitud de la Eucaristía; y
volver a purificarnos más en el sacramento
de la penitencia; y luego, otra vez a la
Eucaristía y así sucesivamente. Hasta el día
de la entrada definitiva en el gozo infinito
de Dios Uno y Trino.
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(1) Beato J. ESCRIVA DE BALAGUER.
(2) Versos de JOSE MARIA PEMAN.
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ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005 |
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Contacto: mailto:webmaster@arvo.net |
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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés |
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Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós
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Enviado por Arvo - 15/05/2005 |
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