Por
José
Ramón
Ayllón
Arvo
Net
La
ética
busca
el
bien.
Por
bien
entendemos
lo
que
perfecciona
a un
ser,
lo
que
naturalmente
le
conviene.
A un
bebé
le
conviene
respirar
y
alimentarse,
lo
mismo
que
a
sus
padres.
En
este
sentido
el
bien
es
objetivo.
Pero
también
es
relativo,
pues
un
recién
nacido
no
debe
comer
lo
mismo
que
un
adulto.
Ambos
deben
comer,
pero
no
la
misma
cantidad
ni
los
mismos
alimentos.
Para
no
perderse
en
el
bosque
enmarañado
de
los
conceptos
conviene
aclarar
que
relativo
significa
relación,
dependencia
objetiva.
Todo
es
relativo
porque
todo
está
relacionado
en
el
espacio,
en
el
tiempo
y en
el
encadenamiento
universal
de
causas
y
efectos.
Asimismo,
lo
relativo
es
objetivo
porque
las
relaciones
son
objetivas,
se
dan
en
la
realidad:
esta
señora
es
objetivamente
una
mujer,
pero
también
es
objetivamente
madre
respecto
a
sus
hijos,
esposa
respecto
a su
marido,
hija
respecto
a
sus
padres,
enfermera
para
sus
pacientes,
votante
para
los
partidos
políticos.
Y
cada
uno
debe
tratarla
como
lo
que
objetiva
y
relativamente
es:
el
enfermo
no
puede
tratarla
como
si
fuera
su
mujer,
y el
marido
no
puede
tratarla
como
enfermera,
ni
como
hija.
Por
tanto,
lo
relativo
es
objetivo.
En
cambio,
aunque
relativo
y
relativismo
son
palabras
parecidas,
su
significado
es
opuesto.
El
relativismo
es
la
concepción
subjetivista
de
la
realidad.
El
hombre
libre
tiene
derecho
a
escoger
entre
diferentes
conductas
que
respeten
la
realidad.
Pero
si
escoge
el
relativismo
hace
violencia
a la
realidad
y
abre
la
puerta
al
«todo
vale»,
por
donde
siempre
podrá
entrar
lo
irracional.
El
relativismo,
al
sustituir
las
relaciones
reales
por
las
subjetivas,
al
concebir
de
forma
subjetiva
la
verdad
y el
bien,
es
una
forma
equivocada
de
orientar
la
conducta.
Con
una
lógica
relativista,
el
drogadicto
al
que
se
pregunta
«¿por
qué
te
drogas?»
puede
tranquilamente
responder
« ¿y
por
qué
no?»
. En
pura
lógica
relativista
vale
todo,
y
ello
hace
imposible
la
ética.
Si
el
bien
fuera
subjetivo,
el
violador,
el
traficante
de
droga
y el
asesino
podrían
estar
actuando
bien.
Si
el
bien
fuera
subjetivo,
todas
las
acciones
podrían
ser
buenas
acciones.
Y
también
podrían
ser
buenas
y
malas
a la
vez.
Si
el
bien
y el
mal
fueran
subjetivos,
la
injusticia
que
se
denuncia
en
los
medios
de
comunicación
y se
condena
en
los
tribunales
no
sería
denunciable
ni
condenable,
pues
subjetivamente
es
deseada
y
aprobada
por
el
que
la
comete.
Con
otras
palabras:
si
los
juicios
éticos
sólo
fueran
opiniones
subjetivas,
todas
las
leyes
podrían
estar
equivocadas.
En
el
conocimiento
de
la
realidad
es
el
sujeto
quien
debe
adaptarse
a la
realidad
reconociéndola
como
es,
de
forma
parecida
a
como
el
guante
se
adapta
a la
mano.
Pero
no
siempre
sucede
así.
El
subjetivismo
surge
precisamente
cuando
la
inteligencia
prefiere
colorear
la
realidad
según
sus
propios
gustos:
entonces
la
verdad
ya
no
se
descubre
en
las
cosas
sino
que
se
inventa
a
partir
de
ellas.
La
causa
más
frecuente
del
subjetivismo
son
los
intereses
personales.
Con
frecuencia,
el
tirón
de
diversas
atracciones
puede
tener
más
peso
que
la
propia
verdad.
El
subjetivismo,
además
de
afectar
a lo
más
trivial,
también
deforma
las
cuestiones
graves:
el
terrorista
está
convencido
de
que
su
causa
es
justa;
la
mujer
que
aborta
quiere
creer
que
sólo
interrumpe
el
embarazo;
el
suicida
se
quita
la
vida
bajo
el
peso
de
problemas
no
exactamente
reales,
agigantados
por
su
enfermiza
subjetividad;
al
antiguo
defensor
de
la
esclavitud
y al
moderno
racista
les
conviene
pensar
que
los
hombres
somos
esencialmente
desiguales.
Según
Campoamor,
« En
este
mundo
traidor,
/
nada
es
verdad
ni
mentira,
/
todo
es
según
el
color
/
del
cristal
con
que
se
mira».
Estos
versos
retratan
ese
relativismo
rudimentario
del
que
sólo
quiere
barrer
para
casa.
Si
«nada
es
verdad
ni
mentira»,
entonces
nada
es
bueno
ni
malo,
nada
es
censurable
ni
elogiable.
Pero
resulta
que
hay
líneas
claras
de
demarcación
entre
conductas
humanas
e
inhumanas,
entre
comportamientos
lógicos
y
patológicos.
El
relativismo
ético
afirma
que
no
hay
nada
objetivamente
bueno
o
malo.
Tal
postura
responde
a
una
concepción
subjetivista
de
la
ética:
el
bien
y el
mal
es
lo
que
a
cada
uno
le
parece.
El
gran
argumento
en
favor
del
relativismo
esgrime
la
existencia
de
culturas
que
tienen
o
han
tenido
por
buenos
los
sacrificios
humanos,
la
esclavitud,
la
poligamia,
etc.
Esta
objeción
suele
ignorar
que
la
discusión
sobre
la
validez
general
del
bien
comenzó,
precisamente,
con
el
descubrimiento
de
estos
hechos.
Los
griegos
del
siglo
v
antes
de
Cristo
ya
empezaron
a
juzgar
admirables
o
absurdas
las
costumbres
de
los
pueblos
vecinos,
y
sus
filósofos
buscaron
desde
entonces
una
medida
o
regla
con
la
que
medir
las
distintas
maneras
de
vivir
y
los
distintos
comportamientos.
A
esta
norma
o
regla
la
llamaron
fisis,
que
significa
«naturaleza».
Siguiendo
el
criterio
de
lo
natural,
encontraron,
por
ejemplo,
que
la
costumbre
de
las
jóvenes
escitas
que
se
cortaban
un
pecho
resultaba
peor
que
su
contraria.
Relativismo
y
democracia
La
condición
de
posibilidad
de
la
democracia
es
el
pluralismo,
que
viene
a
reconocer
los
diversos
caminos
que
la
libertad
sigue
en
su
búsqueda
de
la
verdad
política.
Y el
pluralismo
es
necesario
para
la
existencia
real
de
las
discusiones
democráticas.
La
realidad
es
compleja
y no
sólo
autoriza
sino
que
exige
diversidad
de
perspectivas
para
abordar
su
entendimiento.
Si
se
partiera
de
que
la
verdad
es
convencional
o
inaccesible,
las
opiniones
encontradas
sólo
serían
expresión
de
intereses
en
conflicto,
de
manera
que
todas
vendrían
a
valer
lo
mismo,
porque
nada
valdrían.
Y
entonces
imperaría
el
poder
puro
y
duro,
origen
de
esa
violencia
clamorosa
o
encubierta,
tan
manifiesta
en
la
actualidad
internacional.
Por
el
contrario,
el
fundamento
de
la
democracia
no
puede
ser
el
relativismo
moral.
Porque
el
relativismo
hace
trivial
al
pluralismo
y
tiende
a
eliminarlo.
El
hecho
de
que
tenga
relevancia
discutir
acerca
de
la
justicia
o
injusticia
de
una
ley,
responde
a
que
los
interlocutores
saben
que
existe
lo
justo,
por
más
que
unas
veces
sea
reconocido
por
el
poder
establecido
y
otras
no.
Por
ello,
quien
de
verdad
aceptara
el
positivismo
jurídico
se
cerraría
a sí
mismo
la
posibilidad
de
participar
en
este
tipo
de
debates
posteriores
a la
entrada
en
vigor
de
una
ley.
Aunque
el
concepto
moderno
de
democracia
parezca
indisolublemente
unido
con
el
relativismo,
se
plantea
otra
objeción
importante:
¿no
es
preciso
que
exista
un
núcleo
no
relativista
también
en
la
democracia?
¿No
se
ha
construido
la
democracia
en
última
instancia
para
garantizar
unos
derechos
humanos
concebidos
como
inviolables?
Eso
significa
que
un
núcleo
de
verdad,
en
este
caso
de
verdad
ética,
parece
irrenunciable
por
la
democracia.
El
problema
está
en
saber
cómo
llegar
hasta
ese
núcleo,
cómo
conocerlo.
Según
Hans
Kelsen
(1881
1973),
la
decisión
corresponde
al
voto
popular,
y
propone
al
gobernador
Poncio
Pilato
como
ejemplo
de
prudencia
democrática.
Pilato
no
sabe
qué
es
lo
justo
y
confía
el
problema
a la
mayoría.
Es
ahí
donde
obra
como
perfecto
demócrata,
que
no
se
apoya
en
valores
absolutos
ni
en
la
verdad
subjetiva,
sino
en
los
procedimientos.
Que
el
resultado
del
juicio
fuera
la
condena
de
un
inocente
no
parece
inquietar
a
Kelsen.
Si
no
hay
más
verdad
que
la
mayoría,
carece
de
sentido
preguntar
por
otra
distinta.
En
la
actualidad,
el
representante
más
conocido
de
esta
concepción
relativista
de
la
democracia
es
Richard
Rorty
La
convicción
más
difundida
entre
los
ciudadanos
es
para
él
el
único
criterio
que
se
ha
de
seguir
para
legislar.
La
democracia
no
posee
otra
filosofía
ni
otra
fuente
del
derecho.
Rorty
es
consciente
de
la
insuficiencia
del
principio
mayoritario
como
fuente
y
criterio
de
verdad,
pero
opina
que
los
errores
de
la
mayoría
se
corrigen
por
sí
mismos,
pues
la
mayoría
incluye
siempre
ciertas
intuiciones
básicas
como,
por
ejemplo,
el
rechazo
de
la
esclavitud.
Por
desgracia,
en
esto
se
engaña.
Durante
siglos,
quizá
durante
milenios,
el
sentir
mayoritario
no
ha
incluido
esa
intuición
antiesclavista,
y
nadie
sabe
cuánto
tiempo
la
seguirá
conservando.
Así
como
el
pluralismo
democrático
es
manifestación
positiva
del
derecho
a la
libertad,
el
relativismo
representa
el
abuso
de
ese
mismo
derecho.
Al
no
admitir
el
peso
específico
de
lo
real,
el
relativismo
deja
a la
inteligencia
abandonada
a su
propia
decisión
subjetiva,
sin
reconocer
que
las
cosas
son
como
son
y
tienen
consistencia
propia.
El
mundo
es
una
compleja
red
de
relaciones
entre
hechos
y
objetos
que
se
relacionan
en
el
espacio
y en
el
tiempo.
En
este
sentido
es
correcto
afirmar
que
todo
es
relativo:
relativo
a un
antes,
a un
después,
a un
encima,
debajo,
al
lado,
cerca,
lejos,
dentro,
fuera.
Todo
es
relativo
porque
todo
está
relacionado,
vinculado
con
algo.
Y
hemos
visto
que,
cuando
esa
relación
está
pedida
por
la
realidad,
lo
relativo
no
es
meramente
subjetivo
ni
arbitrario.
Todo
vestido
es
relativo
a un
clima,
a
una
cultura,
a
una
función,
a
una
talla,
a un
sexo:
kimono,
chilaba,
túnica,
toga,
chándal,
taparrabos,
vaqueros,
guerrera,
frac.
Pero
en
todos
esos
vestidos
hay
algo
no
relativo:
el
respe
to a
lo
que
es
un
cuerpo
humano,
un
cuerpo
que
se
mueve,
con
dos
piernas
y
dos
brazos
articulados,
con
ojos
para
ver
y
boca
para
respirar.
Mil
vestidos
pueden
ser
diferentes,
pero
ninguno
puede
asfixiar,
inmovilizar
o
aplastar.
Quizá
con
este
ejemplo
sea
fácil
entender
que
el
pluralismo
no
se
funda
en
el
relativismo
sino
en
la
libertad,
y en
el
hecho
de
que
un
problema
en
este
caso,
la
necesidad
de
vestirse
puede
tener
varias
soluciones
válidas.
La
conducta
ética
nace
cuando
la
libertad
puede
escoger
entre
formas
diferentes
de
conducta,
unas
más
valiosas
que
otras.
El
relativismo
es
peligroso
porque
pretende
la
jerarquía
subjetiva
de
todos
los
motivos,
la
negación
de
cualquier
supremacía
real.
El
relativismo
hace
imposible
la
ética,
pues
si
queremos
medir
las
conductas
necesitamos
una
unidad
de
medida
igual
para
todos.
Porque
si
el
kilómetro
es
para
ti
1.000
metros,
para
él
900,
y
para
otros
1.200,
850
o
920,
entonces
el
kilómetro
no
es
nada.
Si
la
ética
ha
de
ser
criterio
unificador,
entonces
ha
de
ser
una
en
lo
fundamental,
no
múltiple.
Igual
que
el
pluralismo,
la
ética
es
relativa
en
las
formas,
pero
no
debe
serlo
respecto
al
fondo.
De
la
naturaleza
de
un
recién
nacido
se
deriva
la
obligación
que
tienen
sus
padres
de
alimentarlo
y
vestirlo.
Son
libres
para
escoger
entre
diferentes
alimentos
y
vestidos,
pero
la
obligación
es
intocable.
Subjetivamente
pueden
decidir
no
cumplir
su
obligación,
pero
entonces
están
actuando
objetivamente
mal.
De
igual
manera,
cuando
en
la
valoración
moral
del
mismo
hecho
hay
discrepancia,
la
divergencia
es
subjetiva,
pero
el
hecho
es
único
y
objetivo.
Lo
que
para
Sancho
es
bacía
de
barbero,
para
Don
Quijote
es
yelmo
de
Mambrino,
pero
los
dos
no
pueden
tener
razón
puesto
que
la
realidad
no
es
doble.
Hay
una
experiencia
cotidiana
a
favor
de
la
objetividad
moral.
Es
la
siguiente:
la
inmoralidad
que
se
denuncia
en
los
medios
de
comunicación
y se
condena
en
los
tribunales,
no
sería
denunciable
ni
condenable
si
tuviera
carácter
subjetivo,
pues
subjetivamente
es
deseada
y
aprobada
por
el
que
la
comete.
Con
otras
palabras:
si
los
juicios
morales
sólo
fueran
opiniones
subjetivas,
todas
las
leyes
que
condenan
lo
inmoral
podrían
estar
equivocadas.
Y,
en
consecuencia,
si
la
moralidad
no
se
apoya
en
verdades,
las
leyes
se
convierten
en
mandatos
arbitrarios
del
más
fuerte:
del
que
tiene
poder
para
promulgarlas
y
hacerlas
cumplir
por
las
buenas
o
por
las
malas.
Otra
experiencia
cotidiana
nos
dice
que
hay
acciones
voluntarias
que
amenazan
la
línea
de
flotación
de
la
conducta
humana,
y
que
pueden
hundir
o
llevar
a la
deriva
a
sus
protagonistas:
los
hospitales,
los
tribunales
de
justicia
y
las
cárceles
son
testigos
de
innumerables
conductas
lamentables,
es
decir,
impropias
del
hombre.
Al
enfrentarse
a
esta
evidencia,
el
relativismo
moral
hace
agua
y
queda
descalificado
por
los
hechos.
Defenderlo
a
pesar
de
sus
consecuencias
es
una
postura
irresponsable.
Es
preciso
reconocer
que
en
la
raíz
de
la
democracia
hay
absolutos
morales,
que
no
son
dogmas
ni
imposiciones.
Son
criterios
inteligentes,
necesarios
como
el
respirar.
Los
encontramos
en
ese
fondo
común
de
todas
las
legislaciones
y
códigos
penales:
no
robar,
no
matar,
no
mentir,
no
abusar
del
trabajador,
no
abusar
de
la
mujer...
Además
de
estar
recogidos
en
las
leyes,
estos
principios
absolutos
deben
informar
la
educación
de
las
jóvenes
generaciones.
De
acuerdo
con
Hillary
Putnam,
pensamos
que:
La
razón
fundamental
por
la
que
defendemos
que
hay
juicios
morales
correctos
y
equivocados,
y
perspectivas
morales
mejores
y
peores,
no
es
sólo
de
carácter
metafísico.
La
razón
es,
sencillamente,
que
así
es
como
todos
nosotros
hablamos
y
pensamos,
y
también
como
todos
nosotros
vamos
a
seguir
hablando
y
pensando.
J.R.
Ayllón
es
filósofo
y
escritor:
www.jrayllon.com