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LA BANALIDAD DEL MAL (Javier Aranguren)

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La banalidad del mal

LA BANALIDAD DEL MAL

Eichmann no era más que un reflejo de la situación oscura de nuestros tiempos, en la que los seres humanos han ido perdiendo la conciencia de poseer un carácter único, del carácter de “quién” de cada hombre, reducido a individuo, a una pieza de una máquina y, por tanto, susceptible de ser sustituida por otra similar.

Las claves del holocausto
y la «solución del problema judío»


por Javier Aranguren


Eichmann en Jerusalén. Así se titula el libro de Hannah Arendt. La obra llama la atención tanto por su temática como por la profundidad de su contenido. No resulta habitual que un filósofo trate algo tan cercano en el tiempo y al espíritu de la autora como la denominada “solución final del problema judío” y la crónica del juicio que se llevó a cabo contra su ejecutor, Adolf Eichmann.

«La única manera de tratar al hombre –y de tratarse a uno mismo– como merece ser tratado es cayendo en la cuenta de que la pluralidad humana es la paradójica pluralidad de los seres únicos»

En 1963, Hannah Arendt publica en la revista The New Yorker una serie de artículos sobre el proceso del Estado de Israel contra Adolf Eichmann, un funcionario del gobierno nazi y miembro de las SS que tuvo a su cargo la tarea de deportación masiva de los judíos europeos hacia el Este, donde fueron exterminados. Esta serie de artículos dieron origen al libro sobre el que versan estas líneas, Eichmann en Jerusalén (Lumen, 1999).

El libro cuenta con una exhaustiva documentación, gracias a la cual se puede seguir todo el proceso de la “solución” que desde el gobierno alemán se quiso dar al llamado “problema judío”. A excepción de los capítulos centrados en el juicio contra Eichmann, son las etapas de este camino las que estructuran la obra: “Expulsión”, “Concentración , “Asesinato”. Sigue un estudio sobre los hombres que pusieron en marcha el proceso desde un punto de vista técnico (la responsabilidad ideológica cabe achacarla a los jerarcas nazis y, a fin de cuentas, a Hitler) y una descripción de cómo se llevó a cabo y qué actitudes tomaron ante el proceso los países europeos ocupados por los nazis o por los aliados. El libro acaba con una descripción de lo que fueron los “Centros de muerte” y la reacción ante la masacre de algunos testigos. Arendt no se detiene en la descripción de escenas escalofriantes; basta con que de vez en cuando deslice algunas cifras –así lo hace para mostrar la represión en Rumania– para hacer objetiva la realidad de lo ocurrido. La autora no busca impresionar; más bien, quiere dar a entender qué es lo que le pudo ocurrir a la mente del “hombre moderno” –Eichmann sería el arquetipo de esta modalidad de ser humano– para que, en un continente, sobre el papel tan civilizado como el europeo, ocurriera lo que aconteció. Lo certero y sobrio de este análisis convierte la lectura del libro en imprescindible.

Las claves del proceso

El proceso a Eichmann cobró fama en su día por diversos motivos. En primer lugar, por el personaje, un hombre posiblemente responsable de la muerte de varios millones de personas pero que no daba la impresión de ser un monstruo, sino que, como declararon extrañados los psiquiatras que actuaron como peritos en el juicio, era un sujeto “perfectamente normal”. Es más, su comportamiento con la familia y los amigos era envidiable.

Al personaje se añade el origen del proceso. Eichmann vivía en Argentina –bajo identidad falsa– y fue secuestrado por agentes del Mosad israelí que se saltaron unas cuantas normas del derecho internacional.

Asimismo, llamaba la atención el motivo del proceso, pues el punto de partida no era, como en Nuremberg, los “crímenes contra la Humanidad”, sino los “crímenes contra el pueblo judío”. Por primera vez desde los tiempos del emperador Adriano, el pueblo judío contaba con un territorio y una jurisdicción donde hacer justicia de las ofensas sufridas. Desde este punto de vista, Eichmann se convertía en símbolo de todas las persecuciones padecidas por el pueblo hebreo y, también, una cierta redención de éstas. Arendt plantea ciertas reservas sobre este punto, pero pone de manifiesto la independencia de los jueces, cuyo único interés estribaba, dice, en hacer justicia sobre el caso Eichmann y no sobre el sufrimiento de un pueblo.

También resulta apasionante, desde un punto de vista tanto histórico como político, el análisis de la actitud del pueblo judío: ¿por qué no se rebelaron al Holocausto?, ¿por qué apenas hubo reacciones de resistencia y casi seis millones de personas se entregaron a la muerte?, ¿cuál fue el papel de los jerarcas judíos?, ¿hasta qué punto colaboraron con los nazis al aceptar los guetos, repartir las estrellas amarillas para la ropa?, ¿por qué no crearon una policía propia...? Preguntas como éstas se alzan en el libro y dejan una sensación desazonante: el tema no era tan sencillo como puede parecer a primera vista, pues la pérdida de objetividad de lo que es la vida humana, “el colapso moral que los nazis causaron en la respetable sociedad europea”, en palabras de Arendt, pudo ser una enfermedad de Europa entera, incluyendo al pueblo judío.

Por último, y aquí es donde el análisis de la autora se torna especialmente brillante, destacaron en el proceso los motivos que adujo el acusado. El funcionario de las SS, cooperador en la cadena de muerte sistemática cuyo fin último era el exterminio de pueblos –primero los judíos, luego los gitanos, más tarde los polacos...–, puso de relieve en el juicio, y nada parece indicar que mintiera, que en ningún momento había sentido odio o desprecio hacia el pueblo judío; simplemente, “cumplía órdenes, no tenía otra posibilidad, cumplía con mi deber”. En Eichmann hallamos un “hombre normal que, por una serie de circunstancias en las que su voluntad no tomó parte, se vio envuelto en la gran masacre. Fue fruto de la casualidad, no de la culpa. Si no hubiera estado allí, probablemente jamás habría matado y, en vez de haber organizado deportaciones en masa, habría cooperado en cualquier otro trabajo que no hubiera requerido un exceso de imaginación.

Subordinarse al sistema

Eichmann, señala Arendt, hablaba siempre desde clichés, sirviéndose de frases hechas. También lo hizo en el momento de su ejecución. A fin de cuentas, ese hombre no era más que un reflejo de la situación oscura de nuestros tiempos, en la que los seres humanos han ido perdiendo la conciencia de poseer un carácter único, novedoso, del carácter de “quién” de cada hombre, para acabar en una consideración propia del homo faber, en la que el “quién” es reducido a individuo, a elemento de un universal, a una pieza de una máquina y, por tanto, susceptible de ser sustituida por otra similar. Y lo triste no es el hecho de que uno no sea capaz de reconocer en el nacimiento del otro una estricta novedad, abierta a dar cosas que nunca han existido por medio de la “acción de su discurso”, lo triste es, sobre todo, que ni siquiera sabe de sí como origen de novedad.

Eichmann se subordinó plenamente a un sistema –en este caso, además, injusto–, fue un hombre que pretendió ocultar su culpa en una “culpa colectiva”, como si su responsabilidad fuese sustituible por la de cualquier otro alemán que hubiera hecho lo mismo. Trató de ocultar sus actos bajo la excusa de que “actuó como un funcionario y no como un hombre, actuó como si sus funciones pudieran haber sido desarrolladas por cualquier otro. Es como si un criminal señalara a las estadísticas del crimen y declarara que sólo hizo lo que estadísticamente se podría esperar, que resultaba sólo un accidente que fuera él y no otro, ya que siempre alguien tendría que haber hecho ese trabajo”. A fin de cuentas, Eichmann fue un hombre que había renunciado a ser lo que era. De ahí el subtítulo de la obra, Un informe sobre la banalidad del mal. Es decir, ni siquiera el mal que causó era un mal que naciera de la libre acción de un hombre, sino que le vino dado desde un puesto anónimo en un sistema anónimo. Pero, evidentemente, nada le exculpa, pues como ser humano tuvo la posibilidad de haberse negado.

El afilado pensamiento de Arendt trasciende el caso concreto y lo convierte en una categoría aplicable a los frutos sociales de la modernidad. En realidad, las preguntas que laten en el fondo de su obra son: ¿cómo pudo ser posible que la raza humana llegara a esa situación?, ¿por qué nadie se enfrentó a ese proyecto?, ¿por qué se llegó tan lejos? Así, se puede señalar que el problema no es si Dios puede existir después de Auschwitz, sino si puede hacerlo el hombre. Si el hombre ha sido capaz de construir cámaras de gas, quizá sea señal de que, como hombre, su depravación ha tocado fondo, anulando toda esperanza de sacar algo positivo de la especie humana y de cada persona.

La duda inquietante que permanece es si, conjurado el peligro del nazismo, el hombre ha salido de los presupuestos que permitieron la existencia de Hitler, los nazis, sus ideas... Existen algunos ejemplos que pueden llenar de esperanza –la narración centrada en Dinamarca o el caso del sargento Anton Schmidt–, pero, con todo, la visión de Arendt no es muy alentadora. Por eso, cuando expone el origen y la aplicación de las leyes de Hitler a favor de la eutanasia, se acerca –quizá sin saberlo– a una descripción de la sociedad actual; cuando habla de las leyes nazis que prohibían el matrimonio mixto entre judíos y arios, trae a colación la existencia de una ley –idéntica en su fondo– que rige en tiempos del juicio y en Israel: casarse con alguien que no sea hebreo acarreará como consecuencia la pérdida de la nacionalidad.

La esperanza estriba en la recuperación del hombre como novedad capaz de acción, capaz de discurso, capaz de diálogo. O, como dice la autora en La condición humana, la esperanza se encuentra en saber que la única manera de tratar al hombre –y de tratarse a uno mismo– como merece ser tratado es cayendo en la cuenta de que la pluralidad humana es la paradójica pluralidad de los seres únicos”. Queda planteado un reto de tal altura moral y antropológica que, en su misma dificultad, permite adivinar su atractivo. Eso sí, la gente que se haya reducido a ser como Eichmann difícilmente podrá avistar el reto.



Nuestro Tiempo, Mayo 1999.
© ASOCIACIóN ARVO
Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

05/11/2005 ir arriba
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