UN FILÓSOFO LEE LA ENCÍCLICA
SOBRE LA ESPERANZA
Rodrigo Guerra López analiza
«Spe salvi»
QUERÉTARO, domingo, 9 diciembre
2007 (ZENIT.org-El
Observador).-
La encíclica
Spe salvi
«desafía a la vida personal, a
la razón y aún a la actividad
política», opina el filósofo
mexicano Rodrigo Guerra López. A
propósito de la publicación de
la segunda encíclica del actual
Sumo Pontífice, Zenit-El
Observador ha entrevistado al
doctor por la Academia
Internacional de Filosofía de
Liechtenstein Guerra
López. Además de miembro de la
Academia Pontificia para la
Vida, el filósofo es
especialista en el pensamiento
de Karol Wojtyla; investigador
de la Universidad Católica en
Querétaro (UNIVA) y director del
proyecto «Centro para la
Investigación Social Avanzada»
en México.
--¿Cuál es el contexto
intelectual en el que se enmarca
la aparición de la encíclica Spe
salvi?
--Rodrigo
Guerra López: La nueva encíclica
es un mensaje que rebasa por
mucho la vida intelectual. Sin
embargo, aparece en un contexto
en que el pensamiento, en varias
de sus rutas más recientes, se
encuentra sumergido en un gran
desencanto. Las promesas de la
modernidad racionalista no sólo
no se han cumplido sino se han
vuelto en contra del propio ser
humano. Por otra parte, el
irracionalismo postmoderno
intenta seducir la conciencia
desde una aparente disidencia y
ruptura radical, pero tampoco
logra responder a las
inquietudes constitutivas del
corazón humano real. En esta
encrucijada
Spe salvi
es un valiente anuncio sobre
la posibilidad de un nuevo
inicio para nuestra libertad, y
desde ella, para nuestra razón.
--¿Qué significa «un nuevo
inicio» para la razón?
--Rodrigo Guerra López.
Significa que cada persona puede
recomenzar siempre a través de
sus decisiones vitales e
intelectuales. La modernidad
ilustrada ha manifestado su
agotamiento. La postmodernidad,
con todo y su énfasis anti-racionalista,
recae por vías insólitas en las
deficiencias que pretendía
combatir. Muchos postmodernos
son tardomodernos vergonzantes.
Sólo la razón que se deja
interpelar por la radical
novedad e imprevisibilidad del
acontecimiento cristiano puede
evitar sofocarse, puede
encontrar razones para no
claudicar en su misión, para
recomenzar en su itinerario y
experimentar así verdadera
esperanza, es decir, certeza
sobre una Presencia que nos
abraza y nos excede de manera
continua, «performativamente»,
cambiando la vida, como dice el
Papa.
--¿Es posible encontrar
algunas ideas esenciales en la
encíclica "Spe salvi" que sean
significativas para los
filósofos y para los políticos?
--Rodrigo
Guerra López: Hay dos ideas
fuerza en materia de filosofía y
política, que me parecen como
ejes que cruzan toda la
encíclica, y que aparecen además
de manera explícita en ciertos
momentos. La primera idea
consiste en afirmar que «la
victoria de la razón sobre la
irracionalidad es también un
objetivo de la fe cristiana».
Esta intuición profundiza en el
mensaje esencial de la encíclica
Fides et Ratio,
escrita por Juan Pablo II.
La razón cuando reflexiona,
analiza y argumenta poniendo
entre paréntesis la fe cristiana
aparenta «secularidad», aparenta
«rigor» y «respeto por la
autonomía de la ciencia». Sin
embargo, vive en el fondo
mintiéndose, cerrándose a
reconocer el factor fundamental
de constitución de lo real. El
Papa enseña: «la razón necesita
de la fe para llegar a ser
totalmente ella misma». La fe no
pervierte ni contamina a la
razón sino que le ofrece un
soporte para proceder con mayor
«racionalidad» que antes.
La segunda idea consiste en
mirar con atención que la
encíclica insiste en que «nunca
existirá en este mundo el reino
del bien definitivamente
consolidado». Más aún, «si
hubiera estructuras que
establecieran de manera
definitiva una determinada
--buena-- condición del mundo,
se negaría la libertad del
hombre, y por eso, a fin de
cuentas, en modo alguno serían
estructuras buenas».
Dicho de otro modo: las
estructuras buenas son
importantes pero no bastan. El
Reino que afirma Jesús es un
don, no un proyecto estratégico
de acción organizada. Esto
significa que el poder no salva
sino que requiere ser salvado a
través de la radicalidad en el
amor, en el perdón, en la
reconciliación. «Jesús no era
Espartaco», dice Benedicto XVI.
Jesús y el Reino son
irreductibles a cualquier
proyecto organizativo por bien
intencionado que sea. Sólo
salvaguardando la
irreductibilidad de Jesús, la
dimensión social del
cristianismo puede eventualmente
desplegarse y colaborar a
construir un mundo más humano.
--La
modernidad parece haber
fracasado pero no somos
cabalmente concientes de lo que
significa esto. ¿Qué nos dice la
Spe salvi
sobre esta inconciencia?
--Rodrigo Guerra López: El
Papa nos dice que «es necesaria
una autocrítica de la edad
moderna en diálogo con el
cristianismo y con su concepción
de esperanza«. La crítica,
entonces, debe ser desde la
modernidad misma, que
descubriendo sus límites y
deseos constitutivos, puede
llegar a advertir que es
racional y razonable tener
esperanza en Cristo antes que en
los hombres del poder.
Así mismo, Benedicto XVI señala
que es también necesaria «una
autocrítica del cristianismo
moderno, que debe aprender
siempre a comprenderse a sí
mismo a partir de sus propias
raíces». Esto, me parece, es una
fuerte llamada de atención a
todos aquellos que privilegiamos
algún modelo, algún estilo,
algún carisma particular, por
encima del evangelio y de la
Iglesia integralmente
considerada. No es el camino
particular el que funge como
criterio hermenéutico del
evangelio y de la Iglesia, sino
el evangelio y la Iglesia los
que permiten interpretar
adecuadamente el camino
particular. Hay que volver a la
raíz, volver a Jesús, y desde
El, juzgar nuestra vida personal
y comunitaria para corregir lo
que haya que corregir, y así,
recomenzar con alegría y
esperanza auténticas.
--¿Qué riesgos tiene colocar
nuestra esperanza en el poder?
--Rodrigo Guerra López: Los
riesgos son múltiples. La
vanidad y la autoreferencialidad
del poder en la época moderna
-tanto de las derechas como de
las izquierdas- ha terminado
sacrificando a los hombres y a
las mujeres de nuestros pueblos.
¡Sobre todo a los más pobres,
frágiles y excluidos! Esto es
gravísimo. En ocasiones, la
indignación ante estos
escenarios ha generado
reacciones violentas. En otras,
la impotencia ante el abuso,
provoca pasividad y desánimo.
El Papa Benedicto XVI nos señala
a este respecto que la esperanza
cristiana es la que precisamente
«nos da el valor para ponernos
de la parte del bien aun cuando
parece que ya no hay esperanza».
La injusticia, el dolor y la
muerte siempre existirán en este
mundo en algún grado, pero no
tendrán la última palabra al
final de la historia.
--¿La encíclica
Spe salvi
está destinada a ser un
documento principalmente de
estudio intelectual o es una
invitación para la vida del
hombre real?
--Rodrigo Guerra López: El
estudio de la encíclica
seguramente será provechoso para
enriquecer la vida real. El Papa
Benedicto XVI nos ofrece en este
documento importantes
indicaciones de orden
existencial que nos recuerdan
que el cristianismo no es una
propuesta abstracta sino una
Persona que se hace encuentro
interpelando de modo concreto
nuestra historia.
Hay algunos parágrafos
particularmente bellos a este
respecto. Me refiero en
particular al momento en que
señala que cuando uno
experimenta un gran amor en la
vida, se trata de un momento de
«redención» (Cf. n.26). ¡Nada
más verdadero que esto! Sin
embargo, el corazón humano, si
explora su estructura más
profunda, desea no un amor
finito sino un amor absoluto e
incondicionado como el que sólo
un Dios personal puede dar.
Es verdad que sólo quien ha sido
tocado por el amor intuye lo que
es propiamente vivir y esperar
(Cf. n. 27). Por ello, la vida
en su verdadero sentido sólo
puede ser relación con Aquel que
nos ha amado primero de modo
incondicional, enseñándonos
entonces a ser radicales en la
responsabilidad por el otro, en
el perdón al otro, en el
sacrificio a favor del otro. Ser
testigos de una relación así, de
una amistad así, funda el camino
educativo que permite reproponer
vitalmente la alegría y la
esperanza de la fe cristiana.
Cualquier otra vía que eluda
este «método» culmina en
moralismo, es decir, termina
legitimando la apacible e
insolidaria vida burguesa.
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