Hacia una ontología
del embrión humano
biofilosofía, biología del desarrollo e
individuación humana
Versión 2.2
Rodrigo Guerra
López*
Tercer Congreso Internacional
de la Federación Internacional de
Centros e Instituciones
de Bioética de Inspiración Personalista
«Análisis de la Declaración sobre las
normas universales
de Bioética de la UNESCO»
29 de septiembre de 2005
Ciudad de México
Introducción
Elaborar una
ontología del embrión humano puede
resultar extraño al profesional de la
filosofía en la actualidad. Dentro del
amplio universo de cuestiones
filosóficas las motivadas por la
biología, y más aún por la biología del
desarrollo, no suelen ser las más
socorridas. Es más fácil encontrar en la
actualidad filósofos dedicados a
explorar el pensamiento de algún autor
importante que dedicados a indagar un
objeto que de entrada parece ser tema y
problema primario para la biología del
desarrollo.
El hecho que cada
ciencia se especifique por su objeto
parece acentuar esta situación. Si bien
el ser humano ha sido tema de reflexión
filosófica desde la más remota
antigüedad, cuando hablamos de «embrión
humano» nos referimos a un estado de
cosas que involucra un proceso de
desarrollo biológico que para ser
entendido complexivamente reclama de
parte del observador tener competencia
en saberes como la biología de la
reproducción, la biología molecular, la
bioinformática, etc. Dicho de otro
modo, la expresión «embrión humano» se
refiere a un momento particular de un
largo proceso de desarrollo que
principalmente pareciera explicarse por
el crecimiento y el aumento de
complejidad de las estructuras y
funciones propias del cuerpo humano. La
filosofía al autopresentarse como un
saber abstracto y fundamental desde el
punto de vista meta-empírico, parecería
encontrarse muy lejos de estos asuntos.
Sin embargo, si recordamos los orígenes
de la filosofía no debe resultar extraño
que los filósofos nos dediquemos a este
tipo de cuestiones. Al contrario, es
significativo que para un filósofo como
Aristóteles la ontología como teoría de
la sustancia se construya a partir de la
base de un conjunto de observaciones
sobre los vivientes[1].
Estas observaciones serán sumamente
amplias y diversificadas incluyendo
eventualmente algunas de las primeras
investigaciones embriológicas que se
conocen en la historia de la humanidad[2].
Así mismo, desde el punto de vista de la
realidad en sí misma considerada, es
importante cobrar conciencia respecto
que las ciencias de hechos, si bien
exploran ciertas dimensiones de la
dinámica causal y explicativa de las
cosas, reclaman siempre una comprensión
ulterior (filosófica) que busque más
allá de la descripción de fenómenos
frecuentes y de la enunciación de leyes
generales, principios auténticamente
universales y hasta necesarios. Esto que
es válido respecto de toda ciencia
particular es especialmente importante
para la biología del desarrollo humano:
no basta mostrar cómo sucede la
embriogénesis sino es preciso indagar
por qué sucede así. Sólo con el
concurso de la embriología y de
una eventual
embriontología[3]
será posible que nuestras explicaciones
muestren con mayor contundencia cuáles
son las razones profundas que explican
la generación del ser humano, y en el
fondo, cuál es el estatuto ontológico de
la vida humana naciente y de las
diversas etapas que va recorriendo.
-
Descalificaciones, prejuicios y
sobresimplificaciones
Un primer asunto
que es imposible obviar al comienzo de
una indagación como la que realizamos es
reconocer que existen numerosas
descalificaciones y prejuicios en
quienes participamos en el debate actual
sobre el estatuto ontológico del embrión
humano. No es extraño observar que
muchos de quienes defienden la condición
personal del embrión humano en momentos
posteriores a la concepción
suelen sostener que sus detractores, a
veces aglutinados dentro de alguna
postura de bioética personalista o al
menos iusnaturalista, fundamentan la
sacralidad de la vida humana únicamente
desde creencias religiosas, sólo válidas
como convicciones para la vida privada.
En algunas otras ocasiones se irá aún
más lejos y se descalificará la defensa
de la dignidad de la vida desde la
concepción a causa de la utilización de
argumentos de corte «metafísico». Una
teoría sobre el inicio de la vida humana
que apelara a realidades suprasensibles
como el alma infundida por Dios queda
desde esta posición fuera de juego ya
que este tipo de entidades no pueden ser
verificadas de acuerdo al rigor propio
de las ciencias empíricas. En esta línea
Margarita Valdés, una de las filósofas
mexicanas más dedicadas a estas
cuestiones, ha escrito que:
La razón que el conservador suele
esgrimir para defender su interpretación
es (…) una razón religiosa o, si se
prefiere, una razón teológico-moral: la
idea de que cada nueva vida humana es
creada directamente por Dios «a su
imagen y semejanza» y que, por lo tanto,
es intrínsecamente malo destruirla, o la
idea de que Dios nos impone, a través
del Papa, la obligación moral de
respetar la vida de los fetos. Sin
embargo, por respetable que puedan
parecernos este tipo de razones, cabe
señalar que dependen de la aceptación de
una creencia religiosa o de una manera
religiosa de ver el mundo y, dada la
libertad de creencias consagrada en las
constituciones políticas contemporáneas
de los Estados democráticos, no es el
tipo de razón que pueda servir para
justificar ninguna legislación pública
al respecto[4].
Más adelante ella
misma insistirá en que:
Habría que señalar que cuando se
conceptúa al feto desde el momento de la
concepción como persona, a pesar de no
tener ninguna de las propiedades
distintivas de las personas, o
bien se está usando la palabra
equívocamente o bien se está cometiendo
un franco error categorial. Sospecho que
efectivamente quienes impugnan el aborto
desde el momento de la concepción usan
el término «persona» equívocamente, con
un sentido diferente del normal que pone
de manifiesto sus orígenes en ciertas
creencias religiosas. Es decir,
entienden por persona no algo que tiene
características corpóreas y
psicológicas, sino, tal vez, algo así
como «organismo humano con alma».
Dejando a un lado las dificultades con
la noción religiosa de «alma», darle
este sentido a la palabra y aplicarla al
óvulo fecundado, depende, como hemos
señalado, de aceptar una visión
religiosa del mundo que no
necesariamente tenemos que compartir
todos bajo pena de caer en la
irracionalidad[5].
En estos textos no
es difícil advertir que existe una
caricaturización excesiva de las cosas.
La noción “normal” de persona que se
utiliza como referencia parece ignorar
la historia más elemental de este
término y la larga controversia sobre el
constitutivum personae. Algo
similar se puede decir respecto del modo
cómo la Profesora Valdés se refiere a la
noción de «alma». Es ampliamente
conocido que filósofos tan diversos como
Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes,
Max Scheler o Edith Stein han
desarrollado sus respectivas teorías
sobre el alma en clave filosófica y no
teológica.
Sin embargo, lo que
es sumamente curioso es que de manera
simétrica también encontramos
importantes imprecisiones en algunas
personas que buscan defender la dignidad
de la vida humana desde la concepción.
La sobresimplificación de los argumentos
genera en ocasiones que el diálogo que
entablan algunos exponentes de posturas
aparentemente «Pro-vida» se torne en un
conjunto de alegatos que en nombre de la
verdad distorsionan la verdad sobre el
hombre y el necesario diálogo científico
riguroso. Por ejemplo, una importante
bioeticista mexicana de la que no
dudamos de su interés y dedicación
sincera en la defensa de la vida, Pilar
Calva, nos dice en uno de sus textos:
El conocimiento moderno de la biología
molecular nos permite constatar que todo
ser vivo tiene un genoma propio de su
especie; esto es precisamente lo que le
define como miembro de esa especie y no
de otra. (…) Refiriéndonos concretamente
al genoma humano, éste nos hace ser
personas y no pertenecer o dudar a
qué especie pertenecemos; al mismo
tiempo, la individualidad del mismo nos
hace únicos e irrepetibles[6].
Considerar que el genoma nos hace ser
personas e individuos no resiste un
análisis biológico o filosófico
riguroso. Baste mencionar que a) muchas
de las células de nuestro cuerpo aún
separadas de él poseen carga genética
completa y no son personas, y b) es
imposible sostener que la condición
personal en cuanto personal se
identifique unívocamente con un sistema
material complejo debido a que la noción
de «persona» precisamente pretende
indicar otro modo de ser, es
decir, una diferencia radical con
respecto al ser de las cosas, aunque
como es evidente en el caso de la
persona humana, la corporeidad sea un
elemento constitutivo de la misma[7].
Nuevamente aquí se prescinde de toda la
historia sobre la noción de persona, de
su carácter trascendental (no
predicamental) y de su fundamento real.
También se prescinden de las teorías
personalistas contemporáneas que han
avanzado más allá de las teorías
medievales y modernas sobre este tema.
No podemos proseguir en este momento con
estas consideraciones[8].
Lo importante aquí
es constatar que existe una turbulencia
indeseable en las discusiones sobre el
estatuto del embrión humano que nos
invita a reconsiderar las cosas buscando
siempre dialogar y aprender del otro,
buscando hacer ciencia con rigor bajo la
confianza de que la verdad, aunque sea
compleja, está ahí esperando a ser
develada.
-
La presentación
de la genética en algunos manuales
de Bioética católica
Manuales de Bioética como el de Elio
Sgreccia atendieron en su momento con
sumo tino las cuestiones fundamentales
en torno a la vida humana y a los nuevos
desafíos biotecnológicos que se
presentaban a finales de la década de
los ochenta y principios de la década de
los noventa[9].
Estos manuales trataban de elaborar un
discurso culto principalmente orientado
a la formación de profesionales de la
salud y agentes de pastoral que
requerían tener una cierta iluminación
para el momento de tomar decisiones
concretas ya sea en hospitales y centros
de salud, ya sea en la consejería
espiritual o institucional.
Sin embargo,
conforme fue pasando el tiempo los
argumentos ofrecidos comenzaron a
mostrar desde mi punto de vista una
doble debilidad: por una parte el
fundamento filosófico que justificaba
los puntos más álgidos resultaba débil
cuando aparecía un interlocutor bien
educado en alguna filosofía
contemporánea. Los manuales daban por
resueltos una gran cantidad de problemas
filosóficos sobre la relación entre
sustancia y accidentes, sobre la
relación entre la naturaleza como
esencia y la naturaleza como conjunto de
características físico-biológicas, sobre
el origen y fundamento de la dignidad
humana, y en algunas ocasiones, se
llegaban a apreciar exposiciones éticas
sumamente esquemáticas que fácilmente
caían en falacia naturalista.
Por otra parte,
algunos manuales católicos ofrecían (y a
veces continúan ofreciendo) exposiciones
sumamente compendiadas de embriología y
de genética que reproducían las ideas
más o menos convencionales sobre estos
temas divulgadas hacia los años setenta
y ochenta.
En efecto, el descubrimiento de los
genes y del DNA que los constituye
permitió durante algunas décadas
contemplar un cierto resurgimiento de
una versión modificada de
preformacionismo, es decir, de la
teoría que sostiene que las
características fenotípicas del
individuo humano adulto se encuentran de
alguna manera precontenidas en su
genotipo originario[10].
Así, en el último tercio del siglo XX,
como fruto de la eclosión de la biología
molecular muchos textos sobre estas
materias comenzaron a presentar de
manera más o menos explícita una
relación directa y determinista entre
los genes y la realidad biológica
resultante luego de su desarrollo.
Parecía claro que la información
genética era no sólo necesaria
sino también suficiente para
constituir a un organismo vivo maduro y
por ende completo desde el punto de
vista de su plan básico de desarrollo
configurado precisamente en el momento
de la fecundación. Nacía así la
convicción de que en el orden biológico
existe un sustrato – el genoma – que
asegura la identidad personal a través
de los cambios…
Esto permitió que
parte de la manualística católica
hallara un respaldo empírico para
afirmar que la persona está ya en acto
desde el momento de la fusión de los
gametos. Todos los argumentos sobre la
supuesta existencia de una «persona en
potencia» o de un «pre-embrión» antes de
la implantación caían con facilidad
debido a la afirmación simultánea de a)
el papel conductor del desarrollo que
realizaba el genoma de acuerdo a un
modelo más o menos determinista, y
b) la teoría filosófica que parecía
explicarlo: el cambio que sucede en
el viviente humano a partir de la
fecundación es de orden accidental, no
es de orden sustancial, y esta
direccionado teleológicamente. El
sujeto del cambio está ya en acto y por
ello en potencia activa para desplegar
las virtualidades orgánicas y
eventualmente operativas que suelen
caracterizar a la persona humana adulta.
-
Tres objeciones
al estatuto personal del embrión
humano
En la actualidad,
sin embargo, es necesario repensar estos
asuntos una vez más. Desde mi punto de
vista no son sostenibles afirmaciones
del tipo «todo está ya en los genes al
establecerse un nuevo genoma por la
fusión de gametos de los padres». A
comienzos del siglo XXI existen en la
mesa de discusión nuevas evidencias
empíricas que parecen cuestionar muchas
de las bases sobre las que descansaban
convicciones como la mencionada. Será
posible reconstruir un cierto argumento
sobre la condición personal del embrión
humano desde la concepción sólo si
somos capaces de responder a las que
parecen ser nuevas objeciones bio-filosóficas
basadas en evidencia empírica. Así, a
continuación de manera análoga a como se
presentaban las cuestiones en la
filosofía escolástica medieval
presentamos primero tres objeciones
(incisos 3.1, 3.2 y 3.3), luego una
solución general (incisos 4 y 5), y por
último, la respuesta compendiada a los
aspectos problemáticos de cada una de
las objeciones (inciso 6).
3.1
Primera objeción: la importancia de la
información epigenética
Miremos en primer término la importancia
que ha adquirido el papel de la
información epigenética: conforme se fue
acercando el final del siglo veinte se
descubrieron gradualmente los mecanismos
de activación y represión de los genes y
el proceso detallado que va desde la
información genotípica hasta la
aparición de las características
fenotípicas. En este proceso, de gran
complejidad, evidentemente intervienen
las informaciones genéticas pero
también, en una gran dosis, las de
procedencia extragenética, al grado que
cuando estas últimas no hacen acto de
presencia el fenotipo se altera o
resulta inviable. Dicho de otro modo,
el individuo humano se constituye por la
interrelación integrada de todo lo que
él es y no sólo por su DNA: en la
actualidad sabemos que los genes son los
elementos que definen la herencia. Sin
embargo, existen numerosos elementos
celulares citoplasmáticos que contienen
las informaciones que dirigen,
reprograman y aún interpretan
la información contenida en los genes[11].
De este modo, no heredamos sólo genes
sino una amplia gama de flujos
moleculares que modulan y dirigen la
información genética. Estos flujos son
capaces de hacer que un núcleo de célula
somática con cierta diferenciación
terminal pueda direccionarse a otro
estado.
Más aún, existen elementos maternos que
influyen en la determinación de los
fenotipos. De ahí que exista en la
actualidad la opinión generalizada
respecto a que no son sólo las
informaciones del cigoto las que lo
«constituyen», sino que durante un
cierto tiempo se despliega un proceso en
el que elementos provenientes de la
madre colaboran a la constitución de lo
que eventualmente será propiamente el
programa de desarrollo. Un ejemplo a
este respecto es la función de la
hormona T4 materna. Esta hormona se
comunica de la madre al embrión en un
cierto momento de su desarrollo antes
de que éste pueda expresar su propia T4.
La hormona regula la expresión de
los genes del embrión que son esenciales
para el desarrollo del sistema nervioso[12].
Sin ella, por más que se tenga un código
genético completo, éste no se expresa de
la manera adecuada y por ende no cumple
su función plena de «programa de
desarrollo».
Esto parece indicar
que los seres vivos, y entre ellos el
ser humano, necesitan de un periodo
constituyente en el que la
información genética y epigenética
concurren. Mientras ese periodo de
constitución no culmina, el individuo
humano en acto – el que posee un plan
realmente direccionado hacia término –
pareciera ser una mera posibilidad de
entre varias.
Este tipo de observaciones parecen
explicar el por qué muchos científicos
actualmente consideran que no pueda
decirse con seguridad que existe una
persona desde el momento mismo de la
concepción. Desde este punto de vista
la biología parece más bien sugerir que
el cigoto no es el mismo y la misma cosa
todo el tiempo del desarrollo.
La biología parece mostrarnos que la
realidad del término depende de manera
sumamente importante del nicho dónde se
coloca al cigoto y de un periodo de
tiempo en el que este nicho interactúa
con él[13].
La importancia del
nicho puede mostrarse con dos
ejemplos. El primero es un caso similar
al de la hormona T4 y que me atrevo a
calificar de «débil», sin embargo, nos
sensibiliza con respecto de la
trascendencia que el nicho posee en el
proceso de desarrollo: nos referimos al
tema de malformaciones causadas por
deficiencias genéticas en la madre. El
segundo me parece un caso «fuerte» y
extremo – por otra parte sumamente
interesante – ya que se refiere a las
supuestas clonaciones humanas realizadas
recientemente en Corea y en Inglaterra.
3.1.1
Mismo genotipo, diferente fenotipo,
dependiendo del nicho
Un cigoto con una mutación (homocigótica[14])
grave, al colocarse en un endometrio de
una madre con dotación genética normal
en el gen PAH[15],
nace con fenotipo normal. El mismo
cigoto o un hipotético gemelo
monocigótico al ser colocado en el
endometrio de una madre con niveles
permanentemente altos de fenilananina o
con una deficiencia en el gen PAH puede
originar a un individuo con importantes
defectos anatómicos y trastornos
neurológicos (retraso mental,
microcefalia, etc.). De este modo se
aprecia que un mismo genotipo en el
origen da lugar a fenotipos diversos de
acuerdo al nicho que lo acoge.
El nicho introduce
un cambio drástico en el desarrollo. La
información de la madre repercute en
la regulación de los genes y otros
flujos energéticos del embrión. En
otras palabras, el DNA del embrión no
transporta toda la información
programática necesaria para el
desarrollo. La información está
contenida en una red compleja de
interacciones del conjunto celular que
incluyen al genoma pero que no están
limitadas por él.
3.1.2
Si
no hay reprogramación génica, no hay
embrión
El segundo caso a tener en cuenta es el
relativo a los esfuerzos que se están
realizando para lograr clonaciones
humanas. El primer intento de obtener un
clon de un adulto humano se llevó a cabo
en el año 2001. Se estimularon y
enuclearon varios óvulos humanos en
laboratorio y se les transfirieron el
núcleo de células precursoras de la piel
o de las células que nutren al óvulo
–células del cumulus-. Se
cultivaron los óvulos manipulados y unos
pocos de ellos se dividieron y dieron
lugar a pequeños grupos de células. A
este proceso le llamaron “desarrollo
embrionario a estado pronuclear y
temprano”. El nombre escogido ya
indicaba que al grupo de células
obtenidas se le consideraba un «embrión»[16].
A finales del 2004 un equipo de
investigadores de Corea anunciaron la
consecución de una línea celular de una
célula madre humana embrionaria derivada
de un “blastocisto clonado”[17].
En los medios de comunicación el
acontecimiento se presentó como una
«clonación humana». En efecto, las
células producidas con material genético
de célula de adulto se organizaron en
una configuración similar a la de un
embrión porque derivan de la
multiplicación de un óvulo y por tanto
algunas de ellas adquieren las
propiedades de las células madre de
origen embrionario. De una manera
parecida, en marzo de 2005, un equipo
inglés presentó también los resultados
de sus investigaciones ante los medios
de comunicación como “clonación
terapéutica”[18].
En los tres casos existe un abuso
terminológico. La clonación de un
individuo supone algo más que la mera
transferencia del núcleo de una célula
de adulto a un óvulo desnucleado.
Efectivamente este sería el primer paso
en un proceso de clonación, es decir, en
el proceso de obtención de uno o más
individuos genéticamente iguales al
organismo de origen.
Sin embargo, son precisos otros pasos
entre los que destaca la
reprogramación completa del genoma
(técnicamente más compleja cuando más
complejo es el individuo) que ponga ese
material genético en la situación de
conducir auténticamente un proceso de
desarrollo con término asegurado, es
decir, un proceso de desarrollo
estrictamente «embrionario»[19].
Si la reprogramación no se logra o se
logra de manera incompleta lo que se
forma es un conjunto celular con
algunas estructuras y propiedades
semejantes a las que se encuentran en un
embrión, pero no un individuo
clónico. Lo que se produce es un «embrioide»
(también llamado «nuclóvulo») al que le
faltó recibir el influjo del citoplasma
estimulado por la acción del
espermatozoide dentro del proceso de
fecundación ordinario.
En una palabra, sin
información citoplasmástica que
reprograme el genoma, éste no opera como
verdadero plan de desarrollo
embrionario. Sin reprogramación, no
hay auténtico embrión humano.
3.2
Segunda objeción: continuidad o
discontinuidad en el desarrollo
embrionario
La categoría
«embrión humano» es un nombre utilizado
para designar un cierto segmento de
desarrollo dentro de un proceso más
amplio que culmina eventualmente con la
muerte. En el proceso existe, sin dudas,
una cierta continuidad ya que no existen
«vacíos» entre una etapa y otra. Sin
embargo, el detectar ciertos momentos
diferenciados cómo los que existen entre
a) el momento en que existe vida pero no
hay capacidad de conocer, b) el momento
en que el viviente humano ya posee un
mínimo de operaciones cognitivas aún
cuando no sean racionales, y c) el
momento en el que ser humano ya puede
razonar y escoger libremente de manera
explícita, pareciera indicar que el
proceso de desarrollo no es un continuo
absoluto sino más bien relativo. ¿Qué
quiere decir esto?
Carlos Alonso
Bedate, investigador del Centro de
Biología Molecular de la Universidad
Autónoma de Madrid, afirma:
Nuestro entendimiento ve el proceso de
desarrollo como un todo que obedece a
reglas simples y deterministas porque
sólo observamos los fenotipos finales de
los procesos individuales. Pero el
fenotipo no es la suma de los procesos
individuales sino una realidad nueva, en
cierta forma, creada. Creación que no es
ex nihilo pero sí ex prior.
En este contexto, aunque evidentemente
existe un proceso por el cual una
entidad se convierte en otra, éste no
sería un continuo sino un proceso en
continuidad en el que en tiempos
definidos se originan novedades con
relación de causa anterior eficiente.
Estas novedades serían «ontos» nuevos[21].
Como puede
apreciarse, las propiedades emergentes
en las diversas etapas del desarrollo
embrionario parecieran señalar que el
proceso no es enteramente continuo. En
el fondo esta postura es similar a la de
Evandro Agazzi quien defiende que la
indisposición de la materia impide que
desde el inicio pueda afirmarse que
existe un verdadero principio vital
racional en el embrión humano, y por
ende, un ser humano en el sentido pleno
de la palabra. Para Agazzi al principio
del proceso de desarrollo nos
encontramos con “un vegetal de la
especie humana”, luego con un:
animal (de la especie humana); y sólo
cuando su desarrollo como un animal
alcanza el grado de complejidad
correspondiente para la formación de un
apropiado sistema nervioso, el embrión
recibe el alma racional y se convierte
en un animal racional (de la especie
humana). (…) En esta doctrina el
desarrollo del embrión es visto como una
sucesión de cambios sustanciales, es
decir, de cambios en los que la
sustancia deja de existir y otra
sustancia diferente viene a la
existencia, no obstante manteniendo la
«materia» de la sustancia previa como
substrato. (…) En conclusión, hemos
visto que, si subdividimos la noción
genérica de embrión en los diferentes
segmentos de su desarrollo, es posible
mantener que el embrión se torna
totalmente humano sólo después de que un
cierto segmento de su desarrollo ha sido
alcanzado[22].
De este modo es
como el desarrollo embrionario se
concibe como un proceso continuo de
cambios sustanciales. Más adelante,
Agazzi nos invitará a:
Romper la artificial y monolítica noción
de embrión reconociendo que en las
etapas tempranas del desarrollo de la
célula fertilizada estamos ante la
presencia de una estructura biológica
que sería mejor llamar pre-embrión
(como ha sido hecho en ciertos
documentos científicos y bioéticos).
Este paso permitiría aplicar el concepto
de embrión sólo después de la
constitución real de los embriones
(prácticamente luego del día 15 o algo
así) y por ende podríamos mantener que
el embrión humano es y se mantiene un
individuo humano (o una persona) durante
el resto de su desarrollo y continua
como el mismo individuo hasta el final
de su vida biológica luego de muchos
años[23].
3.3
Tercera objeción: la individualidad del
embrión antes del día 15 en entredicho
Un problema
conectado con el de la continuidad es el
de la individualidad del embrión. Las
células embrionarias en los primeros
estadios de su desarrollo tienen la
potencialidad de dar lugar a todos los
tejidos de un nuevo individuo incluidas
las membranas extraembrionarias que
forman la placenta. Más aún, pueden dar
lugar a un ser vivo entero. Por esto se
les denomina «totipotentes». La
totipotencialidad revela un importante
grado de indiferenciación respecto
del fenotipo final, lo
cual pareciera refutar a la teoría que
proponga que las formas de los órganos,
aparatos y sistemas ya se encuentran
predefinidos de alguna manera desde la
fecundación. Al contrario, las formas
parecieran irse adquiriendo poco a poco.
Esto no significa que el genotipo sea
irrelevante como ya hemos visto en las
líneas anteriores. El cigoto no es
amorfo, pertenece a la misma especie que
sus progenitores, pero requiere
diferenciarse gradualmente luego de
la concepción.
Esta cierta
indiferenciación originaria permite que
de hecho los siguientes eventos durante
el desarrollo temprano del embrión sean
posibles:
a)
En
primer lugar no todas las células que
derivan del óvulo fecundado se
desarrollan como embrión sino que
algunas dan lugar a los tejidos
extraembrionarios (la placenta, etc.).
Esto parece indicar que no todo el
material inicial contenido en el óvulo
recién fecundado goza de la condición
personal ya que de hecho en un
proceso de desarrollo normal parte de
este material dará lugar a tejidos que
si bien acompañan al embrión
no son el embrión. De este modo, la
individualidad personal, no parece estar
asegurada en el cigoto.
b)
En
ocasiones además es posible encontrar
que dos óvulos son fecundados por dos
espermatozoides dando lugar a dos
embriones. Este es el caso de la
denominada gemelación heterocigótica.
Sin embargo, en algunas pocas ocasiones,
los embriones se fusionan dando
lugar a quimeras naturales. Esta es una
de las explicaciones hoy existentes para
algunos casos de hermafroditismo
congénito en las que un embrión
masculino se fusionó con otro femenino.
El ser humano resultante posee un
mosaico de células procedentes de las
que inicialmente eran suyas y de otras
procedentes de su hermano. Este tipo de
evento parece indicar que la
individuación no está asegurada desde la
concepción sino que existe un periodo en
el que el destino individual del embrión
se encuentra abierto, es decir, su
telos individual no está asegurado
del todo y puede recibir modificaciones
importantes.
c)
Sin
embargo, el caso más desafiante y más
frecuentemente comentado es el de la
fisión en dónde con una sola
fecundación, a veces, se originan dos
cigotos (gemelos monocigóticos) lo que
parece indicar que la individuación
personal durante los primeros días
del desarrollo embrionario no se ha
alcanzado totalmente. En toda la
historia de la filosofía el fenómeno de
la individuación ha suscitado intensas
controversias. Sin embargo, existe un
consenso amplio respecto de que un
individuo es un ente que posee
unidad intrínseca (indivisum in se)
y se distingue de cualquier otro (divisum
a quolibet alio). En principio es
posible reconocer que un embrión dentro
de los primeros 15 días de su desarrollo
goza de una cierta individualidad. Sin
embargo, no es claro que esta
individualidad sea la propia de la
persona ya que gracias a las
especializaciones sucesivas, puede
originarse más de un embrión. Un
experimento mental puede ayudar a
apreciar este problema: dos gemelos
monocigóticos adultos pueden expresar
su identidad individual diciendo «yo fui
eso» al referirse a un evento de su vida
transcurrida. Sin embargo, ¿hasta dónde
pueden llegar en el acto de reconocer su
identidad individual pasada? Alcanzado
cierto punto, - el momento de la
fisión gemelar -, tendrán que
aceptar que no pueden estar ciertos de
referirse a sí mismos con
precisión[24].
Estas tres
cuestiones son importantes. No agotan
todas las preguntas que desde la
biología del desarrollo contemporánea es
posible hacer. Sin embargo, muestran el
repertorio básico de problemas que
necesitamos esclarecer
biofilosóficamente al momento de indagar
el estatuto ontológico del embrión
humano.
Miremos a
continuación un conjunto de datos
empíricos que en nuestra opinión nos dan
algunas pistas importantes para
construir una respuesta de orden
filosófico es este asunto.
-
Recuperación de
un «telos» originario direccionado
hacia un destino específico e
individual
Hasta hace no mucho
la caída de cualquier forma de
preformacionismo originario vía el
descubrimiento de la totipotencialidad
de las células embrionarias parecía
definitivo. Se pensaba que la
indistinción de las células
totipotenciales terminaba en la
gastrulación, es decir, hacia el día 14,
fecha en la que se dispara un proceso
direccionado de diferenciación que no
puede más que conducir hacia término.
Sin embargo, me
parece que hoy es posible detectar un
indicador empírico de un telos
específico e individual anterior a
la fusión de las cadenas de DNA. Dicho
de otra manera: si bien existe cierta
indistinción a nivel del genoma en las
células embrionarias totipotenciales
esto no es más que un momento dentro del
proceso de un todo que se encuentra
desarrollándose al modo de un continuo
cuyo orden fundamental está determinado
con anterioridad a la constitución del
propio genoma. ¿A qué nos referimos?
El 8 de julio de 2002, la revista
Nature publicó una nota científica
en la que de manera abreviada se
reportaban un conjunto de resultados que
Helen Pearson, la autora, reconocía como
“un cambio sorprendente en el
pensamiento embriológico”[25].
Al parecer la determinación más
originaria del cigoto no procede del
genoma sino de algo anterior a él.
El primer hallazgo que ayudó a
determinar que el blastocisto no es una
célula sin destino determinado apareció
hacia 1980. Jean Smith del Queen´s
College mostró que el blastocisto de
ratón no era una esfera simétrica sino
que poseía una