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COMO UN GRAN MOVIMIENTO (Rodrigo Guerra López)

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El corazón de la Iglesia



Como un gran movimiento
 

La presente exposición amplía las ideas expuestas en diciembre de 2003 durante un Seminario organizado por el Partido Acción Nacional (PAN), la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA) y la Fundación Konrad Adenauer (KAS) en la Ciudad de México(1). En aquel evento se me solicitó desarrollar los aportes de la Doctrina social de la Iglesia (DSI) contemporánea a los Partidos Demócrata Cristianos.
 

Por Rodrigo Guerra López (*)

Buenos Aires, Argentina
2 de octubre de 2004

Introducción

En esta ocasión el tema que nos convoca es similar. Por ello exploraremos, como aquella vez, algunos de los contenidos más significativos que podemos detectar en el Magisterio social del Papa y de los obispos latinoamericanos y que considero pueden ofrecer un aporte para la renovación del pensamiento de los partidos miembros de la ODCA. Pero además, en esta ocasión, trataremos también de rastrear los aportes metodológicos que pueden ayudarnos además a renovar algunos elementos fundamentales en la acción político-partidista y en la acción de gobierno. Dicho de otra manera: si bien es cierto que en la DSI encontramos principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción(2) también podemos hallar en ella algunas importantes pistas respecto de un cierto estilo en el ser y en el hacer que no pueden ser obviadas.

1. De la ideología al escepticismo pragmático

La primera mitad del siglo veinte se caracterizó por distintos fenómenos de polarización ideológica que dieron lugar a importantes luchas políticas en todo el planeta. Las nociones de «izquierda» y de «derecha» no solo indicaron diversos modelos de organización social sino compromisos y valores que movieron a más de un pueblo a la lucha, incluso armada. En esta época pareciera que sin importar cuál fuera la ideología, la tónica general en ambos bandos consistió en afirmar la supremacía de sí mismo a través de la búsqueda de la negación del otro.

Durante al menos dos décadas después de la segunda guerra mundial el conflicto entre las ideologías pervivió haciendo en muchas ocasiones de la política y de la democracia solo recursos retóricos para la justificación y legitimación del grupo en el poder. Sin embargo, desde principios de la década de los setenta comenzó un proceso de absorción de las ideologías en conflicto. En países como México, el sistema político tuvo la capacidad de reintroducir paulatinamente a una parte importante de la disidencia dentro de la burocracia gubernamental o al menos de localizarla en pequeños reductos controlables.

Lentamente, sin embargo, la democracia hizo eclosión prácticamente en todos los rincones de América Latina. A través de grandes sacrificios personales y sociales los espacios libres de participación y discusión se ampliaron gradualmente de manera significativa. Sin embargo, esta ampliación no logró evitar que más pronto que tarde la democracia se convirtiera en muchos ambientes en un recurso procedimental para realizar concertaciones en torno a las cuotas de poder que permiten administrar las crisis, que por otro lado, se presentan como recurrentes. Con esto la vida política tendió una vez más a volverse una actividad autorreferenciada eludiendo la activación de una democracia participativa más plena. De esta manera en la actualidad los conflictos que la democracia intenta resolver son los conflictos de poder que ella misma ha creado a partir de la concertación de las fuerzas políticas. En este entorno, más pronto que tarde, surge el fenómeno consistente en que la solución propuesta en un caso es el nuevo conflicto que es preciso resolver en la etapa siguiente. Así aparece un círculo vicioso que es difícil de romper: el círculo de los acomodos y reacomodos del poder dentro de una realidad que cada día es más lejana respecto de la vida del pueblo real.

Si la confrontación ideológica «derecha-izquierda» tuvo su lugar durante más de la mitad del siglo veinte, si a esto le siguió una parcial asimilación de la disidencia dentro de las burocracias, pareciera que estos no eran más que los signos de un fenómeno más sutil y eficaz que emergió nítidamente hacia la última década del siglo veinte: desde todos los ángulos de la geometría política, partidos, movimientos y organizaciones sociales en todos los niveles fueron ingresando en la moderación y hasta en el escepticismo respecto del valor de los contenidos ideológicos y giraron hacia la búsqueda de la pragmatización de las propuestas de acción política.

Conviene subrayar un poco más este punto: escepticismo sobre los contenidos teóricos y pragmatismo en la acción es un binomio que no sólo ha caracterizado a las denominadas «izquierdas» sino que un sinnúmero de movimientos y organizaciones políticas de «derecha» padecieron el mismo fenómeno aún cuando utilizaron categorías diversas para expresarlo.

Los efímeros éxitos de unos y de otros al momento de aplicar el mencionado binomio muestran de manera elocuente que algo falló. De hecho, hoy, es un lugar común afirmar que los partidos, movimientos y grupos políticos se encuentran en un escenario de crisis de participación, de compromiso, de coordinación, de propuesta y de respuesta…

¿En qué consiste esta crisis? ¿Representa verdaderamente un peligro? La disolución ideológica y el pragmatismo en la resolución de problemas son dos elementos que impiden que los actores políticos puedan leer adecuadamente a la sociedad en sus múltiples dimensiones. Alguien podría pensar que el vacío ideológico precisamente permitiría una mirada más objetiva de la realidad respecto de las interpretaciones filosófico-políticas que campearon durante los últimos cincuenta años. Sin embargo, esto no sucedió así. La inteligencia requiere de categorías y de hábitos intelectuales para poder comprender. Las deficiencias de muchas ideologías no son argumento para promover tácita o explícitamente el desencanto por la razón, por el pensamiento y aún por las propias ideologías políticas.

Por otra parte, muchos militantes y dirigentes partidistas en la actualidad con simplicidad pasmosa sostienen que el pragmatismo reconduce al realismo. Sin embargo, el pragmatismo lo que hace es valorar la realidad en función de su practicidad, de su dimensión utilitaria. Toda realidad que no opere de acuerdo a los criterios de eficiencia del paradigma pragmático queda marginada y excluida por definición.

En nuestra opinión, así es como se ha generado un debilitamiento de las aspiraciones democráticas de la sociedad. Las personas aún cuando no lo expresemos con términos técnicos percibimos las deficiencias de los mecanismos de representación, de los partidos, de los gobiernos: los proyectos políticos con contenido axiológico y sensibilidad histórico-cultural son escasos o nulos. Esta anomia ideológica acompañada por el pragmatismo utilitarista, hoy tan de moda, fácilmente provocan que las personas y los grupos se sientan usados, utilizados como medios y no respetados en su dignidad. En una palabra, todos como sociedad también vivimos nuestro propio escepticismo, es decir, en muchas sociedades crece el sentimiento generalizado respecto de la inutilidad de la acción y la participación política(3). El desarraigo de la actividad política respecto del «lebenswelt», del mundo vital, ha creado un grandísimo problema de deslegitimación de quienes participan activamente en ella sobre todo a través de grupos, movimientos e instituciones supuestamente representativas.

Este fenómeno, por otro lado, no nos debe extrañar ya que las intensas controversias propias de la guerra fría se dieron al interior de una misma matriz que los filósofos y los sociólogos denominan «modernidad ilustrada».

En efecto, si bien es cierto que las «derechas» y las «izquierdas» durante el siglo XX tuvieron importantes discrepancias de tipo ideológico, una misma premisa fundamental las alimentaba a ambas simultáneamente: la idea de una razón autofundada que sostenía a su vez la idea de un Estado autolegitimado. La crisis de este paradigma, el incumplimiento de las promesas que habitaban al interior de las propuestas racionalistas de la «derecha» y de la «izquierda» por igual, generaron poco a poco una reacción: la reacción «postmoderna». Bajo este nombre lo que quiere decirse es que la razón creadora de modelos ideales de organización social ha sido desencantada y exhibida en sus contradicciones internas.

De este modo, la postmodernidad desconfía por principio de sistemas y de absolutos. Su pretensión es afirmar lo fragmentario, lo relativo, lo instintivo en nombre del individuo y su derecho a pensar cualquier cosa, o aún, a «no pensar»(4). En este clima cultural el pragmatismo racionalista (taylorista, marxista, etc.) es sustituido por el pragmatismo escéptico postmoderno que renuncia a buscar convergencia en cualquier otro espacio que no sea el del consenso de base relativista. Puesto que la realidad es leve e insoportable la única manera de curar el mal que nos aqueja es encontrar cómo ponernos de acuerdo sin importar demasiado en qué nos ponemos de acuerdo(5).

Leszek Kolakowski publicó hace no mucho un punzante estudio que en parte afronta precisamente esta cuestión. En su libro La modernidad siempre a prueba le dedica un capítulo a lo que él denomina la “autoenemistad de la sociedad abierta”(6). En este texto Kolakowski explica que cuando Karl Popper atacó a las ideologías totalitarias(7) descuidó la otra cara de la amenaza ya que tanto la democracia como la «apertura» de la «sociedad abierta» pueden conducir a la parálisis y a la eventual autodestrucción de esta forma de convivencia. Dicho de otro modo la democracia puede ser ajusticiada por la misma democracia si no cuida de las condiciones tanto éticas como pragmáticas que le dan viabilidad y sustento:

 

La causa de la «sociedad abierta» no estará perdida mientras no transforme su apertura en enfermedad y debilidad propias.(8)



 

2. Elementos para una alternativa

El diagnóstico anotado hasta aquí describe en trazos más bien gruesos un fenómeno que ameritaría un análisis mayor(9). No podemos continuar en esta ocasión con más detalles sobre el mismo. Sin embargo, esperamos que estas breves líneas nos permitan comenzar a vislumbrar que los partidos y la democracia nunca están garantizados del todo. Ellos no pueden unir por sí mismos a los ciudadanos que conviven en el Estado. Incluso cuando de alguna manera puede decirse que estén bien dirigidos no producen automáticamente el bienestar social y mucho menos una vida buena(10). La dinámica de participación y representación propia de los partidos y de la democracia no tiene su origen en ellos sino en otras dimensiones de la realidad social, que por cierto, no suelen regirse por las leyes del quehacer político. Justamente esta última apreciación nos mueve a pensar que para su fundamentación y conservación los partidos y la democracia tienen que acudir a otras fuerzas y poderes que los trascienden. Dicho de otro modo, la democracia y los partidos viven de unos supuestos que ellos mismos no puede garantizar. Viven de un dinamismo que ellos no produce. Esto significa que hay algo insustituible para la democracia y para los partidos que no se fundamenta al nivel de la lógica del poder y que sin embargo sostiene a la política como realidad humana.(11)

Mientras la democracia y los partidos estén planteados sólo a nivel de los mecanismos institucionales, de las estructuras jurídicas, de los métodos de concertación, sufrirán la erosión de legitimidad que ha desgastado a la política como política. Lo que hoy requieren nuestras democracias es superar el escepticismo pragmático y reinterpretar cuáles son las preguntas fundamentales de la población, cuál es la historia e identidad de nuestro pueblo, y cuáles son los símbolos que tienen poder de convocar a este pueblo para una tarea común. Todas estas son cuestiones de orden cultural antes de convertirse en problemas de mercadotecnia para las instituciones. Precisamente en estas cuestiones es donde podemos encontrar la dinámica fundamental requerida para vitalizar el quehacer democrático y darle sustento ético. Es aquí precisamente donde la Doctrina social de la Iglesia instala su discurso convocando a afirmar la dignidad de la persona, a reorientar al mercado con auténtica responsabilidad social, a optar por los más pobres, a crear subjetividad social y a defender la soberanía cultural de las naciones para así gradualmente reorientar al Estado en función del pueblo real, ¡en función de la nación! y no viceversa.

Estos cinco grandes temas de la DSI son los que merecerían desde mi punto de vista una reconsideración en los partidos de inspiración demócrata cristiana ya que fungen como el sustrato cultural que le da viabilidad ética y pragmática al quehacer democrático en la actualidad.

2.1 La persona como fundamento de una antropología normativa

Ha sido típico en la DSI y en los partidos demócrata cristianos sostener que el principio y fin de todo dinamismo social es la persona humana. Sin embargo, la noción de persona ha sido objeto de una profundización gracias al Magisterio de Juan Pablo II cuando la define como un sujeto que merece ser afirmado por sí mismo.

¿Qué quiere decir esto? Que la noción de persona realmente se distingue de la noción de individuo. No es un mero cambio verbal el que se opera cuando se habla sobre la persona humana. Juan Pablo II es particularmente conciente que en muchos lugares la noción de persona se ha utilizado de manera puramente retórica tratando con ella de ocultar una filosofía individualista al momento de comprender al hombre, a la sociedad y al Estado. La persona es un ser irreductible a otros, no es un mero caso singular de una especie animal particularmente evolucionada. La persona es un tipo de realidad «sui géneris», con género propio, que merece ser reconocido de acuerdo a su peculiar estatuto. ¿Cuál es este estatuto? La persona a través de su libertad se revela como un ser capaz de ponerse a sí mismo los fines de su acción, es decir, la persona al autodeterminarse se manifiesta como fin y no como medio. Para Karol Wojtyla como filósofo es imposible explicar la autoteleología de la persona si esta no es propiamente un fin(12). Justamente su condición de fin es la que permite entender que la persona es «digna», es decir, posee un valor absoluto incuestionable. Este valor es el fundamento y origen de la norma más importante y primaria de todas: Persona est affirmanda propter seipsam! ¡Hay que afirmar a la persona por sí misma y nunca usarla como medio! Este imperativo moral ya había sido descubierto por Karol Wojtyla al leer c

Enviado por Arvo Net - 20/06/2005 ir arriba
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