Buenos
Aires,
Argentina
2 de
octubre
de
2004
Introducción
En
esta
ocasión
el
tema
que
nos
convoca
es
similar.
Por
ello
exploraremos,
como
aquella
vez,
algunos
de
los
contenidos
más
significativos
que
podemos
detectar
en
el
Magisterio
social
del
Papa
y de
los
obispos
latinoamericanos
y
que
considero
pueden
ofrecer
un
aporte
para
la
renovación
del
pensamiento
de
los
partidos
miembros
de
la
ODCA.
Pero
además,
en
esta
ocasión,
trataremos
también
de
rastrear
los
aportes
metodológicos
que
pueden
ayudarnos
además
a
renovar
algunos
elementos
fundamentales
en
la
acción
político-partidista
y en
la
acción
de
gobierno.
Dicho
de
otra
manera:
si
bien
es
cierto
que
en
la
DSI
encontramos
principios
de
reflexión,
normas
de
juicio
y
directrices
de
acción(2)
también
podemos
hallar
en
ella
algunas
importantes
pistas
respecto
de
un
cierto
estilo
en
el
ser
y en
el
hacer
que
no
pueden
ser
obviadas.
1.
De
la
ideología
al
escepticismo
pragmático
La
primera
mitad
del
siglo
veinte
se
caracterizó
por
distintos
fenómenos
de
polarización
ideológica
que
dieron
lugar
a
importantes
luchas
políticas
en
todo
el
planeta.
Las
nociones
de
«izquierda»
y de
«derecha»
no
solo
indicaron
diversos
modelos
de
organización
social
sino
compromisos
y
valores
que
movieron
a
más
de
un
pueblo
a la
lucha,
incluso
armada.
En
esta
época
pareciera
que
sin
importar
cuál
fuera
la
ideología,
la
tónica
general
en
ambos
bandos
consistió
en
afirmar
la
supremacía
de
sí
mismo
a
través
de
la
búsqueda
de
la
negación
del
otro.
Durante
al
menos
dos
décadas
después
de
la
segunda
guerra
mundial
el
conflicto
entre
las
ideologías
pervivió
haciendo
en
muchas
ocasiones
de
la
política
y de
la
democracia
solo
recursos
retóricos
para
la
justificación
y
legitimación
del
grupo
en
el
poder.
Sin
embargo,
desde
principios
de
la
década
de
los
setenta
comenzó
un
proceso
de
absorción
de
las
ideologías
en
conflicto.
En
países
como
México,
el
sistema
político
tuvo
la
capacidad
de
reintroducir
paulatinamente
a
una
parte
importante
de
la
disidencia
dentro
de
la
burocracia
gubernamental
o al
menos
de
localizarla
en
pequeños
reductos
controlables.
Lentamente,
sin
embargo,
la
democracia
hizo
eclosión
prácticamente
en
todos
los
rincones
de
América
Latina.
A
través
de
grandes
sacrificios
personales
y
sociales
los
espacios
libres
de
participación
y
discusión
se
ampliaron
gradualmente
de
manera
significativa.
Sin
embargo,
esta
ampliación
no
logró
evitar
que
más
pronto
que
tarde
la
democracia
se
convirtiera
en
muchos
ambientes
en
un
recurso
procedimental
para
realizar
concertaciones
en
torno
a
las
cuotas
de
poder
que
permiten
administrar
las
crisis,
que
por
otro
lado,
se
presentan
como
recurrentes.
Con
esto
la
vida
política
tendió
una
vez
más
a
volverse
una
actividad
autorreferenciada
eludiendo
la
activación
de
una
democracia
participativa
más
plena.
De
esta
manera
en
la
actualidad
los
conflictos
que
la
democracia
intenta
resolver
son
los
conflictos
de
poder
que
ella
misma
ha
creado
a
partir
de
la
concertación
de
las
fuerzas
políticas.
En
este
entorno,
más
pronto
que
tarde,
surge
el
fenómeno
consistente
en
que
la
solución
propuesta
en
un
caso
es
el
nuevo
conflicto
que
es
preciso
resolver
en
la
etapa
siguiente.
Así
aparece
un
círculo
vicioso
que
es
difícil
de
romper:
el
círculo
de
los
acomodos
y
reacomodos
del
poder
dentro
de
una
realidad
que
cada
día
es
más
lejana
respecto
de
la
vida
del
pueblo
real.
Si
la
confrontación
ideológica
«derecha-izquierda»
tuvo
su
lugar
durante
más
de
la
mitad
del
siglo
veinte,
si a
esto
le
siguió
una
parcial
asimilación
de
la
disidencia
dentro
de
las
burocracias,
pareciera
que
estos
no
eran
más
que
los
signos
de
un
fenómeno
más
sutil
y
eficaz
que
emergió
nítidamente
hacia
la
última
década
del
siglo
veinte:
desde
todos
los
ángulos
de
la
geometría
política,
partidos,
movimientos
y
organizaciones
sociales
en
todos
los
niveles
fueron
ingresando
en
la
moderación
y
hasta
en
el
escepticismo
respecto
del
valor
de
los
contenidos
ideológicos
y
giraron
hacia
la
búsqueda
de
la
pragmatización
de
las
propuestas
de
acción
política.
Conviene
subrayar
un
poco
más
este
punto:
escepticismo
sobre
los
contenidos
teóricos
y
pragmatismo
en
la
acción
es
un
binomio
que
no
sólo
ha
caracterizado
a
las
denominadas
«izquierdas»
sino
que
un
sinnúmero
de
movimientos
y
organizaciones
políticas
de
«derecha»
padecieron
el
mismo
fenómeno
aún
cuando
utilizaron
categorías
diversas
para
expresarlo.
Los
efímeros
éxitos
de
unos
y de
otros
al
momento
de
aplicar
el
mencionado
binomio
muestran
de
manera
elocuente
que
algo
falló.
De
hecho,
hoy,
es
un
lugar
común
afirmar
que
los
partidos,
movimientos
y
grupos
políticos
se
encuentran
en
un
escenario
de
crisis
de
participación,
de
compromiso,
de
coordinación,
de
propuesta
y de
respuesta…
¿En
qué
consiste
esta
crisis?
¿Representa
verdaderamente
un
peligro?
La
disolución
ideológica
y el
pragmatismo
en
la
resolución
de
problemas
son
dos
elementos
que
impiden
que
los
actores
políticos
puedan
leer
adecuadamente
a la
sociedad
en
sus
múltiples
dimensiones.
Alguien
podría
pensar
que
el
vacío
ideológico
precisamente
permitiría
una
mirada
más
objetiva
de
la
realidad
respecto
de
las
interpretaciones
filosófico-políticas
que
campearon
durante
los
últimos
cincuenta
años.
Sin
embargo,
esto
no
sucedió
así.
La
inteligencia
requiere
de
categorías
y de
hábitos
intelectuales
para
poder
comprender.
Las
deficiencias
de
muchas
ideologías
no
son
argumento
para
promover
tácita
o
explícitamente
el
desencanto
por
la
razón,
por
el
pensamiento
y
aún
por
las
propias
ideologías
políticas.
Por
otra
parte,
muchos
militantes
y
dirigentes
partidistas
en
la
actualidad
con
simplicidad
pasmosa
sostienen
que
el
pragmatismo
reconduce
al
realismo.
Sin
embargo,
el
pragmatismo
lo
que
hace
es
valorar
la
realidad
en
función
de
su
practicidad,
de
su
dimensión
utilitaria.
Toda
realidad
que
no
opere
de
acuerdo
a
los
criterios
de
eficiencia
del
paradigma
pragmático
queda
marginada
y
excluida
por
definición.
En
nuestra
opinión,
así
es
como
se
ha
generado
un
debilitamiento
de
las
aspiraciones
democráticas
de
la
sociedad.
Las
personas
aún
cuando
no
lo
expresemos
con
términos
técnicos
percibimos
las
deficiencias
de
los
mecanismos
de
representación,
de
los
partidos,
de
los
gobiernos:
los
proyectos
políticos
con
contenido
axiológico
y
sensibilidad
histórico-cultural
son
escasos
o
nulos.
Esta
anomia
ideológica
acompañada
por
el
pragmatismo
utilitarista,
hoy
tan
de
moda,
fácilmente
provocan
que
las
personas
y
los
grupos
se
sientan
usados,
utilizados
como
medios
y no
respetados
en
su
dignidad.
En
una
palabra,
todos
como
sociedad
también
vivimos
nuestro
propio
escepticismo,
es
decir,
en
muchas
sociedades
crece
el
sentimiento
generalizado
respecto
de
la
inutilidad
de
la
acción
y la
participación
política(3).
El
desarraigo
de
la
actividad
política
respecto
del
«lebenswelt»,
del
mundo
vital,
ha
creado
un
grandísimo
problema
de
deslegitimación
de
quienes
participan
activamente
en
ella
sobre
todo
a
través
de
grupos,
movimientos
e
instituciones
supuestamente
representativas.
Este
fenómeno,
por
otro
lado,
no
nos
debe
extrañar
ya
que
las
intensas
controversias
propias
de
la
guerra
fría
se
dieron
al
interior
de
una
misma
matriz
que
los
filósofos
y
los
sociólogos
denominan
«modernidad
ilustrada».
En
efecto,
si
bien
es
cierto
que
las
«derechas»
y
las
«izquierdas»
durante
el
siglo
XX
tuvieron
importantes
discrepancias
de
tipo
ideológico,
una
misma
premisa
fundamental
las
alimentaba
a
ambas
simultáneamente:
la
idea
de
una
razón
autofundada
que
sostenía
a su
vez
la
idea
de
un
Estado
autolegitimado.
La
crisis
de
este
paradigma,
el
incumplimiento
de
las
promesas
que
habitaban
al
interior
de
las
propuestas
racionalistas
de
la
«derecha»
y de
la
«izquierda»
por
igual,
generaron
poco
a
poco
una
reacción:
la
reacción
«postmoderna».
Bajo
este
nombre
lo
que
quiere
decirse
es
que
la
razón
creadora
de
modelos
ideales
de
organización
social
ha
sido
desencantada
y
exhibida
en
sus
contradicciones
internas.
De
este
modo,
la
postmodernidad
desconfía
por
principio
de
sistemas
y de
absolutos.
Su
pretensión
es
afirmar
lo
fragmentario,
lo
relativo,
lo
instintivo
en
nombre
del
individuo
y su
derecho
a
pensar
cualquier
cosa,
o
aún,
a
«no
pensar»(4).
En
este
clima
cultural
el
pragmatismo
racionalista
(taylorista,
marxista,
etc.)
es
sustituido
por
el
pragmatismo
escéptico
postmoderno
que
renuncia
a
buscar
convergencia
en
cualquier
otro
espacio
que
no
sea
el
del
consenso
de
base
relativista.
Puesto
que
la
realidad
es
leve
e
insoportable
la
única
manera
de
curar
el
mal
que
nos
aqueja
es
encontrar
cómo
ponernos
de
acuerdo
sin
importar
demasiado
en
qué
nos
ponemos
de
acuerdo(5).
Leszek
Kolakowski
publicó
hace
no
mucho
un
punzante
estudio
que
en
parte
afronta
precisamente
esta
cuestión.
En
su
libro
La
modernidad
siempre
a
prueba
le
dedica
un
capítulo
a lo
que
él
denomina
la
“autoenemistad
de
la
sociedad
abierta”(6).
En
este
texto
Kolakowski
explica
que
cuando
Karl
Popper
atacó
a
las
ideologías
totalitarias(7)
descuidó
la
otra
cara
de
la
amenaza
ya
que
tanto
la
democracia
como
la
«apertura»
de
la
«sociedad
abierta»
pueden
conducir
a la
parálisis
y a
la
eventual
autodestrucción
de
esta
forma
de
convivencia.
Dicho
de
otro
modo
la
democracia
puede
ser
ajusticiada
por
la
misma
democracia
si
no
cuida
de
las
condiciones
tanto
éticas
como
pragmáticas
que
le
dan
viabilidad
y
sustento:
La causa de la «sociedad abierta» no estará perdida mientras no transforme su apertura en enfermedad y debilidad propias.(8)
2. Elementos para una alternativa
El
diagnóstico
anotado
hasta
aquí
describe
en
trazos
más
bien
gruesos
un
fenómeno
que
ameritaría
un
análisis
mayor(9).
No
podemos
continuar
en
esta
ocasión
con
más
detalles
sobre
el
mismo.
Sin
embargo,
esperamos
que
estas
breves
líneas
nos
permitan
comenzar
a
vislumbrar
que
los
partidos
y la
democracia
nunca
están
garantizados
del
todo.
Ellos
no
pueden
unir
por
sí
mismos
a
los
ciudadanos
que
conviven
en
el
Estado.
Incluso
cuando
de
alguna
manera
puede
decirse
que
estén
bien
dirigidos
no
producen
automáticamente
el
bienestar
social
y
mucho
menos
una
vida
buena(10).
La
dinámica
de
participación
y
representación
propia
de
los
partidos
y de
la
democracia
no
tiene
su
origen
en
ellos
sino
en
otras
dimensiones
de
la
realidad
social,
que
por
cierto,
no
suelen
regirse
por
las
leyes
del
quehacer
político.
Justamente
esta
última
apreciación
nos
mueve
a
pensar
que
para
su
fundamentación
y
conservación
los
partidos
y la
democracia
tienen
que
acudir
a
otras
fuerzas
y
poderes
que
los
trascienden.
Dicho
de
otro
modo,
la
democracia
y
los
partidos
viven
de
unos
supuestos
que
ellos
mismos
no
puede
garantizar.
Viven
de
un
dinamismo
que
ellos
no
produce.
Esto
significa
que
hay
algo
insustituible
para
la
democracia
y
para
los
partidos
que
no
se
fundamenta
al
nivel
de
la
lógica
del
poder
y
que
sin
embargo
sostiene
a la
política
como
realidad
humana.(11)
Mientras
la
democracia
y
los
partidos
estén
planteados
sólo
a
nivel
de
los
mecanismos
institucionales,
de
las
estructuras
jurídicas,
de
los
métodos
de
concertación,
sufrirán
la
erosión
de
legitimidad
que
ha
desgastado
a la
política
como
política.
Lo
que
hoy
requieren
nuestras
democracias
es
superar
el
escepticismo
pragmático
y
reinterpretar
cuáles
son
las
preguntas
fundamentales
de
la
población,
cuál
es
la
historia
e
identidad
de
nuestro
pueblo,
y
cuáles
son
los
símbolos
que
tienen
poder
de
convocar
a
este
pueblo
para
una
tarea
común.
Todas
estas
son
cuestiones
de
orden
cultural
antes
de
convertirse
en
problemas
de
mercadotecnia
para
las
instituciones.
Precisamente
en
estas
cuestiones
es
donde
podemos
encontrar
la
dinámica
fundamental
requerida
para
vitalizar
el
quehacer
democrático
y
darle
sustento
ético.
Es
aquí
precisamente
donde
la
Doctrina
social
de
la
Iglesia
instala
su
discurso
convocando
a
afirmar
la
dignidad
de
la
persona,
a
reorientar
al
mercado
con
auténtica
responsabilidad
social,
a
optar
por
los
más
pobres,
a
crear
subjetividad
social
y a
defender
la
soberanía
cultural
de
las
naciones
para
así
gradualmente
reorientar
al
Estado
en
función
del
pueblo
real,
¡en
función
de
la
nación!
y no
viceversa.
Estos
cinco
grandes
temas
de
la
DSI
son
los
que
merecerían
desde
mi
punto
de
vista
una
reconsideración
en
los
partidos
de
inspiración
demócrata
cristiana
ya
que
fungen
como
el
sustrato
cultural
que
le
da
viabilidad
ética
y
pragmática
al
quehacer
democrático
en
la
actualidad.
2.1
La
persona
como
fundamento
de
una
antropología
normativa
Ha
sido
típico
en
la
DSI
y en
los
partidos
demócrata
cristianos
sostener
que
el
principio
y
fin
de
todo
dinamismo
social
es
la
persona
humana.
Sin
embargo,
la
noción
de
persona
ha
sido
objeto
de
una
profundización
gracias
al
Magisterio
de
Juan
Pablo
II
cuando
la
define
como
un
sujeto
que
merece
ser
afirmado
por
sí
mismo.
¿Qué
quiere
decir
esto?
Que
la
noción
de
persona
realmente
se
distingue
de
la
noción
de
individuo.
No
es
un
mero
cambio
verbal
el
que
se
opera
cuando
se
habla
sobre
la
persona
humana.
Juan
Pablo
II
es
particularmente
conciente
que
en
muchos
lugares
la
noción
de
persona
se
ha
utilizado
de
manera
puramente
retórica
tratando
con
ella
de
ocultar
una
filosofía
individualista
al
momento
de
comprender
al
hombre,
a la
sociedad
y al
Estado.
La
persona
es
un
ser
irreductible
a
otros,
no
es
un
mero
caso
singular
de
una
especie
animal
particularmente
evolucionada.
La
persona
es
un
tipo
de
realidad
«sui
géneris»,
con
género
propio,
que
merece
ser
reconocido
de
acuerdo
a su
peculiar
estatuto.
¿Cuál
es
este
estatuto?
La
persona
a
través
de
su
libertad
se
revela
como
un
ser
capaz
de
ponerse
a sí
mismo
los
fines
de
su
acción,
es
decir,
la
persona
al
autodeterminarse
se
manifiesta
como
fin
y no
como
medio.
Para
Karol
Wojtyla
como
filósofo
es
imposible
explicar
la
autoteleología
de
la
persona
si
esta
no
es
propiamente
un
fin(12).
Justamente
su
condición
de
fin
es
la
que
permite
entender
que
la
persona
es
«digna»,
es
decir,
posee
un
valor
absoluto
incuestionable.
Este
valor
es
el
fundamento
y
origen
de
la
norma
más
importante
y
primaria
de
todas:
Persona
est
affirmanda
propter
seipsam!
¡Hay
que
afirmar
a la
persona
por
sí
misma
y
nunca
usarla
como
medio!
Este
imperativo
moral
ya
había
sido
descubierto
por
Karol
Wojtyla
al
leer
c