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Otets Aleksandr Burgos
Párroco de la parroquia de San Juan
Bautista,
en Pushkin (San Petersburgo)
Arvo Net,
06/11/2005
Durante el presente artículo voy a
procurar contestar a la pregunta
¿por qué está la Iglesia Católica en
Rusia y cuáles son los caminos por
los que en mi opinión debe orientar
su futuro? La respuesta debe ser,
evidentemente, múltiple. Vale la
pena, sin embargo, comenzar por el
mismo quicio de la cuestión, pues si
este no está claro, no habrá manera
de seguir adelante. Y este lo
encontramos, como es lógico, en la
eclesiología que nos ha regalado el
Concilio. Por eso conviene empezar
citando la Constitución Conciliar
sobre la Iglesia:
“Cristo, Mediador único, estableció
su Iglesia santa (...) en este mundo
como una trabazón visible (...).
Esta es la única Iglesia de Cristo,
que (...) constituida y ordenada en
este mundo como una sociedad,
permanece (“subsistit in”) en la
Iglesia católica, gobernada por el
sucesor de Pedro y por los Obispos
en comunión con él, aunque pueden
encontrarse fuera de ella muchos
elementos de santificación y de
verdad que, como dones propios de la
Iglesia de Cristo, inducen hacia la
unidad católica.” LG,8. ¿Qué
significa esto? Para nosotros los
católicos de Rusia esta enseñanza
del Concilio significa el paso
adelante en la comprensión de la
Iglesia que nos permite ser al mismo
tiempo fieles a la Iglesia Católica
y considerar a la Iglesia Ortodoxa
como una Iglesia hermana. Gracias a
ella podemos afirmar que los
católicos tenemos una plenitud de la
que los demás no gozan porque en la
Iglesia Católica subsiste la Iglesia
que fundó Jesucristo y al mismo
tiempo venerar la riqueza espiritual
de la Iglesia Ortodoxa, a la que
consideramos dotada de casi todos
los elementos de la Iglesia que
fundó Jesucristo.
¿Para
que está, por tanto, la Iglesia
Católica en Rusia? Como en todas
partes del mundo la Iglesia Católica
está en Rusia para conseguir que
los habitantes de la Federación Rusa
vivan una fe profunda siguiendo a
Jesucristo en unidad con la Iglesia
de Roma. Para esto, sin embargo, no
hace falta ninguna competencia con
la Iglesia Ortodoxa, sino la unidad
con ella. Este es nuestro objetivo.
Para alcanzarlo, sin embargo,
debemos escoger bien los caminos, e
incluso antes de eso, analizar el
terreno que pisamos. Por eso
comenzaré analizando un poco el
estado de la cuestión rusa,
ciñéndome a lo que afecta a su
vertiente religiosa.
1.- UNA HERENCIA QUE CAUSA UNA
CRISIS DE IDENTIDAD
Como todos sabemos,
el siglo XX ha sido para Rusia un
siglo tremendamente complejo. Lo ha
comenzado bajo los zares, lo ha
vivido durante muchos decenios bajo
el más terrible sistema ateo que ha
existido en el curso de la historia
y lo ha terminado siendo una
democracia. Desgraciadamente, uno de
los resultados de todos estos ires y
venires ha sido una crisis de
identidad que nos afecta a todos (a
la cultura, al Estado, a las
distintas confesiones...) y que a mi
parecer no se superará hasta que no
seamos capaces de despegarnos de
unas cuantas herencias que
repercuten negativamente en toda la
sociedad.
Una parte importante de esta
herencia es la uniformidad. Los
rusos no saben como habérselas con
el pluralismo y eso provoca una
crisis de identidad, pues las
inmensas deportaciones que tanto los
zares como los comunistas han
llevado a cabo, han convertido a
este país en una realidad
asombrosamente plural, compuesta de
muchos grupos nacionales además del
ruso, como polacos, alemanes,
azerbaijanes, ucranianos, hebreos,
lituanos, estones, etc, etc, ¿Cómo
dar un sentido de nación a todo este
conglomerado? ¿Qué es hoy lo ruso?
En pro de la uniformidad los poderes
de hoy en día pretenden que
aceptemos que lo ruso es una extraña
mezcla de modos de ser soviéticos
que conviven con una ortodoxia
nacionalista. Pero esa respuesta es
falsa y anacrónica y no sirve para
dar identidad a esta nueva Rusia
pues lo ruso es hoy un mosaico
asombroso de culturas y tradiciones
que se cruzan sobre el entramado de
la Rusia tradicional.
El problema, sin
embargo, es también religioso. Está
en la base del concepto de
“territorio canónico” de la Iglesia
ortodoxa, que en el fondo todavía no
sabe como situarse en una sociedad
plural. Pero también en la iglesia
católica lo seguimos arrastrando. De
hecho durante la persecución
religiosa muchos de estos grupos
nacionales mantuvieron su fe
católica con gran heroísmo, pero al
mismo tiempo convirtieron esa fe en
un medio para conservar la propia
identidad nacional y hoy no aciertan
a deponer esa actitud. Frente a esas
posiciones la concepción del mundo
propia del catolicismo nos muestra
como la relación entre amor a la
patria y apertura al mundo, entre
inculturación y catolicidad de la fe
no se excluyen sino que se
complementan. Esto significa que si
en Rusia nuestra catolicidad no es
rusa, tampoco es católica. Pero
nuestro modo de ser rusos debe ser
plural.
Además está la herencia que ha
dejado el ateísmo de Estado,
transformado actualmente en un
indiferentismo tremendo, mezcla de
los peores vicios del comunismo y de
los peores del capitalismo salvaje
que están recibiendo. Esto también
provoca una fuerte crisis de
identidad pues la conciencia
socialista se ha perdido y la
ortodoxia no es capaz de
sustituirla. Es cierto que en los
primeros años 90 hubo muchísmos
bautismos (sin previa catequesis),
pero hoy en día en la fiesta de
Pascua, la más importante de los
ortodoxos, sus templos son visitados
sólo por un 2% del país. En cierto
sentido, aunque en menor número, lo
mismo nos ocurre a nosotros. Todo
eso provoca que todos nos sintamos
débiles y timoratos ante el Estado,
la cultura y las demás confesiones,
lo cual no favorece ni que
encontremos nuestro lugar en la
sociedad rusa ni las buenas
relaciones ecuménicas.
Existe además la herencia de un
colectivismo despersonalizador y
gris que se manifiesta en un
alcoholismo de proporciones
inimaginables y en una familia
destrozada con su secuela de
abundancia de “niños de la calle” y
de abortos masivos. Este
colectivismo contribuye a la crisis
de identidad, pues imposibilita que
se activen los normales recursos
sociales de las clases medias que
son las que construyen el tejido
social que dota a una nación de
propia identidad. El colectivismo se
manifiesta además en la presencia
todavía muy excesiva de los
servicios de seguridad del Estado
(incluida la FSB, antigua KGB) en
toda la vida rusa, incluyendo, no se
sabe hasta qué punto, a la Iglesia
católica y a la ortodoxa.
2.- UNA IDENTIDAD Y TRES CAMINOS
PARA LA IGLESIA EN RUSIA
De todo lo expresado anteriormente
la conclusión fundamental es que
existe en Rusia un momento de
reposicionamiento, una crisis de
identidad que nos afecta a todos.
Ante esto es muy importante que los
católicos reflexionemos un poco
sobre nuestra propia identidad
dentro de este país al que queremos
servir. ¿Quiénes somos nosotros, los
católicos? La primera respuesta
parece bastante clara: nosotros
somos rusos, no extranjeros. (El
hecho de que algunos –muchos de los
sacerdotes- lo seamos es simplemente
una realidad coyuntural producto del
hecho de que la Iglesia católica fue
totalmente arrasada). Somos
plurales, variopintos como la nueva
Rusia y somos rusos: rusos-lituanos,
rusos-rusos, rusos-hebreos,
rusos-polacos, rusos-alemanes... No
formamos ningún ghetto, vivimos en
conformidad con las leyes rusas,
pagamos los impuestos rusos,
estudiamos en colegios rusos, no
importamos modelos o costumbres
extranjeras ni somos agentes de
occidentalización. Por el contrario
amamos nuestro país, sus
tradiciones, su cultura, lo
respetamos, lo conocemos. Partiendo
de este rico legado de la cultura
rusa y del rico legado de la fe
católica, procuramos vivir nuestro
catolicismo. Partiendo de este
catolicismo encarnado en Rusia
procuramos ayudar a desarrollar los
propios valores de esta tierra,
purificándolos de todo aquello que
se oponga a los valores de la
persona y del Evangelio. Al mismo
tiempo ofrecemos a Rusia nuestra
catolicidad para que no caiga en la
tentación del aislacionismo, que
tanto daño la haría. También
procuramos colaborar con el Estado
en la solución de los múltiples
problemas sociales que aquejan a
este país, en la medida de nuestras
posibilidades. Por la misma razón
reclamamos nuestros derechos,
rechazando cualquier injerencia del
Estado en las realidades internas
eclesiales y solicitando
insistentemente que el Estado actual
abandonde su particular
confesionalismo (existen cuatro
religiones que tienen más derechos
que las demás) y pidiendo que todas
las religiones seamos iguales ante
la ley.
Ahora bien, si, como Rusia, somos
plurales, eso significa que debemos
ser capaces de recorrer al mismo
tiempo diversos caminos. También en
este caso es el Concilio Vaticano II
quien nos anima a ello. En efecto, a
diferencia de los ortodoxos, que
siguen pensando sobre la Iglesia en
términos territoriales: “una ciudad,
un obispo” (aunque cuando les
resulta necesario también admiten
“excepciones” a la regla), nosotros
hemos desarrollado la doctrina
eclesiológica clarificando que,
aunque el principio de la
territorialidad sigue siendo el modo
principal de organización de la
Iglesia Católica, éste está
subordinado al de las necesidades
espirituales de los fieles. De ahí
la novedad conciliar de las
prelaturas personales, o de los
ordinariatos castrenses. Pero sobre
todo el Concilio nos ha enseñado a
amar la unidad en el pluralismo
teniendo en cuenta la diversidad de
los ritos.
Este es, a mi entender, un punto
clave de la cuestión. De hecho,
cuando los católicos reorganizamos
las estructuras jerárquicas que
existían antes del comunismo los
ortodoxos piensan que estamos
organizando unas estructuras
paralelas cuyo único posible
significado es que les rechazamos a
ellos como Iglesia hermana: ¿para
que otras estructuras cuándo ya
existe una Iglesia hermana, la
ortodoxa, que trabaja en este país?
Los católicos, sin embargo, no les
rechazamos en ningún modo al renovar
nuestra jerarquía. Para nosotros es
normal que haya varias jerarquías,
puesto que en el interior de la
misma Iglesia Católica se dan
multitud de ritos que crean en los
mismos territorios diversas
jerarquías, todas ellas católicas,
para el cuidado de los fieles. “La
Santa Iglesia Católica,-explica el
decreto conciliar para las Iglesias
Católicas Orientales- (...), consta
de fieles que (...) reuniéndose en
varias agrupaciones unidas a la
jerarquía, constituyen las Iglesias
particulares o los ritos. Entre
estas Iglesias y ritos vige una
admirable comunión, de tal modo que
su variedad en la Iglesia no sólo no
daña a su unidad, sino que más bien
la explicita” (n.2). “Estas Iglesias
particulares gozan, por tanto, de
igual dignidad, de tal manera que
ninguna de ellas aventaja a las
demás por razón de su rito, y todas
disfrutan de los mismos derechos y
están sujetas a las mismas
obligaciones, incluso en lo
referente a la predicación del
Evangelio por todo el mundo (Cf Mc
16,15), bajo la dirección del Romano
Pontífice” (n.3).
La pluralidad de ritos, por tanto,
nos permite contemplar como algo no
sólo normal y amistoso sino en
muchos casos deseable para que pueda
producirse un normal anuncio del
evangelio y de la vida cristiana el
hecho de que en un mismo territorio
existan diversas jerarquías.
“Por consiguiente, -continúa el
Concilio- debe procurarse la
protección y el incremento de todas
las Iglesias particulares y, en
consecuencia, establézcanse
parroquias y jerarquías propias,
allí donde lo requiera el bien
espiritual de los fieles (n.4)”.
Podemos por tanto vivir la unidad en
la pluralidad. Podemos y debemos
restaurar la jerarquía católica y al
mismo tiempo considerar a la Iglesia
Ortodoxa como un Iglesia hermana y
salvífica.
Pero, claro está, debemos comenzar
por vivir esta pluralidad en la
unidad en el interior de la misma
Iglesia Católica.
De ahí que, en mi opinión, sean tres
los caminos que la Iglesia Católica
Rusa debe recorrer simultáneamente:
primero el camino del rito latino,
segundo el camino del rito oriental
y en tercer lugar –pero
simultáneamente- el camino ecuménico
que le debe conducir a su principal
objetivo: la unidad con Roma.
Procuraré a continuación hablar un
poco de cada uno de ellos.
3.- NORMALIZACIÓN DE LAS ESTRUCTURAS
DE LA IGLESIA DE RITO LATINO
El
hecho de que Rusia sea actualmente
una nación plural tiene como
consecuencia, entre otras, que hay
una gran cantidad de rusos que por
diversos motivos personales e
históricos nunca querrá acoger la
tradición de la iglesia oriental
como su propio camino. Los motivos
históricos son claros, aunque
frecuentemente olvidados: la Iglesia
Católica de rito latino está
presente en Rusia
ininterrumpidamente desde al menos
el siglo XII. En vísperas de la
revolución, en todo el antiguo
imperio ruso, descontada Polonia,
había 5 millones de fieles en 2
diócesis, 1.158 parroquias con 1.491
templos y 1.358 capillas con un
total de 2.194 sacerdotes.
En concreto San
Petersburgo, la capital del imperio
y sede de facto del metropolita
contaba en 1914 con 75.000
católicos, lo que suponía algo más
del 5% de la población. Entre ellos
ha habido un buen número de
pensadores que han contribuido
notablemente a formar el espíritu
ruso, como Piotr Chadaaev,
considerado como el fundador de la
filosofía rusa. Otros, sin embargo,
tuvieron que colaborar desde el
exterior, como el P. Gagarin, que al
convertirse y hacerse jesuita, no
pudo ya regresar al país. Muchísimos
de entre ellos dieron su vida por su
patria en las dos guerras mundiales
al lado de sus compatriotas
ortodoxos, protestantes, judíos,
musulmanes o ateos.
La atención pastoral de estas
personas
ha
llevado a la Santa Sede a crear el
11 de Febrero de 2002 cuatro
diócesis, Iglesias locales de rito
latino en el país. Por tanto el
primer camino de la Iglesia Católica
en Rusia es la normalización y el
desarrollo de estas Diócesis. Si no
¿para qué se habrían creado?
Debemos por tanto crecer hacia
dentro hasta ser capaces de que
nuestra realidad se corresponda con
el título de Diócesis que ya
ostentamos. Para ello debemos
anunciar el Evangelio, en primer
lugar a los miles de católicos que
todavía están bajo el dominio de la
herencia indiferentista del ateismo
comunista. En segundo lugar a todos
aquellos que no conocen a Cristo.
Además recibiremos en nuestras
Iglesias a todos aquellos que
quieran acercarse a ellas impelidos
por el soplo del Espíritu Santo en
sus conciencias. Con todos ellos
celebraremos visible y gozosamente
nuestra fe en Jesucristo para lo
cual intentaremos que el Estado nos
devuelva los templos católicos que
nos confiscó. También procuraremos,
como nos pide el evangelio, trabajar
a favor de los jóvenes, de las
familias y de los más
desfavorecidos. Trabajaremos también
para dar formación a nuestra gente,
organizar las catequesis, y atender,
como tradicionalmente ha hecho la
Iglesia Católica en Rusia a los
miembros de la intelligentsia
que estén interesados en nuestros
puntos de vista. Ordenaremos clero
autóctono que dé estabilidad
pastoral a las parroquias y por
tanto centraremos muchos esfuerzos
humanos y económicos en el seminario
diocesano. Además procederemos a
nombrar los cargos que faltan en las
curias, a dar vida a los consejos
diocesanos, tribunales
eclesiásticos, arciprestazgos.
Procuraremos también dar cabida en
nuestras Diócesis a todas aquellas
realidades eclesiales de cualquier
tipo (comunidades religiosas,
movimientos o asociaciones laicales,
asociaciones sacerdotales) que
trabajen en unión con la Santa Sede
y puedan y quieran contribuir a que
en Rusia podamos tener una vida
diocesana normal. Para la
realización de todo esto crearemos
las estructuras que pensamos son
necesarias, sin fuegos de artificio
y con la humildad de una Iglesia
minoritaria. Por último,
procuraremos buscar métodos
auctóctonos de financiación, pero
también confiaremos en que nuestros
hermanos católicos de otras partes
del mundo comprendan que necesitamos
ayuda para devolver a la Iglesia
Latina de Rusia al estado en que
estuvo antes de ser destruída por la
revolución marxista.
Asombrosamente, pretender ser lo que
somos, Iglesia
de Rito Latino en Rusia, plantea
algunos problemas y requiere todavía
algunas explicaciones. En primer
lugar hay que aclarar que los
católicos de rito latino en Rusia no
somos misioneros, nuestras diócesis
no dependen de la Congregación para
las Misiones (y de hecho si les
pedimos ayuda nos dicen que este
territorio no forma parte de su
ámbito de actuación). Tampoco
dependen de la Congregación para las
Iglesias Orientales ni de la
Congregación para el Diálogo
Ecuménico. Somos unas diócesis
normales que dependen de las
normales estructuras de la Iglesia
Católica. Por tanto, si alguien nos
dijera que desarrollar nuestra
normal actividad es hacer
proselitismo le contestaríamos que
su concepto de proselitismo ha sido
ampliado hasta tal punto que
simplemente nos niega la posibilidad
de existencia como Iglesia, y es por
tanto antiecuménico. No se puede
llamar proselitismo al hecho de
existir, ya que la palabra (aunque
según el diccionario tiene un
significado positivo: celo por
buscar adeptos) ha adquirido en
nuestro tiempo un significado
peyorativo predominante, y hoy en
día prácticamente todo el mundo
entiende por proselitismo el hecho
de tratar de convertir al otro por
medios inmorales, que no respetan su
libertad de conciencia, que incluyan
campañas de desprestigio y de
calumnias contra otras confesiones o
que pretendan conseguir esas
conversiones por medio de dádivas de
beneficios materiales.
Si alguien nos dijera que realizar
todas esas acciones, sobre todo
recibir en la Iglesia Católica a los
ortodoxos que así lo deseen y ayudar
a los niños de la calle fruto de la
ausencia de familias normales va en
contra del ecumenismo habría que
recordarle que nosotros deseamos
vivamente la unidad de la Iglesia.
Pero además podría ser conveniente
recordarle que el principio
ecuménico no es el primero en la
escala de valores del cristianismo.
Antes están los derechos
inalienables de la persona y entre
ellos el de recibir ayuda para
remediar su indigencia y el de
seguir los dictados de la propia
conciencia. También habría que
decirle que no nos gusta que se nos
tenga en permanenente estado de
sospecha sobre nuestras actuaciones.
El diálogo no puede consistir
exclusivamente en analizar si los
católicos hacemos mal o bien las
cosas. Esto puede ser un primer paso
para mostrar nuestra buena voluntad.
Pero dialogar no significa sólo eso.
Significa fundamentalmente olvidar
los errores de los unos y de los
otros, que de todo hay, y orar
juntos, participar juntos en planes
sociales... cosas que, gracias a
Dios, se hacen. Dialogar significa
hacer amistad, estar juntos, bromear
juntos: como me decía hace poco un
diácono ortodoxo, lo mejor que nos
puede ocurrir es que nos unamos,
porque así estaremos casi siempre de
fiesta: tendremos que celebrar las
vuestras y las nuestras.
Si, por último, otra persona, o la
misma, nos dijera que volvemos a
hacer -como en tiempos de las
Cruzadas, cuando se crearon algunos
patriarcados latinos en Oriente
expulsando a los Ortodoxos de sus
sedes-, una latinización de Oriente,
habría que contestarle que se
equivoca al igualar actitudes muy
diferentes.
Entonces se buscaba la sustitución
de unas estructuras por otras,
porque no se había llegado a
formular con claridad como ha hecho
el Concilio y ya hemos explicado que
las iglesias Orientales conservan su
carácter salvífico. Nosotros no
pretendemos en ningún modo sustituir
la Iglesia Oriental por la Iglesia
Latina en estas tierras europeas y
asiáticas de Rusia. Nosotros no
negamos su derecho a la existencia,
sino que reconocemos la rica
herencia oriental (Orietalium
Ecclessiarum, 1; Unitatis
redintegratio 17) y deseamos con
Juan Pablo II que la Iglesia respire
con sus dos pulmones, oriental y
occidental. Pero debemos protestar
si ahora se quiere ir justo al lado
contrario y, en vez de negar el
derecho a la existencia de las
iglesias orientales, se pretende
negar, con las palabras, con los
hechos o con las actitudes el
derecho a la existencia de la
iglesia latina en esta tierra donde
su presencia, como ya he dicho, es
minoritaria, pero multisecular.
Además habría que
contestarle que nosotros no estamos
creando en Rusia nada nuevo. Tampoco
estamos creciendo sobre el terreno
que otros han abonado Lo único que
se puede considerar como nuevo,
hasta cierto punto, es el modo en
que queremos proceder a reconstruir
la Iglesia que ya existió y que los
comunistas aplastaron. El Concilio
Vaticano II –y, como he explicado
antes, la realidad actual del país-
nos pide que plantemos la Iglesia
sobre el fundamento de la cultura
del país. Vamos a hacer una Iglesia
latina rusa en Rusia. Esto significa
que, al igual que existen unas
formas
francesas, españolas, africanas,
americanas o italianas de vivir el
catolicismo latino, hay que crear
una formas rusas, hasta ahora
prácticamente inexistentes en parte
por la falta de libertad que los
zares otorgaban a los católicos y en
parte porque ellos mismos,
desgraciadamente, a veces se han
cerrado sobre sí mismos refugiándose
en grupos étnicos y nacionales.
Ahora, sin embargo, se nos pide que
profundicemos en el alma rusa y
sepamos con los elementos de su
cultura y de su tradición crear una
iglesia muy latina y muy rusa al
mismo tiempo. Esto es algo que
llevará muchos años, Sin embargo, ya
se puede suponer, que es
apasionante.
Dicho de otro modo: no tenemos
ninguna intención de latinizar toda
Rusia. En todo caso, lo que queremos
es rusificar el rito latino, lo cual
tampoco significa orientalizarlo,
sino buscar nuevas formas que nos
permitan hacerlo ruso sin hacerlo
ortodoxo, y, por tanto, sin utilizar
de una manera desconsiderada lo que
nuestros hermanos ortodoxos han
creado, y respetando también la
identidad de nuestros hermanos
católicos de rito oriental. Ellos
son los que deben inculturar una
Iglesia oriental en Rusia haciéndola
al mismo tiempo católica. Nosotros
tenemos que crear una Iglesia Latina
en Rusia, utilizando ciertamente lo
que desde el principio fue de todos,
como los iconos, pero haciéndolo al
modo en que siempre lo hemos hecho
los latinos.
En definitiva, queremos
trabajar con normalidad. Tenemos
derecho (civil y religioso) a crear
unas diócesis normales. Necesitamos
sentir el apoyo de nuestros hermanos
y pastores de occidente para crear
este mundo de normalidad en el que
nuestros fieles –que tanto han
sufrido- puedan vivir su fe en paz.
Buscamos rehacer este catolicismo
latino que los comunistas aplastaron
y renovarlo creando algo nuevo,
postconciliar, ruso y católico.
4.- NORMALIZACIÓN DE LAS ESTRUCTURAS
DE RITO ORIENTAL EN UNIÓN CON ROMA
El segundo camino
que debe recorrer la Iglesia
Católica en Rusia, camino que está
ahora mismo en su mismo inicio es el
de la normalización de las
estructuras de rito oriental en
unión con Roma. En Agosto del 2004
algunos sacerdotes grecocatólicos
reunidos en Siberia dieron algunos
pasos quizá un tanto precipitados y
excesivos, como todo lo que empieza,
eligiendo entre ellos a una especie
de administrador apostólico del
exarcado ruso que existió a
principios de siglo y que según
ellos continuaba existiendo, y
estaba en sede vacante.
La Iglesia Católica actual ha
reconocido la gran valía de aquellas
estructuras del inicio del siglo XX
al haber beatificado al exarca de la
Iglesia Católica de Rito Oriental en
Rusia, el Beato Feodorov, que pasó
casi toda su vida sacerdotal en los
gulags comunistas. Además en enero
de 2005, Roma ha nombrado al obispo
de Novosibirsk, Joseph Wert, como
ordinario para los grecocatólicos
tanto rusos como ucranianos que
viven en Rusia. Es un comienzo de
otra normalización que la justicia
exige realizar, pues ya se ha dicho
que estas estructuras ya existieron
en Rusia, y sufrieron aún peor
suerte que las de rito latino. Si en
Rusia se conservaron dos iglesias de
rito latino abiertas al culto y
otras muchas como museos (del
ateísmo, por ejemplo) o con otros
fines (salas de deporte, fábricas,
oficinas, etc) todo lo que tuviese
alguna relación con los católicos de
rito oriental fue absolutamente
aniquilado por el comunismo en el
gobierno.
Con el nombramiento del Obispo Wert
se ponen en practica los principios
anteriormente señalados: la Iglesia
tiene el deber de responder con
estructuras adecuadas a la atención
pastoral de sus fieles y al deseo
expreso del Concilio, que en el
proemio de la Declaración sobre
las iglesias orientales Católicas
declara que “teniendo,
pues, a la vista la solicitud por
las Iglesias orientales, que son
testigos vivientes de tal tradición,
este santo y ecuménico Sínodo,
deseando que florezcan y desempeñen
con renovado vigor apostólico la
función que les ha sido designada,
ha decretado establecer algunos
principios, además de los que atañen
a toda la Iglesia, remitiendo todo
lo demás a la iniciativa de los
sínodos orientales y a la misma Sede
Apostólica”.
Este deseo del
Concilio del florecimiento de las
Iglesias Orientales, que no hay
ningún motivo para no aplicar
también a Rusia, se ve en este caso,
sin embargo, delimitado por otro
principio que también surge del
Concilio, aunque no directamente:
una eclesiología de comunión que no
es uniatista. Esto, sin embargo,
evidentemente, no significa que el
Concilio no ame las Iglesias
orientales unidas a Roma, y desee
que desaparezcan. Lo que este hecho
significa es algo parecido a lo que
ya he expuesto al hablar de la
Iglesia de rito latino: nosotros
reconocemos que en las iglesias
orientales no unidas a Roma
susbsiste la suficiente plenitud de
verdad como para que sean ellas
mismas salvíficas y por tanto no
deseamos que sean sustituidas por
otras estructuras eclesiales en
unión con Roma, sino que deseamos la
unidad con ellas. Lo que no puede
significar, sin embargo, es el
extremo contrario, es decir negar,
si no teóricamente, sí con los
hechos, el derecho a la existencia
de esta iglesia oriental en unión
con Roma. Esto, evidentemente, va en
contra del espíritu del decreto
conciliar, donde claramente se
afirma nuestro apoyo a estas
iglesias. Sí, como es el caso de la
Iglesia Rusa, han sido devastadas
por el marxismo, debemos contribuir
a su restablecimiento. No se debe
olvidar que los Orientales Católicos
Rusos vertieron su sangre por
defender al mismo tiempo su patria y
la unidad y comunión con Roma, y que
por tanto tienen derecho a la
veneración y al apoyo –en la medida
en que la situación lo requiera- de
sus hermanos en la fe de rito latino
y, muy especialmente, como es
evidente, de aquellos en los que
recae el honor de ser garantes de la
unidad al trabajar en la Sede
Apostólica.
Se puede decir que
la presencia de católicos de rito
oriental en comunión con Roma es
prácticamente insignificante y esto
en cierto sentido es verdad: pocas
parroquias, pocos sacerdotes y pocos
fieles. De todos modos es un tema
también matizable. En primer lugar
porque fieles, a pesar de no haber
contado con pastores durante
decenios hay más de lo que puede a
primera vista parecer, como, por
ejemplo, puedo comprobar
personalmente en Komi, con la
comunidad de origen ucraniano. El
problema es que al no contar con
pastores casi todos ellos o bien
viven como ortodoxos o han dejado de
practicar. Pero no parece deseable
que la falta de atención pastoral,
quizá por miedo a falsos
ecumenismos, termine por alejar a
nuestros fieles de su normal
práctica religiosa. En segundo lugar
porque hay un buen número de
católicos rusos que se han asimilado
al rito latino simplemente porque no
tenían otras posibilidades de
comunión con Roma, pero que su
corazón siempre ha permanecido
profundamente oriental. Ellos,
siguiendo delicadamente el juicio de
su conciencia, han preferido la
comunión con Roma a sus propias
inclinaciones personales. Parece que
en justa reciprocidad debemos darles
cuanto antes la posibilidad de vivir
su fe según sus propias
inclinaciones (y también, cuando son
ortodoxos convertidos al
catolicismo, según exige la
justicia, pues en este caso el
derecho de la Iglesia indica que en
principio deben conservar el rito
oriental, aunque pueden obtener la
dispensa para pasar al latino).
En este tema es muy
importante vivir con atención la
virtud de la caridad y la virtud de
la justicia. Es evidente que la
caridad supera el mero cumplimiento
de la justicia, pero también es
evidente que para vivir la caridad
primero hay que vivir la justicia y
que esta sirve también para
establecer el orden de la caridad.
Hay, por tanto, que señalar en
nuestras actuaciones también el
principio del orden en la caridad.
Esto significa que en primer lugar
debemos ayudar a nuestros hermanos
católicos y en segundo lugar a los
hermanos ortodoxos. No ocurre, pero
podría ocurrir que alguien pusiera
en primer lugar el problema
ecuménico y después la atención a
los propios fieles de rito oriental,
que incluso podrían resultar
molestos y no deseables. Esto
supondría un desorden profundo y una
falta grave en el ejercicio de la
caridad. Si cambiamos el orden de la
caridad, esa caridad está
desvirtuada.
Ahora bien, la
justicia, a mi parecer, debe guiar
el ejercicio de la caridad también
al considerar qué tipo de atención
pastoral se corresponde con el grado
real de existencia de un determinado
grupo de fieles. En este sentido
parece que en estos momentos la
atención pastoral de estos fieles no
exige tanto como volver a renovar un
exarcado. Los católicos rusos de
rito oriental deben crecer bastante
antes de que se pueda plantear
seriamente el tema del exarcado.
Como a los demás, también a ellos
les afecta la herencia comunista y
el nacionalismo ruso. En este
sentido se mueven ante dos
principios que deben saber conjugar
rectamente, como todos nosotros.
Deben ser católicos, y por tanto no
pueden ser simplemente una copia de
la iglesia ortodoxa, vivir siguiendo
la huella de lo que los ortodoxos
hagan, renunciando a una identidad
propia, por miedo a ser tildados de
latinizantes. Ellos deben asimilar,
sin perder su identidad oriental,
los mil años de catolicismo que la
ortodoxia rusa no ha convivido con
nosotros. Por poner un ejemplo, es
sabido que los ortodoxos no dan
culto al Santísimo fuera de la Misa.
En este año eucarístico, en el que
el Santo Padre nos ha invitado
tantas veces a dar ese culto,
¿pueden los católicos de rito
oriental no dar ese paso? ¿Cómo
hacerlo sin caer en una latinización
de su rito, lo cual sería un error
de dimensiones considerables? Ante
ellos, como ante todos en Rusia,
también se presenta la necesidad de
ser creativos y de innovar en el
ejercicio de una recta fidelidad.
Para esto hace falta tiempo,
humildad, dejarse guiar por los
propios pastores, amar a los
católicos de rito latino y a los
hermanos ortodoxos...
5.-EL
CAMINO DE LA UNIDAD
Como ya he indicado,
el camino final al que tienden todos
nuestros esfuerzos en Rusia es la
unidad de todos los cristianos en la
comunión con Roma. Para ello es
evidente que se necesita avanzar por
el camino ecuménico, que en Rusia
tiene sus dimensiones concretas.
Conviene en primer
lugar repetir algo ya expresado
anteriormente: nosotros entendemos
que la tradición eclesial ortodoxa
rusa es fundamentalmente algo en sí
mismo valioso y no deseamos que sea
sustituida por la nuestra. Si esa
sustitución se diese,
consideraríamos que estamos
perdiendo algo para nosotros
tremendamente querido y valorado.
Eso es exactamente lo que significa,
como hemos declarado y firmado
conjuntamente en varias ocasiones,
que nos consideramos mutuamente como
Iglesias hermanas. Aún más, nosotros
deseamos que la Iglesia Ortodoxa
Rusa crezca y se desarrolle con
fuerza porque queremos la
reevangelización de este país y es
evidente que el peso fundamental de
esta tarea debe recaer sobre sus
espaldas.
Esto, además, no son sólo palabras.
Los católicos ayudamos y colaboramos
con los ortodoxos en lo que podemos:
les ofrecemos en primer lugar
grandes ayudas económicas para
restauración de sus templos y
formación y mantenimiento de su
clero. Por otro lado procuramos
conocer sus tradiciones (aunque
entre nosotros existen de vez en
cuando ciertos nacionalismos
trasnochados, poco universalistas y
católicos) y también aprender de
ellos, por ejemplo, a devolver a
nuestras liturgias el cuidado y el
sentido del misterio que tienen las
suyas. Procuramos además alentarles
ofreciéndoles algunos valores que
hemos desarrolado con más fuerza en
la tradición latina, como el amor a
la pluralidad y a la separación del
poder del Estado, así como un modo
práctico de desarrollar las
vertientes catequéticas y sociales
del cristianismo. Todo esto, sin
embargo, no es suficiente. Es
evidente, que las relaciones
ecuménicas en los últimos tiempos no
han sido especialmente boyantes,
aunque desde fines del 2004 han
comenzado lentamente a mejorar. Por
eso me parece que la Iglesia
Católica puede impulsar su actividad
ecuménica por medio de dos vías.
Una, evidentemente importante, es el
que se desarrolla desde fuera de
Rusia.Si además lo realiza la Santa
Sede, entonces resulta
insustituible. A fin de cuentas al
final la unidad deberá realizarse
entre el Patriarcado y la Santa
Sede. La Santa Sede, como ya está
haciendo, debe buscar un modo de
vivir el primado que permita la
integración de los ortodoxos en la
unidad de la Iglesia. Fórmulas
nuevas fieles a la tradición y que
resulten aceptables para todos.
Desde este punto de vista, como ya
han afirmado varios ortodoxos, el
hecho de que hoy en día el Papa
Benedicto XVI sea uno de los mayores
expertos mundiales en eclesiología,
tanto occidental como oriental, es
un gran motivo de esperanza. Desde
Roma además se impulsa la actividad
ecuménica de los católicos rusos y
se les corrige si estos ceden a la
tentación de cerrarse sobre sí
mismos y no caminar por la vía del
ecumenismo, lo cual nos puede
ocurrir algunas veces a los que
estamos bregando en medio del polvo
del camino. Otras veces este
ecumenismo lo realizan las diócesis
o católicos o grupos particulares.
Con ellos normalmente no hay
problemas. Efectivamente los
ortodoxos se sienten muchas veces
agradecidos y a gusto con las ayudas
que vienen del exterior del país y
mantienen con diócesis del
extranjero relaciones fluidas.
Aunque a veces da la impresión de
que el huésped resulta más agradable
que el vecino de todos los días, sin
embargo estas visitas e invitaciones
son ciertamente una contribución
efectiva al ecumenismo y los
ortodoxos nos suelen hablar con
cariño de esas visitas del Occidente
o al Occidente.
De todos modos, a mi entender, el
único ecumenismo que puede llevar
realmente a conseguir la unidad con
los ortodoxos rusos es el que se
realice desde la Iglesia Católica en
Rusia. Como la historia nos enseña a
través, por ejemplo, del
episodio del Concilio de Florencia
en el que rápidamente se consiguió
la unidad para volv
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