El siguiente texto
pertenece al Epílogo de libro que
ha publicado nuestro colaborador José
María Barrio Maestre,
Antropología del hecho religioso
(Rialp, Madrid 2006), de indudable
interés. El libro pone de relieve la
influencia positiva que ha tenido la
religión en el desarrollo de la
civilización humana; incluye un debate
Ratzinger-Habermas
ANTROPOLOGÍA DEL HECHO RELIGIOSO
EPÍLOGO
José María Barrio
Maestre*
El hecho religioso es percibido en el
actual contexto cultural en formas muy
variadas. Para unos aparece como el símbolo
de todo lo decadente y residual de un pasado
a superar. Para otros como un elemento, más
o menos folclórico, del variopinto paisaje
de las culturas, cada vez más llamadas a
entenderse y a dialogar, pero principalmente
sobre otros aspectos más relevantes y
sustantivos de la vida sociopolítica y
económica de los pueblos en el contexto de
la globalización. En este plano, hay quienes
ven en la religión un instrumento de
cohesión intercultural, pero son más quienes
hoy ven en ella un factor de desencuentro, e
incluso de violencia.
Nadie puede negar que el hecho religioso
tiene consecuencias sociopolíticas de gran
envergadura y alcance en la vida de los
pueblos. La historia documenta ampliamente
esta afirmación. Pero ante todo esas
dimensiones externas y objetivables
―culturales, sociales, políticas, etc.― lo
son de un fenómeno que en primer término
tiene lugar en la interioridad de cada ser
humano, en la forma de un desafío
antropológico y ético al que caben muy
distintas respuestas. La autocomprensión del
hombre en el mundo le exige tomar postura,
de manera explícita o implícita, frente al
desafío de lo religioso. Y dada la
naturaleza radicalmente social del hombre,
esa autoposición tiende también a
profesarse, a proferirse, a declararse, por
supuesto en formas muy variadas. Quienes
pretenden reducir la religión ―o la ética― a
la dimensión exclusivamente “privada” de la
existencia humana no han entendido lo que es
la religión, o la ética. Aristóteles sí lo
entendió. Ninguna de estas dos cosas puede
“privatizarse”. Afectan a la naturaleza
individual y social del hombre en la forma
de necesitar proclamarse. El hecho religioso
es argumento ineludible de la reflexión
humana, y también de la conversación entre
los hombres a lo largo de los tiempos.
En muy buena medida somos, individual y
socialmente, lo que nos han hecho ser
quienes nos han precedido en la humanidad. Y
la Historia precisamente trata de medir la
pervivencia del pasado en el presente. Por
eso cabe aprender de ella (magistra vitae).
Pues bien, la historia del pensamiento,
del arte, de las culturas y civilizaciones,
en general y en sus aspectos más variados,
no puede comprenderse amputándole este
miembro de su dimensión religiosa, ni puede
entenderse sin ponderarla desde las
distintas respuestas humanas a los desafíos
que la religión ha planteado al hombre en
las diversas épocas.
En nuestros días estamos siendo testigos
de un fenómeno cultural en cierto modo
inédito (sólo en cierto modo): una tentativa
bien orquestada de restar, o, mejor, anular
la presencia pública de lo religioso. Dicha
tentativa está respaldada por agencias
dotadas de gran poder político, económico y,
principalmente, mediático, que a su vez son
gestionadas por personas convencidas de que
la religión es la gran alienación del
hombre, y que liberarse de los “prejuicios”
religiosos es lo que le falta al hombre para
lograrse a sí mismo en plenitud. Sin ese
“lastre”, la humanidad experimentará un
progreso científico, cultural, político y
moral sin precedentes, pues dejará de fiarse
de fuerzas mistéricas y sobrenaturales, y se
apoyará únicamente en sus propias
capacidades, desarrollándolas en un grado
mucho mayor que hasta ahora.
El intento de narcotizar el ansia de Dios
tiene especial virulencia en Europa
occidental, y resulta particularmente hostil
al cristianismo. La reciente controversia
sobre la inclusión de la invocatio Dei
en la Carta magna europea pone de manifiesto
hasta qué punto el asunto está en el tapete.
Prominentes personalidades de la política,
de las relaciones internacionales, del
pensamiento y de la cultura arguyen que el
pluralismo social y moral característico de
los países europeos justifican la omisión de
cualquier referencia a la herencia cristiana
del continente, incurriendo en una ceguera
comparable a la de quien ignorara la
influencia del Derecho romano en la historia
de las instituciones civiles en Occidente, o
la pervivencia del gran pensamiento griego
de la etapa socrática a través de toda la
historia de la filosofía europea.
Cualquiera que se ha asomado al espíritu
europeo entiende que sin esas tres fuentes
Europa es, sencillamente, ilegible. Quizá lo
saben quienes han optado por la, a juicio de
no pocos, onerosa omisión, y resulta
improbable que pretendan que Europa nace con
la Revolución Francesa. Pero justifican la
ceguera histórica pro bono pacis, en
un intento de marginar del espacio europeo
―en especial del preámbulo de una
constitución política que pretendemos sea un
paso decisivo hacia la unidad― justamente
aquellos elementos que más bien han
constituído factores de disgregación, de
desunión, de guerras e incluso luchas
fratricidas como la del siglo pasado en
nuestro país.
Sólo una visión mutilada de la historia
europea puede reducir la herencia cristiana
a ese ciertamente penoso espectáculo, y no
ver que el cristianismo, en medida mucho
mayor, ha sido precisamente un elemento de
cohesión en tantos aspectos de la vida
europea: un verdadero catalizador de
pensamiento, de desarrollo científico,
económico, cultural, artístico, la más
profunda inspiración de los hombres y
mujeres que más y mejor han contribuido a
una idea y una realidad de Europa que ha
sido y continúa siendo referencia
humanizadora para todos los demás espacios
geográficos y culturales del planeta. El
fenómeno de la inmigración es sólo un botón
de muestra.
Es imposible crecer maltratando las
propias raíces. Y la religión forma parte de
la piedad, el homenaje que el hombre está
llamado a rendir a las raíces de su
existencia. Algunos analistas han puesto de
relieve que el llamado “choque de las
civilizaciones” no es otra cosa que un
“choque de religiones”, y que el recelo del
islam frente a Occidente, entre otros
factores de sobra conocidos, también tiene
en su base el temor a que la
occidentalización les haga olvidar su
historia y su arraigo.
El fenómeno de la secularización que el
occidente europeo ha vivido a lo largo de su
historia reciente no es un efecto perverso
de una pérdida de su manadero cristiano. Más
bien es una consecuencia del valor de la
libertad que ha logrado traslucirse en
Europa ―y en las áreas más influidas por la
cultura europea― justamente gracias a su
raíz cristiana. Nociones como las de
libertad, igualdad, fraternidad, dignidad de
la persona, solidaridad, democracia,
tolerancia, etc., que la cultura política
occidental ha desarrollado en pensamiento e
instituciones sociales, y que proporcionan
el fundamento del discurso sobre la paz, el
entendimiento entre los pueblos y el respeto
a los derechos humanos, poseen una base
inequívocamente cristiana.
Esas nociones efectivamente se han
secularizado, y no es mala cosa eso, pues
permite que los cristianos se entiendan y
puedan dialogar significativamente con
ciudadanos que no comparten sus presupuestos
religiosos. Pero olvidar esa raíz es
desconocer quiénes somos y la referencia
básica de lo que podemos aportar los
europeos, y también aprender, en el diálogo
intercultural. De ahí que sea ciego ignorar
la fuente que les suministra su sentido
originario
* J. M. Barrio Maestre es profesor Titular
de Antropología Pedagógica en la Universidad
complutense de Madrid.
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