Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA
España sólo resulta inteligible en América y desde América. Ausente esta dimensión americana, resulta incompleta e ininteligible. En ocasiones se ha pensado, y el reproche no ha faltado desde la otra orilla del Atlántico, que el europeísmo de España, su participación en el proceso de la construcción política europea, se nutría del olvido de su dimensión americana. Pero no existe incompatibilidad ni contradicción entre las dos dimensiones, la europea y la americana.
España no se convierte al europeísmo, no redescubre una realidad que le fuese ajena. Siempre fue parte esencial de la civilización europea. Lo que sí es cierto es que en la hora de la crisis, España, o, al menos, sus minorías rectoras, consideró que los principios que gestaron la civilización europea eran el remedio para los males nacionales. Así, europeización y regeneración se convirtieron en términos equivalentes.
No es extraño que la concentración en la construcción europea haya podido ser entendida como un olvido de nuestra vocación americana, incluso como una traición a nuestros deberes históricos hacia las naciones hermanas, que nunca fueron consideradas como colonias sino como parte integrante de las Españas. Pero europeísmo y americanismo no son incompatibles. Por el contrario, la empresa americana forma parte esencial del ser europeo de España. Esa ha sido la obra histórica de España, la apertura de los pueblos americanos a los principios y valores de la civilización europea.
La pertenencia de nuestra nación a la Unión Europea ni impide ni dificulta la construcción de una Comunidad Iberoamericana de Naciones. Pero para que ésta sea viable quizá fuera necesario articularla en torno a la fidelidad a unos principios y valores compartidos, entre los que, sin duda, se encuentran el respeto a los derechos humanos y la adhesión a la democracia liberal. Quizá fuera necesario excluir a las naciones que no cumplan estos requisitos. De paso, se evitarían los tradicionales esperpentos del castrismo.
La intensificación de la emigración americana a España puede también contribuir a este acercamiento histórico. Con ella, cumple nuestra nación tanto un deber histórico y político como satisface su propio interés. Tampoco sería mala terapia la superación de resentimientos y de tergiversaciones históricas sobre la obra española en América, a los que tanto contribuye una buena parte de la izquierda española, en la que hubo mucho más que sólo errores y agravios. No parece que la empresa española en América haya sido ajena a la implantación americana de los ideales de la racionalidad filosófica y científica de raíz griega, de la dignidad del hombre de raíz cristiana y del principio del imperio de la ley de raíz romana. En cualquier caso, la dimensión americana de España ni es cosa del pasado ni es incompatible con la realidad europea de nuestra nación ni con su vocación europeísta. El filósofo Nietzsche, sumido ya en las nieblas de la locura pero sin perder la lucidez, oyendo a unos visitantes de su hermana hablar de España, mientras improvisaba al piano, dijo que los españoles quisimos ser demasiado. Malo sería que ahora nos conformáramos con ser demasiado poco. Europa es nuestra realidad; América, nuestro deber y nuestra vocación.
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