Por Pedro de Miguel
Es una pregunta que ya nunca falta en las entrevistas, cualquiera que sea la víctima: escritor, cineasta, político o sepulturero. "¿Y sus fetiches?", indaga el periodista hacia el final, en la parte dedicada a asuntos íntimos. La pregunta supone de antemano que todo el mundo tiene algún fetiche, algún idolillo al que otorga un poder mágico.
Lo sorprendente, sin embargo, y a juzgar por las respuestas, es que efectivamente todo el mundo guarda alguno. Uno creía que la cultura no casaba demasiado con la superstición. Incluso se podría pensar que la educación tiene por objeto liberarnos precisamente de esos ídolos que nuestros antepasados adoraron confundiéndolos con la divinidad. Pues no. Todo fin de siglo es barroco, dicen los analistas de la civilización, y parece que el barroquismo del nuestro consiste en buena parte en recuperar los tótems, el toca madera y las señales de humo.
Una reciente exposición exhibía en Madrid los fetiches de quince directores de cine españoles. Allí había un hacha, unas playeras de piel de serpiente, un elefante -de plomo-, una estrella de mar. Claro, a cualquier cosa se llama fetiche. La capacidad de los humanos por venerar tonterías, inventarse ritos y leer el futuro en los objetos inertes es ilimitada. Lo que antes se describía como comportamiento neurótico, como manía, ahora se purifica bajo la capa del fetichismo, convirtiéndolo en algo saludable. Porque el fetiche no se utiliza sólo para ahuyentar fantasmas, sino que se ha convertido en un instrumento más de trabajo.
Quienes se escandalizan ante el chador islámico están tejiendo en su propia vida decenas de velos tan anacrónicos como ese, y mucho más inútiles.
¿Qué pensarían los primitivos ante tamaña trivialización? Opondrían sus fetiches a los nuestros para pasarnos por la piedra.
Nuestro Tiempo, Marzo 1998
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