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VALORES ABSOLUTOS Y VALORES RE (P. Pintado y J. P. Ortíz)

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VALORES ABSOLUTOS Y VALORES RELATIVOS

Paul Johnson es a muy conocido por los lectores de Atlántida (cfr. n.° 7, págs. 341-347; allí se encuentran referencias a sus obras, ediciones españolas, etc). Ofrecemos aquí un extracto de la larga conversación que hemos mantenido con él durante su última estancia en Madrid. Aún es reciente la publicación de su libro El nacimiento del Mundo Moderno (Javier Vergara, Madrid, 1992). Las preguntas esta vez giran en torno a las características de ese mundo, el nuestro al fin y al cabo. En especial nos interesa la opinión de Paul Johnson acerca del relativismo. Sus opiniones son tan directas y pragmáticas como en él es habitual. Sonriente y relajado, no tiene inconveniente en sazonar sus respuestas con frecuentes alusiones personales.

Entrevista con Paul Johnson

Por Patricia Pintado y Juan Pablo Ortiz de Zárate


—Profesor Johnson, quisiéramos comenzar preguntándole sobre la supuesta existencia de valores absolutos. ¿No cree usted que ya ha pasado hace mucho tiempo la época en la que eran indiscutibles? ¿No basta hoy con hablar de valores relativos?

—Los valores absolutos se alcanzan de dos maneras: una, en Dios omnipotente, si se cree en la Revelación; y dos, en aquellos valores que han perdurado durante siglos y milenios en la sociedad humana, generación tras generación. Eso es lo que el gran filósofo irlandés Edrnund Burke llamaba el «conocimiento tradicional que se retrotrae a un período anterior a la invención de la escritura. La sociedad toma sus valores de Dios y de la propia experiencia, y ambos son absolutos.

El hombre es una criatura muy inteligente y también muy orgullosa. Pero no puede responder a todos los problemas que le plantea su propio intelecto. Puede decir que no necesita a Dios, ni los valores tradicionales, ni la sabiduría de sus ancestros, y hacerlo todo por sí mismo. Ésta es la actitud que propicia los valores relativos. Los hombres llegan a pensar que pueden prescindir de los valores absolutos, e inventar por si mismos guías de conducta. Este es un camino equivocado y es la razón por la que el siglo XX se ha descaminado tanto.

Los valores relativos significan que uno puede hacer lo que quiera. No hay normas de ningún tipo, porque éstas sólo reflejan deseos. El fascismo y el comunismo usaron valores relativos. Lenin habló de «la moralidad del partido»: la Revolución. Hitler también usó la frase «la moralidad del partido». Y esa «moralidad» no es la cristiana. Ese es el peligro del relativismo moral. Se acaba en un sistema centrado en el hombre, sin ningún control externo, en el que Dios no entra. Karl Rähner dijo que si la idea de Dios desaparece de la mente del hombre. ¿en qué se convierte? Probablemente en un animal muy, muy listo.

Ahí es donde el relativismo surge. Desgraciadamente en el siglo XX, después de la Primera Guerra Mundial, hubo una gran confusión en las mentalidades. Fue algo accidentalmente causado por Einstein. Era un hombre moderado, muy bueno, un científico brillante. Ciertamente creía en unos valores absolutos de moralidad. Creó primero la teoría especial de la relatividad, y más tarde la general. Describo todo esto en mi libro Tiempos Modernos. Al demostrarse empíricamente su acierto, estas teorías fueron aceptadas y se constituyeron en motivo frecuente de conversación durante los años 20. Puede decirse que captó la imaginación del pueblo. Se produjo una confusión popular entre la relatividad —que es una teoría puramente científica— y el relativismo. Fue una confusión intelectual muy importante. Se pensó que si la relatividad es científicamente un acierto, también lo sería el relativismo moral. Y de ahí provienen muchos de los desastres de nuestro siglo, también en parte porque el relativismo era un valor auténtico para algunos de los grandes filósofos del siglo XIX, como Marx o Freud.

—Parece existir una contradicción entre los valores absolutos y la libertad del hombre.

—Existe una causa para excluir que el hombre no sea libre. El hombre nace, como decía Rousseau, libre, pero se halla en deuda con su conciencia. Por eso, si se comporta con absoluta libertad para hacer lo que quiera, para ser egoísta, avaricioso o egocéntrico, huye de su propia conciencia. Pero ella está ahí, es una especie de guía de su conducta. Por tanto, si un hombre intenta ser libre, o prescinde de ella y llega a ser un esclavo de sus pasiones, o atiende a su recta conciencia, con la cual llega a ser sujeto para Dios. Pero no existe una tercera vía. En cualquier caso, tiene la libertad de elegir entre las otras dos. Por su naturaleza humana carece de una tercera opción.

—Podríamos decir que el hombre tiene libertad, aunque no sea independiente. Pero si depende de Dios, es un poco extraño que usted diga que es libre...

—Creo que el hombre es libre de elegir, pero los acontecimientos le comprometen en las consecuencias de su elección. Su elección decide el grado de libertad que prefiere. Cuando San Pablo dice en su Epístola a los Romanos: «La libertad que el hombre encuentra en Cristo», ¿qué quiere decir? He pensado mucho sobre ello. La Epístola a los Romanos es uno de los mejores escritos de la historia. Es muy difícil de entender. Deja perplejo a cualquiera. Dejó perplejos a San Agustín, a Martín Lutero, a Karl Barth, y a muchos teólogos modernos. Y ciertamente a mí también. Creo que quiere decir que, aunque el hombre no es libre al decidir ser esclavo de sus pasiones o de Dios, al elegir la segunda opción, frustrándose a sí mismo, subyugando sus pasiones, el hombre alcanza un nuevo género de libertad. Es como la gente muy fumadora. Si se supera la adicción al tabaco, se adquiere un nuevo tipo de libertad. Se dilata, es una libertad que no se poseía antes, que no se tendría de ningún otro modo.

—Antes opuse los valores absolutos a la libertad. Me gustaría ahora que hablara sobre la oposición entre valores absolutos y pluralidad de opinión. ¿Cómo se pueden relacionar? Quizás es que la modernidad lleva a pensar que la libertad es decir o pensar lo que uno quiera...

—Los valores elegidos como guía universal chocan con un número determinado de prohibiciones absolutas. No matar es una limitación de la libertad humana, porque es algo en lo cual la sociedad debe estar de acuerdo. Cualquiera que discrepe de esto y mate a alguien, es castigado. La sociedad no puede funcionar de otro modo. Por tanto, hay valores absolutos que limitan la libertad. Esas limitaciones están asimismo limitadas. Pero todavía existen grandes parcelas de libertad en las que se puede obrar de acuerdo con la propia opinión.

Es un hecho que la sociedad está regida por valores absolutos. No matar, decir siempre la verdad, etc., hacen posible la moralidad en una sociedad ordenada. Constituyen los límites de una sociedad libre. Contar con valores absolutos que toda persona suscriba implica una libertad fortalecida por las diferencias de opinión. Eso es la civilización. El gran poeta irlandés W. B. Yeats, dijo: «La civilización es el ejercicio del propio control.» Eso implica una sociedad en la que los hombres no están siempre obligados a hacer o no hacer cosas, porque están de acuerdo. Esa es una civilización excelente, porque hace posible la obediencia a la ley, la obediencia voluntaria. Es una definición muy buena de civilización.

—¿Cree usted que las normas legales que organizan nuestros sistemas democráticos están basadas en valores absolutos? En una democracia, cada uno puede pensar lo que quiera, pero parece que sólo puede hablar de la verdad, por ejemplo, cuando la opinión pública general o la mayoría están de acuerdo con esa idea.

—Sí. El gran historiador inglés Lord Acton dijo una vez que la peor de todas las tiranías es la de la mayoría. En muchas sociedades, pero en particular en las democracias, la ley debe ser limitada. Debe haber un Estado de derecho, pero las áreas en que se aplique la ley deben ser limitadas de modo estricto, porque de otro modo se llega a la tiranía de la mayoría. Debe haber áreas donde la voluntad pueda operar.

Es el caso de la caza en Somerset, donde tengo una casa, en el sudoeste de Inglaterra. Un gobierno elegido en mayo ha prometido aprobar una ley que declarará ilegal la caza del ciervo y del zorro. De esta forma, se destruirá completamente una sociedad rural, con una vida propia, que ha existido durante siglos. Toda la sociedad local participa de la caza. Todo será destruido. Es un ejemplo de la tiranía de la mayoría. Si toda Inglaterra ve esos programas de televisión que sólo defienden a los animales domésticos, esa audiencia formará una mayoría que prohibirá la caza, y se consumará la tiranía. Una sociedad civilizada y sensible debe limitar las áreas en las cuales un grupo, la mayoría, pueda interferir en la ordenación de otro. Deben tenerse muy claras las actividades regulables por ley y las que han de dejarse libres. Edmund Burke de nuevo tiene razón.

—¿Encuentra usted muchos errores en los sistemas democráticos actuales?

—Así es. Una de las desventajas de la democracia es que se intente regular excesivamente las actividades y el ocio de la gente. Winston Churchill decía que el problema de la democracia es que es un mal sistema de gobierno. Su única ventaja es que es mejor que los otros. Y es cierto. Todos los sistemas de gobierno son muy malos; la democracia es el mejor de ellos. Y la alternativa es la anarquía, incluida la anarquía moral.

—Quizás la democracia sea el mejor sistema, porque se pueden controlar las dos instituciones más poderosas: el Estado y la economía. Sería bueno encontrar una combinación, un equilibrio entre los poderes públicos y privados.

—Por supuesto. Karl Popper decía que lo peor de la democracia no es tanto que tú puedas elegir al gobierno, cosa que nunca haces realmente, sino que llegues a tener un gobierno al que odies de verdad. No se puede controlar al gobierno. Si fracasa, se puede unir la gente y dar un golpe de atención. Ese es un gran remedio para el espíritu humano.

El verdadero problema de la democracia es cómo controlar a un gobierno que quiere hacerlo todo. Una las cosas que se aprenden del siglo XX es que el gobierno no es una máquina para hacerlo todo. Ha de realizar tareas que nadie más pueda hacer. Recuerdo haberle oído decir una vez a Margaret Thatcher cuáles son las tres cosas que debe hacer un buen gobierno: la defensa, el orden interno y una política económica honesta. Una política económica deshonesta es la inflación. Los gobiernos pueden hacer muchas más cosas, y así lo hacen habitualmente. Si intentan hacer demasiado, acaban por hacer todo de mala manera.

—Nos dice usted que el hombre tiene la llave de los acontecimientos, ¿cómo puede decirse que la Historia está fundada en la libertad humana? ¿Quién hace la Historia? ¿Las personas individuales por ejemplo, los políticos, las situaciones concretas, el poder de un terminado país?

—Es una pregunta complicada. Mi punto de vista es pragmático. La Historia la crean factores innumerables, pero el individuo es el más importante. Los factores pueden ser geográficos, o económicos, o una confluencia de todos ellos. Lo que rechazo son las teorías mecanicistas que afirman que la Historia está hecha por este o aquel factor.

Un ejemplo es Marx: deformó la Historia con la exaltación de las fuerzas económicas. Una tontería, contradicha luego por el propio Marx. Hay que contar con la Geografía, con sus cambios y limitaciones. La Historia debe tenerla en cuenta, pero no de forma básica. Esto puede mostrarse con el ejemplo de los historiadores de la Escuela de los Annales, que son muy buenos, pero prescinden de los datos de la cronología, y la cronología es la evidencia, el dinamismo de la Historia. No creo mucho en esa escuela.

La Historia está hecha básicamente por seres humanos. Víctor Hugo dijo: «Nada es tan poderoso como una idea cuyo tiempo ha llegado.» Es muy cierto. Si se observa la sucesión de formas artísticas, al final del siglo XVIII, el Romanticismo releva al Clasicismo. Una buena parte del grupo romántico es irresistible, arrastra consigo los hechos más sólidos que puedan imaginarse, en cuanto a tendencias artísticas. Pero siempre hay gente que se enfrenta a las tendencias del momento. Y a veces triunfa. Y nada es tan influyente como una persona que encarna esa idea, y puede llegar a hacer cosas tremendas al encarnar el espíritu de su tiempo (el «Zeitgeist»).

Sin embargo, es muy importante reconocer que las personas pueden luchar contra las tendencias de su época, y triunfar. Yo vi esto por vez primera en 1940, cuando era un chaval de once años. Hitler había destruido Francia por completo, y el ejército británico había tenido que ser evacuado. El ambiente era de desmoralización completa; muchísima gente en Inglaterra era partidaria de tratar con Hitler. Y de repente apareció Churchill. Yo estaba escuchando la radio. Hablaba muy bien. Dijo: «Va a haber una tremenda lucha, que por supuesto ganaremos. No hay duda de ello. Vamos a movilizar a todo el mundo contra Hitler», y otras cosas por el estilo. Fue la primera vez que vi a un hombre cambiar la historia de su tiempo.

La segunda vez fue en 1958, cuando De Gaulle volvió para gobernar Francia. Yo viví allí durante los años 50, donde escribía, entre otras cosas, sobre la política francesa. Francia era entonces un país abatido, desmoralizado. La situación económica era de bancarrota y el Parlamento no funcionaba. Y De Gaulle se negó a aceptar esto. Decía: «Francia es un gran país, una gran civilización, y cambiaré todo esto.» Y lo hizo. Un solo hombre lo hizo. En realidad, mucha gente competente le ayudó. Pero sin él, Francia habría continuado su declive. Lo mismo pasó en Inglaterra con Margaret Thatcher en 1979. Los ingleses estaban muy desmoralizados. Los sindicatos gobernaban el país. Ella dijo: «Esto es inaceptable. Los sindicatos deben ser destruidos, o puestos en el lugar adecuado.» Y lo hizo. Como Reagan.

—Usted dice que la Modernidad, la forma de pensar moderna, está muy desacreditada. ¿Cómo puede decirse en primer lugar que la modernidad está en crisis; segundo, que no hay alternativas ideológicas; y tercero, que no hay líderes que puedan aportar nuevas ideas?

—No, no estoy de acuerdo con la idea de crisis, Esta es una noción típicamente marxista y hegeliana. En realidad podría decirse que la humanidad siempre ha estado en crisis. La crisis es un síntoma normal. No hay nada de especial en ello. No creo que haya ninguna crisis.

Todo el mundo critica la época en que vive. ¡O tempora, o mores!: es la vieja historia del mundo. Es cierto que los valores relativos están ganando mucho terreno, particularmente entre los intelectuales. Pero todavía estamos todos de acuerdo en el hecho de que matar a alguien está mal. Todavía intentamos decir la verdad. Respecto al liderazgo, es algo escaso, precisamente, porque requiere coraje, en particular, coraje moral. Y no demasiadas personas lo tienen. Muchas tienen coraje físico. Pero el coraje moral ha de ejercitarse siempre en solitario. Es más difícil. Y por eso los líderes son escasos.

Tiene un ejemplo en el Papa actual, Juan Pablo II. En mi opinión, es el mejor de muchos Papas. Estuve en Roma en el cónclave cuando fue elegido. Pensé ya entonces que se trataba de un gran hombre, metido en Dios, enviado por El para devolver el orden a la Iglesia. Eso es lo que intenta hacer, y ciertamente ostenta un liderazgo. Dice que la contracepción no está bien. Puede ser conveniente, pero no está bien. El aborto está mal. Puede ser conveniente, pero está mal. Y muchas otras cosas. Todavía cree en los valores absolutos. Ejerce un liderazgo en el mundo: la gente ve en el Papa un líder, en Filipinas, en África Central, en Brasil, en México. El liderazgo es raro, pero no inexistente.

—Usted afirma que la Modernidad se desarrolló principalmente entre 1815 y 1830. Me gustaría saber por qué, ya que normalmente se piensa que la Modernidad comienza con las reformas racionalistas, o con la Revolución Francesa, y usted ha elegido un período muy concreto del siglo XIX para escribir su libro.

—Vayamos por partes. En primer lugar, el período 1815-1830. Como digo en el prefacio de El nacimiento del Mundo Moderno —no quiero llevar esto muy lejos, porque no quiero dar la impresión de ser un escritor ideológico, cosa que no soy—, en ese período sucedieron gran número de acontecimientos importantes. Es cierto que el Mundo Moderno fue concebido en la década de 1790, que trajo consigo la Revolución industrial en Inglaterra y la Revolución política en Francia. Muchos historiadores europeos piensan que la Historia sólo se da en Europa. Si algo sucede más allá, no es realmente Historia, sino sólo un acontecimiento. Para esta gente, todo lo importante sucedió en Europa y en la década de 1780. Pero si se mira el mundo hacia Asia, Australia, África, Sudamérica y Norteamérica, se alcanza una visión completa y se ve, entonces, que fue en el período 1815- 1830 cuando sucedieron los verdaderos acontecimientos. Fue entonces cuando los Estados Unidos avanzaron desde la costa atlántica y ocuparon el valle del Missisippi atravesando las Rocosas. De ser un pequeño país pasó a ser el más extenso y en expansión. Y ése fue también el período en el que el viejo imperio de Hispanoamérica y Brasil llegó a ser independiente. En África, los europeos comenzaban a penetrar hacia el interior. Lo mismo ocurría en la India y en China. Junto a estos temas, no hay que olvidar lo que estaba ocurriendo en el terreno de las artes, de la ciencia y de la ingeniería.

—En esta época se dio el movimiento romántico. Figuras como Hegel, Beethoven, Goethe y otras influyeron mucho en toda Europa, consiguiendo cierta uniformidad cultural. ¿Puede verse en la actualidad una uniformidad similar la cultura y en la mentalidad populares?

—Es muy difícil que se dé, porque la gente tiene muchas opciones. Cuando viví por vez primera en Paris, a comienzos de los años 50, la presentación de colecciones de moda tenían lugar una o dos veces al año. Mi revista trataba de esos temas. Tenían lugar en enero y agosto. En enero se presentaban las modas de primavera y verano, y en agosto la de invierno. En aquella época si un creador —como hizo por primera vez Christian Dior en 1947— decía que se iba a llevar falda larga, cualquier mujer que en tres meses no vistiera en esa línea no estaba a la moda. Hoy en día, si una mujer no quiere llevar falda larga por tener las piernas bonitas, puede optar por la falda corta o la minifalda. Hay muchas más opciones. Y lo mismo ocurre con el arte.

—¿No cree usted que se da cierta tiranía en el campo de las ideas, ya sea por personas con poder, ya por intereses económicos? Parece que hay que seguir el tono general del ambiente, ya que de otra forma puede considerársele a uno un extraño. ¿No piensa usted que la manifestación de ideas contrarias al sentir general le lleva a uno a ser excluido?

—No estoy en absoluto de acuerdo. No es ésa mi experiencia. No me gusta ser clasificado y por ello pertenezco a una minoría: yo mismo. Cuando escribí Tiempos Modernossabía que iba contra corriente, pero decidí hacerlo. Y eso me ha dado cierta experiencia en este sentido.

Ciertamente, la gente puede quejarse de esto, pero no creo que ocurra realmente. Sólo hay que mostrar un poco de valor y luchar. Toda la Historia de la Humanidad es una lucha por imponer las propias ideas, y unas veces se consigue y otras no. Somos afortunados por vivir en una sociedad libre, porque podemos luchar. No pueden encarcelarte. Pueden fastidiarte de muchas maneras, como echarte de la televisión o negarte un puesto merecido en la universidad. Si se es lo bastante bueno y tenaz, si se presentan las propias ideas con suficiente fuerza, ellos al final te escucharán y tendrán que hacerte un hueco.

De mi libro Tiempos Modernos se han hecho ya un millón de ejemplares en quince idiomas. Un historiador checo me escribía desde Praga enfadado: «Querido profesor Johnson: hemos sufrido durante cuarenta años la tiranía del comunismo sobre la enseñanza de la Historia en los institutos. Ahora comienza otra tiranía, la de usted.»

Por tanto, la respuesta es que hay que combatir a esta gente. Una de las peores características de la inteligentsia es su afán gregario y el gusto por contemplar lo que hace el resto de la gente. Esta es la causa por la que muchos intelectuales tienden a ser individualistas y a luchar contra el orden vigente.

—Cambiando de tema, ¿podría decirnos cuáles son las principales lecciones del siglo XX? ¿Qué nos enseña este siglo?

—Una de las mayores lecciones es el imperio de la ley en las sociedades libremente organizadas y estables. Esto es muy importante en las democracias, porque una democracia puede existir en teoría, pero si no hay un imperio de la ley, entonces tenemos algo parecido a la antigua Unión Soviética, que era teóricamente una democracia, con una constitución maravillosa, quizá la mejor que se haya escrito jamás. Eso fue lo que hizo Lenin en 1917: destruir la legislación zarista. Hitler, por su parte, lo primero que hizo fue aprobar una ley que le facultaba para gobernar a su antojo.

En segundo lugar, hay que aprender sobre los valores absolutos y relativos, de los que ya hemos hablado. En tercer lugar, hay que hablar de la ingeniería social. Es la consecuencia del pensamiento de Rousseau, del que ya hablé en mi libro Intelectuales. Allí muestro la forma en que enseñó que la política es lo más importante en la vida. Rousseau creó un nuevo hombre al transformar la naturaleza humana. Esta falacia subraya otras posteriores, ya en este siglo. Una de las ideas más repetidas es que la política puede transformar la sociedad y cambiar la naturaleza humana. Es un deber del gobierno el dedicarse a este fin. Fue lo que hizo Hitler en Alemania y Stalin y Lenin en Rusia. En la ingeniería social no se trata a los seres humanos como individuos, sino como masa, como granos de arena, hormigón, madera o acero; se modela a los seres humanos para construir una nueva sociedad. Eso es ingeniería social, una noción muy perniciosa.

Hitler preparó planes colosales de ingeniería social, para ser aplicados en un amplio espacio de la Europa del Este. No pudo llevarlos a cabo porque perdió la guerra. Stalin también realizó diversos experimentos de ingeniería social. En El nacimiento del Mundo Moderno muestro los orígenes del archipiélago Gulag staliniano: las colonias militares creadas por el zar Alejandro I en las primeras dos décadas del siglo XIX. Todo el mundo se da cuenta hoy de que se trataba de algo estúpido. Pero la ingeniería social no ha terminado. Los gobiernos liberales o socialistas occidentales todavía la llevan a cabo. La mayoría de los socialistas creen todavía en esto, incluso ahora que ya no quedan marxistas. No suelen costar vidas humanas, pero sí mucho dinero, que podría gastarse de otra forma. Es como el carpintero que usa el cepillo. Sigue la fibra de la madera, no intenta ir contra ella. En ese sentido, el capitalismo y el socialismo no son simétricos.

El capitalismo es algo que se da en un determinado momento, si no se detiene. En cambio, el socialismo no es un fenómeno natural, necesita ser impuesto. El capitalismo funciona de acuerdo con la «fibra» humana, es conforme con el comportamiento del hombre. Si se pregunta: ¿Quién inventó el capitalismo?, la respuesta es simple: nadie.

Si se visita un kibbutz en Israel podrá verse uno de los escasos experimentos socialistas que arrojan buenos resultados. Algunos marchan muy bien, son muy efectivos, sobre todo en áreas desérticas. La gente allí es muy feliz, en especial cuando son jóvenes. Cuando son más mayores, comienzan a apreciar más la propiedad: una pequeña parcela, una casa que es tuya y no de la comunidad, una grabadora... Por tanto, a menos que se sea una monja, o un monje, y que se hagan votos, no sólo de castidad y obediencia, sino de pobreza, la propiedad privada es parte de la vida, constituye un aspecto de la naturaleza humana.

—Todo el mundo certifica la muerte del comunismo, pero ahora la cuestión es saber si hay otra ideología que ocupe su lugar, como por ejemplo el fundamentalismo. Se dice que hay que temer los cambios raciales en Europa, los inmigrantes, etc. ¿Qué opina de estas cuestiones?

—Pienso que el fundamentalismo no es una ideología nueva. Es un concepto judío, aplicado a la gente que cree en su religión. Desde ese punto de vista, el Papa Juan Pablo II es fundamentalista, ya que afirma que todo lo que la Iglesia Católica ha enseñado durante estos siglos es verdadero, cierto y debemos prestarle obediencia. En este sentido, es un fundamentalista, pero yo diría simplemente que es un buen católico. Es ilógico decir: un checo puede ser un buen musulmán sin ser fundamentalista. No puede serlo. Sólo puede ser un buen musulmán quien cree actualmente en su fe. Una persona que no cree en los diez mandamientos, en la virginidad de María y en la humanidad y divinidad de Jesucristo, aunque se autodenomine católico liberal, no es tal. No es católico en absoluto, ya que no cree en los fundamentos de su fe.

Respecto al otro tema, todo el mundo sabe que el marxismo ha muerto. Pero todavía hay gran número de profesores marxistas en las universidades. En Inglaterra decimos que las universidades en general —y Oxford en particular— son los hogares de las causas perdidas. Las demás ideologías intentan ocupar su lugar combinando una serie de elementos que las dotarán de autenticidad política, como el medio ambiente, asuntos sexuales, raciales, sanidad, etc. Pero la gente no se deja dirigir en sus creencias. Nadie puede obligar a nadie a creer en algo. Parece como si se esperara la llegada del «deus ex machina» que proclame la nueva verdad, la nueva fe.

Hay un vacío; la gente necesita creer en algo. En otras épocas creían en una religión, ahora piensan que no pueden creer en una religión. Es intelectualmente indigno creer en Dios. Por tanto, deben creer en cosas más ridículas. G. K. Chesterton dijo una vez: «cuando la gente dice creer en Dios pero no creen en nada, entonces pueden creer en cualquier cosa». Hay que dar a la gente, sobre todo a los jóvenes, algo verdadero en que creer, de tal manera que la razón ocupe el vacío de sus mentes y no sean víctimas del primer charlatán que llegue.

Si dejamos a un lado los valores relativos, reconoceremos que la religión es una cuestión de disciplina. Es algo en lo que se cree y que se practica. Recitar una oración dos veces al día, recibir regularmente los sacramentos y hacer de ello algo que dé una significación plena a tu vida, examinar tu conciencia al final del día para descubrir si hemos hecho algo mal o hemos dejado de hacer algo positivo. Todo esto es una disciplina ética y moral muy buena.

—Si los intelectuales influyen tanto como creen, ¿qué piensan de estos temas y cómo los argumentan en su pensamiento, o en sus obras?

—Éste es uno de los temas de mi libro Intelectuales. Una persona puede tener una vida pública excelente, pero una vida privada horrible. Sin embargo, si se mira caso por caso puede encontrarse muchas veces, aunque no siempre, que si hay algo radicalmente equivocado en la vida privada, eso mismo adquirirá un reflejo en la doctrina pública. Esta idea la demostré en los casos de Rousseau, Shelley, Marx, Ibsen, Hemingway y muchos otros. Hay una conexión. Un filósofo cuyo pensamiento se mantiene verdadero durante cientos de años, supera la prueba del tiempo. Un claro ejemplo es Tomás de Aquino. Era teólogo, pero carecía del defecto característico de los teólogos: el orgullo. Un buen ejemplo lo tenemos en Hans Küng. Es un buen amigo mío, le conozco bien, y por eso puedo decir que es una persona muy orgullosa. Cree saber lo que es mejor para la Iglesia. Tomás de Aquino, por el contrario, era una persona muy humilde. Carecía de este defecto característico. Esa es la razón por la que la gente lo lee todavía.

—Los intelectuales de izquierdas podrían responder que a ellos les gusta que las malas vidas de Marx, Nietzsche y otros influyan en sus ideas. Algunos defienden el relativismo diciendo que si eres una buena persona y crees en algo que se refleja en tu pensamiento, tienes que defender esa verdad.

—Hay una cosa que he aprendido al escribir Historia, y se refiere a la evidencia científica. Lo he aprendido de Karl Popper. Suele decir que una razón hizo de Einstein un gran hombre. Cuando construyó su Teoría General de la Relatividad dio tres pruebas absolutamente esenciales, empíricas. Y tuvo que admitir las tres, y no sólo una, como pretendía. Si no se hubieran admitido las tres, su teoría sería inútil. Esto es algo muy raro. Este es un verdadero método científico. Popper dice que el verdadero científico, cuando construye una hipótesis, tiene que distanciarse de ella, como si fuera ajena. Ese científico buscará cuidadosamente las evidencias que probarán su hipótesis. Si esa evidencia no se encontrara, debe descartar la teoría, o reescribirla, o comenzar otra nueva.

—,Por qué ha escrito sobre el fenómeno judío?

—Cuando escribí mi Historia del Cristianismo, me pregunté cómo era posible para un católico como yo leer, estudiar y escribir sobre la Historia del Cristianismo, con todas las cosas terribles que sucedieron en ella, sin perder la fe. Pero tenía que hacerlo, porque, como solía decir un jesuita, profesor mío de Historia en el colegio: «La fe es la verdad; por tanto, no hay nada que temer de la verdad histórica.» Como dijo el Señor en el Evangelio de San Juan: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.» Van juntos. No hay que temer nunca el que la investigación de la verdad te haga perder la fe. Al contrario, esa actividad realmente refuerza tu fe.

Eso fue lo que me pasó al escribir sobre el Cristianismo. Al escribir su Historia, descubrí una influencia del judaísmo mayor de lo que pensaba. Por tanto, aproveché la oportunidad de escribir una Historia de los Judíos, que me resultó muy interesante. Descubrí que los judíos han contado desde siempre con muy buenos historiadores —no hay más que ver los libros de la Biblia—. Pero tienen un gran complejo a la hora de escribir una gran historia de la actualidad. Temen ser criticados. Descubrí también que multitud de jóvenes judíos desconocen hechos fundamentales de la Historia de su pueblo. Mi libro afortunadamente fue bien recibido, hasta el punto que se regala a los jóvenes judíos cuando llegan a la pubertad. Es un simple ejemplo de cómo los historiadores pueden ser útiles.

—Qué es Paul Johnson: neoliberal, neoconservador, o liberal-conservador? ¿Cómo explicaría su propia evolución intelectual?

—Mis padres eran conservadores: mi padre era tory, y mi madre liberal. Fui educado de forma muy estricta, católica, en un colegio de jesuitas. Cuando pasé a la universidad y más tarde en el servicio militar, yo no era nada conservador. Después fui a vivir a Francia, donde estuve varios años y donde conocí a varios políticos, socialistas radicales. Cuando regresé a vivir a Inglaterra, me afilié al Partido Laborista. Pero los sindicatos me hicieron cogerle antipatía a esta formación política. Comprobé que el colectivismo no funcionaba. Desde ahí fui derivando hacia posiciones conservadoras, atraído por la figura de Margaret Thatcher. Aunque no totalmente inteligente, es humilde. Tenía algo que es muy raro en política: unas pocas ideas claras y una tremenda voluntad de ponerlas en práctica. Thatcher es una excelente líder política. La seguí cuando llegó a ser primer ministro.

—Cuá1 es su próximo libro? ¿Qué está preparando ahora?

—Estoy escribiendo para mi editor de Nueva York una Historia del pueblo de los Estados Unidos, desde la fundación hasta la actualidad. Llevo trabajando en él cerca de tres años y espero finalizarlo antes de que acabe el año.



Publicado en el nº 16 de la revista Atlántida
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