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PLURALISMO Y ABSOLUTO (Hervé Pasqua)

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PLURALISMO Y ABSOLUTO

PLURALISMO Y ABSOLUTO


Se relaciona el pluralismo con el problema eterno de los universales. Podríamos resumirlo así: ¿En qué parte está la realidad? ¿En la universal o en la singular? La única solución aceptable es, como veremos, la que se somete a lo real.

Por Hervé Pasqua *
Arvo Net, 22/06/2006
 

La Edad Moderna se define por el proyecto de una civilización universal que tendría al hombre como centro y cima. Las nociones de progreso indefinido, de sentido de la historia, de dominio de la naturaleza son los puntos claves del humanismo antropocéntrico que nace de él. Ahora bien, es un hecho que este proyecto universalista ha desembocado en el totalitarismo y en la muerte del hombre. Nadie ignora que la existencia del «gulag», del sistema totalitario soviético, ha provocado, en pleno siglo XX, una grave crisis de conciencia. Hoy, las ideologías se derrumban, los modelos se hacen añicos. Nos encontramos ante el fin del marxismo, del estructuralismo, del psicoanálisis, del racionalismo, del utopismo revolucionario. Es el desconcierto intelectual, la crisis.

Esta crisis da lugar al estallido del pensamiento. Los valores clásicos de identidad, orden, organización, centralismo, ceden ante la indiferencia, el desorden, la fragmentación, la periferia. El sentido se multiplica, la razón pierde su estructura, y su fin es el de desconstruir. En consecuencia, se pierden las referencias estables y universales en favor de lo aleatorio, de la pulverización de lo real. ¿No será ésta la causa de la desaparición del consenso general, de la permanente disensión, de la situación conflictiva y de la violencia destructora que caracterizan a los últimos años de nuestro siglo?

André Glucksmann ha escrito: «Veo en la destrucción de todas las referencias, de todos los valores ancestrales el arma de los poderes modernos. Cuando las personas pierden sus raíces se aterrorizan, y cuando están aterrorizadas se adhieren a la religión de la guerra». Este texto pone de relieve que la religión de la guerra nace de la supresión de todo lo universal y que sin universalidad no puede existir un campo de alianza entre los individuos. El atomismo se impone como el pensamiento de la época nuclear.

El atomismo teórico se traduce en la acción por el pluralismo. ¿Qué es el pluralismo? «Digamos, primero -escribe Georges Cottier-, que el pluralismo es un concepto de orden político. Significa que no es competencia de la autoridad política cercenar, en lugar de la persona, las cuestiones decisivas que comprometen su destino espiritual. En este sentido, el reconocimiento político del pluralismo es un principio antitotalitario» ". El pluralismo aparece aquí en su aspecto positivo, pues permite destronar a la ideología totalitaria. Es, igualmente, una réplica a los pensamientos regionales que se presentan como pensamientos planetarios. En este sentido, el pluralismo, al defender las verdades particulares, desabsolutiza las pretensiones universalistas de las teorías de tipo marxista; sin embargo, esta vuelta a los valores concretos y a la existencia individual, positiva en sí misma, ¿no corre el riesgo de producir la atomización de la sociedad? El rechazo de lo universal, ¿no acarreará fatalmente el conflicto entre realidades irreductiblemente opuestas entre sí? Estas preguntas merecen ser planteadas, pues relacionan el pluralismo con el problema eterno de los universales, formulado por vez primera por Porfirio. Podríamos resumirlo así: ¿En qué parte está la realidad? ¿En la universal o en la singular? La única solución aceptable es, como veremos, la que se somete a lo real.

Intentemos responder a esta pregunta para delimitar el sentido del pluralismo. El hombre moderno, confinado en un universo del que se ha desterrado toda idea de valor trascendente, ha perdido su modelo. Suspendido en el vacío, su última esperanza es la de aferrarse a sí mismo. Su propio yo se convierte en su último recurso. Entonces, el individuo, totalmente absorbido por sí mismo, se torna medida de todas las cosas y se pone como absoluto. Ahora bien, hacerse absoluto es separarse, alejarse de los otros: abstraerse. Es querer ser el único. Una sola opinión cuenta desde ahora: ¡la mía! Y no hay otra referencia válida para todos. La verdad se identifica con la subjetividad. Ésta trae consigo una opción exclusivamente personal y acaba por confundirse con la pura y simple espontaneidad. Así, la sensación se hace criterio de lo verdadero, el cuerpo principio de todo valor y el placer norma del bien.

El subjetivismo alcanza su apogeo cuando el aislamiento es total. Esto nos permite comprender que al generalizarse, necesariamente, trae consigo conflictos. Cuando nada es verdadero ni falso, ni bueno ni malo, ha dicho Albert Camus, se impone una regla: la de mostrarse lo más eficaz posible, es decir, lo más fuerte. El mundo no se dividirá en justos e injustos, sino en maestros y esclavos. Callicles, antecesor de Maquiavelo, afirmaba que es preferible cometer una injusticia antes que sufrirla. Quería decir con esto que la justicia se identifica con la voluntad del más fuerte. Dicho de otro modo, el mejor es aquel que predomina sobre los otros: el éxito se convierte en criterio de la verdad.

En consecuencia, lo verdadero es lo útil y lo que triunfa. Entonces, una mentira será verdadera en tanto sea útil. La eficacia pragmática y el utilitarismo se reúnen con el oportunismo maquiavélico. Absolutizado, el individuo se absuelve de cualquier reproche moral. Al estar en posesión de su propia ley, puede imponer, sin escrúpulos, sus deseos y crear en torno a él un clima de miedo e inseguridad. Ante una agresividad creciente, el miedo aumenta y uno termina por ampararse tras su propio yo, en el que busca, en vano, un refugio. De esta manera, la soledad se multiplica. Tal es la razón del individualismo. Esta vuelta a uno mismo, este subjetivismo sin límites, explica que el momento de desarrollo sin precedentes de los medios de comunicación coincida con la tragedia de la separación e incomunicación entre los seres. Fragmentación de la sociedad y diseminación de los individuos: ¿pueden ser éstas las características de la era atómica?

El respeto por los múltiples puntos de vista es un aspecto positivo del pluralismo. Esto último, sin embargo, encuentra su límite en lo absoluto, que no puede ser objeto de una opción. Pero, por otro lado, este absoluto no sabría ser totalitario, es decir, no podría negar lo singular, como es el caso del platonismo y del pensamiento que de él depende. Sabemos que para Platón sólo existen las Ideas, que son abstracciones realizadas frente a las cuales
los individuos no son más que sombras irreales. Con el paso del tiempo las Ideas han sufrido distintas metamorfosis. Sucesivamente, éstas han sido: Concepto (Hegel), Pueblo (Michelet), Humanidad (Comte), Sociedad (Durkheim), Clase (Marx), Partido (Lenin), Raza, Naturaleza... Sean lo que sean, la realidad singular siempre debe borrarse ante las realidades colectivas, estas totalidades indeferenciadas, imágenes vivas del perfecto Repliegue sobre uno mismo, en el cual todo comulga con todo sin identificarse con nada.

En esta perspectiva no hay más que una realidad que se modifica con el infinito. La diferencia entre los seres es sólo una ilusión. Sólo el Ser Todo existe. Existe al desplegarse y al replegarse sobre sí mismo, como un acordeón. Por eso, para Heidegger, el Ser es un Pliegue que se despliega y repliega sin fin. Los seres aparecen en la apertura por la cual el Ser escapa de sí mismo y se dispersa en la multiplicidad. Esta filosofía se acerca a la de Plotino, para quien la escala de seres es sólo un descenso hacia lo múltiple, un éxtasis catastrófico por el que el universo se hace al deshacerse. Los seres, según esta perspectiva, son falsos seres, aspectos del Ser a la deriva. El Ser, desde ese momento, sólo es un abrirse. Vemos así el grave peligro en que pone la vida individual un pensamiento que identifica al Ser con Todo, con el Género.

Si, efectivamente, sólo existe la Realidad Total que se altera sin cesar, que es siempre otra, que nunca es la misma, entonces, la existencia se convierte en alienación y se reduce a un sistema de relaciones en donde todo está unido con todo, en donde uno no existe más que por el otro, en una solidaridad ontológica que le impide la identidad personal. Así, para Emmanuel Lévinas, la totalidad se abre infinitamente al otro, el Ser tiene siempre el rostro del otro. Esto último es el motor de la búsqueda infinita de un más allá inaccesible. La afirmación del otro aparece, con frecuencia, como el medio de escapar a la totalidad homogénea e indiferenciada del ser constituido en Género. Ahora bien, esto ocurre en detrimento de la trascendencia, que ya no es la trascendencia del Ser, sino la Alteración ininterrumpida de lo Mismo.

Decíamos que el límite del pluralismo auténtico es lo absoluto y que este absoluto no podría ser totalitario. Pues bien, no debemos confundir el Ser con el todo. En efecto, el verdadero universal no es la negación de lo particular, porque sólo lo particular existe, como ya lo dijo Aristóteles. De esta afirmación, «sólo el individuo existe», los nominalistas han llegado, de forma abusiva, a la conclusión de que no hay universalidad sino sólo generalidades, grupos de individuos que se parecen. La verdad, según esta óptica, pierde su dimensión universal y necesaria. Adquiere un valor acumulativo y
se convierte en el mayor número de opiniones semejantes. Demócrito decía que «¡la opinión de todos debe ser la opinión de cada uno!». La verdad se vuelve, de esta manera, un asunto de estadísticas, el saber se identifica con una totalización de conocimientos y el progreso científico con el crecimiento del saber. De ahí viene la tentación del enciclopedismo, del sincretismo, que no es más que la confusión entre Totalidad y Unidad.

Pero, ¿podemos medir la verdad en número de votos? Si esto fuera posible, nos hundiríamos en el subjetivismo más etéreo. Ahora bien, no es difícil rechazar esta consecuencia. La miel es dulce para los sanos y se vuelve amarga para los enfermos. Imaginemos que, salvo dos o tres, todos estuvieran enfermos. Aquéllos, al sostener que la miel es dulce, serían tomados por locos por la mayoría, que considera que la miel es amarga. Pero el cuerdo se conformará con la realidad, incluso si el resto piensa lo contrario. Esta observación es suficiente para hacernos concluir que no todos los puntos de vista son válidos. «Es estúpido dar el mismo valor a las opiniones e imaginaciones de los que están en desacuerdo -decía Aristóteles-. Está claro, de hecho, que necesariamente unos u otros se equivocan» 12. En otros términos, es absurdo afirmar que la verdad equivale a la totalidad de opiniones ya que, desgraciadamente siempre habrá opiniones opuestas. Sin embargo, todo no puede ser lo contrario de todo porque, en ese caso, ¡el ser se confundiría con la nada, lo justo con lo injusto, lo verdadero con lo falso!... Esto es absurdo. Los opuestos no pueden coincidir, es imposible. Hay que reconocer, entonces, que la verdad no puede ser una opinión, que supera la totalidad de lo impersonal y que el conjunto de los seres que componen el universo no vienen del universo: que hay más que el Todo.


Si no existiera una verdad universal, válida en todo momento para todos y siempre, nos hallaríamos en un mundo de mónadas, sin puertas ni ventanas. No sería posible comunicación alguna entre los seres si no existiera nada común en un universo fragmentado en el que reinara la discontinuidad. El ser se vería atomizado. Este atomismo metafísico conduciría al aislamiento de los individuos, a la separación de los átomos. El razonamiento acerca de lo real estallaría. La verdad, al dejar de ser universal, se convertiría en una verdad «a la carta», realizable por encargo. Sería una verdad relativa al gusto de cada uno. La opinión de cada individuo se afirmaría como absoluto, al pretender, cada uno, ser único. Esto conduciría, finalmente, a una diáspora de lo absoluto. Éste es el destino del hombre, desligado de la trascendencia, abandonado a él mismo, en libre caída en un universo en fuga en el que todo se aleja. De ahí este romanticismo negro, esta cultura de muerte, según los cuales existir es sufrir, verse sacado de sí mismo, expulsado de su propia casa. Exiliado por las fuerzas del mundo que lo deshace, el hombre no sería ya más que un ser-para-la-muerte.

Hemos visto que el pluralismo se sitúa en un cuadro de pensamiento que oscila entre el frío universal -que se traduce en la descomposición del individuo- y su exaltación -que conduce a una atomización del mundo-. Se trata, lo hemos dicho, del inevitable problema de los universales. Esto puede ser visto de manera positiva solamente si distinguimos Totalidad y Unidad. La totalidad reduce todo a sí mismo, es una soldadura universal. La unidad conduce más allá de uno mismo, porque ella es la unidad del ser sin la cual los seres no existirían. El fundamento del pluralismo debe buscarse, por tanto, en la unidad del Ser trascendente. En estas condiciones, el individuo singular escapará a la aniquilación, la absorción en el Todo y las mentiras y los falsos absolutos, los universales falsificados que el totalitarismo ha labrado para perderlo. Si la Totalidad acaba con la vida, la Unidad la jerarquiza y la eleva hacia el Ser. El hombre, en ese caso, deja de parecer un ser-para-la-muerte y descubre su vocación por lo Eterno. Por su referencia a lo Eterno, el pluralismo adquiere todo su sentido porque, entonces, puede unirse a los valores milenarios e invariables, que son como esas estrellas fijas que nos guían en nuestra noche.
 
* Hervé Pasqua, Opinión y verdad
Ed. Rialp, Madrid 1991, pp. 54-63.
Ed. Electrónica autorizada para Arvo Net, junio 2006.
 

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