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MITO, CULTO Y ÉTICA (Robert Spaemann)

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LA CULTURA EUROPEA Y EL NIHILISMO BANAL

MITO, CULTO Y ÉTICA





Si Europa no vuelve a encontrar la perla preciosa que constituía su núcleo central, acabará convirtiéndose en el lugar más privilegiado del planeta para asistir a la desaparición del hombre.



LA CULTURA EUROPEA Y EL NIHILISMO BANAL,
O LA UNIDAD DE MITO, CULTO Y ÉTICA
*

 

Robert Spaemann

(Traducción del alemán: José María Barrio Maestre)

 

La naturaleza del hombre, su humanidad, no es algo meramente natural; podría decirse que no brota espontáneamente “de la naturaleza”, o de sí misma. Como decimos en alemán, los hombres tienen que “dirigir su vida” (Leben führen). Ser hombre significa dar forma, conformar la propia vida. Esto se consigue solamente cuando la vida posee un contenido que sobrepasa la conservación de sí misma y la reproducción de la especie. Un contenido que supera al propio hombre. El hombre es un ser que se autotrasciende. Necesita algo por lo que merezca la pena vivir. El corazón vuelto hacia sí mismo, del que habla San Agustín (cor curvatum in se ipsum) ya no es humano en un sentido propio. Pues bien, lo que denominamos cultura es la caracterización de la vida de una comunidad por medio de tales contenidos que la estructuran y le dan un sentido.

Todos esos contenidos son al fin y al cabo relativos. Lo que constituye el único objeto adecuado de la propia trascendencia lo denominamos Dios. Friedrich Nietzsche consideraba la idea cristiana del amor divino como la más elevada de la humanidad precedente, porque enseñó al hombre a dirigirse a algo que es más grande que él, y porque de esta manera el hombre aprendía a crecer asimilando lo otro-que-él. Solamente de ese modo el hombre se humaniza en sentido propio. En este sentido escribía Andrej Sinjawski, en relación con la situación degradante del gulag siberiano: “¡Ya basta de pensar tanto en el hombre! ¡Es hora ya de pensar en Dios!”

Nietzsche pensó en la muerte de Dios e ideó la noción del superhombre para llenar el vacío que aquélla dejó, como equivalente funcional de la idea de Dios. Como ha ocurrido con todas las utopías de la época moderna, la utopía del superhombre constituía el sucedáneo de la religión. Las utopías debían buscar en un mundo futuro lo que los hombres habían proyectado en el cielo hasta entonces, tal como preconizaban Feuerbach y Marx. El sentido de la actuación humana debería satisfacerse finalmente en un futuro terreno de la humanidad. El hombre no es digno de respeto “en su estado actual”, según Marx; sólo el hombre del futuro lo será. Pero, ¿acaso ha de ser mejor el hombre tan sólo porque esté mejor? El futuro sería el opio del pueblo. Las utopías proyectan arbitrariamente en un futuro terreno indeterminado tan sólo un pálido reflejo de aquello que para el hombre creyente es presencia viva. Dios es presencia viviente. Y el futuro mundo de Dios proyecta su potente luz sobre la vida cotidiana del hombre en los tiempos cristianos, no sólo en Navidad y Pascua, así como tampoco únicamente en los domingos, si bien mucho más en esos días.

Ese resplandor debía penetrar suficientemente la cotidianeidad humana, arrancándola de la banalidad. Incluso hacía de la pobreza una “pobreza más noble”, en palabras que empleó Juan XXIII para referirse a su infancia. La presencia del mundo divino en el humano asimismo significa que el trabajo, que todo lo que se hace de bueno y de bello, se justifica no sólo por sus ulteriores resultados, sino que tiene ya, aquí y ahora, un sentido, toda vez que “está realizado en Dios”, tal como se dice en la Biblia. Mas tanto la fiesta como el trabajo constituyen elementos de la cultura humana, en la que lo festivo, por cierto, tiene preeminencia. Las fiestas recordaban siempre el sentido presente del todo[1].

La utopía moderna sustituye la esperanza en la vida divina inmortal por la perspectiva de unas mejores condiciones de vida terrena que se extienden hasta las generaciones venideras. Para eso es preciso transformar la sociedad en una organización racionalizada que ha de producir esas mejoras. La vida presente ya no posee un sentido de eternidad en sí misma, aunque se viva de forma buena y correcta. La cultura ya no existe propiamente; más bien consiste en el resultado futuro del trabajo presente. Tampoco hay nada realmente que celebrar. En el lugar de la fiesta se introduce el ocio. En todo caso, la utopía no puede hacer visible de qué manera pueden mejorar las condiciones de vida en el futuro ni cómo puede conjurarse su carácter anodino y banal.

Entre tanto, la utopía ha muerto. Más muerta de lo que estaba ya Dios. Se ha demostrado que la organización de la sociedad al servicio de la utopía, más que favorecer dificulta las mejoras materiales. Pero, ¿qué queda si el sucedáneo de la religión se demuestra ilusorio? Naturalmente, esta cuestión insinúa la vuelta desde el sucedáneo hasta el original. Ahora bien, volver a Dios nunca sucede de manera automática. Esta es siempre la consecuencia de un ponerse en marcha cada hombre. Para ese viaje siempre hay una alternativa. ¿Cómo se ve hoy esa alternativa? En lugar de la utopía como sucedáneo de la religión, hoy irrumpe una antiutopía radical que rechaza el pensamiento de la trascendencia del hombre. Un prestigioso filósofo americano del momento, Richard Rorty, ha descrito recientemente esa antiutopía. Se trata del retrato robot de una sociedad liberal en la que han desaparecido las pretensiones de carácter absoluto, tanto en el terreno cognitivo como en el ético y religioso, y en la que “nada se considera más real que el placer y el dolor”. En los asuntos humanos toda gravedad es ilusoria. Ya nada hemos de tomarnos en serio. La ironía es el logro más relevante de la cultura. Por lo demás, lo que queremos es sentirnos bien, eso es todo. En lugar del nihilismo heroico, irrumpe lo que quisiera denominar aquí “nihilismo banal”.

Nietzsche ya había caracterizado anticipadamente y con clarividencia ese nihilismo banal hace cien años. Él hablaba, a este respecto, del último hombre. “¿Qué es el amor? ¿Qué es la creación? ¿Qué es el destino? ¿Qué es el anhelo? ¿Qué son las estrellas? –pregunta el último hombre guiñando el ojo. ―La tierra se ha empequeñecido, y sobre ella retoza el último hombre, que todo lo empequeñece... ―Hemos encontrado la felicidad –dicen los últimos hombres guiñándose el ojo. Han abandonado la tierra inhóspita para habitar en lugares amenos. Aún se aprecia al vecino y se mezcla uno con él, pues es necesario el calor de la acogida... Un poco de veneno de vez en cuando: esto produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para lograr una muerte agradable. Aún se trabaja porque el trabajo entretiene. Pero se procura que el entretenimiento no dañe. Ya no habrá más pobres ni ricos: ambas cosas son igualmente molestas. ¿Quién querrá gobernar aún? ¿Quién querrá aún obedecer? Mandar y obedecer es oneroso. Ningún pastor y ningún rebaño. Todos quieren lo mismo. Cada uno es igual al otro. Quien piensa de otra manera termina yendo voluntariamente al manicomio... Hay un pequeño placer para el día y otro para la noche, pero lo importante es la salud. ‘Hemos encontrado la felicidad’, dicen los últimos hombres guiñándose el ojo”.

El último hombre de Nietzsche: la encarnación del nihilismo banal. A esto hoy se le llama “liberalismo”, y este liberalismo tiene dispuesto un vocablo intimidatorio para todo aquello que no se le somete: “fundamentalismo”. Un fundamentalista, en este sentido, es todo aquel que toma en serio algo que le parece no estar completamente a su disposición. Para el liberalismo banal, la libertad es multiplicar las posibilidades de opción, pero sin admitir que una de ellas valga realmente la pena de manera que obligue a renunciar a las demás. El Evangelio, en cambio, habla de una opción de este tipo: el tesoro escondido en el campo, o la perla preciosa, por la que quien la encuentra vende todo lo demás.

Ese tesoro fue el que nutrió la cultura europea. Quienes para obtenerlo vendieron todo lo que tenían fueron los santos. De todos modos, la Europa cristiana no se componía predominantemente de santos. Más bien al contrario. Sin embargo, mientras existió esa Europa cristiana no había duda de que los santos habían escogido la mejor parte. Ellos eran quienes al fin y al cabo mejor representaban los parámetros de valor vigentes. Al perder ese tesoro, a Europa sólo le queda el nihilismo banal, es decir, el final de toda cultura que merezca ese nombre.

No obstante, si estuviera previsto en el plan de Dios que la Iglesia vuelva a constituir en Europa una fuerza cultural determinante, sólo entonces se haría visible como refugio de quienes huyen de la banalidad, como la auténtica alternativa, como lo realmente otro que la civilización banal, esto es, como la Iglesia de los Santos. La renovación cristiana de Europa no saldrá de simposios ni de congresos, ni siquiera de oficinas de planificación, academias católicas o facultades de teología, ni tampoco de instituciones de carácter socio-pedagógico, que ya desde hace bastante tiempo carecen de suficientes cristianos creyentes para poder trabajar con auténtico espíritu cristiano. Una Iglesia adaptada al espíritu de los tiempos interesará cada vez menos en el futuro. Los momentos de mayor auge cristiano siempre han ido precedidos de períodos de repliegue, de tomar distancia y de volver al discernimiento. Sin el repliegue de San Benito en la soledad de Subíaco no se habría convertido este santo en el patrón de Europa. La renovación católica que produjo, a comienzos del siglo XX, el retorno masivo a la Iglesia de intelectuales y artistas, no fue resultado del catolicismo ilustrado del siglo XVIII; fue más bien consecuencia del Syllabus de Pío IX, que desafió al liberalismo religioso del siglo XIX que pretendía arrojar temporalmente a la Iglesia en una especie de guetto. En cualquier caso, el destierro temporal en el llamado guetto es patentemente un punto de partida menos inoportuno para la evangelización que el acomodo al espíritu de los tiempos, actitud en la que la sal se va volviendo insípida.

Si la presencia de lo divino en la sociedad representa el núcleo central de toda cultura auténtica, en ese caso el servicio cultural de la Iglesia en Europa consistirá, en primer término y antes que nada, en exponer dicha presencia. Que la Iglesia tenga para la cultura europea un significado decisivo dependerá entonces de que sea ella misma por entero, y de que tanto en la doctrina como en el culto y en la ética conserve su identidad, o la recupere. Esta presencia tiene una doble forma, una de carácter cognitivo y otra práctico: el mito y el ethos. La fuente en la que ambos beben es el culto, la ofrenda cultual, es decir, el sacrum commercium, el sagrado intercambio entre mundo divino y humano.

Por mito entiendo una interpretación de la realidad que fundamentalmente difiere de la interpretación científica. La ciencia siempre presupone el mundo como un todo en el que cabe identificar legalidades uniformes. Cuando la ciencia natural relata historias –por ejemplo, la evolución del universo material– entonces se maneja con reconstrucciones hipotéticas basadas en determinados datos iniciales y en leyes de la naturaleza conocidas. El mito es, por el contrario, una historia transmitida que precede a cualquier teoría. Se ocupa del mundo en su totalidad como acontecimiento singular, de su origen y destino, de su necesidad de fundamento suficiente y de las vías para dar cuenta de su constitución. Toda auténtica cultura presupone una cierta narrativa que explique el mundo en su totalidad. El mito cristiano comienza con la creación del mundo. En el punto central se halla la irrupción de Dios en él, en la figura de Jesús de Nazaret, su nacimiento de una virgen, su muerte en la Cruz bajo Poncio Pilato, y su resurrección corporal.

En contraste con los mitos paganos, el cristianismo entiende su mito como verdad histórica, es decir, como algo que puede expresarse en proposiciones capaces de verdad. La fe de la Iglesia se articula en tales propuestas, esto es, en dogmas. En Europa se invocó la verdad para desatar sangrientas guerras fratricidas, hasta que prevaleció el principio de tolerancia, que Thomas Hobbes formulaba de esta manera: non veritas, sed auctoritas facit legem (es la autoridad, y no la verdad, la que hace la ley). Entre tanto, la Iglesia ha comprendido la verdad que le ha sido confiada como algo en cuya esencia está el que sólo puede abrazarse mediante la libre adhesión, por lo cual su anuncio no debe hacer peligrar la paz pública. Mas esto no obsta en nada el carácter absoluto que invoca para sí ese anuncio. Hoy, como ayer, la Iglesia sólo puede ver en el liberalismo religioso un oponente enfrentado a su pretensión. Así lo veía John Henry Newman. Sólo con esta condición puede el cristianismo ser el fermento de la cultura europea, o volver a serlo, pues el relativismo y el escepticismo representan no sólo la muerte espiritual del alma, sino también la de cualquier cultura viva. Pero sobre todo de la europea, ya que Europa no puede relativizar su mito como si se tratara de un particularismo regional sin renunciar por completo a él. O Cristo ha nacido realmente de una virgen y resucitado de la muerte, o de lo contrario Cristo no existió realmente. No hay una tercera posibilidad (tertium non datur). Puesto que está vinculada a la verdad, la cultura cristiana de Europa es esencialmente de carácter universal, y por ello misionera en relación con su núcleo de fe. El cor curvatum in se ipsum de un eurocentrismo que se relativiza a sí mismo acabaría destruyendo la cultura europea.

La representación del mito no tiene lugar a través de medios anónimos, sino primeramente por la narración boca a boca entre hombres reales, y en segundo lugar –y sobre todo– a través del culto. Lex orandi lex credendi[2]. El sacrum commercium de la realidad divina y humana se verifica en la celebración ritual. “Déjanos participar, por el misterio de este agua y este vino, en la divinidad que se ha humillado hasta asumir nuestra humana naturaleza”: así reza diariamente la Iglesia Católica en su antigua liturgia del Misal Romano[3]. (No es concebible que precisamente este texto haya desaparecido en la reforma litúrgica).

El culto cristiano es la representación de un sacrificio. La víctima representa la real y violenta negación de la autoafirmación de lo finito frente a Dios. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”, dice Cristo al comienzo de su Pasión. La víctima del Gólgota cancela, así, todos los altares y víctimas propiciatorias de la historia, ya que supone el cumplimiento del propósito de esos altares. En el centro preciso de la ofrenda cultual de la Iglesia se sitúa la Transustanciación, el paradigma de todo el arte europeo que iba más allá del mero entretenimiento. Durante más de mil años la celebración de este culto –núcleo central de la cultura artística y del continente– fue incesante fuente de inspiración para las artes plásticas, la poesía y la música hasta mitad del siglo pasado. Habría que meditar por qué esa fuente de inspiración se ha secado repentina y completamente desde los años 60.

Que la renovación interior de la Iglesia tenga auténtica relevancia cultural depende, en primer término, del restablecimiento de una celebración de la Misa en que se destaque de forma inequívoca el carácter del misterio, el del sacrificio y el de la plegaria. Para eso es preciso que de esa celebración puedan expurgarse muchas arbitrariedades. Una gran obra de arte nunca es arbitraria[4]. A ello también contribuiría que se descarte la posibilidad de transformar la celebración de la Misa en un evento socio-pedagógico. Esto podría lograrse, ante todo, restableciendo la orientación común de la plegaria del sacerdote y el pueblo. La generalización de los altares coram populo [orientados “de cara al pueblo”] anula la diferencia entre altar y púlpito. Y si el micrófono llega hasta el altar, casi inevitablemente se produce la impresión física de que el sacerdote es una animador que desea llevarnos a la oración mediante algo distinto de aquello que a él mismo le lleva a rezar[5].

Por otro lado, la lengua latina –la que exige el Concilio Vaticano II como verdadera lengua litúrgica– supone para Europa occidental y central una contribución esencial para la unidad de la Iglesia europea y para la unidad de nuestra cultura. En mi ciudad sólo se encuentran juntos los domingos, como católicos, alemanes, franceses, polacos, rumanos e italianos donde se celebra una Misa en latín, mientras los paisanos del lugar se desperdigan por todas partes para la celebración litúrgica. Sólo menciono algunos detalles para subrayar que algo habría de cambiar para que la celebración del misterio de nuestra salvación vuelva a ser el centro de la vida cultural de Europa.

En el cristianismo el culto ritual es símbolo de la vida ética del cristiano como “culto interno”, y la Transustanciación representa el más profundo punto de partida para la trascendencia y la humanización de la naturaleza. Sobre ello descansa, por otro lado, toda cultura. El sacrum commercium del mundo divino y del humano tiene su correspondiente análogo en el sacrum commercium de espíritu y naturaleza en el hombre mismo. La moderna civilización cientifista contrapone la res cogitans y la res extensa, siguiendo a Descartes. De un lado hay un sujeto abstracto llamado “la ciencia”, y de otro el mundo natural en su conjunto, que queda reducido a mero objeto de esa ciencia. Pero ya no puede hablarse de cultura cuando el espíritu carece de la dimensión natural, y cuando la naturaleza está desprovista de espíritu. Cultura quiere decir originariamente agricultura, es decir, ennoblecimiento de la naturaleza. La civilización cientifista acusa una tendencia tanto al espiritualismo como al materialismo, enemigos ambos de la cultura. La lucha de la Iglesia católica por una concepción espiritual de la naturaleza humana y una concepción natural de la personalidad humana, contrarresta esa descomposición y representa la más importante contribución práctica del cristianismo a la conservación de la cultura humana.

Esa resistencia se manifiesta por igual en la batalla contra el aborto y en la batalla contra la eutanasia, la contracepción y la fecundación in vitro. La unidad de naturaleza y personalidad en el hombre vivo tiene su comienzo en el nexo entre unión sexual y procreación. Como la resistencia contra la artificial separación de ambos, así como la resistencia contra la fabricación de seres humanos, se basa en el genitum non factum [engendrado, no hecho[6]], que debe ser válido para todo hombre. Por desgracia, en esa resistencia la Iglesia continuamente ha de renunciar a la ayuda de quienes están llamados a anunciar e interpretar las razones de su oposición. En mi país hay academias católicas sufragadas por los fieles creyentes, aunque controladas por los obispos, que ponen su organización al servicio de la propaganda contra la enseñanza de la Iglesia en esas cuestiones. Si los obispos callan en esto, ese silencio será interpretado por los creyentes, de manera natural, según la máxima qui tacet consentire videtur (el que calla otorga).

Justamente lo que hoy a muchos se antoja como estúpida estrechez de miras de la Iglesia, y como sujeción a las pautas de conducta tradicionales, ha de contemplarse bajo una nueva luz: como resistencia contra lo que C.S. Lewis ha denominado “la abolición del hombre” (Abolition of Man)[7]. La civilización cientifista representa la tendencia a esa abolición en su deriva hacia el espiritualismo, el materialismo y la fractura de la naturaleza humana. Si Europa no vuelve a encontrar la perla preciosa que constituía su núcleo central, acabará convirtiéndose en el lugar más privilegiado del planeta para asistir a la desaparición del hombre.


* Conferencia pronunciada en Roma, en noviembre del 1991, en el Simposio Presinodal sobre Cristianismo y Cultura.

[1] Sobre esto vid el trabajo de Hans Thomas, Bürgerliche Arbeitsgesellschaft oder nachindustrielle Freizeitgesellschaft: Entfremdung ist der Verlust des Festes, traducido al castellano como “Sociedad burguesa del trabajo o sociedad postindustrial del tiempo libre. La alienación es la pérdida de la fiesta”, en Borobia, J.; Lluch, M.; Murillo, J.I.; Terrasa, E. (eds.), Trabajo y espíritu, pp. 405-423, Pamplona, Eunsa, 2004 (N del T).

[2] “Se cree lo que se reza” sería una libre traducción del viejo tópico latino que enlaza la fe y la liturgia. (N del T).

[3] Oración que rezaba el sacerdote al mezclar unas gotas de agua con el vino durante la Ofrenda. (N del T).

[4] He aquí un extracto del ensayo que Robert Spaemann ha publicado en el cuaderno 2 de la serie de escritos del Christkönigsjugend (CKJ): “¿Qué significa el progreso?”.

»Llamamos bello a lo que de una manera abstracta e inefable nos atrae internamente. La Santa Misa –la Liturgia divina, como la denomina la Iglesia Oriental– constituye el lugar de la belleza celeste precisamente como adoración y ofrenda dirigida por entero al Padre. En Europa figuró durante miles de años como el centro de todas las artes. Puesto que es en cierto modo el prototipo de la obra de arte, no le está permitido nada arbitrario. Cada detalle es importante. Por eso la misa ha inspirado siempre a grandes poetas y músicos, y por ello han sido también artistas los que reiteradamente han considerado fracasada la reforma litúrgica experimentada en la Iglesia católica después del Concilio Vaticano II, ya que a causa de ella se ha introducido la arbitrariedad, y con ello la banalidad en la Liturgia. Nuestra espontaneidad no se parece en nada a la de las primeras generaciones de cristianos; la “vida en el espíritu” hace posible que aquello que formula el sacerdote o la asamblea litúrgica pueda ser acogido por el resto de los cristianos con un “Amén” (...). Arbitrariedad es lo contrario de legalidad inmanente a cada obra de arte. Sólo como consecuencia de esa legalidad se sentirá la secreta atracción de lo bello. Si se empieza por “configurar” la Liturgia desde la óptica del cambio, de lo interesante e innovador, inevitablemente se llega al aburrimiento. La permanente expectación de lo nuevo sólo puede acabar cansando. A largo plazo, la Misa en modo alguno podrá resultar interesante. En un mundo a la caza de novedades y de permanente logomaquia, de año en año se hará más fascinante la celebración de la adoración, del sacrificio y del ágape siempre en la misma forma sacral. Hoy se lamenta a menudo la pérdida del nexo entre fe, Iglesia y cultura. Ese nexo no se restablecerá por medio de congresos ni de eventos, sino poniendo nuevamente cada cosa en su sitio, y restableciendo en su lugar lo que ha de constituir el centro de cada cultura cristiana, a saber, el culto cristiano».

[5] Las palabras que dirige a Dios no son las mismas que dirige al pueblo fiel. El lenguaje de la plegaria no es el mismo que el de la predicación: catequesis y exhortación. (N del T).

[6] Tomado de la profesión de fe (credo) de los cristianos, referido al Hijo de Dios. (N del T).

[7] Hay traducción castellana: La abolición del hombre, Madrid, Encuentro, 1990 (N del T).

 

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