Texto publicado en EL MUNDO, 23 de febrero 2008
JULIAN HERRANZ:
IRENE HDEZ. VELASCO
ESTE CARDENAL ES EL ESPAÑOL MAS IMPORTANTE QUE
HAY EN LA CURIA VATICANA, DE LA QUE FORMA PARTE
DESDE 1960. A SUS 77 AÑOS, EL DESTACADO MIEMBRO
DEL OPUS DEI HA TRABAJADO AL SERVICIO DE CINCO
PAPAS. LA SUYA ES SIN DUDA UNA DE LAS VOCES MAS
AUTORIZADAS PARA ANALIZAR EL ESTADO DE LAS
RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL GOBIERNO DE
ZAPATERO
CARGO: Presidente
de la Comisión Disciplinar de la Curia romana y
miembro de ocho dicasterios vaticanos / EDAD: 77
años / FORMACION: Doctor en Derecho Canónico por
la Pontificia Universidad Santo Tomás de Roma y
doctor en Medicina, especialidad Psiquiatría,
por las Universidades de Barcelona y Navarra /
AFICIONES: Practicar montañismo / CREDO:
Católico, miembro del Opus Dei
«Ya ve, yo que
quería jubilarme y cada día trabajo más», bromea
el cardenal Herranz. Pero algo de razón tiene.
En estricto cumplimiento con la normativa
vaticana este cordobés, doctor en psiquiatría y
en derecho canónico, presentó, al cumplir los 75
años, su renuncia como presidente del Consejo
Pontificio para los Textos Legislativos. Sin
embargo, Benedicto XVI aún le mantuvo dos años
más al frente de esa especie de Tribunal
Constitucional de la Iglesia, cuyas riendas
llevaba desde 1994, hasta que en febrero pasado
aceptó al fin su jubilación. Pero el cardenal
Herranz, miembro destacado del Opus Dei, sigue
trabajando desaforadamente: preside la Comisión
Disciplinar de la Curia Romana, es miembro de la
Comisión Pontificia Ecclesia Dei, del Tribunal
Supremo de la Signatura Apostólica, de las
Congregaciones de la Doctrina de la Fe, del
Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, de
las Causas de los Santos, de los Obispos, de la
Evangelización de los Pueblos y del Consejo
Pontificio para los Laicos.
En el coqueto
salón de la vivienda, a pocos metros de la Plaza
de San Pedro, varias fotografías resumen su vida
en imágenes. Hay una foto en blanco y negro de
un chaval sonriente junto a Escrivá de Balaguer.
«Ese chaval soy yo, con 25 años, el día de mi
ordenación como sacerdote en compañía de san
José María», explica el cardenal Herranz, que
ingresó en el Opus Dei cuando tenía 19 años y
que convivió 22 con el fundador de la Obra.
Varias instantáneas le recogen junto a Juan
Pablo II, un Pontífice que ha marcado su
existencia y con el que trabajó muy de cerca
durante los 26 años de su papado. Y otras le
muestran junto a PREGUNTA.- Desde Roma, ¿cómo ve
la situación actual de España?
RESPUESTA.- Hace
varias semanas que me viene en mente una poesía
que leí en los años 70 y que no recuerdo de
quién era. Decía así: «Toco la piel de España y
tiene fiebre». Creo que, efectivamente, hay un
poco de fiebre en la piel de España, producida
por una falta de ponderación, de buscar caminos
de diálogo, de respeto mutuo entre personas e
instituciones, del escaso deseo de construir
teniendo en cuenta lo que a todos los políticos
de derechas y de izquierdas, de arriba y de
abajo, les debe importar: el bien común.
P.- Ese es el
diagnóstico, ¿y las causas?
R.- Lo que sucede
en estos momentos en España se encuadra en lo
que ha ocurrido en Europa en los últimos 70 años
y es fruto del peso de dos ideologías, una de
las cuales ha fracasado por completo y la otra
está en proceso de revisión. La primera es la
ideología totalitaria de la justicia sin
libertad, ejercida por poderes absolutos y
totalitarios tanto de izquierdas como de
derechas que pretendían hacer al hombre más
justo quitándole la libertad. Esta ideología ha
fracasado, pero no sin antes conducir a Europa a
tremendas tragedias que aún estamos pagando. Y
la segunda es esta ideología libertaria, no
liberal, de la libertad sin verdad, que está muy
viva actualmente aunque sometida a un proceso de
revisión por parte de numerosos jóvenes y de
muchos intelectuales cristianos y no cristianos.
Esta ideología libertaria ya ha pasado su
momento de esplendor y en algunos sitios está en
proceso de decadencia, aunque en España quizás
no todavía.
P.- Cuando habla
de ideología libertaria, ¿se refiere a mayo del
68?
R.-
Fundamentalmente. La revolución del 68, que se
puede sintetizar como un combinado de Marx,
Freud y Marcuse, fue un cóctel tremendo que
llevó a esa falaz afirmación de Prohibido
prohibir. Una sentencia que implica que vale más
lo subjetivo, la afirmación personal de mi
libertad, el tratar de realizarme siguiendo mis
instintos, mis pensamientos y mis deseos que la
aceptación de unas normas objetivas y
universales de carácter tanto religioso como
cívico y familiar que surgen de la misma
dignidad de la persona. Filosóficamente, el mayo
del 68 introdujo el relativismo, el todo está
permitido, el negar que existan unos valores y
verdades de carácter universal que tienen un
peso moral y que deben ser respetadas por las
legislaciones positivas. Y, al mismo tiempo,
empezaron a tomar cada vez más cuerpo los
llamados nuevos derechos, que respondían al
subjetivismo absoluto y que muchas veces
transformaban deseos en derechos. Estos nuevos
derechos con frecuencia son contrarios a los de
la Declaración Universal de los Derechos del
Hombre, promulgada por la ONU en 1948.
P.- ¿Y cuáles son
esos nuevos derechos que están en contra de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos?
R.- Los llamados
derecho al aborto, a la eutanasia, a la
indiscriminada manipulación de los embriones
humanos y otros más.
P.- Esos derechos
efectivamente no se encuentran en la Declaración
de los Derechos Humanos, pero tampoco se oponen
a ella...
R.- Bueno, la
Declaración Universal de los Derechos Humanos
habla del derecho de todo individuo a la vida y
a la seguridad, y eso es incompatible con el
aborto y la eutanasia.
P.- Sin ánimo de
pecar del espíritu relativista del 68, depende
de dónde se considere que empieza la vida. Y eso
es algo en lo que los científicos no se ponen de
acuerdo.
R.- Quizá no se
ponían de acuerdo en 1972 cuando se introdujo el
aborto en Estados Unidos. Ahora en cambio el
progreso de la embriología y de la genética está
dando la razón a la Declaración Universal de los
Derechos Humanos: se ha demostrado que la vida
humana comienza en el mismo momento de la
fecundación, donde ya existe el patrimonio
genético del ser humano que se desarrollará. El
progreso no consiste en reconocer derechos que
muchas veces no son tales, sino [simplemente]
deseos. La tendencia de esa filosofía
relativista, que es de carácter agnóstico y
permisivo, es que cualquier tensión se resuelve
dando categoría de ley civil a deseos personales
que no se ordenan al bien común.
P.- Pero esos
derechos los aprueban parlamentos elegidos a
través de las urnas y por tanto legitimados por
el respaldo popular.
R.- La democracia
es una cosa muy seria. Y cuando nació la
democracia y Rousseau escribió El contrato
social a nadie se le pasaba por la cabeza
que el bien y el mal, lo justo y lo injusto, iba
a decidirlo la mayoría. Había una serie de
materias que todos consideraban que estaban por
encima de eso, entre ellas el aborto. El 5 de
octubre de 1995 Juan Pablo II pronunció ante la
ONU un discurso famoso, en el que habló de la
estructura moral de la libertad, que consiste en
la inseparabilidad de dos conceptos que
garantizan el futuro de la Humanidad: la unión
de libertad y verdad. Si se separa una de la
otra se cae en el libertinaje, en el abuso de
poder, en la arbitrariedad. La libertad no se
puede desgajar de la verdad sobre el hombre y lo
que de ello emana.
P.- ¿Y qué es la
verdad?
R.- Verdad es
todo lo que se adecua a la naturaleza y dignidad
de la persona, esas cosas que siempre ha
tutelado la ley, no ya la ley moral de la
Iglesia católica sino las leyes civiles de los
Estados. La verdad sobre el amor, sobre la vida
humana, sobre la familia fundada en el
matrimonio... El fundamento de toda sociedad
sana es la familia. Y ésta se sustenta a su vez
en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Y
los que dicen que esas son ideas viejas se
equivocan: son el futuro. La Humanidad
progresará verdaderamente en la medida en que
esos valores se promuevan.
P.- ¿Quiere decir
que la verdad es la de la Iglesia?
R.- Es un error
pensar que sólo la Iglesia se preocupa de estas
cosas. Esta misma semana, en el Corriere della
Sera apareció un artículo de Claudio Magris que
recuerda como Norberto Bobbio, que era
agnóstico, sostenía que la defensa de la vida
era un privilegio que no se podía dejar sólo en
manos de la Iglesia. En la sociedad civil hay
cada vez más personas de izquierdas y de
derechas que piensan que es necesario volver a
darle al derecho la dignidad que ha tenido,
cuando las leyes se hacían pensando en el bien
común y no como resultado de una verdad pactada
por intereses minoritarios o personales del
político. No es la Iglesia sola: hay
intelectuales, profesores de universidad,
universitarios, católicos unos y otros no, de
pensamiento liberal, respetuosos por tanto de la
democracia, y que todos ellos tienen el deseo
constructivo de recuperar la unión entre
libertad y verdad. Además, es muy importante
valorar los entes intermedios entre los
políticos y el ciudadano, porque de lo contrario
no se aprecian bien cosas como la manifestación
del día 30 en Madrid.
P.- ¿Cómo
interpreta usted aquella manifestación a favor
de la familia cristiana promovida por la
conferencia episcopal?
R.- La gente que
fue a esa manifestación no lo hizo para oír a un
obispo de derechas o a uno de izquierdas, o para
manifestarse a favor de Zapatero o de Rajoy. Fue
para hacer oír su voz, para significar la estima
que ellos tienen y quieren que quienes gobiernen
tengan también hacia una serie de valores
alrededor de los cuales han construido su vida:
la defensa de la vida humana, la defensa del
matrimonio entendido como la unión entre un
hombre y una mujer abierta a la fecundidad, la
defensa de las familias que se basan sobre el
matrimonio, el derecho de los padres a la
educación de los hijos, que en la declaración
Universal de los Derechos del hombre se dice que
está por encima del Estado y que nadie puede
imponer a los hijos una educación que no
corresponda a los sentimientos religiosos y
culturales de los padres... Estos son los
valores y verdades que defienden agrupaciones
sociales de lo más variado. No es un problema de
izquierdas o de derechas, los que asistieron a
esa manifestación son el pueblo, la sociedad,
gente que se manifestó a favor de y que pedía a
quienes pueden hacer algo por ellos que lo
hagan...
P.- Sin embargo,
los tres obispos que ese día hablaron en la
manifestación hicieron unos discursos bastante
politizados...
R.- Esa es la
interpretación de algunos. Los ciudadanos que
fueron allí no querían apoyar a uno u otro
obispo, ni pedían que la Iglesia se convierta en
un partido político. Era la sociedad
reivindicando una serie de valores. Si algún
partido, en la dialéctica electoral, estimulara
el odio a la Iglesia o a la Conferencia
Episcopal para conseguir más votos caería en un
juego muy bajo. Tanto la izquierda como la
derecha como el centro tienen que darse cuenta
de que ellos están gobernando una sociedad, y
han de escuchar a esa sociedad.
P.- Pero la
sociedad habla fundamentalmente a través de las
urnas, ¿no?
R.- Sí, pero no
sólo. Y también hay que tener en cuenta una
cuestión: no son las urnas ni la mayoría las que
siempre tienen el derecho de decidir lo que es
verdad y lo que es mentira, lo que es bueno y lo
que es malo, lo que es justo y lo que es
injusto. Hay cosas que no dependen de la
mayoría. Hay valores que no son negociables, que
no se pueden someter al dictamen de la mayoría,
y eso es algo de lo que tiene conciencia no sólo
la Iglesia sino la misma democracia. Si no se
llega a situaciones como la que se ha vivido en
una pequeña nación europea, en la que se ha
permitido que hubiera un partido de pederastas
con el argumento de que tienen derecho a
asociarse y a participar en la competición
política. La pederastia no podrá ser nunca un
derecho, aunque lo apoyara la mayoría. La
democracia tiene que defenderse a sí misma,
poner unos límites a la libertad. Y los límites
son la verdad.
P.- Más que de
una democracia parece que hablase usted de una
teocracia...
R.- No. Pero lo
que es necesario es que haya más conciencia
moral a la hora de valorar la libertad y las
formas en las que ésta se ejercita. Y escuchar
al pueblo. A veces cuando se abordan las
relaciones Iglesia-Estado se tiende a mirar sólo
a las cúspides, a analizar únicamente las
relaciones entre los máximos representantes de
la autoridad de un sitio y la del otro: el
presidente de la república italiana y el Papa,
el presidente del Gobierno español y el nuncio,
el presidente del Gobierno y el presidente de la
Conferencia Episcopal, el Gobierno y la
Conferencia Episcopal... Y se olvida que la
Iglesia son el Papa, los cardenales, los
obispos, los curas, y los laicos: todos los
bautizados, aunque el magisterio corresponda a
la jerarquía. En España son Iglesia más del 80%
de la población, no sólo los sacerdotes o la
Conferencia Episcopal.
P.- Pero muchas
personas bautizadas, a pesar de no haber hecho
la declaración de apostasía, han dado la espalda
a la Iglesia.
R.- Ese
razonamiento se hace, pero es falso. También
entre los españoles hay más de un 80% que no
conoce la Constitución y eso no significa que
rechacen la Carta Magna. Evidentemente, entre
los católicos españoles los hay más fieles y
otros que lo son menos. Si a mí me juzgan por
cómo era en mi primera juventud yo sería un
católico de registro, porque no frecuentaba
mucho la Iglesia. Pero de mi alma no se habían
ido una serie de principios. Yo siempre he
considerado a Jesucristo la autoridad moral más
importante del mundo, aunque no le he sido fiel
en tantísimas ocasiones. Y yo creo que eso
también hay que tenerlo en cuenta.
«Fui detenido de joven por hacer
pintadas reivindicativas»
Después de tanto
tiempo viviendo fuera de España, ¿de dónde se
siente usted?
- Me siento
profundamente español, a pesar de que
efectivamente llevo más de medio siglo danzando
por todo el mundo. Quizás también porque soy un
poco de todos lados: nací en Córdoba, curse los
estudios universitarios en Madrid y en
Barcelona, veraneé en Galicia. Siento que por mi
historia pasan un poco todas las tierras de
España.
Una curiosidad
quizás morbosa, ¿ha ido alguna vez a una
discoteca, cardenal?
- Pues claro.
Cuando era estudiante de medicina en la
Universidad Complutense había cuatro o cinco
discotecas en Madrid, aunque entonces se
llamaban salas de fiesta. La más conocida era
Pasapoga, en la Gran Vía, y había otra que se
llamaba Tokio, en la calle Barquillo, junto al
Circo Price. Yo tenía la vida alegre, pero no
vacía de ideales, de los estudiantes
universitarios de entonces. Al mismo tiempo,
había fines de semana en los que me iba a
trabajar al taller mecánico de la Virgen de la
Paloma, al torno, porque quería estar en
contacto con los obreros. Son experiencias que
en cierto modo me han sido útiles cuando el
Señor me llamó a la total entrega a El.
Es decir, que
tenía usted inquietudes sociales.
- Sí. A mí me
metieron una vez en la cárcel. Me detuvieron
junto a varias personas que estábamos llenando
de pintadas con la brocha -porque entonces no
existía el spray-, el paseo de la Castellana de
Madrid con la frase: «Queremos la revolución
agraria en Andalucía». Me metieron en los
sótanos de la Dirección General de Seguridad, en
la Puerta del Sol. Me registraron y los policías
se quedaron muy sorprendidos cuando en el
bolsillo me encontraron un rosario. No lo
entendían.
¿Se puede ser un
buen católico y votar a partidos de izquierda?
- Votar es una
cuestión que cada católico debe de dilucidar en
conciencia, viendo el programa de cada
candidato. Lo que yo le puedo decir es que un
sacerdote santo comentó en una ocasión que
aunque parece que es en el horizonte donde se
juntan el cielo y la tierra, la dimensión
espiritual y temporal de las cosas, en realidad
donde se funden es en el corazón de la persona.
En el corazón del español católico se juntan el
amor a la patria y el amor a Jesucristo y a su
Iglesia, y debe resolver dentro de su alma la
fidelidad que debe a las exigencias que comporta
el ser español y el ser católico. Esa dualidad
se debe resolver de manera armónica y cordial,
porque si no se crearía una personalidad
esquizofrénica. Y se lo digo yo, que soy médico
especializado en psiquiatría... aunque no
ejerza.
LA CUESTION
- ¿Qué les diría
a quienes acusan a la Iglesia de estar entrando
en el terreno político al emitir notas como la
que recientemente daba a conocer la Conferencia
Episcopal con los 10 puntos que deben de
observar los católicos al ir a votar?
- No, la Iglesia
no entra en ese terreno. La declaración de los
obispos españoles es normal. En casi todas las
naciones, en vigilia de elecciones, la jerarquía
eclesiástica del país recuerda una serie de
principios y criterios morales para formar la
conciencia de los católicos sobre los asuntos
que tocan la dignidad de la persona. No se trata
de apoyar a ningún partido. Cualquiera que lea
con serenidad, sin prejuicios, las dos páginas
de la declaración de los obispos verá que, tanto
por el contenido como por la forma, es correcta.
Los obispos tenían el derecho de hacer esa nota
y el deber de hacerla, para los católicos de
derecha y de izquierda, de un partido y de otro.
Y los partidos, en lugar de ofrecer a última
hora esto y lo otro para conseguir votos,
deberían tener la humildad, no sólo de hablar,
sino también de escuchar a las otras
instituciones, de escuchar al pueblo.