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LO UNICO NECESARIO PARA EL TRIUNFO DEL MAL (Federico Suárez)

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De «buenos» y «malos»


Cuando Edmund Burke, el gran político y primer crítico de la Revolución Francesa, escribió que «lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada», sin duda dijo una gran verdad.

 

Por Federico Suárez *

 


Cuando Edmund Burke, el gran político y primer crítico de la Revolución Francesa, escribió que «lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada», sin duda dijo una gran verdad. No parece que se requiera una inteligencia particularmente despierta para hacerse cargo de que si el mal no encuentra oposición ni resistencia acaba siempre por imponerse.

  

Pocos y distraídos

 

Lamentablemente hay, a veces, épocas en la historia, y nos encontramos en una de ellas, en las que el oscurecimiento de la razón lleva a negar, o a poner en duda al menos, incluso los principios más elementales y más generalmente probados por la experiencia de muchas generaciones. Por supuesto, hay que evitar que el mal triunfe, sí, y en esto hay conformidad; pero ¿qué es lo malo, qué es el mal? Hoy, por ejemplo, no se acepta universalmente que el divorcio, la homosexualidad o el aborto sean un mal; tan no se acepta, que hay gobiernos que han legislado en el sentido de hacer la práctica del divorcio, de la homosexualidad o del aborto tan legal como la práctica de la fidelidad al vínculo (hasta que la muerte los separe), el uso natural del sexo o el respeto a la vida.

 

Claro está que esto es un hecho que ya de por sí tiene un alto valor demostrativo de lo actual que resulta la afirmación de Burke. Si ha sido posible el triunfo del mal hasta el punto de ser elevado al mismo nivel que el bien es, sin duda, porque los «buenos» no han hecho por evitarlo gran cosa de su parte, o quizás nada. O acaso porque, si había «buenos», eran pocos, o estaban distraídos, o ni siquiera sabían que hubiera que hacer algo; o si lo sabían, no sabían qué, o quizá no podían hacerlo. En todo caso, y fuera ello lo que fuere, el hecho es que el mundo de hoy, a juzgar por lo que se ve, se oye y se vive, da la impresión de un triunfo del mal.

 

El triunfo del bien

 

Si viviera ahora, en estos tiempos, Donoso Cortés, y pudiera contemplar el panorama que ofrece el mundo -el sudeste asiático, y Camboya, y los regímenes socialistas oprimiendo hasta casi la asfixia a centenares de millones de hombres, y la descomposición de la sociedad en los países occidentales, y el abuso de los poderosos, y la miseria de los pobres, y el desprecio de los valores morales, y sobre todo la tremenda confusión de las mentes‑, si contemplara todo este descorazonador espectáculo, es muy probable que no se asombrara demasiado, si bien se afligiría mucho. El había afirmado, hace ya más de un siglo, que en el mundo el mal vence naturalmente al bien, pues el triunfo del bien sobre el mal en este mundo no es natural, sino sobrenatural.

       

Y aunque su afirmación causará hoy, probablemente, tanto escándalo como el que causó en su tiempo a hombres que apenas creían en nada, excepción hecha del progreso indefinido, sin embargo, él podía defenderla con un cierto fundamento no desprovisto de peso. Pues si la naturaleza real del hombre está herida por el pecado original, de modo que los efectos de esta herida persisten en el hombre aun después de que aquel pecado haya desaparecido por la recepción del bautismo, y actúan como un peso en el alma, de manera análoga a como lo hace la ley de la gravedad respecto a los cuerpos físicos (si es que se permite expresarlo de este modo gráfico, aunque no del todo propio), entonces, el hombre abandonado a su naturaleza caída propende al pecado por su inclinación al mal; y es la gracia ‑la sobrenaturaleza‑ la que corrige el defecto innato de la naturaleza.

 

No es que sea imposible, absolutamente hablando, al hombre sin vida sobrenatural obrar el bien, algún bien. ¡Claro que es posible! El peor malvado es capaz de compadecerse de un niño, y nadie, ni el más vicioso y mendaz de los hombres puede pasar mucho tiempo sin hacer algo naturalmente bueno, tan bueno como decir una verdad. Pero no se trata de eso, sino de lo contrario. Sin un especial auxilio de la gracia divina ningún hombre puede permanecer mucho tiempo sin caer en alguna especie de pecado, siquiera sea venial. Sólo la Virgen María ‑enseña la Iglesia‑ fue, por especial y singular privilegio de Dios, la única criatura que jamás cometió pecado. Así que, después de todo, no dejaba Donoso de apuntar en dirección correcta cuando atribuía el triunfo del mal en el mundo a la ausencia de la gracia sobrenatural en los hombres.

 


La oposición de los buenos

 

Sin duda Donoso Cortés era menos optimista que Burke. Este, al menos, hacía depender el triunfo del mal de la pasividad de los buenos, con lo que parece indicar que si se opusieran al mal, éste no triunfaría. Bien es verdad que tampoco afirmó el triunfo del bien, ni siquiera el triunfo de los buenos. Donoso, en cambio, no dejaba ninguna puerta abierta en el ámbito natural al triunfo del bien ni aún mediante la acción o la actividad de los buenos.

 

Posiblemente ambos, Burke y Donoso, tienen su parte de razón. Partiendo de la base (poco discutible, por otra parte) de que es más fácil destruir que edificar, ceder ante la tentación que combatirla, dejarse llevar por la corriente que nadar contra ella, no entraña grave dificultad comprender que Burke tenía razón: el mal siempre triunfa si los buenos no hacen nada.

 

Los buenos... Evidentemente, para que los buenos hagan algo lo primero que es imprescindible es que, verdaderamente, sean buenos. No convencionalmente buenos, con esa clase de bondad (si es que se le puede llamar bondad a eso) que tienen algunos personajes de las novelas de Bernanos o Mauriac, la bondad típica de los respetables ‑y casi siempre despreciables‑ «bienpensantes»; no «buenos» según un patrón artificial que la sociedad en la que se desenvuelven reconoce, sino buenos de verdad.

 

Decía Th. Merton que un hombre muerto por un enemigo está tan muerto como si le hubiera matado un ejército entero. Para no ser bueno no es preciso estar infamado con todos los vicios: basta tan sólo con uno. Un hombre ejemplar en su actuación pública y adúltero en su vida privada no es un hombre bueno. Un hombre leal con sus amigos y sucio en sus negocios no es un hombre bueno. Un hombre mendaz, o difamador, o avaro, o codicioso, o injusto, o desleal, o perjuro, no es un hombre bueno, y tampoco un hipócrita, o un borracho. Entonces ¿cuántos hombres buenos, realmente buenos, hay en el mundo? ¿Quién es el hombre que puede afirmar de sí mismo que es verdaderamente bueno? ¿Cuántos de ellos, cuántos santos pueden juntarse en el mundo en una determinada época? ¿Cien, doscientos, un millar, cinco mil?

 

Pues no cabe duda, entonces, de que si estos hombres cambian el mundo, es por obra de la gracia que actúa en ellos; si tan pocos son capaces de hacer que el bien triunfe sobre el mal hasta el punto de originar una tan profunda transformación como sería mudar la mentalidad de centenares de millones de hombres, sin duda habrá que achacarlo no a la fuerza natural de convicción que poseyeran, sino a la eficacia de esa fuerza sobrenatural que se llama gracia y que muestra el poder de Dios.

 

Los diques de la marea

 

Aquí es Donoso quien acierta. Pues si el mal es tan sólo una consecuencia del pecado, sólo combatiendo sin tregua al pecado, sólo oponiéndose a él en todo momento y circunstancia es el modo adecuado de impedir el triunfo del mal, y si no de poderse llamar «bueno» un hombre, sí al menos de obrar como tal. Y al pecado no se le vence con medios sólo naturales ni, por tanto, al mal.

 

También acertó Burke al señalar la pasividad, la dejadez, la nula combatividad y el desinterés de los «buenos» ‑de los que todavía saben distinguir entre el bien y el mal y desean el primero y no el segundo‑ como una de las causas y no de las menos importantes, de que el mal vaya inundando, como una marea negra y viscosa, zonas cada vez más amplias de la vida personal y social. Quizá el pesimismo de Donoso no estaba tan injustificado, ni la acusación de Burke se limitara tan sólo a una aguda ingeniosidad. Alguien hace el mal, y el resto se lo permite.
 

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(*) Federico Suárez Verdaguer colaboró en Arvo. Catedrático de Historia Moderna y Contemporánea de España, autor de numerosas monografías (El proceso de convocatoria a Cortes; Los sucesos de la Granja; López Ballesteros y su gestión en la Hacienda, Vida y obra de Juan Donoso Cortés, etc.) y de libros de espiritualidad. Uno de sus últimos libros tiene que ver con el artículo que aquí, con autorización, publicamos:  Que los buenos no hagan nada, Ediciones

 

 

Rialp, Madrid 2000.


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Actualización Arvo Net, 17 agosto de 2005

 

 

 

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