LA PARODIA DE LA NEUTRALIDAD (Antonio Orozco Delclós)
LA PARODIA DE LA NEUTRALIDAD
Antonio Orozco Delclós
Arvo.net
¿Es tan difícil entrar en el fondo de la propia intimidad, en ese sagrario profundo del hombre – la conciencia - en el que se encuentra a solas, pero no solo, con la Verdad...?
Es una suerte saber cuándo es preciso llevar consigo el paraguas al salir de casa y cuándo no. Yo cuento con Fermín, el portero del inmueble en que vivo. No tiene estudios universitarios ni conoce los enigmas de la estructura y densidad del ozono en las altas capas de la atmósfera, ni los intríngulis del proceso de calentamiento del planeta, ni muchas otras cosas que manejan con tanta soltura los medios. Sin embargo sabe cuándo va a llover y cuándo no en nuestra calle. Es muy raro que se equivoque, alguna vez sí, pero más vale fiarse de su juicio. Tener un Fermín a la puerta de casa es de un valor inestimable. Las dudas, en lo fundamental son mínimas.
Hoy, muy de mañana, antes de salir el sol, he abierto el Evangelio por Lucas 12, 54-49: «Decía Jesús a la gente : - Cuando veis subir una nube por el poniente, decís enseguida: 'Chaparrón tenemos', y así sucede. Cuando sopla el sur, decís enseguida: 'Va a hacer bochorno'', y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?...»
Enseguida se ha presentado Fermín en mi mente con la urgencia de llevar su apertura a la realidad diáfana al mundo de los valores, o, por decirlo más claramente, a la verdad sobre las cuestiones fundamentales de la existencia humana, el bien y el mal moral. ¿Es tan difícil entrar en el fondo de la propia intimidad, en ese sagrario profundo del hombre – la conciencia - en el que se encuentra a solas, pero no solo, con la Verdad, no de un golpe, de una manera omniabarcante e invencible, sino parcial y libremente, pero con claridades innegables?
Cierto es por ejemplo, que hay bien y hay mal, no sólo hay correcto e incorrecto, deseable e indeseable. Hay varón y mujer, hay padre y madre e hijos. Hay ADN. Hay cromosoma X y cromosoma Y. Todo el mundo lo sabe. Hay muerte natural y muerte violenta. Hay justicia e injusticia. Hay ley moral objetiva, que yo no invento sino que me incumbre descubrir, porque esta ahí, en la naturaleza de las cosas, en mí mismo. Yo soy yo, no soy un cocodrilo ni llegaré a serlo nunca. Hay naturaleza humana y Dios que –por más que se empeñara Sartre en lo contrario- la ha concebido.
No es tan difícil todo esto. No dudo de que para algunos resulta oscuro y que el planteamiento de las cuestiones fundamentales resulta arduo para muchos. Si yo hubiera sido hijo del partido en la Unión Soviética de Stalin, seguramente hubieran pasado años antes de plantearme correctamente estas cuestiones. Pero muchos «hijos» de Stalin son ahora cristianos entusiastas. Porque hay «ley natural», «voz de la conciencia» que clama por la verdad.
El relativismo moral violenta la naturaleza, retuerce el brazo de la conciencia hasta hacerle confesar lo inconfesable. Lo dice Él, no yo: ¡Hipócritas! Se pueden hacer las cosas mal, lo que no se debe es hacer las cosas mal y decir que están bien hechas.
La verdad es que todos reclamamos el cumplimiento de la ley, pero quién más quién menos trata de eludir alguna de ellas. El relativismo de la cultura contemporánea consiste básicamente en fabricarnos nuestra propia moral que se atiene a las «leyes» que a uno le convienen y evade las que no le agradan. Es una forma de hipocresía. Somos delincuentes con máscara de ciudadanos respetables. El relativismo trasladado de lo personal a lo colectivo conduce a una sociedad sin auctoritas ni potestas, al imperio del más fuerte sobre el débil, a exigir los derechos –muchos de ellos supuestos,más que derechos, deseos- y negarse a cumplir los deberes. La injusticia y el desorden colectivo son el resultado inesquivable.
La permisividad se extiende a la familia y al colegio (cuestión pendiente: ¿qué es antes, el huevo o la gallina?). Padres que abdican de su autoridad y profesores que carecen de potestad para cumplir con su deber. Algunos maestros son los primeros transgresores de la ley, por la torcida conducta de abogados que se las saben todas para burlarla y por jueces sin sentido de la Justicia y del Derecho. ¿Para qué seguir?
No sería tan difícil el retorno al sentido común, al reconocimiento de lo natural, porque está ahí. No sería tan difícil si no fuera por esa mala hierba tan arraigada en el núcleo de la persona terrestre: la hipocresía, negación de la autenticidad. ¡El autenta! (Autos-entos). El «authenta» era para por los griegos el que tiene su propio dentro, patente hacia fuera, sin doblez. En rigor, si fuéramos auténticos no habría pecados capitales, seríamos lo que somos y debemos ser. La hipocresía es atuendo y disfraz, máscara, escudo protector de toda perversión, incluido el capital de los capitales, la soberbia. Así lo ve José María Pemán en su famoso romance:
Tarde abajo el mayoral
de los siete toros negros,
va sorbiéndose en un triste
rojo crepúsculo lento.
Zahones de hipocresía
lleva, y por pica el Deseo;
con azahar de inocencia
tiene los estribos hechos.
Los toros con siete lunas
van corneando los vientos;
jazmines de baba espesa
tirando van contra el cielo.
[...]
Es el Romance de los siete pecados capitales. Zahones, término taurino: «especie de calzón de cuero o paño, dividido en dos perniles abiertos que llegan a media pierna y se sujetan con correas o lazos por detrás de cada muslo. Aplícase a los pies y manos que en algunas reses tienen distinto color por delante, como si llevaran zahones».
El relativismo moral es «zahonístico». Se cura en salud. Necesita protegerse con zahones de apariencia virtuosa. Aparenta lo que no es. Humildíco, antidogmático, antifascista, antifundamentalista, anti-anti-anti… Se atrinchera en argumentos sofísticos, en retóricas vacías, fundadas en el principio de que la dormidera duerme porque tiene virtud dormitiva. Si el asesinato es un hecho social hay que legalizar el asesinato. No demuestra nada porque no cree en nada y pretende imponerse a todos. No se lanza al ruedo de la verdad, porque dice que no hay ruedo ni hay verdad. ¿Qué es la verdad? Pilatos resucita y escenifica de nuevo la parodia de la neutralidad. Una pregunta en el aire, una cuestión sin respuesta, «no debe interesar». Prohibido interesarse por la verdad. ¿Y el bien? Tres cuartos de lo mismo.
Sin embargo, quien pregunta ¿qué es la verdad? Y permanece espectante, entre perplejidades y zozobras, avances y retrocesos, luces y sombras, sin desfallecer, lidiándose sí mismo, mirando a las cosas mismas, buceando en su interior y buscando donde pueda sospechar la existencia de una luz de esperanza, ése no es un hipócrita, no precisa zahones, merece todo el respeto. Algún día descubrirá que "La persona humana tiende por naturaleza a su propio desarrollo. Éste no está garantizado por una serie de mecanismos naturales, sino que cada uno de nosotros es consciente de su capacidad de decidir libre y responsablemente. Tampoco se trata de un desarrollo a merced de nuestro capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada por nuestro ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia conciencia de manera arbitraria, sino que todos construyen su propio «yo»sobre la base de un «sí mismo»que nos ha sido dado. No sólo las demás personas se nos presentan como no disponibles, sino también nosotros para nosotros mismos. El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología. Lo mismo ocurre con el desarrollo económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en los «prodigios» de las finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista. Ante esta pretensión prometeica, hemos de fortalecer el aprecio por una libertad no arbitraria, sino verdaderamente humanizada por el reconocimiento del bien que la precede. Para alcanzar este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí mismo para descubrir las normas fundamentales de la ley moral natural que Dios ha inscrito en su corazón." (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 29.VI.2009, n. 68)
Como escribió –no recuerdo ahora dónde- el cardenal Ratzinger: «unas gotas de relativismo nunca vienen mal». Ahora bien, una cosa son unas gotas y otra muy distinta, el diluvio universal. Esto lo sabría explicar muy bien Fermín, el portero.♦