Por
Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, 20.04.2007
Se cuenta que, en cierta ocasión,
descendía Einstein de un avión y al pie
de la escalerilla una de las personas
que le recibían le preguntó:
—Por favor, Mr. Einstein, explíquenos en
pocas palabras su teoría de la
relatividad.
—Señora, replicó el genial científico,
para explicarle a usted mi teoría de la
relatividad necesitaría disponer de lo
que usted entiende por eternidad.
El mismo grado de
ingenuidad
-ignorancia-
manifiestan quienes creen que Einstein
estableció definitivamente el relativismo
epistemológico y ético,
como si se hubiese demostrado que
la
verdad fuese
siempre
«relativa»,
sin valor
«absoluto»,
es decir,
sin
vigor y vigencia universal. En otros
términos, que no habría verdad que fuera tal
(verdad) en todos los lados y todos los
tiempos. Por lo que toca al conocimiento la
pretensión relativista es que nada puede
afirmarse si no es en el contexto de una
cultura o de otras circunstancias
específicas o individuales del interesado.
La versión popular del «todo es relativo» se
expresa con la bien conocida copla:
En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira,
todo es del mismo color
del cristal con que se mira.
Seguramente un buen relativista
borraría lo de «traidor». Nos quedaríamos
sin rima, pero permanecería el criterio
esencial: todo es del color del cristal...
De entrada, cabría objetar que no todo lo
que conozco es
del
color del cristal, porque siguiendo con la
metáfora, hay algo que obviamente conozco
independientemente del color; por ejemplo,
el cristal. El cristal no es un color ni su
naturaleza depende de color alguno. Y
ciertamente conozco bastante bien el cristal
(aunque no de modo exhaustivo), y lo
conocería en sus propiedades esenciales
aunque padeciera de daltonismo.
Lo que pretende el relativista no es que un
objeto que por un lado se ve cóncavo, pueda
verse por el otro lado convexo. Esto no es
relativismo, es realismo. Lo que quiere
decir el relativista, si tiene algún sentido
lo que quiere decir, sin salirnos del mismo
ejemplo, es que una cosa puede ser cóncava y
también convexa ¡por el mismo lado!
en función de los condicionamientos que
sufran los observadores.
Seguramente pocos relativistas
considerarían oportuno este ejemplo y quizá
lo tomarían como un golpe bajo. Ahora bien,
si no lo admiten,
comienza a
hacer agua su relativismo,
porque están reconociendo
ya,
aunque sea con la boca pequeña, que hay
verdades objetivas y que como tales las
podemos conocer. En todo caso, el
relativismo de que hablamos existe en
abundancia. Una consecuencia de su tesis es
que 2 + 2 son 4 para una cultura, época o
civilización, pero podrían no serlo en otra
época, civilización o cultura (no se sabe).
UN EJEMPLO: EL CASO DEL ABORTO
Por poner un ejemplo cercano y que mantiene
en casi todo el mundo las espadas en alto,
tomemos la polémica sobre el aborto. La
biología enseña que el embrión humano es ser
humano. La consecuencia que saca
inmediatamente una persona realista es la
siguiente: luego el aborto es un
homicidio, crimen injustificable. El
relativista replicará: ¡Ah, no! A usted
puede parecerle un crimen el aborto, pero
esto se debe a sus condicionamientos
individuales o culturales; para otros el
aborto es cosa perfectamente justificable y
hay que respetarles. O sea, que una misma
acción y bajo el mismo ángulo (acabar con la
vida de un ser humano) para unos es un
crimen y para otros una bendición. ¿Ambos
tienen razón?
El relativista tiene complicada la
respuesta. Si dice que sí, incurre en una
contradicción demasiado evidente. Si dice
que no, tendrá que reconocer el derecho a
defender la vida contra el aborto. Pero al
relativista le parece que el asunto del
aborto es relativo y, paradójicamente, por
ello mismo no está dispuesto a conceder que
sea malo. Lo que suele hacer en semejante
tesitura es tachar de fanáticos a quienes
defienden el valor sagrado de la vida
humana. Me exige que yo respete su postura,
se niega a aceptar la posibilidad de que yo
tenga razón y en modo alguno detendrá su
propósito de aborto. Uno se acuerda de la
ley del embudo, para mí lo ancho, para ti lo
agudo. El relativista implícitamente
niega lo mismo que explícitamente afirma.
Además, para él, todo lo que no es
relativista es fanatismo y antidemocrático.
Conviene pues profundizar en cada una de las
posturas, la del fanático y la del
relativista. Son muy de agradecer, por
cierto, análisis como los que nos ofrece el
profesor Antonio Millán Puelles, en su libro
titulado El interés por la verdad
(Cfr. Millán Puelles, El interés por la
verdad, Rialp, Madrid 1998, pp 143 y ss.;
y
videos: dos
clases sobre el tema)
EL FANÁTICO
Comencemos, pues, por definir al fanático,
tanto para
saberlo,sino
cuando nos llamen así como cuando estemos a
punto de llamarlo a otros. Como es sabido,
«fanático» viene de «fan», de donde proviene
también «fanal». Fanático es quien se
siente «iluminado» por la verdad y a la vez
«profeta» con derecho a imponer la verdad a
todo el mundo y a cualquier precio, por
cualquier medio. Es claro que la
característica del fanático no es
precisamente el amor a la verdad (para lo
cual se necesita no ser fanático) sino la
carencia de la virtud moral de la tolerancia.
En consecuencia no se arredra ante el uso de
la violencia física o moral.
Para el fanático
—explica Millán—,
ser tolerante
es hacer traición a la verdad.
Pensando de esta manera, el fanático ignora
que la tolerancia no supone aceptar por
verdadero lo falso. El fanático, con razón,
considera que la falsedad es un mal, pero de
esta verdad saca una falsa consecuencia: que
tolerar equivale a aprobar o aplaudir.
El fanático acierta al mantener
incólume la distinción entre la verdad y la
falsedad. Acierta también en
reconocer que la verdad tiene un valor
absoluto (no es preciso ser fanático para
reconocerlo) y que lo falso en tanto que
falso es objetiva y absolutamente inválido.
Se equivoca al menos en la pretensión
de comunicar la verdad —o lo que él tiene
por tal— mediante la violencia física o
moral.
EL RELATIVISTA
Por su parte, el relativista, de entrada,
tiene la apariencia de la mayor humildad: yo
no soy capaz de conocer verdades absolutas o
inmutables, válidas para todo el mundo.
Sostiene (frente al escepticismo radical)
que el hombre puede conocer verdades, pero a
la vez afirma que ninguna verdad posee valor
absoluto. Una verdad sólo podrá serlo dentro
de un espacio o lugar y tiempo o época, o
cultura, determinados. En otras palabras,
ninguna verdad es válida universalmente,
sino en función de la peculiar constitución
(bien específica, bien individual) del
sujeto que se las representa.
Parece que no cabe mayor humildad en el
aprecio de la propia capacidad de conocer,
por lo que, el relativista, parece hallarse
en óptimas condiciones para vivir la virtud
moral de la tolerancia. De hecho
—dice Millán—, la apología que
actualmente se hace de la tolerancia es, en
numerosas ocasiones, una profesión de fe
relativista. Hay renombrados políticos,
juristas, y hasta algún que otro moralista
adepto del progresismo, que se empeñan en
repetir que si no se es relativista no cabe
ser tolerante. Ahora bien, quienes piensan
de esta manera no resultan en el fondo tan
humildes como en la superficie lo parecen.
Se atribuyen el monopolio de la virtud moral
de la tolerancia, negándola en absoluto —no
de una manera relativa— a quienes discrepan
de ellos. No tienen la humildad de tolerar
que puedan considerarse tolerantes quienes
no aprueban el relativismo. Y en realidad
tampoco son relativistas. No pueden serlo
porque su afirmación de la tesis relativista
es absoluta, no relativa a su vez.
Con otros términos, el relativista
implícitamente afirma lo que explícitamente
niega: la existencia de verdades
universalmente válidas. Millán Puelles
concluye que el único relativismo
humanamente posible es el relativismo
inconsecuente, es decir, el que se expresa
de una manera absoluta, o el relativismo
irreflexivo (que advierte que se contradice
al expresarse pero no le importa).
El relativista ha de reconocer que, desde
su punto de vista, no existe fundamento
objetivo para entender y sostener la virtud
de la tolerancia como preferible al
fanatismo. ¿Por qué hemos de preferir la
tolerancia al fanatismo? El relativista
carece de respuesta satisfactoria, porque la
respuesta habría de ser: «depende...».
La tolerancia, ¿cuenta o no cuenta con un
fundamento razonable, o sea, con una razón
objetiva? Si la respuesta es rotundamente
sí, se ha descalificado el relativismo; si
la respuesta es no, entonces el relativismo
carece de fundamento racional para
afirmar el valor de la tolerancia. Sólo le
queda el recurso de decir algo así: «es que
obviamente es preferible». Pero teniendo en
cuenta que el fanático no lo ve nada claro,
la postura relativista se muestra
arbitraria, voluntarista y dogmática. En
resumidas cuentas, es en sí mismo
contradictorio. Lo cual explica que haya tan
pocos relativistas consecuentes. En rigor,
es imposible ser consecuente con el
relativismo, como no se puede ser
consecuente sobre la base de que dos más dos
sean a la vez tres y medio, cuatro y cinco.
Por el contrario, la doctrina cristiana
enseña, por una parte, que lo falso no tiene
nunca derecho a presentarse como verdadero;
y por otra, que «la verdad debe
presentarse amable, no agria, ni molesta, ni
impuesta a la fuerza o con violencia, pues
de otro modo se haría imposible la paz entre
los individuos y los pueblos, cuando el Hijo
mismo encarnado, Príncipe de la paz, por su
cruz reconcilió a todos los hombres en
Dios...» (Concilio Ecuménico Vaticano II,
Gaudium et spes, n. 78).
Para el relativista la tolerancia es una
actitud carente de fundamento racional. En
cambio, para el cristiano como tal, la
tolerancia es una virtud moral necesaria y
opuesta al vicio de la intolerancia.
Si un cristiano es intolerante —lo que ha
sucedido más de una vez—, siempre se le
podrá argumentar: usted actúa contrariamente
a su fe; ahonde un poco más en los
contenidos de su credo, sobre todo en lo
afirmado por su Maestro: es preciso
amar no sólo a los amigos, sino también a
los enemigos. Es posible que se
convierta a la tolerancia. Razones hay para
ello.
En cambio, el relativista carece de
fundamento para convencer a nadie de la
necesidad de la tolerancia. No podrá invocar
con éxito el credo relativista, precisamente
porque éste consiste en la negación de todo
fundamento absoluto respecto a la verdad y
al bien. Él mismo se encontrará en momentos
de crisis difíciles de superar, porque ser
tolerante siempre,
a lo largo de una
vida un
poco dilatada,
es sin duda bastante arduo.
¿Quién está, pues, más inclinado al respeto
al discrepante y a las minorías? ¿quién se
encuentra más próximo al ideal democrático,
el relativista o el cristiano?
Cabe añadir que «el verdadero y
buen cristiano ha de entender que
dondequiera que se encuentre la verdad, es
cosa propia de su Señor» (San
Agustín, De Doctrina christiana,
cap. XVIII, núm. 28). En consecuencia, si el
discrepante manifiesta estar en posesión de
una verdad hasta entonces desconocida por el
cristiano, éste debe entender que se
encuentra con algo así como un mensajero
divino —aun pudiendo ser éste un relativista
en desliz—, portador de algo cuyo copy
right eterno resulta ser... del Espíritu
Santo.
***
antonio orozco
arvonet@gmail.com