Antonio Orozco
Delclós
Arvo, 22.03.2005
Hoy, en
Laverdad.es
aparece un artículo –"correo electrónico"- con el
que no puedo estar de acuerdo en absoluto, al menos
en la letra, puesto que desconozco la intención
(quizá escriba irónicamente, y por eso hable de
"democracia "vacía"). Transcribo y después comento:
Democracia vacía
Clemente Ferrer Roselló/CORREO ELECTRÓNICO
El concepto de democracia parece estar unido con
el relativismo, que se presenta como la
verdadera garantía de la libertad. Por lo tanto
no puede admitir, para que sea un relativismo
democrático, los valores trascendentales no
caben, una democracia vacía necesita hombres sin
convicciones, seres ágiles, ligeros, liberados
de todo valor moral y sin ningún escrúpulo.
[...] El demócrata no debe creer en nada. Debe
ser desconfiado, incrédulo, indiferente,
desinteresado y frío. Es necesario creer
firmemente en la necesidad de no creer en nada.
He ahí el superficial imperativo democrático.
En la democracia vacía no tienen cabida los
valores absolutos o trascendentales, las
convicciones firmes y los principios indomables.
El único valor incuestionable es el bienestar.
Renuncia a comprometerse con la dignidad del
hombre y los derechos humanos. La más alta
garantía democrática es la frivolidad. Hay que
renunciar a los principios, vivir
superficialmente ya que tomarse algo en serio
significaría creer en ello, y la creencia es
intolerancia potencial, es decir,
antidemocrática.
El paradigma ético de la democracia vacía
sanciona la fluctuación como base de la vida.
Esa actitud desconoce el significado genuino de
la perspectiva ética, sin la que el discurso
moral se convierte en retórica insustancial.
Cuando se cree exclusivamente en el éxito, el
dinero, la fama, el poder o el goce, los
principios morales tienden a separarse del
principio que los fundamenta. Dejan de ser
valores absolutos y se convierten en estrategias
de acción acomodadas a las circunstancias.
Suele decirse irónicamente que la democracia es el
sistema menos malo de gobierno. En mi opinión
la democracia puede y debe llegar a ser la
mejor forma de gobierno, el gobierno en el que
de algún modo participan todos los ciudadanos,
fundados en unas cuantas verdades que no son
relativas, sino absolutas; de lo contrario no cabría
hablar de "demo-cracia". Los valores absolutos que
necesariamente han de reconocerse como fundamento
pueden reducirse a los siguientes:
1) la dignidad inviolable de la persona humana
como tal –en singular y en cualquier situación
en que se encuentre;
2) el valor de la libertad, inherente a la
persona humana como tal;
3) la existencia de la verdad;
4) la capacidad de conocer la verdad;
6) la limitación de la persona singular en el
conocimiento de la verdad; la persona puede
conocer la verdad, aunque parcialmente;
5) la capacidad de comunicar la verdad conocida
y compartirla;
6) la posibilidad y necesidad de dialogar sobre
la verdad práctica: el bien común a realizar;
7) la posibilidad de gobernar arbitrando medios
que no ofendan a quienes, sin compartir nuestras
ideas, compartan los supuestos anteriores y sus
consecuencias fundamentales (léase, por ejemplo,
los Derechos humanos firmados por muchos países
en la ONU).
Estas pocas verdades o valores son asequibles a
todos; son valores absolutos y suficientes para
fundar un régimen democrático en el que cabemos
todos. Otra cosa es que lo que nos quieran vender
unos cuantos sea una democracia aparente,
demagógica, en la que cabe un solo partido con una
ideología determinada y excluyente; lo cual equivale
a fanatismo (un curioso tipo de mesianismo en el que
todo vale). Sin valores absolutos, no hay siquiera
valor para defender la democracia. El utilitarismo
es la alternativa: utiliza a la persona, la
cosifica, la sacrifica en aras del dios Estado. Ahí
tenemos la Historia. En este caso, no habría más
remedio que dar la razón al articulista citado. El
relativismo no sólo no es fundamento o garantía de
la democracia: es su carcoma.