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1. ¿QUÉ ES LA VERDAD? (André Frossard)

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RELATIVISMO Y VERDAD

 

André Frossard *

 

¿QUÉ ES LA VERDAD?
¿EN QUE SE CONOCE QUE UNA COSA ES VERDADERA?
¿SE PUEDE AFIRMAR QUE UNA COSA ES BELLA?

¿SE PUEDE SER OBJETIVO?

 

 «¿Qué es la verdad?»

 Se lee en el Evangelio que cuando Cristo compareció ante Pilato le dijo: "... para eso vine al mundo, para dar testimonio de la verdad", y que en ese momento el gobernador romano, como preguntándose a sí mismo, murmuró antes de salir del pretorio: "¿Qué es la verdad?"[Ioh 18, 37‑38]. Se trataba de la última gran cuestión que el paganismo tenía razones fundadas para plantear, después de tanto haber interrogado al cielo durante siglos con una admirable y vana agudeza de espíritu. Los pensadores griegos y algunos otros lo han dicho todo, pero no todos han dicho lo mismo, y como sus teorías son de una lógica irreprochable, podemos considerar que todas ellas son verdaderas, lo que significa que no hay una sola verdad sino muchas, tantas como inteligencias con posibilidad de razonar correctamente.

 Sin embargo, Cristo nos dice: «Yo soy la verdad» [ Ioh 14, 6].

 La verdad no es para nosotros una idea, ni un misterio, ni una filosofía, sino una persona que no puede ser, evidentemente, más que Jesucristo. Porque si bien es cierto que los griegos exploraron el pensamiento humano en todas direcciones, y que Monod ya se anticipa en Demócrito, y Darwin en Heráclito, y que ahondando lo suficiente pueden hallarse ideas de Hegel en Platón, también es verdad que, desde el principio de la historia hasta hoy, solamente Cristo nos ha descubierto y enseñado algo del pensamiento divino. De donde resulta que la verdad, para nosotros, no es más que la irradiación de su persona en nuestra vida, en el mundo y en el pensamiento.

 «¿En qué se conoce que una cosa es verdadera?»

 «No tenemos medio alguno de saberlo.‑Los antiguos definían lo verdadero como "la adecuación ‑esto es, la conformidad o, si se prefiere, la coincidencia‑ de lo real y de la inteligencia". Pero Enmanuel Kant demostró hace mucho tiempo que no podemos conocer "la cosa en sí", sino sólo lo que ella es para nosotros, de modo que la adecuación de lo real y de la inteligencia no es nada más que una adecuación de la inteligencia consigo misma. La física ultramoderna ha confirmado plenamente el diagnóstico del filósofo de Kónisberg al mostrarnos que lo real está perpetuamente cambiando, que siempre hay más partículas más allá de las últimas partículas, hasta que no quede más que un misterioso flujo de energía. Es imposible, por tanto, hablar de una "adecuación de lo real y de la inteligencia", porque no existe una realidad aprehensible. En, consecuencia, no hay respuesta para esta pregunta. »

 Sin embargo, Tomás de Aquino nos dice: «Lo bello es el esplendor de lo verdadero.»

Se reconoce que una cosa es verdadera sencillamente por eso, porque es bella. Tomad una obra de arte moderno: el arco de un puente, la curva de un embalse; su elegancia es la expresión material y visible de un cálculo exacto. Lo bello y lo verdadero van siempre asociados y producen lo que se llama el estilo, que parece haberse refugiado, de un tiempo a esta parte, en las matemáticas y en la física. La ecuación de Einstein, desarrollada por desgracia en Hiroshima y en Nagasaki ‑ciudades bien reales por cierto‑, es en su sencillez de una belleza tal, que podría leerse sin excesiva sorpresa en el relato del Génesis («¡Que la energía sea igual a la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz!»)

 Así como el estilo está ligado a lo verdadero, lo está el talento al artificio cuando no a la mentira. Pascal tiene estilo porque su espíritu científico le permite seguir de más cerca la verdad. La filosofía moderna no es verdadera porque no es bella... y al revés. Cuando leéis una frase de Jean‑Paul Sartre como ésta: «La nada es un agujero del ser, una caída del en‑sí hacia el  por el que se constituye el para‑sí», está descartado que podáis encontrar la más pequeña dosis de verdad en tan indigesto revoltijo de palabras.

 Las objeciones tomadas de Kant y de la física ultramoderna son rechazables. Kant es un pensador importante, pero se sirve de la inteligencia contra ella misma y desconoce su aptitud esencial: el poder de eclipsarse totalmente ante lo que es. La física ultramoderna ni niega lo real, ni renuncia en modo alguno a conocerlo.

 Entre las trivialidades al uso en las conversaciones, se oye frecuentemente este tópico de la incredulidad general: «Es demasiado hermoso para ser verdad.» Detestable error. Si Dios existe, y está claro que existe, nada es nunca bastante hermoso para ser completamente verdadero.

 «¿Puede afirmarse de una cosa que es bella?»

 «¿Cómo? Bello, decía juiciosamente Aristóteles, es "lo que agrada a la vista". Se trata, pues, de una simple relación de conveniencia entre un objeto cualquiera y el que lo mira, que no lo verá de la misma manera ‑o si se prefiere, con los mismos ojos‑ si es europeo, esquimal o papú, si es una persona formada o inculta, si ha aprendido a andar sobre alfombras persas o sobre la tierra apisonada de una choza, si ha estudiado o no lo suficiente para poder establecer, entre las obras que se ofrecen a su vista, las comparaciones que constituyen el fundamento de todo juicio; y aun así, éste tendrá siempre una carga subjetiva. Un africano del sudoeste se quedará extasiado ante la "Venus hotentote", que a nosotros nos parece deforme, y retrocederá horrorizado ante la Diana cazadora; el chino pensará que al Partenón le faltan formas curvas, y el musulmán que nuestros campanarios son minaretes demasiado toscamente tallados como para que con ellos pueda escribirse algo en el cielo. Son cosas tan evidentes que no necesitan demostración. »

 Sin embargo, «esas evidencias» son la ruina de la moral, de la inteligencia y del corazón, porque lo que se acaba de decir de lo bello podría decirse también de lo verdadero y del bien, que quedarían reducidos así a una mera cuestión de opinión o de gustos: y una afirmación de esa naturaleza provoca necesariamente la ruptura de toda comunicación entre las inteligencias y de toda comunión entre los corazones.

 Los ejemplos citados son equívocos. Hemos sido nosotros los que hemos adornado con el nombre de «Venus» a la pobre mujer disecada que uno de nuestros museos ofrece a la curiosidad de las gentes. Los hotentotes no tuvieron jamás relaciones conocidas con las diosas griegas. El Partenón es un paradigma del arte y no sólo los griegos lo admiran. Nada prueba que un chino no sea capaz de apreciarlo, igual que un descendiente de los vikingos o de los galos puede descubrir belleza en una pagoda, cuyos aleros combados hacia arriba evocan la figura frontal de algún animal sagrado o el reclamo de un indicador invitando al cielo a visitar el edificio. Por otra parte, el Partenón no sólo basa su belleza en la perfección de sus proporciones: es una soberbia «jaula a lo divino», el más hermoso esfuerzo de la inteligencia pagana por encerrar la amenazante desmesura de los dioses en los límites de la razón humana. Tal es el principio implícito de su arquitectura, la causa primera, inmaterial, de la admiración que cada cual le profesa por instinto.

 Desde luego, el materialista se empeñará en sostener que todas las pretendidas bellezas del templo, de la pagoda, de la flor de lis o de la rosa no pasan de ser afortunados encuentros con nuestros globo ocular y que su conformación está preparada para elaborar armonías geométricas

 ,que no existen en la realidad más que virtualmente. 1~,l materialista podría asombrarse de ese poder otorgado a su mirada, pero no lo hace, seguramente por miedo a tener   que agradecer a alguien ese don. No dará las gracias más que a sí mismo y dirá con Paul Valéry que el Partenón «es, antes que nada, un montón de piedras», o que la flor de lis es en primer lugar un vegetal, al que su ojo atribuirá elegancias que el vecino hallará preferentemente en el tulipán o en la simple grama. Cuestión de gustos. El materialista no caerá en la cuenta de que esa manera de pensar ha ocasionado ya espantosos estragos entre nosotros. Porque si las cosas no son por sí mismas ni bellas ni feas, ni buenas ni malas, si sólo nosotros lo decidimos ‑sin poder, por otra parte, decidir por los demás‑, si acerca de ello hay tantas opiniones como jueces, habrá que deducir que no hay referencias para las inteligencias; y como es necesario vivir en sociedad, tendrá que ser el poder político el que tome las decisiones por todos y para todos, más o menos brutalmente. Se empieza por no escuchar el mensaje de la rosa y se ve uno obligado a padecer el ruido de los palos.

 El cristiano no se deja acorralar por esa lógica. Recuerda que Cristo, de quien procede toda verdad, dijo a sus discípulos: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» [Mt 5, 43]. Hay, pues, para él, una perfección suprema que comprende necesariamente lo bello, el bien, lo verdadero; si no fuera así, seria una perfección imperfecta. De donde se desprende que todas las cosas creadas, como consecuencia de esa perfección absoluta, poseen en alguna medida una chispa o un reflejo que nos permite afirmar con plena seguridad que son hermosas, cuando nos apartamos lo suficiente para percibir lo que pregonan de Dios; porque las criaturas, al cabo, sólo hablan de Él.

 Es necesario que Dios exista para que podamos decir que una rosa es bella, incluso cuando cerramos los ojos. Porque la belleza de las cosas proclama el recuerdo que conservan de Él, y se hacen feas cuando lo olvidan.

 Y eso es igualmente verdadero en el plano de la moral.

 «¿Se puede ser objetivo?»

 «Es una pregunta que se formula de vez en cuando a los candidatos a bachiller y que éstos, en general, tienen la prudencia de responder diciendo que si bien la objeti­vidad es deseable, es desgraciadamente imposible. Inmer sos en un mundo cuya profunda naturaleza se nos escapa, tributarios de nuestros sentidos ‑que a veces nos sumi nistran informaciones dudosas‑, como ya observó Des cartes con el ejemplo del palo que parece doblarse cuando se introduce en el agua, o el de las filas de casas que dan la sensación de que se juntan al final de la calle; prisione ros de la estructura de nuestro cerebro y de las categorías de nuestra inteligencia; formados o deformados por el medio ambiente, la educación, las plurales influencias que se ejercen con harta frecuencia, sin que nos demos cuenta, sobre nuestro juicio, a lo que se añade nuestra propensión a pintar las cosas del color que nos conviene y a no ver en ellas más que lo que nos gusta, todo viene a demostrar que la objetividad es un ideal inaccesible o, dicho más prosai camente, una ilusión más.En resumen, es tan imposible tener una visión objetiva del mundo como que un pez salga del agua para tomar una vista general del océano

Sin embargo, hay peces voladores. Y, ya más en serio, supone mostrarse notablemente objetivo el hecho de reconocer que uno no lo es.

Desde que nos hemos olvidado o renegado de nuestro origen, cometemos tantos errores sobre la inteligencia, que tan pronto sospechamos que deforma lo que contempla como que nos hace creer que conoce las cosas, siendo así que no se conoce más que a sí misma, y cuyo nombre sirve para designar lo mismo el genio de Pascal que la astucia de un político de barrio, la perspicacia del investigador de laboratorio que el talante respondón de la chiquilla mal educada.

Ahora bien, la inteligencia, como todo lo demás, procede del amor, y se puede afirmar de ella lo que san Pablo dijo de la caridad: que es paciente, que es servicial, que no busca su propio interés, que no se complace en ella misma, que es toda para todos, que su gloria depende de la humildad con que se practique. Nacida en nosotros de un deseo de la Palabra, está hecha para dialogar con la luz y ése es el diálogo que pretende reanudar cuando interroga al cielo y a la tierra, a los misterios de la vida, del espacio y del tiempo. Como toda ciencia, posee la objetividad por principio y el desapego de sí por regla, y se puede decir de ella, sin caer en la paradoja, que existe plenamente cuando no existe en absoluto, que es un puro espejo del otro porque ésa en su manera de amar.

 No ignora la inteligencia ninguna de las desventajas antes enumeradas y que pueden obstaculizar el ejercicio de su libertad, pero la sorprendente facultad de emergencia que posee le permite descubrirlas y, por ende, superar''las. Sabe que sus débiles sentidos sacan muy pocos elementos dei inmenso mar de energía que nos rodea, pero también sabe que le bastan y le sobran para indicarle el camino que conduce a la luz increada, principio y fin de su búsqueda; que no hallará descanso más que en Dios, y no en ninguna otra parte. Conoce igualmente que está encarnada, vinculada. al polvo de que estamos compuestos, que puede sufrir con este cuerpo del que depende, y pasar por las tinieblas cuando él pase por la cruz. Razón de más para no entenebrecerlo ella misma impidiéndole el paso hacia donde se le espera y para no encerrarlo en la lúgubre mazmorra del subjetivismo arrebatándole, al mismo tiempo, la inefable esperanza de eternidad que lleva dentro de sí el ser efímero en que consistimos.

La objetividad es, ciertamente, difícil, como también lo es la contemplación, y el desprendimiento, y la humildad. Pero si alguien os dice que es imposible, podéis estar seguros de que ese alguien nunca será capaz de hacer otra cosa que tejer una red de relaciones entre los objetos, por lo que deambulará sin amor, del mismo modo que la araña despliega sus hilos en un rincón del techo, y a esos tales, ¡dejadlos con sus moscas!

Texto facilitado por Ediciones Rialp para uso exclusivo de lectores de www.arvo.net

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* ANDRÉ FROSSARD

Detalles biográficos

Comentarista política y articulista de prestigio internacional, miembro de la Academia Francesa. Fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años. Cuenta su conversión en Dios existe, yo me lo encontré (Gran Premio de Literatura Católica en Francia, 1969, best-seller mundial, editada en español por Rialp).

 André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde "católico, apostólico y romano". 

Ateo perfecto, ni se planteaba el problema de Dios 
El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina conversión se entienden un poco más contemplando su propia familia, como nos lo cuenta él mismo: "Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar en vano un debate cerrado mucho tiempo atrás por la razón. Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema. (...) 

El mundo: material y explicable 
Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (...) No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios. 

¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea. De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más tarde, como una amiga de la infancia... Los que no la han recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel... 

Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde (socialista que colaboró en la redacción del programa colectivista revolucionario) y una fotografía de Jaurès. 

Fascinado por Marx 
Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción solar. Karl Marx escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de dialéctica compacta velaba mi sueño de niño. (...) 

El domingo 
El domingo era el día del Señor para los luteranos, que a veces iban al templo, y para los pietistas, que se reunían en pequeños grupos bajo la mirada falta de comprensión de otros. Para nosotros era el día del aseo general, en el agua corriente del arroyo truchero, después del cual mi abuelo mi friccionaba la cabeza con un cocimiento de manzanilla..." 

Navidad sin sentido 
En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte (...) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados. 

Sus padres unidos por el socialismo 
Entre las izquierdas la política se consideraba como la más alta actividad del espíritu, el más hermoso de los oficios, después del de médico, sin embargo. A ella debían mis padres, por otra parte, el haberse encontrado. Mi madre de espíritu curioso, había escuchado a mi padre hablar del socialismo ante un auditorio obrero, con la fogosidad de sus veinticinco años, una inteligencia combativa, una voz admirable. Desde aquel día, ella le siguió de reunión en reunión, por amor al socialismo, hasta la alcaldía. Cuando me contaba esa historia, yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres eran mis padres desde siempre y no imaginaba que hubiesen podido no serlo en un momento dado de su existencia. La honestidad, la natural decencia de su vida en común, me habían dado del matrimonio la idea de una cosa que no podía deshacerse y que, al no tener fin, no había tenido comienzo. 

La política llenaba la vida familiar 
Mi madre vendía al pregón el periódico de la Federación Socialista, completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la política llenaba la vida de mi padre. (...) 

Jesucristo hubiera sido de los suyos
Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión". 

Encontró a Dios sin buscarlo
Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no por otra razón, fue el afortunado en recibir el regalo de la conversión. El no buscaba a Dios. Se lo encontró: "Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré. 
Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito. 
Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.
Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra. 
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, "católico, apostólico, romano", llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable. 
Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

Cómo lo encontró
No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (...) 
Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como quisiera que estuviese enseguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión. (...) 

Una revolución exraordinaria
Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó. Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la "gracia", dijo, un efecto de la "gracia" y nada más. No había por qué inquietarse. 
Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia. 
Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella". 

Best-seller mundial 
Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe. Yo me lo encontré, que mereció el Gran Premio de la literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller mundial. 
En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la Comisión del Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de su país en el presente siglo.

 

Enviado por Rialp - 13/07/2009 ir arriba

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