Por
José Miguel Ibáñez Langlois*
Arvo Net, 14.09.2006
La píldora del día siguiente nos está
planteando un sinnúmero de problemas
médicos, psicológicos, éticos y sociales,
que involucran hoy a las fuerzas vivas del
país, y esto por graves motivos: por la
escasa edad mínima de las usuarias -catorce
años-, por la olímpica omisión y aun
exclusión de sus padres, por la simple vía
administrativa con que se zanjan (y en forma
inconsulta) problemas del más alto rango
jurídico, y por la dudosa eficacia (peor
aún, por la posible eficacia inversa) de
esta clase de medidas, según una ya amplia
experiencia internacional.
En estas líneas quiero ocuparme sobre todo
de la lógica -o falta de lógica- con que
suele argumentarse hoy a favor del reparto
pastillero. Un primer argumento afirma que
las autoridades responsables deben actuar
"por el bien de la comunidad", mientras que
actuar "según la opción personal de la
conciencia" sería lo impropio (de los
alcaldes disidentes, por ejemplo). Pero esta
contraposición es irreal, y está
conceptualmente vacía, porque debemos
suponer que unos y otros -partidarios y
adversarios de la temprana píldora- actúan
según el dictamen de su conciencia personal;
y unos y otros lo hacen pensando en el bien
de la comunidad entera. Luego todos están a
la par en este aspecto, y plantear la
cuestión en términos de comunitarismo
(bueno) versus individualismo (malo) es una
mera ficción, un raciocinio ilógico, imagino
que derivado de la ausencia de todo debate
público previo al lanzamiento de esa medida.
Tal vez la única diferencia sea el marcado
sesgo ideológico que esta política reviste,
al formar parte de una "agenda valórica" que
se declara pro familia, pero corre el serio
peligro de no serlo en la práctica.
Una primera víctima de
esa falacia es la Iglesia Católica. En
cuanto su jerarquía abre la boca para
pronunciarse sobre un grave asunto moral
como éste, casi por rutina ciertos
intelectuales suelen rasgarse las
vestiduras, acusándola de ignorancia en la
materia: sus obispos no saben de qué están
hablando, desconocen "la realidad", como si
toda su sabiduría se limitara al purgatorio
o al ayuno de Cuaresma. Esto me recuerda
cierto cóctel de miembros de la Academia
Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y
Morales, uno de cuyos asistentes contó un
suceso que incluía adulterio; al
mencionarlo, púdicamente se refirió a mí en
términos de este tipo: "Con perdón del padre
aquí presente". Pero otro académico más
sagaz le respondió: "¡Qué perdón del padre,
si él oye de primera mano y sabe de estas
cosas mucho más que todos nosotros!".
En cuanto al carácter
abortivo de la píldora, por cierto que no lo
determina la autoridad eclesiástica, como
tampoco determina ella el inicio de la vida
humana, sino las instancias competentes del
saber humano (desinteresado) con sus propias
conclusiones, y en este caso -a mayor
abundamiento- con la información de los
fabricantes de la píldora, junto con los
sólidos datos de la Organización Mundial de
la Salud. Por lo demás, el mero nombre de
"anticoncepción de emergencia" es ya una
falacia -un eufemismo-, porque la
anticoncepción es un microaborto, y la
emergencia lleva camino de convertirse en
una rutina antinatalidad, con el
consiguiente deterioro de nuestra ya
empobrecida situación demográfica.
Otro de los argumentos
es defensivo: con la píldora al alcance de
las muchachitas, sus partidarios afirman que
no pretenden en absoluto promover el aborto
ni el sexo prematuro e irresponsable. Y por
supuesto que no lo pretenden: nadie los ha
acusado de tal barbaridad. Pero una cosa son
las intenciones de los actos humanos (y el
infierno, dice el refrán, está empedrado de
buenas intenciones), y otra cosa son los
resultados -¡previsibles!- de nuestros
actos. La señal que trasmite a la juventud
aquel reparto generoso puede expresarse
crudamente así: adelante con el sexo libre a
los 14, 15, etc., siempre que se tomen
precauciones de seguridad. Luz verde para
las relaciones sexuales "si así se lo
decide", como reza el pildorismo, ya que de
la luz roja se encargará tres días después
la píldora. ¡Un mínimo de "señalética" (y de
psicología), por favor! La misma señal
pública emiten las campañas de
preservativos. Pero unas y otras tienen el
efecto inevitable de desincentivar la
abstinencia juvenil y de aumentar la
promiscuidad sexual, con todas sus secuelas
indeseables de embarazo precoz, de sida, de
enfermedades venéreas, como lo muestran en
forma flagrante diversos países. Los casos
de España e Inglaterra son los más
documentados y cuantificados al respecto,
pero no los únicos.
Las campañas de
vanguardia son hoy, en cambio, las que
tratan de implicar a los padres de familia
en la educación sexual y afectiva de los
hijos. Este imperativo no responde sólo, en
el dominio de los principios, al derecho y
deber fundamental de los padres como
primeros educadores; también desde el punto
de vista de la eficacia es lo que realmente
funciona. Es el camino largo y difícil pero
eficaz, mientras que la vía química es
tentadora por lo fácil e inmediata, pero
resulta contraproducente. La cantidad de
embarazos juveniles es un problema tan
tremendo, que no podemos darnos el lujo de
equivocarnos en su resolución. Toda campaña
que soslaye el factor clave de la educación
-el protagonismo de los padres de familia-
está destinada al fracaso, por muchas
píldoras que se distribuyan, o peor aun, por
el hecho de distribuirlas. Las autoridades
públicas deben velar por la salud de hijos y
padres, pero no obstaculizar la ya difícil
tarea de estos últimos con aquellas
sospechosas asesorías íntimas y casi
clandestinas a sus mocitas. Quien no ayuda a
limpiar, que por lo menos ayude a no
ensuciar los espacios del alma adolescente.
Por eso mismo, bueno
sería que dejáramos de llamar educación
sexual a una mera descripción de procesos
fisiológicos, enriquecida con la conveniente
presentación de la batería anticonceptiva
cuando no abortiva. Uno de los rasgos más
penosos de la civilización contemporánea
consiste en tratar de resolver profundos y
complejos problemas humanos mediante la
magia del artefacto técnico que todo lo
arregla: el uso del mecanismo tecnológico
-algo así como la emblemática pastilla que
Huxley llamó "soma" en "Un mundo feliz"-, en
vez de los arduos desafíos de nuestra
conciencia moral, de nuestra humanidad: del
espíritu. El abismo del alma delega sus
poderes en el laboratorio. Pero esa
tecnificación masiva de lo más hondamente
humano de nuestro ser es parte intrínseca
del proceso de deshumanización que hoy nos
corroe y empobrece. No en vano esa invasión
tecnológica de la sexualidad y de la
fertilidad está convirtiendo al sexo en una
realidad cada vez más trivial e
intrascendente de nuestro mundo.
*José Miguel Ibáñez
Langlois
Doctor en Filosofía y Letras, y en Teología;
Miembro de Número de la Academia de Ciencias
Sociales, Políticas y Morales del Instituto
de Chile.
Colaborador de
El Mercurio