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SANTA MARÍA REINA (Antonio Orozco Delclós)

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SANTA MARÍA REINA

SANTA MARÍA REINA



 

El camino de infancia. Fundamento teológico, tradición, liturgia  y Magisterio. Servir a Dios es reinar. El poder de María. Reinar es servir. Meditación.

Por Antonio Orozco-Delclós

Arvo Net, 22.08.2006

 

 

 

Al misterio de la Asunción de María Santísima acompaña una prerrogativa muy querida del pueblo cristiano: la Coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado. Lumen gentium así lo declara: «la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejará más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan[1] y vencedor del pecado y de la muerte» [2].

 

El tema es riquísimo e inagotable. Meditaremos aquí sencillamente algunos aspectos del Señorío de Nuestra Madre, su fundamento, modo y consecuencias. Comencemos desde la infancia espiritual, para pasar enseguida a los argumentos teológicos.

 

I. El camino de infancia

 

«Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria.‑Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora.‑Tú y yo ‑niños, al fin‑ tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla. / La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios... Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Ésta?» [[3]]

 

Este es el «camino» de la infancia espiritual, que san Josemaría utilizaba para adentrarse en los grandes misterios revelados por Dios y exceden nuestra capacidad de comprehensión.  Es de gran utilidad para al alcanzar el Reino de los Cielos, pues solo los niños y los que se hacen como niños, ha dicho Jesús, lo alcanzarán [4]. Tomar la cola del espléndido manto azul de la Virgen nos permite asistir a su gloriosa entrada, en cuerpo y alma, a los Cielos,  participar del gozo de la Trinidad Beatísima, de San José, de todos los Ángeles y santos allí presentes celebrando la gran fiesta. Ahora estamos invitados asistir a un nuevo encanto, que aumenta aún más nuestra alegría: «El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo» [[5]].  Nos fijamos en José, que no sabe si reír o llorar y opta por hacer las dos cosas al mismo tiempo. Al fin y al cabo, en el Cielo se puede dar rienda suelta a todas las emociones nobles que caben en el pecho humano. La Virgen está preciosa, como nunca. Ha recibido ya la mayor gloria posible en una criatura. «Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo»[[6]].

 

Nosotros ya sabíamos que era Reina. Se lo hemos dicho tantas veces: Salve, Reina y Madre de misericordia... Pero nos gusta volver una y otra vez a ese momento magnífico, para decirle así: ¡Reina!

 

«Si tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora de todo lo creado» [7]. ¡Por supuesto que sí! Además, hay algo que podemos hacer con pleno derecho: coronarla Reina de nuestro corazón y Señora de nuestra libertad. Porque «la Madre de Cristo, Rey y Señor de todo lo creado, Rey de un reino de vida, de verdad, de santidad, de gracia, de justicia, de amor y de paz [[8]], es Reina también del mundo, de los hombres y de los ángeles. Reina que ansía reinar, antes que nada, en los corazones de sus hijos» [[9]].

 

¿Cómo podría coronar yo a la Señora de mi libertad, a la Reina de mi ser? «Es justo  que el  Padre y  el Hijo  y el  Espíritu Santo coronen a la Virgen como Reina y Señora de todo lo creado.  / -¡Aprovéchate  de ese  poder! y,  con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. -Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas,  porque  no  tengo  piedras   preciosas  ni  virtudes.- ¡Anímate! ¡PUEDES! ». [[10]]  Es verdad, no tengo oro ni plata, ni virtudes que puedan adornar mi corona para Ella. Pondré entonces mis actos de contricción ‑mi dolor profundo por mis pecados y negligencias‑ y mis actos de amor continuos. Mi corona para la Reina estará hecha de piedras preciosas muy pequeñas. Pero «las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas» [11]. «¿No has visto en que 'pequeñeces' está el amor humano? Pues también en 'pequeñeces' está el Amor divino»[12]. El alma de la Madre de Dios y Madre nuestra es la más grande, y se sentirá orgullosa de lucir en el Cielo nuestra corona de cosas pequeñas. Ya la vemos en el seno de la Trinidad Beatísima, paseando con San José por entre los ángeles y santos, con mi corona suya. Procuraré enriquecerla cada día más: más actos de fe, de esperanza y de Amor; más jaculatorias, más miradas y sonrisas a sus imágenes, más también de esas obras que son los amores. Y si con su ayuda poderosa y delicadísima continúo así hasta el final, no hay duda de que seré muy señor de mí mismo, en primer lugar [13]; y luego, señor de las cosas todas: las dominaré sin ser dominado. Y después, reinaré con Ella ‑y con su Hijo, claro es‑ en el Cielo, en ese Reino que no tendrá fin, en el que se vive una gran fiesta eterna.

 

 

II. Fundamento y consideraciones teológicas

 

 

Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio

 

Al tema de la realeza de Cristo y María está íntimamente unido el de la «recapitulación» en Cristo de todas las cosas, que ahora solo podemos insinuar. María ha sido asociada también a esta función de Cristo Cabeza de la Humanidad. Con una cierta analogía, se puede afirmar que la Bienaventurada Virgen fue asociada al nuevo Adán, Cristo, formando con Él una sola cosa –[una caro, en expresión no simétrica con la de Gen.2, Mc 7,8, Ef 5, 31-32]-, la Esposa del Redentor, en un sentido espiritual sublime muy profundo. La exégesis bíblica lo descubre. En su seno virginal se encarnó el Logos divino y su Hijo la eleva para siempre, íntegra, con alma y cuerpo, al centro amoroso de la Trinidad, y a la derecha de la Cabeza de la nueva Humanidad por Él redimida.

 

Sagrada Escritura

 

a) En el libro del Apocalipsis leemos: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (12, 1). En esta mujer resplandeciente de luz los Padres de la Iglesia reconocieron a María. En su triunfo, el pueblo cristiano, peregrino en la historia, entrevé el cumplimiento de sus expectativas y el signo cierto de su esperanza.» [14]

 

b) Cuando el hijo que milagrosamente llevaba Isabel en el seno se estremece de alegría, al oír el saludo de la Virgen Madre, dice: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mi?» (Lc 1, 43). Decir «la madre de mi Señor» es tanto como decir «la Señora», «la Reina». Así se inicia una tradición ininterrumpida. Orígenes comenta esas palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres, tú, la madre de mi Señor, tú, mi Señora» [15]. «En este texto, dice Juan Pablo II, se pasa espontáneamente de la expresión «la madre de mi Señor» al apelativo «mi Señora», anticipando lo que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el título de «Soberana»: «Cuando se convirtió en madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas» [16]» [17]

 

La Liturgia

 

La liturgia, «fiel espejo de la enseñanza comunicada por los Padres y creída por el pueblo cristiano, ha cantado en el correr de los siglos y canta de continuo, así en Oriente como en Occidente, las glorias de la celestial Reina» [18]. En la Liturgia bizantina se dice: «Himno cantaré a la Madre Reina, a la cual me vuelvo gozoso, para celebrar con alegría sus glorias... Oh Señora, nuestra lengua no te puede celebrar dignamente, porque Tú, que has dado a luz a Cristo Rey, has sido exaltada por encima de los Serafines... Salve, Reina del mundo, Salve, María, Señora de todos nosotros» [19]. Y en el misal etiópico: «Oh María, centro del mundo entero, Tú eres más grande que los querubines y que los serafines... El Cielo y la tierra están llenos de la santidad de tu gloria»[20].

 

Regina coeli, laetare. Alleluial, ¡Alégrate, Reina del cielo!, es la oración de la Iglesia durante el tiempo pascual. Es el canto a su superioridad, por encima de todas las demás criaturas y el reconocimiento del papel singular que desempeña en la obra de la Redención.

 

El Magisterio de la Iglesia

 

Pío XII dedicó toda una encíclica al misterio que consideramos: Ad coeli reginam[21], a la cual se refiere la constitución Lumen gentium, del Concilio Vaticano II, indicando como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la obra de la redención. La encíclica recuerda el texto litúrgico: «Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz de Nuestro Señor Jesucristo»[22]. Ad coeli reginam establece, además, una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen. Cristo es rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género humano[23]. En el evangelio según san Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). En el lenguaje bíblico, «sentarse a la diestra de Dios» significa compartir su poder soberano. Sentándose «a la diestra del Padre», él instaura su reino, el reino de Dios. Elevada al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo. Observando la analogía entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María, podemos concluir que, subordinada a Cristo, María es la reina que posee y ejerce sobre el universo una soberanía que le fue otorgada por su Hijo mismo. [24] Juan Pablo II, en Redemptoris Mater insistirá e en que «la Madre de Cristo es glorificada como ‘Reina universal’.

 

¿Cómo reina la Madre de Dios?

 

Hablamos de reinar en serio. Reinar, en su sentido original, es regir, gobernar, mandar, no simplemente «decorar», presidir, inaugurar, o cosas semejantes. Regir, en sentido propio, implica iniciativa y capacidad decisoria. María lo hace a su modo. Lo hemos contemplado en las bodas de Caná. Allí se encontraba in ortu rerum, donde se distribuían los ingredientes de la fiesta. Se acababa el vino y María discurre por su cuenta: piensa y presiente que es llegada «la hora», el momento de que Jesús se manifieste como el Mesías, con poder sobrenatural. Discurre y sugiere. De este modo, tan sencillo, tan femenino y eficaz, rige la Madre de Dios la Historia de la salvación y -con toda su suavidad, con todo respeto a la libertad de su Hijo y de cada uno de los fieles- rige la vida de todos sus hijos.

 

Juan Pablo II lo ha visto claro: «Con su «mirada penetrante –dice de María -, es capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones» [25]. «Siguiendo al evangelista Juan, el Concilio destaca el papel discreto y, al mismo tiempo, eficaz de la Madre, que con su palabra consigue de su Hijo "el primero de los milagros". Ella, aun ejerciendo un influjo discreto y materno, con su presencia es, en último término, determinante. La iniciativa de la Virgen resulta aún más sorprendente si se considera la condición de inferioridad de la mujer en la sociedad judía. En efecto, en Caná Jesús no sólo reconoce la dignidad y el papel del genio femenino, sino que también, acogiendo la intervención de su madre, le brinda la posibilidad de participar en su obra mesiánica [...] A algunos la petición de María les parece desproporcionada porque subordina a un acto de compasión el inicio de los milagros del Mesías. A la dificultad responde Jesús mismo, quien, al acoger la solicitud de su madre muestra la superabundancia con que el Señor responde a las expectativas humanas, manifestando también el gran poder que entraña el amor de una madre» [26].

 

El poder de María

 

¿Cómo reina María, con qué poder? Con el poder de un corazón dulcísimo, de inmenso amor materno que no pretende otra cosa que servir. Su fuerza se resume en una palabra: oración.

 

John H. Newman lo explica así: «Este gran universo, que contemplamos día y noche, al cual llamamos mundo natural, está gobernado por leyes fijas que su Creador le ha dado, y por medio de esas leyes maravillosas está defendido de cualquier degeneración sustancial. Puede ocurrir que una parte de este mundo se rebele contra otra, puede también suceder que se produzcan en él cambios internos, pero, visto en su conjunto, está constituido así para durar indefinidamente… Así es el mundo de la naturaleza; pero existe otro mundo todavía más maravilloso. Existe una fuerza, un poder, que cambia y domina este mundo visible, que suspende y altera sus leyes; es el mundo de los ángeles y de los santos, de la Iglesia Santa y de sus hijos; y el arma de la que se vale para dominar esas leyes es el poder de la oración. Por medio de la oración se puede hacer todo lo que de manera natural es imposible. Noé oró, y Dios dijo que nunca más habría otro diluvio que anegase la raza humana. Moisés oró, y entonces cayeron sobre la tierra de Egipto las diez plagas. Josué oró, y el sol se detuvo en su camino. Samuel oró, y retumbó el trueno y la lluvia cayó en los campos de trigo. Eliseo oró, y cayó fuego del cielo. Elíseo oró, y el muerto volvió a la vida. Ezequías oró, y el numeroso ejército de los asirios fue derrotado y pereció. Por eso la Santísima Virgen es llamada Poderosa, y a veces también Todo-poderosa, porque posee, más que nadie, más que todos los ángeles, más que todos los santos, este grande, este poderoso don de la oración. Nadie hay que tenga el acceso al Todopoderoso que tiene Su Madre; nadie tiene tanto mérito como Ella. Su Hijo no puede negarle nada de lo que Ella le pida; de ahí viene el poder que Ella tiene. Siendo ella la defensora de la Iglesia, ni lo de arriba ni lo de abajo, ni hombres ni espíritus, ni grandes monarcas, ni las malas intenciones, ni la violencia del populacho, pueden llegar a hacernos daño; la vida humana es corta, pero María reina en lo alto: es Reina para siempre» [27].

 

El argumento no tiene vuelta de hoja. «El Padre ha querido poner a María cerca de Cristo y en comunión con él…: a la intercesión sacerdotal del Redentor ha querido unir la intercesión maternal de la Virgen. Es una función que ella ejerce en beneficio de quienes están en peligro y tienen necesidad de favores temporales y, sobre todo, de la salvación eterna: "Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz. Por eso la santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" [28]. Estos apelativos, sugeridos por la fe del pueblo cristiano, ayudan a comprender mejor la naturaleza de la intervención de la Madre del Señor en la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles. » El título de "Abogada" se remonta a san Ireneo. Tratando de la desobediencia de Eva y de la obediencia de María, afirma que en el momento de la Anunciación "La Virgen María se convierte en Abogada" de Eva [29]. Efectivamente, con su "sí" defendió y liberó a la progenitora de las consecuencias de su desobediencia, convirtiéndose en causa de salvación para ella y para todo el género humano. María ejerce su papel de "Abogada", cooperando tanto con el Espíritu Paráclito como con Aquel que en la cruz intercedía por sus perseguidores (cf. Lc 23, 34) y al que Juan llama nuestro «abogado ante el Padre» (cf. 1 Jn 2, 1). Como madre, ella defiende a sus hijos y los protege de los daños causados por sus mismas culpas. Los cristianos invocan a María como "Auxiliadora", reconociendo su amor materno, que ve las necesidades de sus hijos y está dispuesto a intervenir en su ayuda, sobre todo cuando está en juego la salvación eterna. La convicción de que María está cerca de cuantos sufren o se hallan en situaciones de peligro grave, ha llevado a los fieles a invocarla como "Socorro". La misma confiada certeza se expresa en la más antigua oración mariana con las palabras: "Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita" [30]. Como mediadora maternal, María presenta a Cristo nuestros deseos, nuestras súplicas, y nos transmite los dones divinos, intercediendo continuamente en nuestro favor» [31]

 

María, sentada a la diestra de su unigénito Hijo, con sus maternas súplicas obtiene cuanto pide, y su voz será siempre escuchada. Juan Pablo II se hacía eco de la tradicional oración Regina coeli, que sustituye al Angelus durante el Tiempo pascual y decía en ese contexto: «La revelación del poder divino del Hijo mediante la resurrección, es al mismo tiempo revelación de la "omnipotencia suplicante" (omnipotentia suplex) de María en relación con este Hijo» [32]. A tal extremo llega su poder, que «Ella revela la salvación, acerca la gracia incluso a quienes parecen los más indiferentes y alejados. En el mundo, que junto al progreso manifiesta su “corrupción” y su “envejecimiento”, Ella no cesa de ser “el comienzo del mundo mejor” (origo mundi melioris), como se expresó Pablo VI» [33]. Por esto, León XIII afirma que «a la Santísima Virgen en el dispensar gracias se le ha concedido poder casi inmenso».

 

No faltan acontecimientos contemporáneos que, para quien conoce las revelaciones privadas de la Virgen en Fátima, presentan todas las características de una intervención directa de María, rectificando el rumbo de la Historia. Pero todo aquél que se haya adentrado por los caminos interiores de la vida cristiana seguramente podrá contar experiencias muy claras, aunque no sean racional o empíricamente demostrables, de la intervención de la Virgen en momentos trascendentales de su vida. Esa acción benefactora, sin embargo, no se limita a espacios puntuales, sino a todo el curso de nuestra existencia.

 

 

Reinar es servir

 

Juan Pablo II ha glosado bellamente el misterio de la realeza de María y su modo de gobernar: «María se ha autodefinido "esclava del Señor" (Lc 1, 38). Por su obediencia a la palabra de Dios ella ha acogido su vocación privilegiada, nada fácil, de esposa y de madre en la familia de Nazaret. Poniéndose al servicio de Dios, ha estado también al servicio de los hombres: un servicio de amor. <

Enviado por Arvo Net - 21/08/2006 ir arriba

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