En el libro La Virgen María, Ed.
Palabra, Madrid 1998, se recogen las
enseñanzas impartidas por Juan Pablo II
en las audiencias generales a lo largo
de dos años (1995-1997) sobre la Madre
de Dios y de la Iglesia. Constituyen un
documento excepcional por su hondura
teológica, por la piedad con la que el
papa habla de María y por el estilo
asequible a todas las mentalidades. Con
ocasión de la fiesta de la Asunción de
la Virgen en cuerpo y alma a los Cielos,
publicamos las alocuciones que refieren
a este gran misterio.
LA GLORIFICACIÓN DE LA VIRGEN
LA DORMICIÓN DE LA MADRE DE DIOS
Audiencia general, 25-VI-1997.
1. Sobre la conclusión de la vida terrena de
María, el
Concilio cita las palabras de la bula de
definición del
dogma de la Asunción y afirma: «La Virgen
inmaculada, preservada inmune de toda mancha
de pecado original,
terminado el curso de su vida en la tierra,
fue llevada en
cuerpo y alma a la gloria del cielo»
(Lumen gentium, 59).
Con esta fórmula, la constitución apostólica
Lumen gentium,
siguiendo a mi venerado predecesor Pío XII,
no se pronuncia sobre la cuestión de la
muerte de María. Sin
embargo, Pío XII no pretendió negar el hecho
de la
muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar
solemnemente,
como verdad que todos los creyentes debían
admitir,
la muerte de la Madre de Dios.
En realidad, algunos teólogos han sostenido
que la
Virgen fue liberada de la muerte y pasó
directamente de la vida terrena a la gloria
celeste. Sin embargo, esta opinión era
desconocida hasta el siglo XVIII, mientras
que, en realidad,
existe una tradición común que ve en la
muerte de
María su introducción en la gloria celeste.
2. ¿Es posible que María de Nazaret haya
experimentado
en su carne el drama de la muerte?
Reflexionando en
el destino de María y en su relación con su
Hijo divino,
parece legítimo responder afirmativamente:
dado que
Cristo murió, sería difícil sostener lo
contrario por lo que
se refiere a su Madre.
En este sentido razonaron los Padres de la
Iglesia, que
no tuvieron dudas al respecto. Basta citar a
Santiago de
Sarug
(+521),
según el cual «el coro de los
doce Apóstoles», cuando a María le llegó
«el tiempo de caminar por la
senda de todas las generaciones», es decir,
la senda de la
muerte, se reunió para enterrar «el cuerpo
virginal de la
Bienaventurada» (Discurso sobre el
entierro de la santa
Madre de Dios, 87-99
en C. Vona,
Lateranum 19 [1953],
188).
San Modesto de Jerusalén
(+634),
después de hablar largamente de la
«santísima dormición de la gloriosísima
Madre de Dios», concluye su «encomio»,
exaltando la intervención
prodigiosa de Cristo, que «la resucitó de la
tumba» para tomarla consigo en la gloria
(Enc. in dormitionem
Deiparae semperque Virginis Mariae,
nn.
7 y 14; PG
86
bis,
3.293; 3.311).
San Juan Damasceno (t
704),
por su
parte, se pregunta: «¿Cómo es posible que
aquella que en el parto superó todos los
límites de la naturaleza, se pliegue
ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se
someta a
la muerte?». Y responde: «Ciertamente, era necesario que se despojara de
la parte mortal para revestirse de inmortalidad,
puesto que el Señor de la naturaleza tampoco
evitó la
experiencia de la muerte. En efecto, él
muere según la carne y con su muerte
destruye la muerte, transforma la
corrupción en incorruptibilidad y la muerte
en fuente de
resurrección»
(Panegírico sobre la dormición de la Madre
de Dios, 10;
SC
80, 107).
3.
Es verdad que en la Revelación la muerte se
presenta
como castigo del pecado. Sin embargo, el
hecho de
que la Iglesia proclame a María liberada del
pecado original
por singular privilegio divino no lleva a
concluir que
recibió también la inmortalidad corporal. La
Madre no es
superior al Hijo, que aceptó la muerte,
dándole nuevo significado
y transformándola en instrumento de
salvación.
María, implicada en la obra redentora y
asociada a la
ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir
el sufrímiento
y la muerte con vistas a la redención de la
humanidad. También para ella vale lo que Severo de Antioquía afirma a propósito de Cristo:
«Si no se ha producido antes
la
muerte, ¿cómo podría tener lugar la
resurrección?»
(Antijuliánica,
Beirut
1931, 194 s.).
Para participar en la
resurrección de Cristo, María debía
compartir, ante todo,
la
muerte.
4.
El Nuevo Testamento no da ninguna
información
sobre las circunstancias de la muerte de
María. Este silencio
induce a suponer que se produjo normalmente,
sin
ningún hecho digno de mención. Si no hubiera
sido así,
¿cómo habría podido pasar desapercibida esa
noticia a
sus contemporáneos, sin que llegara, de
alguna manera,
hasta nosotros?
Por lo que
respecta
a las causas de la muerte de María,
no parecen fundadas las opiniones que
quieren excluir las
causas naturales. Más importante es
investigar la actitud
espiritual de la Virgen en el momento de
dejar este
mundo. A este propósito, san Francisco de
Sales considera
que la muerte de María se produjo como
efecto de un
ímpetu de amor. Habla de una muerte «en el
amor, a
causa del amor y por amor», y por eso llega
a afirmar que
la Madre de Dios murió de amor por su hijo
Jesús
(Traité de
l'Amour de
Dieu,
Lib.
7, cc. XIII-XIV).
Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y
biológico
que, desde el punto de vista físico, le haya
producido
la muerte, puede decirse que el tránsito
desde esta vida a
la otra fue para María una maduración de la
gracia en la
gloria, de modo que nunca mejor que en ese
caso la
muerte pudo concebirse como una «dormición».
5. Algunos Padres de la Iglesia describen a
Jesús
mismo que va a recibir a su Madre en el
momento de la
muerte, para introducirla en la gloria
celeste. Así, presentan
la muerte de María como un acontecimiento de
amor que la llevó a reunirse con su Hijo
divino, para compartir
con él la vida inmortal. Al final de su
existencia terrena
habrá experimentado, como san Pablo y más
que él, el deseo
de liberarse del cuerpo para estar con
Cristo para
siempre
(cfr
Flp
1, 23).
La experiencia de la muerte enriqueció a la
Virgen: habiendo
pasado por el destino común a todos los
hombres,
es capaz de ejercer con más eficacia su
maternidad espiritual
con respecto a quienes llegan a la hora
suprema de la
vida.
LA ASUNCIÓN DE MARÍA, VERDAD DE FE*
Audiencia general, 2-VII-1997.
1. En la línea de la bula
Munificentissimus
Deus,
de mi
venerado predecesor Pío XII, el Concilio
Vaticano II
afirma
que la Virgen Inmaculada, «terminado el
curso de
su vida
en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a
la gloria del cielo»
(Lumen gentium,
59).
Los padres conciliares quisieron reafirmar
que María,
a diferencia de los demás cristianos que
mueren en gracia
de Dios, fue elevada a la gloria del Paraíso
también con su
cuerpo. Se trata de una creencia milenaria,
expresada
también en una larga tradición iconográfica,
que representa
a María cuando «entra» con su cuerpo en el
cielo.
El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo
de
María fue glorificado después de su muerte.
En efecto,
mientras para los demás hombres la
resurrección de los
cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para
María la glorificación
de su cuerpo se anticipó por singular
privilegio.
2. El 1 de noviembre de 1950, al definir el
dogma de la
Asunción, Pío XII no quiso usar el término
«resurrección»
y tomar posición con respecto a la cuestión
de la muerte
de la Virgen como verdad de fe. La bula
Munificentissimus
Deus
se limita a afirmar la elevación del cuerpo
de
María a la gloria celeste, declarando esa
verdad «dogma
divinamente revelado».
¿Cómo no notar aquí que la Asunción de la
Virgen
forma parte, desde siempre, de la fe del
pueblo cristiano,
el cual,
afirmando el ingreso de María en la gloria
celeste,
ha
querido proclamar la glorificación de su
cuerpo?
El primer testimonio de la fe en la Asunción
de la
Virgen aparece en los relatos apócrifos,
titulados «Transitus
Mariae», cuyo núcleo originario se remonta a
los siglos
1i-n1.
Se trata de representaciones populares, a
veces
noveladas, pero que en este caso reflejan
una intuición de
fe del pueblo de Dios.
A continuación, se fue desarrollando una
larga reflexión
con respecto al destino de María en el más
allá. Esto,
poco a poco, llevó a los creyentes a la fe
en la elevación
gloriosa de la Madre de Jesús, en alma y
cuerpo, y a la institución
en Oriente de las fiestas litúrgicas de la
Dormición
y de la Asunción de María.
La fe en el destino glorioso del alma y del
cuerpo de la
Madre del Señor, después de su muerte, desde
Oriente se
difundió a Occidente con gran rapidez y, a
partir del
siglo xiv, se generalizó. En nuestro siglo,
en vísperas de la
definición del dogma, constituía una verdad
casi universalmente
aceptada y profesada por la comunidad cristiana
en todo el mundo.
3. Así, en mayo de 1946, con la encíclica
Deiparae Virginis
Mariae, Pío XII promovió una
amplia consulta, interpelando
a los obispos y, a través de ellos, a los
sacerdotes y
al pueblo de Dios, sobre la posibilidad y la
oportunidad de
definir la asunción corporal de María como
dogma de fe.
LA ASUNCIÓN DE
MARIA
EN LA TRADICIÓN
DE LA
IGLESIA
Audiencia general, 9-VII-1997.
1. La perenne y concorde tradición de la
Iglesia muestra
cómo la Asunción de María forma parte del
designio
divino y se fundamenta en la singular
participación de
María en la misión de su Hijo. Ya durante el
primer milenio
los autores sagrados se expresaban en este
sentido.
Algunos testimonios, en verdad apenas
esbozados, se
encuentran en san Ambrosio, san Epifanio y
Timoteo de
Jerusalén. San Germán de Constantinopla (t
733) pone en
labios de Jesús, que se prepara para llevar
a su Madre al
cielo, estas palabras: «Es necesario que
donde yo esté, estés
también tú, madre inseparable de tu Hijo...»
(Hom.
3
in. Dormitionem: PG 98,
360).
Además, la misma tradición eclesial ve en la
maternidad
divina la razón fundamental de la Asunción.
Encontramos un indicio interesante de esta
convicción
en un relato apócrifo del siglo v, atribuido
al pseudo
Melitón. El autor imagina que Cristo
pregunta a Pedro y a los Apóstoles qué
destino merece María, y ellos le dan esta
respuesta: «Señor, elegiste a tu esclava,
para que se convierta
en tu morada inmaculada
(...).
Por tanto, dado que,
después
de haber vencido a la muerte, reinas en la
gloria, a tus siervos nos ha parecido justo
que resucites el cuerpo
de tu
madre y la lleves contigo, dichosa, al
cielo»
(De transitu
V Mariae, 16: PG 5, 1.238).
Por consiguiente, se puede
afirmar que la maternidad divina, que hizo
del cuerpo de
María la morada inmaculada del Señor, funda
su destino
glorioso.
2.
San Germán, en un texto lleno de poesía,
sostiene
que el afecto de Jesús a su Madre exige que
María se
vuelva a unir con su Hijo divino en el
cielo: «Como un
niño busca y desea la presencia de su madre,
y como una
madre quiere vivir en compañía de su hijo,
así también
era conveniente que tú, de cuyo amor materno
a tu Hijo y
Dios no cabe duda alguna, volvieras a él. ¿Y
no era conveniente
que, de cualquier modo, este Dios que sentía
por ti
un amor verdaderamente filial, te tomara
consigo? »
(Hom.
1 in Dormitionem: PG 98, 347).
En otro texto, el venerable autor integra el
aspecto privado de la relación entre
Cristo y María con la dimensión salvífica de
la maternidad,
sosteniendo que: «Era necesario que la madre
de la
Vida compartiera la morada de la Vida»
(ib.:
PG 98, 348).
3.
Según algunos Padres de la Iglesia, otro
argumento en que se funda el
privilegio de la Asunción se deduce de la
participación de María en la obra de la
redención. San
Juan Damasceno subraya la relación entre la
participación
en la Pasión y el destino glorioso: «Era
necesario
que aquella que había visto a su Hijo en la
cruz y recibido
en pleno corazón la espada del dolor
(...) contemplara a
ese Hijo suyo sentado a la diestra del
Padre»
(Hom.
2: PG
96, 741).
A la luz del misterio pascual, de modo
particularmente claro se ve la oportunidad
de que, junto con el
Hijo, también la Madre fuera glorificada
después de la
muerte.
El Concilio Vaticano II, recordando en la
constitución
dogmática sobre la Iglesia el misterio de la
Asunción, atrae la atención hacia el
privilegio de la Inmaculada Concepción:
precisamente porque fue «preservada libre de
toda mancha de pecado original»
(Lumen gentium, 59),
María no podía permanecer como los demás
hombres en
el estado de muerte hasta el fin del mundo.
La ausencia
del pecado original y la santidad, perfecta
ya desde el primer
instante de su existencia, exigían para la
Madre de
Dios la plena glorificación de su alma y de
su cuerpo.
4.
Contemplando el misterio de la Asunción de
la Virgen,
es posible comprender el plan de la
Providencia divina
con respecto a la humanidad: después de
Cristo,
Verbo encarnado, María es la primera
criatura humana
que realiza el ideal escatológico,
anticipando la plenitud
de la felicidad, prometida a los elegidos
mediante la resurrección de los cuerpos.
En la Asunción de la Virgen podemos ver
también la
voluntad divina de promover a la mujer.
Como había sucedido en el
origen del género humano y de la historia de
la salvación, en el proyecto de Dios el
ideal escatológico no debía revelarse en una
persona sino
en una pareja. Por eso, en la gloria
celestial, al lado de
Cristo resucitado hay una mujer resucitada,
María: el
nuevo Adán y la nueva Eva, primicias de la
resurrección
general de los cuerpos de toda la humanidad.
Ciertamente, la
condición escatológica de Cristo y la
de María no se han de poner en el mismo
nivel. María,