S.S BENEDICTO XVI
Angelus, 22.08.2006
Martes, 22 ago (RV).- Hoy celebramos la
fiesta de santa María Reina. El título de
Reina se le da a María Santísima desde los
primeros siglos como indicación de su
preeminencia y poder que los recibe de aquel
que es el Todopoderoso, su hijo, Jesucristo.
Juan Pablo II, el 23 de julio de 1997, habló
sobre la Virgen como Reina del universo.
Recordó que a partir del siglo V, casi el
mismo periodo en que el Concilio de Éfeso
proclama a la Virgen Madre de Dios, se
comienza a atribuir a María el título de
Reina.
El pueblo Cristiano, con el ulterior
reconocimiento de su dignidad excelsa,
quiere situarla por encima de todas las
criaturas, exaltando su papel y su
importancia en la vida de cada persona y del
mundo entero. La Asunción favorece la plena
comunión de María no solo con Cristo, sino
con cada uno de nosotros. Ella está junto a
nosotros porque su estado glorioso le
permite seguirnos en nuestro cotidiano
itinerario terreno. Ella conoce todo lo que
sucede en nuestra existencia y nos sostiene
con amor materno en las pruebas de la vida.
Si bien todos reinaremos con Cristo, María
Santísima participa de su reinado de una
forma singular y preeminente. Esto significa
que Dios le ha otorgado su poder para reinar
sobre todos los hombres, los Ángeles y para
vencer la tentación.
El reinado de María Santísima se caracteriza
por la preeminencia, el poder Real, la
inagotable eficacia de intercesión con su
Hijo y el Padre y su Reinado de Amor y
Servicio. Pío XII en 1954, instituyó la
fiesta Litúrgica del Reinado de María al
coronar a la Virgen en santa María la Mayor
en Roma.
Hay quienes rechazan el reinado de María
Santísima alegando que ella no puede ser
reina ya que solo Jesús es Rey. Pero hay que
comprender la naturaleza del Reino. El reino
de María Santísima no es un reino aparte al
de su Hijo. Es el mismo reino. Donde Jesús
reina, su madre María reina también, lejos
de quitarle el reinado a su Hijo, lo
propicia. Son dos corazones eternamente
unidos en el amor divino.