|
Recordando a Guardini
Por Ramiro Pellitero
En
Alfa
y Omega, 4-X-2007, p. 27
Estos días comenzamos a conmemorar
el 40 aniversario de la muerte de
Romano Guardini, fallecido en
Munich, el 1 de octubre de 1968. En
una conferencia pronunciada en esa
misma ciudad, en 1956, el ilustre
profesor italoalemán explicó la
diferencia que, según el Evangelio,
hay entre el “prójimo” en apuro y el
“próximo”. No se debe entender el
prójimo sin más en el sentido del
miembro de la propia familia, del
amigo o cercano en el grupo social o
cultural, es decir, aquél con el que
nos unen estrechos vínculos de
sangre, intereses o simpatía;
porque en realidad, este pertenece a
uno mismo, al dominio de lo propio.
En cambio, fuera de ese ámbito, las
necesidades de los “ajenos” se
interpretan frecuentemente como un
desafío al propio bienestar. Sin
embargo, en opinión de Guardini y
algunos otros, este necesitado no
tan “próximo”, tiene una tarea
importante dentro del conjunto de la
existencia: “defender a los que no
sufren –a los sanos, enérgicos, bien
acomodados– de los peligros del
egoísmo, de la despreocupación, de
la dureza, y aun de la crueldad”.
Con ejemplos bien concretos de la
historia reciente, Guardini
argumenta diciendo que la frase “ahí
hay una persona en apuro; por tanto,
debo ayudarla", no es un sentimiento
natural o espontáneo, por mucho que
lo pretenda la mentalidad común de
la época moderna. Y la cuestión
estriba en que para ser verdadera la
admonición interior que expresa,
debe ser percibida ante toda
persona: “Es decir, no sólo ante
la persona estrechamente ligada a
nosotros, simpática, sino también
ante aquel que no logra serlo; no
sólo ante la persona dotada y
hermosa, sino también ante el
mediocre, y aun el retrasado; no
sólo ante el rico y el cultivado,
sino también ante el pobre y el
mísero. Si esa frase ha de ser
cierta, la admonición debe atravesar
por medio de toda distinción, y
dirigirse a algo que determine al
hombre como tal, sea como sea por lo
demás. Y si, no obstante, han de
notarse distinciones, entonces, que
sea según este principio: Cuanto
más pobre y pequeño el hombre, más
apremiante es la obligación de
ayudarlo”.
Para aclarar la perspectiva
cristiana, hay que recordar ante
todo que, con la parábola del buen
samaritano, Jesús rompió todas las
fronteras de pueblo y grupo social,
riqueza y cultura, para enseñar que
el prójimo es que el necesita de
ayuda, sea quien sea, y no como un
principio vago o abstracto, sino
aquél necesitado que está ante mí,
aquí y ahora, porque el Padre
del cielo lo ha puesto en el camino
de mi vida.
Pero con eso –observa agudamente
Guardini– todavía no se ha
comprendido en profundidad el
Evangelio; porque Jesús afirma que
Él mismo aparece en esos “más
pequeños”, más necesitados (Mt 25,
40), precisamente en ellos, que no
pueden aducir ninguna de las
diversas razones naturales para
mover el interés de ayudar: ni
admiración, ni simpatía, ni
utilidad. En el fondo, todo ello nos
está diciendo que Jesús nos ha hecho
hermanos de todas las personas del
mundo, hijos e hijas de Su Padre. Y
desde esta última definición de la
persona (hijo de Dios en Cristo) y
del mundo (llamado a ser la
fraternidad de los hijos de Dios),
que señala el horizonte pleno del
“mandamiento nuevo” (Jn 2, 8), se
decide todo lo definitivo (Mt 25,
34-40).
Situándose en la línea guardiniana,
escribe Benedicto XVI en Jesús de
Nazaret: “La fuerza de la
renuncia y la responsabilidad por el
prójimo y por toda la sociedad surge
como fruto de la fe”. Y más adelante
“Yo tengo que convertirme en
prójimo, de forma que el otro cuente
para mí tanto como yo mismo…
Tengo que llegar a ser una persona
que ama, una persona de corazón
abierto que se conmueve ante la
necesidad del otro. Entonces
encontraré a mí prójimo, o mejor
dicho, será él quien me encuentre”.
De esta manera, el Evangelio abre a
“una nueva universalidad basada en
el hecho de que, en mi interior, yo
soy hermano de todo aquel que me
encuentro y que necesita mi ayuda”.
¡Hay a nuestro alrededor, observa el
Papa, tantas personas explotadas y
maltratadas (como las víctimas de la
droga, del tráfico de personas, del
turismo sexual), personas
destrozadas interiormente, vacías en
medio de la riqueza material! Eso
nos afecta y nos llama a tener los
ojos y el corazón de quien es
prójimo, y el valor de amar al
prójimo. “Lo conseguiremos
–concluye– si somos prójimos
desde dentro y cada uno percibe qué
tipo de servicio se necesita en mi
entorno y en el radio más amplio de
mi existencia y cómo puedo prestarlo
yo”. Ahí está la verdadera
proximidad del prójimo.
Ramiro Pellitero,
profesor de Teología pastoral en la
Universidad de Navarra |