Iglesia y política, a la luz de la
Encíclica
de Benedicto XVI «Deus Caritas Est»
Por
Ramiro Pellitero *
La reciente encíclica de Benedicto
XVI afirma que, según la doctrina
social de la Iglesia, el quehacer
político no es “un cometido
inmediato de la Iglesia”. Al mismo
tiempo señala que el deber inmediato
de trabajar por la justicia “es más
bien propio de los fieles laicos".
Es decir, de los cristianos que se
mueven en el seno de la sociedad
civil: los profesionales, los padres
y madres de familia, etc.; no los
clérigos, sino la gente de la calle.
Surge la pregunta inevitable: ¿quién
es aquí “la Iglesia” si se distingue
de los fieles laicos? ¿Acaso la
Iglesia no es, según el Concilio
Vaticano II, el Pueblo de Dios,
constituido en su mayor parte
precisamente por los fieles laicos?
Evidentemente, el documento, al
decir que a la Iglesia no le
corresponde inmediatamente la tarea
política, se refiere a la Iglesia
como institución distinta del
Estado. En cambio, cuando sostiene
que son los fieles laicos a los que
(más) propiamente corresponde el
quehacer político, piensa en la
Iglesia como Pueblo de Dios y
“comunidad de amor” en el mundo,
integrada por todos los bautizados.
En ella cada uno de los fieles tiene
una propia vocación y misión,
complementaria con la de los demás.
Y vayamos ya a la función que tanto
la Jerarquía como los fieles tienen
en ese quehacer político. La Iglesia
(institucional), representada por la
Jerarquía (el Papa y los Obispos),
no tiene como misión "la empresa
política de realizar la sociedad más
justa posible. No puede ni debe
sustituir al Estado. La sociedad
justa no puede ser obra de la
Iglesia, sino de la política".
Misión de la Iglesia es orientar las
actividades humanas hacia la verdad
y el amor. Precisamente por ello "no
puede ni debe quedarse al margen en
la lucha por la justicia".
¿Cómo es esa intervención eclesial
en la lucha por la justicia? Ante
todo, con la "argumentación
racional". La Iglesia institucional
tiene el deber de hacer oír los
argumentos de la verdad y del amor
en cada caso concreto en que la
justicia se vea amenazada por el
error y la mentira, o se difunda la
violencia o el odio. Su voz se
dirige a los cristianos, pero
también expone esos argumentos
racionales a todos los hombres de
buena voluntad.
La Iglesia contribuye también a
construir la justicia despertando
las fuerzas espirituales que
capacitan el actuar justo que
siempre exige renuncias. Y esto lo
hace en el día a día de su labor de
formación de los cristianos y
transmitiendo a la sociedad los
ideales de una vida coherente con el
Evangelio.
Son los fieles laicos los que tienen
el deber inmediato de actuar a favor
de un orden justo en la sociedad, y
dice el Concilio Vaticano II lo
hacen como desde dentro de esa misma
sociedad civil, de la cultura y de
la política. La encíclica señala con
fuerza: "Como ciudadanos del Estado,
están llamados a participar en
primera persona en la vida pública”.
Como consecuencia, no pueden
eximirse de emprender las variadas
actividades que se destinan a
promover el bien común; sino que
deben configurar rectamente la vida
social, respetando su legítima
autonomía y cooperando con los otros
ciudadanos. No pueden reducir la fe
al ámbito privado ni su actividad al
interior de los templos de piedra,
sino que han de informar la sociedad
civil con el espíritu del Evangelio.
Su actividad política debe estar
impregnada por el amor y el
servicio. Esta actividad política de
los fieles laicos, personal o
asociadamente junto con otros
ciudadanos, debe distinguirse de las
actividades caritativas oficiales o
institucionales de la Iglesia, de
las que trata particularmente la
encíclica, interesada en que no
pierdan su perfil específicamente
cristiano.
En definitiva, los fieles laicos son
al mismo tiempo cristianos y
ciudadanos. Son Iglesia haciendo el
mundo y son ciudadanos del mundo que
edifican la Iglesia. A ellos les
compete en primera fila la vida
pública y la acción política. No
pueden eximirse de intervenir en
ella, cada uno según sus dones y
capacidades. Los Obispos (y
derivadamente los sacerdotes) se
preocupan por la justicia desde su
propio lugar y responsabilidad,
desde la solidaridad y desde el
amor; como ciudadanos, como
cristianos y como Pastores de la
Iglesia. En cuanto ministros
sagrados, están para servir a los
fieles, mediante la enseñanza
auténtica de la fe, la
administración de los sacramentos y
la guía de la comunidad cristiana. Y
desde luego tienen el derecho y el
deber de hablar cuando estén en
juego los derechos fundamentales de
las personas. Cuando la encíclica
declara que la Iglesia debe
preocuparse por la formación ética,
está diciendo que los Pastores no
deben dedicarse a la política de los
partidos, pero sí a impulsar a los
fieles laicos para que intervengan
en las cuestiones éticas y
políticas, a todos los niveles.
Dicho brevemente, la Iglesia entera,
toda ella, se preocupa por la
justicia, y no sólo por el amor. Lo
que es diverso es el modo
complementario en que los fieles
cristianos lo hacen, cada uno según
su propia condición en la Iglesia y
en el mundo.
Zenit.org, 28.02.2002
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(*) Ramiro
Pellitero es Profesor de Teología
Pastoral de la Universidad de
Navarra
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